SACAR FUERZAS DE UNA MISMA

Historia 110
Por Bea Mingueza

Superó un cáncer y una depresión, y afrontó con entereza la enfermedad y muerte de su marido. Y cuando ya sólo tenía razones para quedarse en la cama, se presentó en un centro de actividades sociales para echar una mano. Hoy ayuda con el español a mujeres inmigrantes en Pamplona.

El escritor argentino Jorge Bucay aborda en “El camino de las lágrimas” la actitud, el crecimiento y la evolución de una persona ante una situación dolorosa. A María Dolores Pascual Vicente le encanta el libro, habla de él con un cariño especial. “Lo recomiendo mucho”. Y lo hace desde el corazón.

Nacida en Liédena (Navarra) hace 64 años, nunca fue propensa a grandes sobresaltos hasta que cumplió 48 y le detectaron un cáncer de mama. “Me acuerdo de las fechas perfectamente”, dice con la mirada perdida 15 años atrás. Eran los últimos días de Navidad de 2002, “la noche o el día de Reyes”, no lo puede precisar. María Dolores, Lola para los más cercanos, estaba en la ducha cuando se notó un bulto. “Me había bajado la regla, así que pensé que sería algo normal porque los pechos suelen cambiar”. Pero no le dio demasiada importancia: “Te autoengañas y te convences de que no está”. Y no lo tuvo en cuenta hasta unos días después. “Volví a mirarme el 27 de enero. Seguía ahí, así que pedí hora para el ginecólogo”.

María Dolores, a la izquierda, con más voluntarias y mujeres a las que ayudan en la Carbonilla. CEDIDA

Las pruebas médicas se sucedieron. A la mamografía le siguió una ecografía y, ya durante la consulta, el médico fue claro con ella. “Me adelantó que seguramente era un tumor”. Al nerviosismo del momento se sumó una pequeña sorpresa. “Ese enero hacía un año que me habían hecho una mamografía de control y no habían visto nada sospechoso”. A esto le llaman ‘efecto ventana’. Es decir, si a María Dolores le hubieran hecho esa mamografía unos meses después, el tumor podría haber asomado, pero en aquel momento era tan incipiente que los médicos no lo percibieron.

Los resultados de la ecografía confirmaron que se trataba de un tumor y ella tuvo que empezar a asimilarlo. “El disgusto inicial es tremendo”, reconoce. Contar la noticia a sus familiares y amigos fue realmente duro para ella. Su marido supo que pasaba algo en cuanto vio a María Dolores salir de la consulta del ecógrafo. “Venga, que esto lo sacamos adelante”, le dijo. Él fue el encargado de contárselo a los demás. “Primero llamó a nuestro hijo. Nunca supe cómo se lo dijo ni cómo fue la reacción, no me lo contaron. Supongo que a lo largo del proceso tuvieron sus ratos malos, pero en ningún momento se hundieron delante de mí”. El resto de allegados fueron enterándose poco a poco. Aunque hubo una persona que no llegó a saberlo nunca. “Mi madre ya estaba empezando a tener problemas en la cabecica, así que decidí no contárselo”, recuerda.

Ayudar a otras mujeres ha supuesto un gran impulso para María Dolores. En la imagen, ella junto a una marroquí a la que estuvo enseñando. CEDIDA

Una vez conocido el diagnóstico, todo fue muy rápido. María Dolores ingresó en la clínica San Miguel de Pamplona y el 13 de febrero de 2003 entró en el quirófano, donde le realizaron una mastectomía completa. “Me quitaron todo el pecho y la cadena de ganglios”. Días después, los médicos se percataron de que en realidad los ganglios que le habían extirpado no estaban infectados. Hacía apenas dos semanas que le habían realizado la punción para cerciorarse de que el bulto que tenía era un tumor y, por eso, algún ganglio seguía inflamado, algo que despistó a la cirujana. “Al no tener infección, solo me dieron quimioterapia. La radioterapia no hizo falta porque me habían quitado mucho tejido sano”, recuerda.

Poco a poco, los efectos del tratamiento empezaron a hacer mella en María Dolores. “En cuanto noté que el pelo se me caía más de lo normal, yo misma me rapé”, confiesa. Tenía la peluca a mano, preparada desde hacía tiempo para cuando llegara la ocasión. La caída del cabello y verse con la peluca fue lo más duro para ella durante el proceso. “La quimio la llevé perfectamente, pero esto me costó muchísimo”, cuenta.

