Querido Paco

IN MEMORIAM
Por Miguel García San Emeterio

Querido Paco:

Dice Ramón Salaverría que titulando eras el mejor. Lo que oigo de Ramón suelo tomarlo como muy cierto, así que me ha inspirado definitivamente a no escribir un artículo sobre ti -que estaría obligado a titular- y, en cambio, a reunir algunos recuerdos y unos sentimientos en estas pocas líneas con forma de carta.

El citado Ramón tiene una virtud que en ti también se intuía, la humildad, así que no ha puesto como ejemplo dos de los mejores titulares que yo he visto. Son dos historias que publicaste en tu blog después de haber acompañado a Ramón a Barcelona en su proceso de habilitación como profesor titular. Merece la pena leerlas: El ladrillo de Ramón y Una habilitación con vistas.

Leo esas entradas y pienso de nuevo en dos cosas que han dicho todos de ti desde el día 24 de noviembre por la noche: una, que ayudabas en lo que fuera, te tocara más o menos cerca, y un proceso como el de Ramón era una proximidad de amistad para ti. Y dos, qué divertido era estar contigo: me imagino el viaje de ida y vuelta en coche hasta Barcelona, en una conversación permanente y tronchante.

En el fondo, tú eras periodista porque tenías las mejores virtudes de los buenos periodistas: curiosidad por todo y un optimismo irredento, que hace que -yo al menos- no recuerde ni haya visto salir de ti un texto o un titular amargo, cínico o desesperado. Eras un tipo realista y bueno, así que el foco siempre lo llevabas a esas historias que hacen que el mundo siga adelante. Creías en el periodismo y creías en que puede ayudar a un mundo mejor.

De nuestra relación profesional puedo certificar que te encargaste con gran generosidad de la web de 98.3 Radio, que yo dirigía entonces, y que, sobre todo, te engañé para
que a tus cincuenta y algunos te convirtieras en colaborador radiofónico y elaboraras un programa semanal de comentario y desvarío sobre la actualidad: Sanseacabó.

Luego subí un piso en la Facultad y pasé a ser el Secretario y -ahora- Gerente. Cada vez que pasabas por mi despacho, me mirabas con sorna -me consideras un traidor- y me disparabas sin compasión: “¿Qué tal el Excel?, ¿ya has hecho hoy algún saluda?”.

Unas horas después de que nos dejaras estuve con Ana, Paula, Berta, Magdalena, Margarita, Eneko y tus sobrinos. Y ahora pongo por escrito lo que les dije, una constatación que tuve nada más comenzar una marea en las redes sociales tras tu muerte: Twitter y Facebook estaban llenos de mensajes de los alumnos más implicados, más comprometidos y más enamorados del Periodismo de los últimos 10 años.

Pero lo mejor, porque sé que a ti te encantaba eso, es que esos textos -cortos y urgentes- eran sencillos, buenos, profundos, no los habituales después de tantos fallecimientos: ñoños, postizos, edulcorados o falsamente trágicos. Buenos periodistas recordando al profesor que les había enseñado a serlo.

Fui de los pocos afortunados que te vieron en la Clínica. Ayer hizo un mes, el 5 de noviembre, que estuve contigo por última vez. Compartimos  dos horas. Muchos me preguntaron: “¿Qué tal Paco?”, y, no sé si es lo que querían oír, yo les dije: “No sé, bien, nos hemos reído muchísimo”.

No creo que te olvide recibiendonos a Javier Marrodán y a mí en esa habitación de la Clínica, delgaducho y pelón, pero con los brazos abiertos, tanto como tu sonrisa. Y todavía te dije que venía discutiendo con tu cuñado Eneko cuál de los dos iba a ser el donante que te cedería los kilos que te faltaban.

Espero que estés bien, creo que sí, que lo estarás. Yo, en todo caso, cuento con verte en el Cielo.

Miguel