Ana María, una sonrisa a la intemperie

Historia 112
Por Carmen Lacarra

“Yo he visto a esa mujer, pero no recuerdo dónde”. “Es súper maja, estaba a mi lado en la procesión de Viernes Santo”. “Suele pasear a eso de las cuatro por la Plaza del Castillo”. “Es conocida, sí, pero no sé dónde para…”. “¿Por qué me sonará tanto su cara?”.

Todos se refieren a la misma persona: a una mujer ya mayor de ojos verdes ya un poco apagados. A una mujer que no tiene relación con sus hermanos. A una mujer que camina encorvada por el peso de las calamidades que han ido conjurándose en su biografía. Pero también a una mujer que quiere vivir más tiempo, mucho más. Y que quiere ser feliz.

“Sí… Pasaba tardes enteras sentada en uno de los bancos de la estación de autobuses, pero hace mucho tiempo que no la veo…”.

También ella estuvo bastantes años sin encontrarse a sí misma: sin saber qué hacer, sin saber a dónde ir. Sobre todo, cuando su marido la maltrataba. En una ocasión le dio una patada en el vientre y mató a la criatura que llevaba dentro. Ella piensa que tiene setenta y dos años, pero en realidad nació en 1934. Tiene por tanto más de ochenta. A muchos pamploneses les suena y hasta les resulta familiar, pero ninguno sabe que se llama Ana María, que nació en Peralta (Navarra) y que deseaba ser periodista, aunque no pudo estudiar. Los pocos que la han tratado más de cerca se han dado cuenta de que podría haber sido lo que hubiese querido. “A mí ya me dicen que podría haber estudiado, que soy muy lista”, confiesa con timidez.

Huérfana de madre desde que tenía dos años, recuerda cómo su padre, con muy pocos recursos, sufrió para sacar adelante a los cuatro hijos. “Te morías de hambre”, evoca de aquella época de posguerra. Con trece años obtuvo sus primeros ingresos en la fábrica de conservas Muerza, pelando pimientos y tomates. Los otros empleados le decían: “Oye, chiquita, no haces más que comer pimientos”. Y ella replicaba: “Toma, porque tengo hambre”. Y se reía. Las niñas del pueblo se metían con ella porque tenía pocos vestidos. Aquellas burlas amargas le dejaron marcada, pero ahora piensa que vale más ser pobre y buena ―intentarlo, al menos― que lo contrario.

Como en Pamplona y Peralta no había muchas oportunidades laborales, se marchó aún muy joven a San Sebastián, a probar suerte. Y la halló: trabajó en el hotel María Cristina, donde estuvo con “Carmen, la de Franco”, o con Manuel Fraga, que le imponía mucho respeto por su tamaño y maneras, o con Adolfo Suárez, cuyo carácter le resultaba más dulce. Recuerda haber coincidido también con Antonio Banderas y Julia Roberts cuando fueron al Festival de cine. Sirvió además en los bares Londres y La Espiga de la capital donostiarra. Y cerró su etapa junto al mar trabajando como asistenta del hogar en casa de un personaje de relevancia pública en España.

A pesar de aquel pasado más o menos cómodo, Ana María es hoy una indigente. Muchos lo intuyen y están en lo cierto. Es una incógnita desde cuándo sobrevive de ese modo. Duerme en una capilla del centro de Pamplona que está abierta las 24 horas para Dios y parece que para ella. Ana María se dice “románica, católica y apostólica”. Desde su banco reza, a veces a viva voz, otras entre susurros. “A mí me han hecho daño. Mucho, pero mucho daño. Si yo te contara lo que me han hecho sufrir…, no acabaría. No te puedes imaginar dónde dormía cuando mi marido me pegaba… He dormido en la calle, he dormido en albergues. Me avergonzaba, ¿eh? Mi hermana tenía que haber venido a ver qué pasaba con este hombre. Y el caso es que no lo hizo, no. Ahora, cuando voy al cementerio, le digo a mi padre: ‘¿Te das cuenta, aita? Ahora tu hija, ¿qué?’. Y parece que me dice: ‘Sí, hija, sí… Es verdad’”.

La operaron de corazón, pero su salud delicada no le impide afrontar la intemperie. Acude a las duchas públicas para asearse, mendiga por las casas, guarda sus pocas posesiones en las taquillas de la estación de autobuses. No tiene el apoyo de sus hermanos, le persigue el recuerdo de las agresiones físicas de su marido, está agotada de tanto trabajar, nunca ha celebrado la Navidad, pasa mucho frío.

Pero también siente el calor. Calor y color de las personas buenas, solidarias, que existen y le ayudan. Ana María suele llevar un abrigo marrón, acolchadito y fino, con cuellos de piel de pana. Así la ven quienes le invitan a comer a su casa, quienes le dan conversación, dinero, quienes le sonríen. Su rostro, poco arrugado para su edad y trayectoria, se ilumina cuando habla de la vida que podría haber tenido. Y sonríe de una manera especial cuando afirma que quiere vivir más, porque ser feliz merece la pena a pesar de los pesares, incluso a pesar de los suyos. Ser feliz no es solo una circunstancia. Ser feliz es una actitud de superación constante, y Ana María la tiene.

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