María Dolores, con su marido. CEDIDA

A pesar del disgusto inicial y de estos detalles concretos, reconoce que en ningún momento pensó que se iba a morir por culpa de ese cáncer. “Siempre tuve en mente que me lo habían pillado a tiempo”. El trabajo de los médicos fue fundamental, pero el verdadero impulso de esta navarrica fueron su familia y amigos. “Al día siguiente de operarme era San Valentín y mi hijo apareció en la habitación con una planta debajo del brazo, más bonita que bonita”. Con una sonrisa de oreja a oreja y a punto de soltar una carcajada, recuerda cuáles fueron las primeras palabras del chico: “Jodó, podía haber sido otro día que no fuera el de los enamorados, la he pagado a doblón”. María Dolores reconoce que conserva en su memoria muchas imágenes como esa. “Al estar sola en la habitación de la clínica, un día vinieron mi marido y algunos amigos con cerveza y patatas fritas a ver un partido. ¡La que liaron!”. Llena de cariño y constantemente arropada por su gente, reconoce que “todo fue más llevadero gracias a ellos”.

María Dolores asegura que prefiere guardar solo los buenos momentos de esta época. Aun así, recuerda perfectamente cómo la operación y las sesiones de quimioterapia posteriores acabaron pasándole factura. “Justo al acabar la quimio, más o menos en los Sanfermines de 2003, me agarré una depresión. Toda esa lucha tan tremenda que llevas encima, la constante presión por sacar adelante la enfermedad… Me vino el bajón de golpe”. Maestra en cuerpo y alma, cree que, si después del tratamiento hubiera podido empezar a trabajar sin esperar demasiado, esa depresión no hubiera aparecido. “Pero claro, llegaron las vacaciones de verano en el colegio y tuve que esperar”.

Aunque no lograba disipar la tristeza, María Dolores no se quedó ni un solo día en la cama. “Me costaba mucho, es increíble cómo te puedes hundir, pero quería sacar fuerzas para seguir después de todo”. Los expertos catalogan la depresión que sufrió como ‘exógena’. Es decir, que llega sin previo aviso y sin motivo. “¡Es que, en realidad, lo tenía todo! No me fallaba nada”, admite.

En septiembre de 2003, María Dolores y su marido cogieron el coche y recorrieron 900 kilómetros hasta llegar a Almería. “Lo hice por él. Si me llegan a insistir, me hubiera quedado en casa. Pero al estar allí empecé a notar que me encontraba mejor, que podía salir adelante”, recuerda con una sonrisa nostálgica.

María Dolores sujeta en brazos a una niña de Eritrea, que llegó a España el año pasado. CEDIDA

A pesar de este duro bache, que logró superar sin que dejara rastro, reconoce que el cáncer no cambió su vida de manera drástica. “Escucho a menudo cómo la gente que ha vivido cosas así dice que le ha cambiado. A mí no. Quizá porque ya tenía claro de antemano qué era importante para mí y qué quería en la vida”. Aunque supone que “la gente que está al borde de la muerte puede que se plantee su vida de otra manera”.

Lo que sí dejó una gran huella en María Dolores fue el cáncer de esófago de su marido, y su muerte. “Fueron quince meses de lucha contra un cáncer más doloroso y difícil que el mío”, cuenta con entereza. Su marido falleció en julio de 2014. “Hay que aprender a vivir con ello. Pero tiene que pasar un tiempo”, admite. El cariño con el que le recuerda es indescriptible. “Siempre voy a tenerle aquí, pero ya he conseguido pensar en él y no sentir el dolor físico que sentía al principio. Su ausencia siempre va a estar ahí, pero más paliada. Me gusta hablar de él”.

María Dolores se había jubilado unos meses antes, en octubre de 2013. “Sabía que iba a recibir muchísimo apoyo, pero tuve claro en todo momento que no quería sentirme una carga para nadie”, recuerda. Su talante luchador y sus ganas de mantenerse ocupada le condujeron a La Carbonilla, un centro comunitario de iniciativas sociales en el barrio pamplonés de la Rochapea. Explicó su recorrido como maestra y dijo sin rodeos que quería hacer algo. “Al día siguiente me llamaron y me contaron que querían poner en marcha una iniciativa lingüística para mujeres inmigrantes”. Ante esta propuesta, María Dolores reconoce que hubo dos razones especiales que le impulsaron a sumergirse en este proyecto: “Siempre había querido hacer un voluntariado en la enseñanza, que es algo con lo que disfruto un montón. También influyó el hecho de que mis hermanas y mi hijo vieran que tenía mi vida y mi actividad, que no estaba sola”. Sin pensarlo dos veces aceptó y, en un abrir y cerrar de ojos, se vio sumergida en una aventura, dedicando su tiempo a mujeres marroquíes, árabes y argelinas, y recibiendo a cambio el impulso que le ayuda a seguir adelante. “No te puedes dejar llevar por el dolor. Hay que sacar la fuerza de uno mismo, valorar lo que todavía se tiene. Pero claro, hay que querer y, sobre todo, poder”, sentencia.

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