El hijo que Neruda nunca tuvo

Historia 113
Por Teodoro Peñarroja

Pablo Neruda tuvo una hija de sangre y un casi hijo adoptivo. La niña murió sin la presencia de su padre, y el niño se convirtió en el predilecto del Premio Nobel de Literatura. Natural de Isla Negra, Enrique Segura vivió prácticamente como un hijo los últimos veinte años del poeta y la vida cotidiana de su casa, que frecuentaban personajes como Salvador Allende.

Pablo Neruda pesaba ciento diez kilos, padecía flebitis y tenían que hacerle los zapatos a medida, porque calzaba un 40 de suela, pero un 43 de empeine. Eso no le impedía, sin embargo, tumbarse en el césped de su casa de Isla Negra con un niño de seis o siete años y buscar con él tréboles de cuatro hojas. “Si encuentras uno –le decía el poeta al niño, con su tono de voz monótono y solemne- te regalo una locomotora”. El padre de Neruda fue ferroviario, y en su edad madura, el premio Nobel de literatura coleccionó locomotoras de juguete. Enrique nunca encontró un trébol de cuatro hojas, pero a pesar de todo consiguió que el Viejo, como llama a Neruda, le regalase por fascículos toda su colección.

Enrique Segura posa junto a uno de los “juguetes” favoritos del poeta: una máquina de aserradero que le recordaba una locomotora de las que coleccionaba. FOTO: Alejandra Hernández.

Isla Negra es un pueblo pequeño de la Quinta Región de Chile. Tiene cerca de 2.000 habitantes, acantilados, el Pacífico y el recuerdo de una colonia de pingüinos. Consiste en una calle por la que pasan autobuses de turistas y en la que sobreviven una docena de restaurantes en los que se toma pescado y marisco, que todavía hace cricrí al comerlo, por la arena de la playa. Aquí vivió buena parte de su vida, y también murió, el poeta Pablo Neruda, y aquí se conserva también su extravagante casa en forma de barco. El nombre de Neruda es el único motivo por el que Isla Negra aparece en el mapa. Incluso fue él quien bautizó el pueblo. La figura de Neruda es a la ciudad de Isla Negra como la de la Virgen María a localidades como Lourdes o Fátima. Sólo que aquí, en vez de comprar rosarios, los turistas compran imanes con un verso o carteles de los setenta con consignas revolucionarias. Enrique Segura tiene sesenta y seis años y una vida marcada por la presencia del poeta. Un día de Pascua del año 1954 se perdió por las calles de Isla Negra, su ciudad natal. Andaba entretenido con un carrito de mano que le regaló un maestro carpintero del pueblo y, sin saberlo, acabó jugando en el jardín de Pablo Neruda. El poeta, que entonces tenía 50 años y estaba casado con la segunda de las tres mujeres que tuvo, se enamoró de aquel muchacho y lo invitó a pasar el día en su casa. Desde entonces, Enrique sería el hijo que Neruda nunca tuvo, aunque jamás heredó su apellido.

Al principio la madre del niño se opuso, y lo mismo su abuela. Que qué iban a decir en el pueblo, el hijo de una mujer sola todo el día en casa de un hombre casado. La verdad es que no tardaron en darle al chaval carta blanca para pasar en el barco tanto tiempo como quisiese. Incluso se quedaba a dormir, algunas noches, cuando se le hacía tarde. El padre de Enrique lo abandonó, a él y a su madre, cuando apenas se levantaba dos palmos sobre el suelo. Digamos que Enrique, todavía hoy, no guarda un buen recuerdo del caballero –si es que guarda alguno‒ y jamás ha movido un dedo por localizarlo. La paternidad, dice, no consiste en arrojar un niño a la existencia, sino en acompañarlo y educarlo. Eso es lo que no hizo su padre con él, y en su lugar lo hizo Pablo Neruda. Lo paradójico es que el poeta no hizo eso mismo con su hija carnal.

“El Viejo sí tuvo una hija”, recuerda Enrique. “Se llamaba Malva Marina. Era de su primera mujer, de cuando vivían en España. Pero las abandonó a las dos porque se embobó de la pintora argentina. Las dejó allá en España, solas. Malva Marina murió a los doce años de hidrocefalia”. Ese es el principal, quizá el único reproche que hace Enrique a su casi padre. “Ése es su lado más oscuro. Jamás le escribió un verso a su hija. Dejó que todo se lo llevara el viento”. Jamás le escribió un verso.

