Navegante en un mar de nubes

Historia 116
PorLara Caeiro

Cuando tenía 20 años, Julio Villar estuvo a punto de morir mientras escalaba la Integral de Peuterey en los Alpes. Pero sobrevivió a aquel percance y en 1968, con 25, abandonó tierra firme para conocer el mundo y para conocerse a sí mismo desde un pequeño velero. Es uno de los pocos navegantes que ha dado la vuelta al globo en solitario.

Julio Villar, aventurero por vocación y poeta por amor a la vida, es montañero, alpinista, marinero, poeta… y realmente todo lo que se proponga. Así es él, un bala perdida, un amante de la naturaleza que se apasiona ante pequeños detalles como un sendero cubierto por hojas en pleno otoño o un amanecer en el mar.

Nació en San Sebastián en 1943 en una familia “increíble” de seis hermanos, cuenta él con voz cariñosa, que le apoyaban en todo y le daban libertad en sus arriesgadas decisiones. Su amor por viajar, esa intriga por conocer mundo, le viene desde pequeño, cuando su padre jugaba con él y sus hermanos en el sofá, tapados con una manta, y viajaban: Íbamos al Tirol y veíamos a los tiroleses, y a las tirolesas, que cantaban, bailaban; la gente tocaba el acordeón, tenían pantalones de cuero… eran unos viajes imaginarios preciosos, allí debajo de aquella manta roja de cuadraditos”. E iban más lejos, cruzaban el desierto, iban a América, o les espiaban los osos polares desde bloques de hielo.

Julio es pasional, relata sus historias con una emoción propia de quien decide comerse el mundo, y lo logra. Él se esperaba mucho de la vida, no se iba a conformar con cualquier cosa : “Sí con poco, pero no con cualquier cosa”, confiesa con humildad. Dejó sus estudios para dedicarse a su pasión: conocer mundo. Él mismo lo afirma en sus libros:Vivo marchándome”. Llegar andando a un pueblo es su privilegio. A los nueve años, se marchó de su casa a Francia. Desde aquello, no le dio miedo estar lejos de casa, al contrario, le gustaba, le entró un afán enorme por conocer países, culturas, mundos nuevos, y cuanto más exóticos mejor.

Julio Villar en el Himalaya, agosto 2018. FOTO: Cedida.

A los 18 años empezó a escalar montañas y descubrió que era su vocación. Quería ser guía, lo tenía claro, hacer el sacrificio de dejar su monotonía atrás. Se fue a vivir a los Alpes con 20 años. Allá se quedó, en verano en una tienda de campaña, y cuando las cosas le fueron mejor, se fue a vivir a una buhardilla. El Mont Blanc, diferentes rutas difíciles de la vertiente italiana, cumbres… Pero un día tuvo un accidente, al borde de la muerte, casi tocando el cielo. Qué paradoja. Escalando la Integral de Peuterey, la ruta más alta que sube hasta el Mont Blanc, se abrió una pierna. Pasó dos días enteros colgando de una cuerda, haciéndose torniquetes para sobrevivir. Julio pensaba allí, colgando, como un pájaro con las alas rotas, que esa vida que él había escogido se había terminado para siempre. “Lo que sentía no era dolor, era una gran contrariedad. Pensaba ‘vaya, aquí se acabó todo’. Y estaba cabreado más que con miedo, no quería que aquello terminase ahí. Iban cuatro amigos, dos de ellos consiguieron bajar hasta un glaciar a pedir ayuda. Llamaron a un helicóptero y le rescataron de lo alto de la montañaTardaron dos días en llegar a la cumbre, pero le salvaron la vida.

Amante de la  vida bohemia, de vivir al límite… “La montaña era un sitio donde se combinan el amor y la muerte. La relación tan íntima que estableces con la naturaleza, con la vida, con el resto de compañeros… hasta aprendes a encontrar el gusto a las situaciones extremas, son como retos. Las situaciones difíciles eran un estímulo para seguir escalando”, cuenta con nostalgia. Y veinte meses de escayolas y muletas, de reposo, que vienen de golpe, como un surfista al que se le escapa la mejor ola,  Julio sentía que su sueño se escapaba volando, y él no era lo suficientemente ágil ya para atraparlo.

