Un crimen, una hija y una pregunta

Historia 115
Por Javier Marrodán

A Óscar García Calderón lo mataron de tres disparos el 22 de febrero de 1998 en Bogotá. Era periodista, trabajaba en El Espectador, tenía cincuenta años y acababa de escribir una crónica del festejo taurino celebrado en La Santamaría, la popular plaza de toros de la capital colombiana. Aquel relato que unas horas después se volvió póstumo era “un ejemplo de objetividad frente a una corrida turbulenta y vocinglera”, diría luego uno de sus colegas. El texto incluía una referencia al comportamiento impredecible de algunas ganaderías, “más variables que las alianzas políticas del país”.

Hacia las siete y media de la tarde Óscar recogió sus libretas, cruzó algunas frases con Jorge Cardona, se despidió de sus compañeros y abandonó la redacción del diario, en la calle 103 de la capital. El Espectador ya era entonces un periódico centenario: Fidel Cano Gutiérrez lo fundó en 1887 y eligió el nombre con el propósito de rendir un sutil homenaje a su admirado Victor Hugo, que había colaborado en Francia en una publicación homónima. En 1994 Le Monde incluyó al diario colombiano entre los ocho mejores del mundo, según se explica en Wikipedia. El Espectador mantuvo una línea informativa valiente y comprometida contra el narcotráfico y la corrupción. El 17 de diciembre de 1986 varios sicarios a sueldo de Pablo Escobar asesinaron al director, Guillermo Cano Isaza. Y el 2 de septiembre de 1989 una furgoneta cargada con 135 kilos de dinamita destruyó buena parte de las instalaciones del periódico a la vez que “seis sujetos armados” incendiaban una casa de veraneo de la familia Cano, en Cartagena.

Una de las acreditaciones taurinas de Óscar García Calderón. Foto: Cedida.

Óscar García llevaba veinte años en la redacción y conocía bien los antecedentes citados. Parece ser que aquel domingo de febrero de 1998 tres desconocidos lo abordaron en cuanto pisó la calle y le obligaron a meterse en un taxi, quizá un Dodge o un Volga de acuerdo con algunas informaciones de la época.

Media hora después su cadáver apareció con tres impactos de bala (dos en la cabeza y uno en el cuello) en la calle 22 bis de Bogotá, cerca de las oficinas de la Fiscalía General de la Nación. Un funcionario del Cuerpo Técnico de Investigación Judicial escuchó los disparos y alcanzó a ver un vehículo que se alejaba velozmente con las luces apagadas. Los autores del crimen se llevaron la cartera con su documentación, pero no le quitaron el reloj ni el anillo, algo que permitió descartar la hipótesis del atraco. Junto al cuerpo sin vida del periodista se encontraron tres casquillos del calibre 7,65 y sus dos cuadernos, uno con anotaciones de la corrida de toros a la que había asistido aquella tarde y otro con algunos teléfonos que permitieron tirar del hilo hasta identificarlo. Un funcionario de la Fiscalía llamó a la redacción de El Espectador a las once de la noche para preguntar si trabajaba en el diario “un hombre que aparentaba entre 35 y 40 años, moreno, que vestían jean, camisa azul y chaqueta de paño azul”.

Óscar García Calderón estaba casado con Juliette Villa, también periodista, y tenía una hija de cuatro años, Yuliana, a la que a veces llevaba a los festejos taurinos. Hasta le había enseñado a exclamar “¡Ole!” después de un buen pase.

Óscar García Calderón, en el centro del grupo, con varios toreros. Foto: Cedida.

Al principio no resultó fácil concretar la causa del asesinato: Óscar García no había firmado informaciones sobre el narcotráfico o la guerrilla. “Fue un hombre sencillo y bueno, víctima del peligro que significa vivir en la capital de uno de los países con mayor cantidad de homicidios en el mundo”, escribió José Salgar en El Espectador. Y aventuraba más adelante: “Tal vez nunca lleguen a descubrirse las causas de su muerte. En principio se creyó que era un atraco en una calle solitaria. Pero hay indicios de sevicia, de premeditación, por la forma como fue ultimado”.

Pronto se supo, en efecto, que Óscar García sospechaba que los festejos taurinos de Colombia estaban sirviendo para blanquear dinero obtenido de modo inconfesable. Y que había decidido averiguarlo. Seis días después de su muerte una información de prensa ya desvelaba que “el periodista asesinado estaba investigando presuntos actos de corrupción en el mundo de la tauromaquia”. Incluso trascendió que pensaba escribir un libro a partir de sus pesquisas o que había comentado a una compañera periodista su propósito de dejar la investigación, lo cual revela que era consciente del riesgo que corría.

Unos días después de su muerte, el Instituto Internacional de la Prensa envió una carta abierta al presidente colombiano, Ernesto Samper Pizano, solicitando que se investigara el crimen. En la misiva explicaban que Óscar García había tratado de documentar “las relaciones entre las corridas de toros y el crimen organizado” y que “los asesinos perpetraron este acto para vengarse por su trabajo”.

Óscar García (izquierda) con Manuel Benítez, “El cordobés”. Foto: Cedida.

El funeral se celebró el 24 de febrero en la iglesia de la Porciúncula. Antes de que empezara la misa el ataúd con los restos del periodista fue llevado a la plaza de toros, donde sus colegas y varios toreros compartieron con él un último paseíllo. Las imágenes de aquel día muestran en el primer banco del templo a la esposa y a la hija del periodista. La pequeña “aún preguntaba por su papá”, se puede leer en la crónica de El Espectador. El texto también cuenta que un compañero de la Asociación de Cronistas Taurinos tomó la palabra al terminar la misa y que recordó al difunto “como un hombre noble, afable, divertido y dicharachero”.

