La felicidad en una mochila

Historia 117
Por María González Escrig

Marchó para dejar una parte de sí en un lugar rico por su naturaleza, sus colores y, especialmente, por sus habitantes. En África, Amaya Vizmanos encontró la ilusión y las ganas de vivir de verdad. Para esta joven aventurera de 16 años, la vida son las personas, los momentos y los lugares. Actualmente, estudia segundo de Bachiller en el colegio Sagrado Corazón de Pamplona. Además, está completando su formación en el Conservatorio Profesional Pablo Sarasate, donde cursa el sexto grado medio de violín. Sus estudios y obligaciones no fueron ninguna excusa para salir de la rutina.

Julio de 2018 demostró ser un mes repleto de experiencias inolvidables. Dejó un trocito de su corazón en Uganda y asegura que quiere volver a esta tierra que tanto le ha llenado de alegría.

En Palabek⏤al norte de Uganda⏤centenares de refugiados sursudaneses huían de la violencia que les impedía tener una vida digna en su país de origen. Allí se encontraba Graze, una chica de veinte años sumida en las creencias de una cultura definida por la superioridad del varón sobre la mujer, en todos los ámbitos. Ella no cuestionaba la necesidad de que un hombre pegue a una mujer si esta no cumple con sus obligaciones. Su deber era llegar a ser una buena madre.

Los expedicionarios pasean con los niños por algunos poblados de Ruanda. FOTO: José Luis Cuesta (ERS).

En un país marcado por los conflictos armados, las violaciones, los maltratos o el alcoholismo, un occidental se lleva las manos a la cabeza. Amaya sigue sin dar crédito a la seguridad con la que Graze hablaba sobre una injusticia muy denunciada en Europa. “Que nunca nadie te haga creer que no eres suficiente”, le dijo a la chica. A día de hoy, espera que Graze se acuerde de sus palabras algún día, cuando comparta la vida con un hombre que no la trate como se merece.

Este campo de refugiados fue uno de los muchos destinos a los que acudieron más de un centenar de jóvenes voluntarios con la organización España Rumbo al Sur (ERS), el verano pasado. Amaya era uno de ellos.

En el colegio de Butare durante las actividades. FOTO: José Luis Cuesta (ERS).

Ella siempre había querido viajar al Tercer Mundo. Llevaba mucho tiempo con la idea de participar en algún voluntariado en la cabeza. Conoció el programa de formación España Rumbo al Sur a través de Facebook y concertó una entrevista vía Skype con Isabel Ussía, la organizadora. Los padres de Amaya no supieron nada hasta que llegó el día de la cita. La joven comenzó a mover sus propias fichas sin permiso. Deseaba más que nunca vivir aquella experiencia.

Consiguió convencer a su madre para que participara en la entrevista.Ambas conocieron los puntos más duros de la expedición y todo el conjunto de inconvenientes, dificultades y esfuerzos que implicaba. Para la joven, sin embargo, fue una puerta abierta a un mundo lleno de oportunidades que le sacarían de su área de confort. Era justo lo que necesitaba.

El pasado marzo comenzó el reto. Amaya debía recaudar 1500 euros en dos meses. La perseverancia e ilusión fueron dos ingredientes fundamentales a lo largo de esta primera fase.

Amaya optó por diversas vías de financiación que, poco a poco, fueron hinchando la hucha y, con ella, la emoción por seguir adelante con el proyecto. Vendió pulseras y objetos de segunda mano. Más tarde, trasladó su empeño al ámbito empresarial. Contactó con cien entidades diferentes. España Rumbo al Sur proporciona a sus voluntarios un modelo formal que ofrece pautas para redactar un buen maily, de esta forma, dirigirse a las empresas de la mejor manera posible. Ella admite que se salió un poco del guión. Marcó su propio patrón y, a partir de este, expuso con claridad su intención y ganas por avanzar a zancadas.

Amaya y Graze posan juntas.
FOTO: José Luis Cuesta (ERS).

Tras numerosos intentos fallidos la suerte llegó, por fin, sin avisar. La entidad bancaria BBVA se comprometió a financiar el viaje de Amaya por completo. La joven se puso en contacto con Diego Martínez, responsable de juventud de la empresa. Una llamada de treinta minutos dibujó en ella una sonrisa bien grande en su rostro. Sus padres, en un principio, desconfiaron. Tuvieron que llamar a Diego ellos mismos. “Mis padres fliparon. Diego te soluciona la vida hablando”, asegura ella.

En junio acudió a la sede de la empresa en Madrid. Los organizadores principales del proyecto de ERS, Isabel y su marido Telmo Aldaz De la Quadra-Salcedo, la acompañaron. El matrimonio forjó una relación muy buena con Diego. Tanto, que les invitaron a él y a su jefe Nacho Dozagarat a formar parte de la expedición.

El aeropuerto de Entebbe⏤al sur de Uganda⏤recibió a los 115 voluntarios el 19 de julio. A partir de entonces, comenzó la aventura. Los expedicionarios obedecieron las consignas de sus monitores desde el minuto cero. Fue un no parar. El avión apenas les había dejado dormir, pero el sueño no fue ninguna excusa para hacer un poco de ejercicio físico nada más llegar.