Dos años después se operó y durante la operación tuvo un paro cardíaco: “Yo no me enteré de nada. Por aquella época no había tantos avances en la medicina como ahora. Menos mal que el cirujano fue rápido”,explica riéndose. Debido a su cojera y a el estado frágil de su pierna, no podía permitirse el lujo de volver a escalar. Al menos, no de momento. Pero no tiró la toalla. Le prestaron un pequeño velero, ligero, sin motor, y decidió cruzar el Atlántico. Así, como quien decide escaparse un fin de semana a la playa; pero Julio es espontáneo y pasional. Salió en 1968, sin saber nada de navegación; fue aprendiendo poco a poco. Fue descubriendo el mundo: “Lo más estimulante eran esas noches que pasaba en medio del mar. Acompañado de las estrellas y de la soledad. Los días se sucedían. La noche, el sol… cuando estás solo, el tiempo pasa de manera distinta”. Las travesías duraban unos veinte o treinta días. Cuando navegaba necesitaba un sextante y, al llegar al puerto, guiarse por los faros. Estuvo en Polinesia, el Caribe, Panamá…, por aquellos años, un mundo desconocido aún para muchos. Y él, pionero, estaba conociendo realidades que hasta aquel momento, solo habían existido en su imaginación, en aquellos viajes bajo aquella manta roja de cuadraditos.

Ilustración de su obra “Viaje a pie, mar de nubes” (2016). FOTO: Cedida

Cuando le preguntan por la lentitud del tiempo, en medio de la nada, rodeado de olas, de un “mar de nubes”, dice que siempre hay cosas que hacer, desde arreglar algo en el barco, hasta contemplar las aves que vuelan; mirar el horizonte, pensar y escribir. De esta aventura, de hecho, surge su primera obra, un diario, donde él dibujaba, escribía pensamientos, reflexiones: ¡Eh, Petrel! Cuaderno de un navegante solitario (1974). El petrel, un ave marina, que se convirtió en su fiel compañera durante aquella época de su vida. “Se me ocurría un pensamiento y zas, lo apuntaba. O las formas de la luna, observaba las nubes… o hablaba con el viento y me lo anotaba en mi cuaderno”.

Julio Villar pasó esos años en el mar, pero la mayoría de tiempo, amarraba el barco a un puerto y se quedaba en tierra, durante uno o dos meses. Cruzó Galápagos, Tahití, buceó en las islas con los nativos buscando el nácar. “Cuando llevas una vida así, sufres bastante. Descubres cosas tan increíbles, gente tan especial, te enamoras… Pero también te acostumbras a decir adiós. Es así, vives tu vida despidiéndote.

Cruzó el Pacífico. Durante su estancia en las islas, se integraba en su cultura, iba a sus cultos, conocía sus costumbres. Se quedó en Nueva Zelanda durante una época, después en Nueva Guinea, donde vio cosas que le marcaron, como una mujer amamantando a un cerdito o a unos nativos comiéndose a un ser humano, nieto de un millonario. Recorrió las Islas Agalega en el océano Índico, Madagascar, el estrecho de Mozambique, el cabo de Buena Esperanza, que recuerda como una zona muy compleja debido a los temporales casi diarios. Ciudad del Cabo en plena época del apartheid fue una de las historias que recuerda con más intensidad, “era todo muy duro”. Más tarde, llegó a Brasil, desde donde regresó a España, dando toda la vuelta al mundo.

Tras estos años de travesía por mar, unos amigos le invitaron en 1974 a una expedición en el Himalaya. Intentaron subir el Everest, pero el monzón llegó demasiado pronto y no consiguieron llegar a la cumbre. Sus compañeros se volvieron, él se quedo por allá, por India, por Nepal, cruzando Afganistán y Pakistán en camiones y autobuses. Finalmente, desde Estambul, volvió en un barco pesquero hasta Barcelona.

Compró una masía en Tarragona. Se quedó durante unos años. En invierno recogían uvas y hacían aceite. A veces, se iba a llevar barcos al Caribe o a Tahití. En verano hacía de guía de montaña, ahora con un poco más de estatus” .