En la corrida de toros del domingo siguiente en La Santamaría se recordó al periodista asesinado durante el paseíllo y una pancarta con la leyenda “Óscar García vive, no más impunidad” recorrió el ruedo antes de que César Rincón, Vicente Barrera y Manuel Caballero se enfrentaran a seis toros de Alcurrucén.

El caso se investigó muy brevemente y Óscar García pasó a ser un nombre más en la relación de los 114 periodistas asesinados en Colombia hasta ese momento. Ocho días después fue abatido en Cali el reportero Didier Aristizábal. Y en los seis meses siguientes mataron a José Abel Salazar, Jorge Boada, Nelson Carvajal, Bernabé Cortés y Luz Amparo Giménez Pallarás, que había intentado promover la reconciliación de los colombianos a través de la prensa escrita y la televisión. Luz Amparo tenía 37 años.

A Yuliana le contaron que su padre había sufrido un accidente y se encontraba en el cielo. O simplemente que “estaba fuera”. Era todavía pequeña para hacerse cargo de lo ocurrido. Con el tiempo, su madre empezó a sentirse incómoda en Colombia y se trasladó a Ecuador, donde dejó el periodismo y puso en marcha una empresa de teletienda.

La niña descubrió la verdad con doce o trece años, con ocasión de una visita a su abuela Olga. Su madre le había propuesto que volara sola de Ecuador a Colombia. El plan parecía sencillo: la dejaban instalada en el avión en Quito y algunos familiares la recogían al llegar a Bogotá. La pequeña viajaba provista del pasaporte, de un permiso firmado por su madre y de algunos otros documentos. Uno de ellos era el certificado de defunción de su padre. Y a bordo de aquel avión, ojeando los papeles que llevaba consigo, Yuliana leyó la causa real de la muerte de su padre: lo habían asesinado.

Ya en Colombia su abuela le proporcionó algunos detalles y su tía Ligia le entregó un álbum de fotos de su padre con distintas figuras del mundo taurino, además de un sobre con informaciones recortadas o fotocopiadas en torno al asesinato. Desde entonces siempre los lleva consigo.

Yuliana ya nunca ha dejado de interesarse por lo ocurrido. La investigación que llevó a cabo por su cuenta en Internet y las respuestas poco concluyentes que obtuvo en el entorno familiar acabaron conduciéndola a una pregunta insistente: ¿por qué su padre decidió seguir investigando las turbias conexiones que había intuido en el mundo taurino sabiendo que podían matarlo? No acababa de entenderlo, confiesa.

Un día encontró entre los papeles del periodista asesinado un folleto de la Universidad de Navarra. Se habían celebrado unos encuentros taurinos en el campus de Pamplona y de algún modo la información llegó hasta Colombia. Yuliana preguntó a su madre por aquel detalle y ella le explicó que su padre siempre había mostrado interés por esa universidad concreta de España. Quizá se debiera al Programa de Graduados Latinoamericanos (PGLA) que funcionó entre 1972 y 1990 y permitió formarse en Pamplona a más de 400 periodistas de trece países americanos, Colombia incluida.

La investigación por el asesinato del periodista Óscar García no llegó a ninguna conclusión. El crimen ya ha prescrito. Foto: cedida.

Lo cierto fue que Yuliana también se quedó con la referencia. Cuando estaba terminando el bachillerato y ya había decidido que quería ser periodista, planteó a su madre la posibilidad de estudiar la carrera en Pamplona, como seguramente le habría gustado a su padre. La propuesta fue bien aceptada: las dos viajaron a Navarra, se alojaron en el hotel La Perla, se empaparon de la historia y la geografía taurinas de la ciudad, y quedaron encantadas del campus.

Yuliana empezó poco después el grado de Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Su objetivo era obtener el título para poder trabajar en alguna televisión, pero nunca perdió de vista aquella pregunta que la había asaltado mientras reconstruía la trayectoria profesional de su padre: ¿por qué se comprometió tanto?

Un día, en una clase de Teoría del Periodismo, el profesor Javier Serrano Puche explicó que el periodista es un profesional que tiene contraída una cierta responsabilidad respecto a la sociedad: debe informar a los demás, debe contar lo que ocurre, debe proporcionar claves para que sus conciudadanos tengan elementos de juicio, para que sepan a qué atenerse. A Yuliana le impresionó escuchar unas afirmaciones tan básicas y a la vez tan reveladoras.

Descubrió además que ese mensaje se repetía en las explicaciones de otros profesores y de algunos invitados que pasaron por la facultad, desde Jill Abramson, editora de The New York Times hasta 2014, hasta Marty Baron, director de The Washington Post. También las referencias de Kapuscinski, Miguel Gil y otros periodistas ejemplares alimentaron la premisa: el periodista de verdad es un profesional que tiene una misión.

Hace unas semanas prescribió el crimen que costó a la vida a Óscar García Calderón. Pero no importa. Cuando el próximo 12 de mayo Yuliana García Villa recorra el escenario del palacio de congresos Baluarte para recoger su título de periodista entre los aplausos de sus profesores, de sus compañeros y de su madre, lo hará con la satisfacción de saber que los interrogantes y las dudas que la condujeron a Pamplona ya tienen respuesta. Ella misma lo explica: “Seguramente en Colombia había miles de personas que intuían que los festejos taurinos estaban sirviendo para blanquear dinero, pero solo una trató de comprobarlo: mi padre. ¿Y por qué lo hizo? Porque era periodista”.

Yuliana García Villa terminará el grado de Periodismo en la Universidad de Navarra dentro de unas semanas.

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