Valentín, una sonrisa en la niebla

Historia 108
Por Beatriz Jordán

Valentín entra en su despacho y cuelga el abrigo en el perchero. Enciende el ordenador y se dispone a trabajar. Oye unos pasos. Cada vez más cerca. Sabe que es Ana. Reconoce a todo el personal de la oficina por el andar. Su forma de acceder a la realidad es a través del oído y del tacto. Valentín vive sumergido en una niebla densa que no le permite distinguir nada. Nada. Es prácticamente ciego desde que nació.

A sus 48 años desconoce cómo es una mesa. “No sé qué es la tridimensionalidad. No la tengo conceptualizada. Tengo mi imagen de esta mesa según la percibo yo con el tacto. A lo mejor, si la viera no sabría que esto es una mesa. Tendría que reaprender”, explica. Es natural de Cadreita (Navarra). Nació con algo de visión, pero unas lesiones en la retina, mal cicatrizadas, fueron la causa de su ceguera. Solo es capaz de percibir la luz. Sabe dónde hay una ventana o cuándo una lámpara está encendida, pero el resto del mundo, para Valentín, es bruma espesa. Sin embargo, recuerda los colores a la perfección. “No sé por qué, pero es de lo único que me acuerdo”.

Valentín en su lugar de trabajo, la oficina general de la ONCE en Pamplona. FOTO: Beatriz Jordán.

En España, se considera ceguera legal la de aquellas personas cuyo índice de agudeza visual es de 1/10 en la Escala de Wecker o cuyo campo de visión es inferior a 10 grados. Hoy, Valentín ha llegado a la oficina acompañado. Camina agarrado del brazo de Agustina, su mujer. Ella se maneja perfectamente, pero no es capaz de distinguir una cara a cinco metros de distancia. Son muchas las personas que, pese a ser consideradas legalmente ciegas, como Agustina, pueden distinguir formas y sombras, aunque no son capaces de apreciar los detalles normales en su visión. “Cuando vamos juntos, aunque vaya sin bastón, sé que no me voy a pegar contra un árbol”, se ríe. Valentín recuerda su infancia como una etapa dura. Tenía seis años cuando le separaron de su familia. Por aquel entonces, 1976, no existía la inclusión educativa y tuvo que realizar sus estudios como interno en un colegio de la ONCE en Madrid. “Un internado es la ley de la selva. Tienes que buscar tu espacio y ganártelo. Luego te vas organizando por ti mismo, es una vida que te hace ser muy autónomo”. Terminó tercero de BUP, regresó a casa y cursó COU en Marcilla. Con el apoyo de la ONCE ya había adaptaciones de materiales para todo tipo de asignaturas.

Después, Valentín estudió Geografía e Historia en la Universidad de Navarra. “Recuerdo que me grababa todas las clases y en casa me las pasaba a braille. Escuchaba las clases dos veces. ¡Una barbaridad! Luego me fui haciendo con mi equipo de colaboradores y colaboradoras que me grababan directamente sus apuntes. Pero ya sabes, eran apuntes de ‘otros’, no los míos”, vuelve a reírse. “A partir de segundo, conseguí un aparato anotador que me facilitó mucho las cosas. Me lo llevaba a clase y cogía los apuntes directamente en braille”.

Hoy, Valentín es licenciado en Geografía e Historia. Además, fue nominado al Premio Final de Carrera de su facultad y al galardón al mejor expediente académico de España en el 95. “Parece que no me fue tan mal”, dice entre carcajadas. “Tengo magníficos recuerdos, hice muy buenas amistades que todavía conservo”. Actualmente, es el presidente del Consejo Territorial de la ONCE en Navarra.

“Los ciegos podemos hacer muchas cosas, tantas que la gente no se puede imaginar”, dice emocionado. Hace más de cinco años, Agustina y Valentín empezaron una aventura llena de nuevas experiencias con la llegada de un hijo. “Me tocó darle el biberón y cambiarle los pañales. Lo hicimos sin grandes problemas”. Hoy, Aitor tiene cinco años y es consciente de que su madre ve poco y su padre nada. “Él es muy colaborativo y también ‘cabroncete’, cuando toca. Me dice: ‘Papá ya he terminado de comer.’ Entonces, miras el cubo de la basura por si acaso… Hay que ir un paso más allá para cuando te haga la chapuza”.

El braille es el código de electo escritura táctil específico para las personas ciegas. FOTO: Cedida.

Para Valentín la educación de su hijo no difiere con o sin vista. Sin embargo, hay determinados juegos que nunca compartirá con él. “Yo no puedo montar un puzle porque no veo los patrones, pero puedo construir cosas con los legos o hacer juegos interactivos que son accesibles”. En el parque, el rol lo desarrolla Agustina porque puede seguirle a donde va. “Yo no iría a un parque solo con Aitor, por lógica”, cuenta.

Su día a día

Cuando suena el despertador, Valentín tiene que saber dónde está para poder apagarlo. El orden es algo fundamental para una persona ciega. “Cambiar una cosa de sitio supone para mí que no exista. Aitor sabe que, si su padre o su madre ponen algo en un sitio, él no tiene que cogerlo”, explica. En la oficina, las chicas de la limpieza avisan a Valentín a qué lado del pasillo dejan su carrito. “Sandra, la de mi planta, ya sabe dónde tiene que ponerlo. Pero cuando viene una chica nueva, siempre me lo llevo por delante”.