En la época de los 80, Julio decidió caminar desde el País Vasco hasta Cataluña. Recorrido que, hoy en día se hace en cinco horas de coche, le llevó unos cuatro meses. De ahí salió Viaje a Pie, el libro al que él le tiene más cariño, y que posteriormente se reeditaría con una segunda parte, Mar de nubes. “Eso sí que fue un viaje. Lo viví con tanta intensidad como cuando daba la vuelta al mundo. Conviví con pastores, fui llenando cuadernos”, cuenta.

Extracto de su obra “Viaje a pie, mar de nubes” (2016)

Cuando uno es joven ser un terremoto no es raro, tomar decisiones alocadas, ese impulso que te lleva a dejarte guiar por el corazón. Pero Julio, a sus 75 años, sigue siendo joven. De corazón nómada, aunque ahora haya decidido decantarse por la estabilidad de una vida sencilla en San Sebastián, junto a su familia, su pareja y su hija, se escapa varias semanas al mes a hacer montañismo. Sigue llevando a gente a la montaña y, por rutas más modestas, está descubriendo su país. Ahora Julio huye de los turistas del resto del mundo y se dedica a conocer bien lo que tiene cerca. “Hace un par de semanas estuve por Burgos, andando por tierras increíbles y pretendo volver a conocer más”, explica. Tras una vida llena de experiencias, de constantes despedidas, de hacerse fuerte de corazón, de soledad, de relaciones pasajeras, y de recuerdos en cada rincón del planeta, uno se hace un poco poeta y un poco nostálgico, pero no se arrepiente de nada: “No cambiaría ni un solo detalle. Me he dejado cosas en el tintero. Cuando eres montañero siempre te quedan ganas de hacer tal o cual escalada… pero por ejemplo, al Himalaya ya no quise volver. Se ha convertido en algo comercial. La gente sube allá a conseguir el trofeo de llegar a la cumbre o a sacar una foto. Me da pena. La montaña es una cosa íntima y no se debe comprar y vender”. Lleno de inquietudes aun ahora, me confiesa riéndose que, si volviese a nacer, le gustaría probar otras cosas: ser bailarín o músico.

Cuando tienes más años te vuelves más frágil, pero no es cuestión de alimentar esa fragilidad, de ahogarse en un vaso de agua por tener que renunciar a ciertas cosas por la edad. Hay que buscar otras nuevas. Una vida de sacrificios y despedidas, pero teniendo siempre claro que a las amistades, al amor, a la familia hay que otorgarles cierta estabilidad, hay que echar leña al fuego para que no se apague. En Mar de nubes, escribe poemas, él, hombre efímero, escribe: “ Yo sé… que para ti soy algo tan fugaz como un otoño corto y… que tú, para mí, serás algo tan efímero… como una primavera… por eso… no puedo medir lo que te quiero”. Quizá su contacto con las personas haya sido, en ocasiones, fugaz. Pero Julio es una de esas personas que te marcan, con su historia, con sus ganas, con su gran corazón. Y para siempre.

 

5 pensamientos en “Navegante en un mar de nubes

  1. Fascinante Lara.

    Has hecho que, por un lado, conozcamos la historia de este increíble aventurero, Julio Villar, y por otro, describir perfectamente por lo que pasó el mismo incluso encontrándonos con un sentimiento de compañerismo hacia él.

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  2. Bravo Lara!
    Recuerdo que cuando en el colegio me tocó leer a Pio Baroja, me chocó y marcó para siempre, lo que él defendía a capa y espada: escribir fácil.
    Y es que Baroja opinaba que lo realmente difícil era escribir fácil, sin ornamentos, abuso de adjetivos u otros artificios.
    Y así escribes tu Lara. Da gusto leerte, tan fácil, tan limpio, tan directo…Te auguro un brillante futuro literario si optas por dedicarte a esto.
    Gracias por esta historia de Julio y por todas las que vendrán.

    Mamá de Maf y Lila

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  3. !Qué bien escribes Lara! La historia es fascinante, qué envidia y que gozada que existan aventureros con tanta pasión por la vida. Ya me gustaría a mí …

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  4. Genial!!!
    Un relato que engancha porque la historia que nos cuentas Lara es una invitación para reflexionar y plantearnos interrogantes, a veces sin respuesta, que nos afectan a todos pero que parecen más extraordinarias en la voz de un aventurero .

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