En cambio, hay un poema en Plenos Poderes (1962) que va dedicado a E.S.S, que no es otro que Enrique Segura Salazar. Neruda sentía verdadera predilección por aquel chaval esmirriado que sólo consiguió llegar a medir 1’68 por la intervención de un médico amigo de Don Pablo, como le llamaban en el pueblo. Su madre estaba preocupada, que el niño ni siquiera podría hacer el servicio militar, siendo, como era, tan enclenque. Todos los gastos del tratamiento de Enrique corrieron a cargo del poeta. A día de hoy todavía se le ve pequeño, como encogido. Las facciones de su cara son diminutas: los ojos, como almendras incrustadas en unas cuencas demasiado profundas; la nariz, bien perfilada, pero de tamaño reducido, como de un santo de escayola; los labios, finos, apenas se asoman a una barba canosa y estacada. Solamente sus cejas, bien pobladas y de pelo grueso, parecen resguardar su pequeña faz de las inclemencias del tiempo.

Enrique olvidó pronto que Neruda no era su padre. Se consideraba el dueño de la casa, provocando muchas veces serias discusiones –en inglés, para que el chaval no lo entendiera, pero a voz en grito‒ con Matilde Urrutia, la tercera esposa del poeta chileno. Al final, Enrique siempre se salía con la suya. “Crecí rodeado de los amigos escritores del Viejo, de gente muy culta”, recuerda. “Lo copiaba todo: los modales, las costumbres… ¡Empecé a sentirme amanerado! La primera vez que me senté a la mesa estaba Salvador Allende”. Durante las fiestas de cumpleaños que se celebraban en Isla Negra, Neruda pedía a Enrique que recitase algún poema. No de los suyos ‒eso no le gustaba‒ sino de algún otro. Entonces el niño esmirriado se subía a lo alto de una silla y declamaba haciendo aspavientos y gesticulando con desparpajo poemas de Rubén Darío para deleitar a su auditorio de intelectuales, poetas y políticos. Si lo hacía bien, el Viejo le regalaba una locomotora, aun a sabiendas de que su esposa no podía soportarlo.

La casa de Neruda en Isla Negra está concebida para parecer, desde lejos, un barco. FOTO: Alejandra Hernández.

Las fiestas de la casa de Neruda se rodeaban de toda clase de extravagancias. Basta echar un ojo a la casa para darse cuenta de que la personalidad del poeta era, cuanto menos, intensa. Coleccionaba mascarones de proa en el salón, y atesoraba todo tipo de objetos: máscaras de teatro japonés, maquetas de barcos, locomotoras de juguete, escarabajos y mariposas, instrumentos musicales (aunque no tocaba ninguno), máscaras que representan al diablo y fotos de mujeres ligeras de ropa pegadas en las paredes del baño de hombres. El vestíbulo está alfombrado de guijarros “para que al entrar te hagan cosquillas en los pies”, como decía Neruda. Siempre escribía con tinta verde; tenía la cama orientada a la mar para que el sol saliera por la cabecera y se pusiera por los pies, y echaba agua en las mejillas de uno de sus mascarones de proa porque le parecía romántico pensar que lloraba. “El Viejo fue un niño hasta que murió”, recuerda Enrique. “Cuando daba una fiesta se disfrazaba. Era chistoso: se pintaba unos bigotes con carbón, se ponía un delantal rojo y un paño colgando para servir a sus invitados”. Y desde luego, aquellas fiestas estaban siempre bien regadas, y no precisamente de agua. “Siempre invitaba a algún borrachito de por aquí y cuando estaban bien mamados se mofaba de ellos”.Como toda infancia, la de Enrique terminó, y vino entonces la separación. En 1969 cumplió los dieciocho y se fue a trabajar a Quisco, la capital de esa provincia, que no deja de ser un pueblo. Volvía de vez en cuando a Isla Negra, pero ya no era lo mismo. Con el tiempo se aburrió de la vida provinciana y decidió ir a probar suerte en la metrópolis. En Chile, como en muchos países, todo pasa en la capital. Incluso hoy en día más de dos tercios de la población viven en Santiago.

Eran los tiempos de la Unidad Popular, el gobierno revolucionario de Allende. Entonces ‒como ahora, por otra parte‒ era suficiente con ser amigo de la persona adecuada para conseguir un buen puesto. “Yo tenía muy buen pituto”, reconoce Enrique (pituto es la palabra chilena para decir enchufe). Sólo tuvo que ir a Neruda a pedirle una carta de recomendación. Y se fue a Santiago con lo puesto y una hoja manuscrita en tinta verde, donde el poeta dejó escrito que “acogieran a su casi hijo”. Enrique no puede disimular su orgullo cuando cita esas palabras de su mecenas.