Desde el primer contacto con el suelo africano, comenzaron las actividades y, con ellas, los cambios y las novedades que marcaron dos semanas intensas. Amaya confiesa que nunca había estado tanto tiempo fuera de casa.

⏤¿Qué día es hoy? ⏤Nacho se dirigió a Amaya con la intención de hacerle reflexionar.⏤No sé… Jueves ⏤contestó ella extrañada.
⏤¿Y qué hora es? ⏤continuó el interrogatorio.

⏤Serán las once.

Ambos circulaban en un vehículo por un camino pedregoso. A su alrededor, decenas de niños recorrían la zona con la mísera esperanza de obtener algo de dinero o comida. Nacho planteó entonces la última pregunta: “¿Dónde deberían estar estos niños?”. Aquello dio mucho que pensar a la joven: los menores debían estar en la escuela y, sin embargo, recorrían la zona solos, sin vigilancia alguna.

Amaya abraza a dos alumnos de la escuela de Butare.
FOTO: José Luis Cuesta (ERS).

La República de Uganda está dividida en 111 distritos. A pesar de ser uno de los países más estables del continente africano, ha sufrido la violencia de una guerra civil entre los años 1981 y 1986 y la dureza de un conflicto armado con Tanzania durante seis meses (entre 1978 y 1979). Desde entonces, la violación de los derechos humanos ha estado a la orden del día, debido a la actividad represiva de algunas fuerzas militares, la pérdida de civiles inocentes y el reclutamiento de niños soldado para el ejército.

Los servicios públicos son realmente precarios. La educación, por ejemplo, solo beneficia al primogénito de cada familia. Este es el único que tiene la inmensa suerte de acudir al colegio. Una cooperante española con la que coincidió Amaya en la expedición, le narró el maltrato al que eran sometidos los alumnos que suspendían en los centros públicos. Se les obligaba a acudir a la escuela por las tardes para propiciarles unos cuantos latigazos, como castigo a sus errores en las aulas.

El horario escolar se extendía habitualmente entre las cinco de la mañana y las diez de la noche. Aún así, Amaya afirma que estos niños tan solo soñaban con tener una mochila. Lo deseaban más que nada en este mundo.

Los expedicionarios tuvieron la enorme oportunidad de conocer muy de cerca lugares en los que la ayuda humanitaria era más que necesaria. Enseñaban informática a los niños, pintaban paredes o jugaban al fútbol con los más pequeños.

Estuvieron en contacto directo con el mundo rural de Uganda. De hecho, apenas vieron Kampala, la capital. Su actividad colaborativa se centró en los rincones más humildes del país africano. Sin reloj y sin móvil, así se movían de un lugar a otro.”No sabíamos nada de lo que íbamos a hacer, nos hacían vivir el momento”, asegura Amaya.

Un día, los voluntarios acudieron a un colegio en Butare, ciudad en el sur de Ruanda. Llegaron a las seis de la tarde. Los niños les llevaban esperando desde las diez de la mañana y les recibieron entre aplausos, sonrisas y música. Era un centro enorme. Se celebraron actuaciones y discursos. Amaya sintió que no se merecía esa bienvenida: “No había hecho nada para merecer estar ahí”. Se sintió fatal. Quiso cambiar su actitud, llegar a ser la mejor versión de sí misma y estar a la altura.

Por las carreteras de Uganda, en uno de los trayectos en bus. FOTO: José Luis Cuesta (ERS).

En Uganda no había comodidades. El suelo era lo más parecido a una cama, se comía poco y no había duchas. “Lo más básico se hacía un mundo”, asegura Amaya. Actividades tan básicas como asearse o dormir se convertían en auténticos obstáculos diarios. “Allí, con cincuenta euros éramos ricos”, remarca ella.

Sin embargo, África es rica por las personas que la forman. La joven destaca que “ellos son perfectamente capaces de vivir, no necesitan que les enseñemos a hacerlo”. Ahí está el verdadero sentido de un voluntariado. Consiste en saber abrir los ojos ante una realidad muy alejada de la nuestra. Afirma que “no tienen nada material, pero a nivel humano lo tienen todo”.

 

⏤¡Qué pantalón tan bonito! ¿Te lo has hecho tú? ⏤Una niña se dirigió a Amaya con entusiasmo.

Esta no sabía qué decir. ¿Cómo le explicaba a la niña que se lo había comprado? ¿Cómo decirle que en España hay millones de pantalones y tiendas a elegir? ¿Cómo hacerle entender que se lo había comprado simplemente porque le gustaba y no porque lo necesitara de verdad? No tenía fuerzas para explicárselo.

Se fue con las manos vacías y regresó con el corazón lleno. Tres camisetas y dos pantalones fueron sus únicos compañeros en esta aventura incierta. A día de hoy, su actitud desbordante de ilusión contagia las ganas de saborear cada experiencia, por muy sencilla que sea: “Yo me apunto a un bombardeo”. Amaya firma que el viaje fue muchísimo más que un simple voluntariado. Lo vivió como un profundo aprendizaje.

Ahora tiene muy claro cómo quiere adoptar su nueva actitud ante la vida: “Soy feliz con una mochila. Me iría por todo el mundo, incluso sola”. Pretende exprimir cada momento mientras pueda. Ella destaca que los voluntarios no solucionan el mundo. Pero, sin duda, este viaje ha cambiado su mundo.

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