Paco nunca tenía prisa

IN MEMORIAM
Por MAJ

Era su día, quizá porque Ramón andaba por Texas y Javier se había convertido en su pareja de mus esa tarde en Cemboráin. Bienve y yo acabábamos de perder el segundo chico. Paco dio una calada, meneó los hielos, dio un trago al pacharán y preguntó con esa sorna tan suya:  “¿Valen las 31 reales, no?”. Valían. Un pitillo más tarde, Bienve ve sus cartas, corta y me guiña el ojo. 31 de mano. Bien. Zaragozana a la vista. Paco ni se enteró de la seña. Seguía con sus chascarrillos. Gozando más que nunca. Juego sí, no, sí, no. Órdago. Paco va y quiere. Le di una palmada en el hombro. No me dio tiempo ni a esbozar una vengativa sonrisa. Sobre la mesa, una sota y tres sietes. 31 reales. 3-0. Ramón, vuelve pronto. Risas. Siempre risas con él.

Aquella fue, en junio, nuestra última partida y la última vez que te vi con sombrero. Buscábamos aquellos encuentros en los que había mucho de amistad y algo de mus. Casi teníamos ganas de que terminaran las costilladas del Departamento para sentarnos. Cuando podía, también se quedaba Luis. Porque siempre seremos tres. Cada año, el día de la licenciatura de los alumnos, café antes, acto, cerveza después. Catorce años fieles a la tradición y año tras año prometiéndole a Luis que alquilaríamos un descapotable para la gamberrada de acompañarle en la Quebrantahuesos.

Se acumulan tantos momentos. Muchos en mi despacho. Cuando estaba en Nuestro Tiempo, aquel pitillo a las cinco de la tarde muchos días regado por un chupito de algún licor que José Antonio Vidal-Quadras tenía en su bodega-armario. Cuando me trasladé a la Biblioteca, decenas de encuentros con cualquier excusa para charlar mientras sonaban los Beatles. Su John. Mi George. Me enseñó a hacer un Power como se llame, me animó a crear La Buena Prensa, quiero que uno de los premios lleve su nombre. Me descubrió Twitter. El abuelo Pacotto siempre, entusiasmado, a la última.

Hablábamos de las asignaturas que compartimos (Edición, Proyectos), de decenas de alumnos (su María, su Carlos, tantos niños de sus ojos) y de colegas: el maestro jlori, las buenas de Eva y de Bea, el gran Samu, la dulce Elsa, del Guti, de Carlos Yárnoz, de maestros como don Luka, Paco Gómez Antón, Esteban; pero también de Ana, cuánto amor, de Paula y de Berta, cuánto orgullo, de la pequeña Claudia, cuánta luz en sus ojos, del gran Eneko, de su padre, de mi Martín. Casi veinte años charlando sobre nuestras pasiones: la familia, el periodismo, los amigos, los alumnos.

Y siempre sin prisa. Paco nunca tenía prisa. Daba igual de qué habláramos. De Calanda. De Jaca. De Homer Simpson. De Ecuador y su siempre recordado 47 cumpleaños. De Venezuela y de Carmen, nuestra querida reina mora. Del Paraguay de sus amores. Todo es mejor sin prisas. La vida. El periodismo. También los decenas de Martinis que me preparó en la T4 en las largas esperas antes de volar y hacer las Américas. Brindis extraños en los que chocaban un Martini y una cerveza bien fría. Años de consultoría. Mediacción. Toni, Jesús, Javier, tú y yo. No nos comimos el mundo, quizá hicimos mejores a algunos diarios. Pero logramos que pusieran Paquito a un águila recién nacida en Guayaquil.

En todo, la de Paco era una exigencia cariñosa y sonriente. Un amor por lo bien hecho. Por el detalle, el rigor, el buen gusto. Así era como periodista y como profesor. Maestro de enseñar rozando. Siempre con la anécdota edificante de palabra o en su blog. Siempre ingenioso de palabra y en sus tuits. Siempre amable. Dedicando todas las horas a los que le exigían. Eso le hacía feliz. Eso le llenaba más que la tristeza por la chapuza, por el vago, el falso, el tramposo. Por eso ha calado entre tantos; por eso para tantos ha sido un padre periodístico.

A Paco le gustaba la calle. Amaba la vida. Cámara en mano en muchas excursiones. Curiosidad. Historias. Eso intentaba meter en vena a todos. Si la redacción era el corazón de un diario, Paco era el corazón periodístico de FCOM. Nuestras últimas conversaciones, en voz baja, en la habitación 840 de la CUN fueron como las de siempre. Porque Paco, hasta el último día, siempre fue el mismo: lúcido, alegre, ocurrente, divertido. Y porque Paco, hasta el final, siempre pensó en sus alumnos. “¿Cómo van mis chicos del Camino de Santiago?”. Lo hicieron bien, Paco. Misión cumplida.

Paco, Pacotto, don Franzisco. Sé que has hecho caso a Ana y que, al llegar al cielo, has posado sonriente para la foto.