LA MAGIA DE UNA BUENA PISADA

Historia 107
Por Beatriz Mingueza

Francisco Jaurrieta Artaso, fallecido en Pitillas en 1995, se ganó a pulso el título de “alpargatero del pueblo”. Hoy su hijo, Pedro Mártir Jaurrieta, y su nieto, José Luis Jaurrieta, reviven la esencia de este calzado tan característico de Navarra y tan importante para su familia. El trabajo y los recuerdos de todos ellos suponen un contrapunto entrañable y singular en un paisaje dominado por la tecnología.

“Los mocicos de este pueblo no quieren llevar abarcas, prefieren aun que se mojen buenas alpargatas blancas…”, cantan los versos de Ángel Leoz, un poeta de San Martín de Unx. A sus 90 años, Pedro Mártir Jaurrieta Alizpeleta los recuerda con alegría y añoranza. “Por Pitillas lo cantábamos a menudo”. Nacido en este municipio de la Zona Media de Navarra, a 50 km de Pamplona, Pedro fue testigo a muy temprana edad de cómo la llegada de las primeras máquinas en los años 30 acabó con el trabajo de su padre, Francisco Jaurrieta, uno de los últimos alpargateros de Navarra.

Dos décadas antes, Francisco, con tan solo 18 años, decidió especializarse en la artesanía de la alpargata antes que introducirse en las labores del campo a tiempo completo. “Mi padre siempre prefirió trabajar desde casa, no era tan fuerte como la mayoría de hombres que se dedicaban al campo, así que buscó algo más sencillo”, recuerda Pedro. Para ello acudió a “Murillete”, término cariñoso con el que los pitillenses se refieren a Murillo el Cuende. En este pueblo, situado a seis kilómetros de Pitillas y al que Francisco iba andando cada día, vivían los dos hermanos Ederra. Fueron ellos los que se encargaron de enseñarle todo lo necesario para hacer unas buenas alpargatas: desde coser la suela a partir de trenza de cáñamo hasta rematar la última puntada de la tela que cubre el pie. Una vez aprendidos todos los pasos, permaneció un tiempo con ellos, llevándose a diario el material a casa y volviendo al día siguiente con el trabajo hecho.

Pedro, a sus 90 años, recuerda orgulloso el trabajo que tanto ha aportado a su familia. FOTO: Maialen Irujo.

Con 20 años, Francisco ya se manejaba en el oficio, por lo que decidió emprender su propio camino, ya sin la ayuda de sus maestros. Desde entonces se dedicó tres lustros a hacer alrededor de dos docenas de alpargatas diarias para su familia y los vecinos de Pitillas. Los precios variaban según la persona: un par de alpargatas para hombre llegaba a las 2,40 pesetas (1,4 céntimos de euro), las de mujer costaban 1,90 (1,1 céntimos de euro) y las de niño, 1,40 (0,08 céntimos de euro). Combinaba el trabajo con algún quehacer en el campo, aunque la elaboración de este calzado tan característico le ocupaba la mayor parte del tiempo, en torno a diez horas diarias. “El rato que tardaba en hacer cada alpargata dependía del tamaño”, explica Pedro.

Pero en la década de los 30 del siglo pasado, la llegada de las primeras máquinas irrumpió con fuerza en la sociedad y el oficio de la alpargata fue uno de los perjudicados. “Las máquinas pudieron con todo y mi padre tuvo que dejarlo porque no era rentable. Tenía una familia que sacar adelante”, cuenta pesaroso.

A pesar de tener tan solo siete años cuando Francisco dejó de hacer alpargatas, Pedro recuerda perfectamente cómo “a veces le ayudaba a echar unos punticos, a preparar la suela y a aparejarlas”. “Lo más importante para mi padre era el banco de madera donde trabajaba”, afirma Pedro Jaurrieta. Corría el año 1918 cuando Francisco consiguió por 250 pesetas que un carpintero le hiciera un banco a medida a partir de un árbol de nogal. Casi 100 años después, esta pieza ha conseguido superar el paso del tiempo y es conservada por la familia Jaurrieta como si de un tesoro se tratase. “Este banco tiene más juego que el Real Madrid”, exclama José Luis, hijo de Pedro, mientras lo arrastra a la altura de su padre. Parece que este vuelve a tener siete años cuando se sienta en él y recuerda aquellos tiempos en los que era Francisco el que ocupaba ese lugar. “Este banco es como el tractor para un agricultor”, cuenta.

La familia Jaurrieta guarda con mucho cariño el banco de madera en el que trabajaba Francisco. FOTO: Maialen Irujo.

Fue digno aprendiz de su padre, aunque no pudiera continuar con la tradición que este había empezado. “Todo lo que sé lo aprendí de él. Aún sigo haciendo de vez en cuando porque me gusta recordarlo, pero nunca pude vivir de ello. Nadie puede superar la velocidad con la que trabaja una máquina”, se lamenta Pedro encogiéndose de hombros.