Si es lunes o miércoles, Valentín lleva a Aitor al colegio. Pero antes de salir de casa, deja programado un robot de cocina. Así, al mediodía está la comida recién hecha. “Yo soy ‘el cocinitas’ de la casa”, cuenta. Además, él se encarga de hacer la compra. “Tengo magnífica relación con mi frutero, mi carnicero y mi pescatero. Me gusta el contacto con el pequeño comercio, en el barrio. Todo el mundo me conoce”. Su mujer trabaja en Carrefour y se encarga de las compras más grandes.

Valentín coge su bastón y Aitor agarra la mano de su padre. Los tres salen de casa y se dirigen hacia la parada de la villavesa. El bastón es la autonomía personal en la vía pública: “Te da seguridad, evita caídas y tropezones. Además, es una forma de estar identificado y de que la gente sepa quién eres”. Cuando llegan a la puerta del colegio, Valentín se agacha y Aitor le da un beso en la mejilla. Se despiden y él pone rumbo hacia la oficina.

Valentín quiere saber qué hora es. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca su móvil, un iPhone 6. Para saber la hora, pulsa la parte superior de la pantalla y una voz le dice que son las nueve y cinco. Lo hace tan rápido que casi ni se entiende, pero él ya está acostumbrado y así lo escucha mejor. “Mi móvil es un chivato. Me dice los mensajes nuevos que tengo y me lee todos los WhatsApp. Si pulso el botón del centro, sé que voy al menú y directamente me lee todas las aplicaciones. Cuando escucho el nombre de aquella a la que quiero entrar, pulso dos veces. Es muy sencillo y solo necesitas una aplicación”.

Valentín escribe en su máquina Perkins que permite la escritura en braille. Tiene seis teclas conectadas a seis punzones. El único inconveniente es el ruido que produce. FOTO: Beatriz Jordán.

Valentín piensa que todo el mundo depende siempre de alguien, pero él se considera una persona completamente autónoma. “Son dos cosas diferentes: Me organizo en casa, vengo a trabajar y hago mis gestiones sin ningún problema”. Su oficina se encuentra en la sede de la ONCE en el centro de Pamplona. En cuanto entra al edificio ya no necesita su bastón. Se lo conoce de memoria. “Aquí no tengo ningún problema, es como mi casa. El caos llega cuando tengo que ir a un sitio que no conozco, que es nuevo para mí. Por ejemplo, cuando voy a un hospital a hacerme unas placas o a una consulta. Ahí sí que necesitas ir acompañado. La ONCE tiene un servicio de voluntarios que te acompañan cuando lo necesitas y nadie puede ir contigo.”

Cuando Valentín termina su jornada y regresa a casa, se sienta con Aitor. “Siempre hay que hacer algo. Un día hay que buscar información en internet sobre tortugas y otro, hacerle un disfraz para una actuación del cole. Te las tienes que ingeniar. Pero lo pasamos siempre en grande. Con los deberes sí que nos volvemos locos. No me quiero imaginar cuando pase a Primaria. Supongo que habrá que buscar a alguien en un momento dado”, cuenta.

En su tiempo libre a Valentín le gusta mucho leer. “El braille solo lo uso funcionalmente, prefiero los audiolibros. En la ONCE tenemos una biblioteca digital y podemos bajarnos los libros directamente al móvil. Hay gente que pensará que eso no es leer. Pero la voz de una persona son mis ojos. Así de simple”. Hay otra cosa con la que Valentín disfruta mucho: el cine. “Yo también voy a ver películas, aunque solo vaya a oírlas”, se ríe. “Agustina me va contando las imágenes que no veo, pero por lo general sigo bastante bien los hilos. También existe la audiodescripción: sin interrumpir los diálogos, una voz en off narra las imágenes. Ahora hay una aplicación que nos permite sincronizar en tiempo real la película desde el móvil. Entonces, me pongo los auriculares y listo”.

Valentín cuenta también que al ser historiador lo que más aprecia es visitar monumentos. No puede imaginárselos porque nunca los ha visto, ni siquiera en fotografías. “Para mí lo importante es la sensación de estar in situ en lugares que yo he estudiado. Es difícil de explicar. La Catedral de San Pedro o un circo romano, por ejemplo. Es algo espectacular. Yo creo que, al no ver, sientes las cosas mucho más. Esa satisfacción de decir: ‘Esto lo he estudiado en los libros y ahora estoy aquí’. Eso sí que es un lujo”.

Se escucha un silbido, una notificación de WhatsApp interrumpe a Valentín. Es su móvil. “Nunca me acuerdo de ponerlo en silencio”, se disculpa. Sabe que, si pulsa unos segundos el botón de bloqueo, se activa el modo silencio. Antes de guardarlo, se dibuja una sonrisa en el rostro de Valentín y muestra su fondo de pantalla. Es Aitor. Aunque él no puede verlo, sabe que está ahí.

 

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