Cuando llegó a Santiago lo recibieron en el Ministerio de Obras Públicas con los brazos abiertos. El primer día lo mandaron a comprarse dos trajes a una conocida sastrería de la capital. Después lo convirtieron en un funcionario de alto rango, supervisor de obras. “De repente me vi, sin haber estudiado nada, con un equipo de gente trabajando para mí construyendo carreteras y puentes y escuelas”, recuerda un poco desconcertado muchos años después. Fueron un par de años muy buenos, el despertar a la vida. Hasta que llegó septiembre de 1973.

El proyecto revolucionario de Allende había funcionado muy bien, en términos económicos, durante el primer año. Después la economía se desplomó, la inflación alcanzó niveles desconocidos hasta entonces y… bueno, el resto es historia. Pinochet dio un golpe de Estado, bombardeó el Palacio de la Moneda, Allende se suicidó. Muchos fueron represaliados, se exiliaron o desaparecieron… Y Neruda, que no fue presidente de la República precisamente porque le cedió su lugar a su amigo Salvador, estaba en el punto de mira. Murió en su casa de Isla Negra unos pocos días después del golpe, por un cáncer de próstata. O esa fue la versión oficial. En efecto, padecía un cáncer, pero los últimos estudios forenses, que datan de octubre del 2017, determinaron que no fue esa la causa de su muerte, sino una bacteria en el molar cuya investigación todavía no ha terminado. Si fue una muerte natural o un envenenamiento, todavía no puede decirse. Lo que sí puede decirse, y así lo dice Enrique, es que “los que salen en la foto de su entierro desaparecieron, murieron o fueron enviados al exilio”. Y él, a sus veintidós años, no quería morir. Así que no acudió al funeral.

Neruda quería que lo enterrasen en Isla Negra, y así lo dejó escrito en verso: Compañeros, enterradme en Isla Negra,/ frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras/ y de olas que mis ojos/ no volverán a ver…. Sin embargo, la Historia tardó en concederle su última voluntad. Desde 1992 sus restos reposan en aquella misma casa junto a los huesos de Matilde Urrutia: en una tumba que no es más que un pedazo de tierra cubierto de gravilla y una modesta lápida negra que lleva apenas dos nombres y cuatro fechas.

Todo en la casa del poeta tiene referencias marineras, desde su colección de mascarones de proa hasta el armazón de un velero que tenía en el jardín, mirando al Pacífico. FOTO: Alejandra Hernández.

Aquel año marcó también el regreso de Enrique desde Buenos Aires, la ciudad a la que se exilió en 1976, donde emprendió una nueva vida. Vivió allí dieciséis años siguiendo, de algún modo, el ejemplo del poeta. Se casó cuatro veces y cuatro veces se divorció. “Las argentinas son lindas, ¿eh?”, comenta. La vida es así, las personas van y vienen. Buenos Aires fue para él un símbolo de la vida misma. Muchas veces se acordó en la Argentina del que fue prácticamente su padre. Lo considera “extravagante, pero no ostentoso”. Su casa de Isla Negra se construyó con la piedra de la playa y los árboles de la zona; sólo la madera del suelo viene del Sur. Fue un comunista convencido y nunca cambió de ideas, cosa que Enrique también admira. Sólo se le quedó una espina clavada en el corazón: la de no asistir al funeral. A su regreso encontró la casa de Ilsa Negra convertida en un museo que cada día visitan unas 400 personas; 900 en temporada alta. Y no sólo turistas, sino también peregrinos adeptos al signo estético y político de un poeta que dio de qué hablar. Hay gente que sale llorando de la casa, que se emociona al ver la lápida. “El Viejo debe estar revolviéndose en su tumba”, asegura Enrique en referencia al precio de la entrada: 7.000 pesos, más o menos diez euros. “Él trataba igual al jardinero o a Manuel, el pescador, que a los diplomáticos que venían a verle”, continúa. Y a pesar de las paradojas de la Historia, Enrique trabaja en este museo como mantenedor, jardinero, carpintero… chico de todo. En este museo que fue su casa hace no tantos años.

A los pies de la casa de Neruda, bajo el acantilado, hay una playa de rocas donde está prohibido el baño por la violencia y la altura del oleaje. Los pelícanos, los albatros y las gaviotas revolotean alrededor de las olas con la esperanza de encontrar algo que llevarse a la boca. En una roca, alguien pintó la cara de Neruda con un mensaje que se ha ido borrando por el paso del tiempo y del salitre, y del que hoy sólo son legibles las palabras “Pablo, compañero”. Como en la canción de Silvio Rodríguez, fue muy dura la derrota. Todo lo que se soñaba se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas. Y mientras el viejo comunista sigue revolviéndose en su tumba, a menos de doscientos metros, el portero les cobra 7.000 pesos a los yanquis que vienen a visitar las extravagancias de un poeta que nunca dejó de ser un niño.

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