Pero su hijo no era el único que le echaba una mano. Aunque Francisco se manejaba solo sin problema, decidió enseñar a varias mujeres a capellar. Es decir, a coser la tela a la suela de la alpargata. De esta manera, él avanzaba más rápido y las mujeres conseguían dos o tres pesetas que siempre ayudaban en la economía familiar.

En aquellos tiempos no era extraño dividir las tareas. En otros pueblos “había muchos alpargateros porque hacían el trabajo por pasos, así que estaba el que se encargaba de coser suelas, otros de coser la tela…”, explica Pedro. Pero en Pitillas solo estaba Francisco Jaurrieta. Con la mirada perdida en el pasado, Pedro recuerda cómo su padre manejaba cada paso con una habilidad vertiginosa. “Incluso las hacía sin mirar, el tiempo le convirtió en un experto”, cuenta.

Después de 14 años trabajando, las alpargatas se habían convertido en una forma de vida para Francisco, así que no fue fácil para él soltar la aguja y la trenza de cáñamo. Por eso, aunque no tuvo más remedio que dejarlo para ganarse el jornal en otras ocupaciones como la agricultura, siguió haciendo alpargatas para aquellos que tenían los pies “más raros” en el pueblo. “Había gente que necesitaba calzado a medida, ya fuera por juanetes u otras razones, y mi padre les hacía las alpargatas sin rechistar, aun habiendo dejado el trabajo”, cuenta Pedro orgulloso.

 

Tres generaciones

Pedro Jaurrieta se define a sí mismo como “alguien variable”. Ha trabajado como albañil, agricultor e incluso pisó Francia cuando era joven, donde trabajó “de lo que pillaba” durante un año. Con 90 años de experiencia a las espaldas, reconoce que si las máquinas se lo hubieran permitido, hubiese continuado con el oficio de su padre Francisco. “Mi padre estuvo muchos años viviendo de las alpargatas, así que me hubiera gustado hacer lo mismo, pero he vivido de lo que he podido”, afirma.

Detrás de él, su hijo José Luis Jaurrieta, de 59 años, asiente. “No le quedó más remedio”. Aunque su padre no pudo continuar con la tradición, este pitillense es consciente de la importancia que tienen las alpargatas en su familia. “Sé cómo se hacen porque he visto a mi padre coser alguna vez, pero nunca he llegado a hacerlo yo mismo”, cuenta José Luis. Como miembro de la tercera generación de los Jaurrieta, tampoco quiere que el trabajo de su abuelo Francisco como alpargatero quede en el olvido. Anhela conocer de primera mano el oficio que dio de comer a su familia hace más de 80 años y que aún hoy su padre sigue recordando con tanto cariño. Por eso, quiere que sea él quien le enseñe todos los pasos necesarios. “Saber hacer alpargatas es mi asignatura pendiente”, reconoce. José Luis está intentando reunir el material necesario para ponerse manos a la obra, algo que “no es fácil de conseguir, ya que al hacerse todo en fábricas cada vez hay menos material con el que se trabajaba antaño”.

 

Pedro muestra restos del material que utilizaba su padre y que aún conserva después de casi 100 años. FOTO: Maialen Irujo.

 

Mientras Pedro, sentado en el banco de madera, hace alguna puntada recordando viejos y buenos tiempos, José Luis, sin apartar la mirada de las manos de su padre, de repente se acuerda: “¿Le has hablado de los puntos del diablo?”, pregunta sonriendo. Como la alpargata tiene que terminar en punta, los dos últimos toques eran conocidos con ese nombre por su dificultad. “Dicen que el diablo iba a ser alpargatero, pero cuando conoció esos puntos vio que había que trabajar mucho y se echó atrás”, explica José Luis.

El dueño del bar “Txispas” de Pitillas ha conocido de primera mano cómo son unas buenas alpargatas caseras. “En casa tenemos guardado algo de material viejo y varias alpargatas que hizo mi abuelo. Mi padre todavía se pone a coser de vez en cuando”, cuenta José Luis. Al ser testigo del trabajo que supone hacer unas alpargatas a mano, sabe que el resultado que dejan las máquinas no es el mismo. Y lamenta que la mayoría de la gente ya no sepa valorar un buen producto. “Hoy día se hacen tantas cosas en fábricas que se pierde la importancia de lo artesanal, de lo auténtico”, afirma José Luis. Por esta razón, quiere adentrarse en el mundo de las alpargatas a la vieja usanza, utilizando tan solo sus manos. Desea aprender todo lo que su abuelo le enseñó a su padre, reviviendo aunque sea como hobby una tradición que se quedó a medio camino pero que sigue muy presente en su familia.

 

Un pensamiento en “LA MAGIA DE UNA BUENA PISADA

  1. Estoy buscando un alpargatero.
    Si sabéis dónde encontrar a esta familia de generaciones de alpargateros os lo agradecería.

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