Volver a sentirse humano

Historia 106
Por Fátima Rosell

Fin de semana de diciembre. Las mareas humanas que compran y corren de un lado a otro inundan la Gran Vía de Bilbao. Es mediodía y hace frío. “De pronto, me paro y miro, no podía creer lo que estaba ocurriendo”, cuenta María Elena Combarro (Bilbao, 1969). Le vio acurrucado en una esquina de Sfera. Un hombre que lloraba y temblaba de frío. “¡Estaba llorando!”, exclama con ganas mientras continúa su narración. “Me paré a observarle y me llegó al alma. No pude evitarlo y me acerqué”. Ella le tocó en el hombro y se puso a su altura. “Creo que es importante tocarles, porque no les toca nadie, se creen manchados, indignos y son personas como nosotros”.

―¿Por qué lloras?

―Tengo muchísimo frío y nadie me mira, soy invisible.

Lo primero que hizo fue sentarse a su lado y conversar. “Porque mirarlo de arriba abajo daría una sensación de superioridad y yo quería que él se sintiese como yo, persona”, afirma. Jesús llevaba dos años en la calle  y no dormía en un albergue porque le costaba dinero y tenía que estar un mínimo de días al mes. Estaba pasando miedo solo en la calle, porque quince días antes le habían acuchillado y acababa de salir del hospital. Le enseñó a María Elena la herida en la muñeca y otra en la tripa, se le habían infectado y en nada estaba ya de regreso en la calle, “con un frío terrible”, precisa ella con dolor. Llevaba unos zapatos agujereados y unas bolsas como calcetines. María Elena detiene su narración un segundo, recordando el momento en que le vio. “Yo me paré a mirarlo, pues no sé, por una especie de señal o algo, el contraste me impactó. También es verdad que yo iba con el chip de los ojos abiertos, de ver lo que pasa a mi alrededor”.

Ese chip es una actitud de vida para María Elena, que es enfermera, mujer de Juan y madre de cinco hijos. El mismo chip le llevó también a poner un puesto de agua gratis para peregrinos a los pies del monte de El Perdón, próximo a Pamplona, varios días en verano. Ella dice que le encanta cuidar, no niega que a veces se encuentra pensando en Calcuta o en algún lugar de África y que le “chiflaría” irse a ayudar. “Pero luego me digo que no estoy ni ahí ni en otra parte, sino aquí en mi pueblito o de vacaciones en Bilbao, mi ciudad”, afirma decidida. Además, nunca hace nada sola, aprovecha para “liar” a sus hijos, marido, amigas y familiares. El día que se puso a ofrecer agua gratis y curas a los peregrinos acabó apareciendo la policía. “Llamarían algunos vecinos de Cizur ―recuerda― porque a lo lejos parecía que se había montado un jaleo; cuando llegaron les hizo gracia lo que hacíamos y se fueron encantados, uno me dijo que volvería a echarme una mano para practicar su inglés también”.

Los grupos de peregrinos se detenían a descansar, rellenar la cantimplora y conversar un rato. FOTO: cedida.

María Elena ofreció a Jesús entrar a algún sitio a tomar un café y seguir con la conversación, pero él le dijo que no podía moverse de su sitio. “Fue ahí cuando pensé que me estaba engañando. Me explicó que una chica le iba a traer unos zapatos y no podía venir conmigo”. Pero unos segundos después aceptó la propuesta y justo antes de entrar en la cafetería apareció una joven corriendo. Se llamaba Vanessa, era la chica que esperaba Jesús. Volvía porque se le había olvidado preguntarle qué talla tenía. “Fue providencial, podría no habernos visto, en ese momento me sentí tan culpable. Fue como un desgarro, haber dudado de una persona así. A partir de ese momento me dije: confía”.

Pasó una hora y media en la que Jesús habló de su pasado recordando buenos momentos, sonrió y se le saltaron las lágrimas de ver que estaba con alguien charlando como una persona normal, que alguien dedicara tiempo a escucharle como un amigo. Su cumpleaños había sido ese mismo mes, el mismo día que el de María Elena. Le contó que su mujer le había dejado por otro y se había ido con su hijo de cuatro años, vivían en Santander. Fue después de eso que lo echaron del trabajo, era peón de obra. Poco a poco, se fue quedando sin dinero y buscando trabajo acabó en Bilbao. Después de ese rato, quedaron en volver a verse en navidades.

―Espérame en la misma esquina que yo apareceré.

―¡Sí, claro! ¿Te puedo dar un abrazo y dos besos?

―Por supuestísimo.

En una semana, hicieron tres bufandas. Una familiar quiso aportar a su manera regalando un cuello. FOTO: Cedida.


Ya de regreso en casa no tardó en contarlo a la familia. Todos estaban conmovidos y querían ayudarlo con el empujón económico que necesitaba. “Le habían dejado empadronarse en Santurce, un municipio de Bilbao, pero le hacía falta un poco de dinero, a partir de ahí podía pedir una ayuda social al Ayuntamiento para rehacer su vida”. Pero, aparte de eso, la cabeza de María Elena 
había empezado a dar vueltas al asunto y tuvo una idea. Se iba una semana a Onda (Castellón), estaría tranquila con la familia y pensó en tener un detalle con Jesús y con más gente que, como él, pasaba frío en la calle. “Empezamos a tejer bufandas, enseñé a mi hija Pilar (16), mi hija Marian (21) ya sabía y hasta Gabriel (13) hizo unos cuantos puntos ―cuenta entre risas―, al final lo puse a hacer bolsitas con bombones y polvorones para repartir también”.

En Castellón, con la familia, sacaban la bufanda para tejer mientras conversaban y hacían reír a quienes les acompañaban. Pero recuerda ilusionada que “poco a poco, al menor descuido, la bufanda desaparecía y aparecía avanzada”. Así, se unieron su suegra, su cuñada, sus primas. Acabaron tres bufandas en una semana y “estaban emocionadas diciendo que había sido su manera de aportar”.

Momento antes de salir a la calle. Infaltable: la mochila. FOTO: Cedida.

Al regresar a Bilbao, no había día que salieran sin la mochila, ahí llevaban todo: las bufandas, los bombones y unas estampitas del Niño Jesús recién nacido que darían a quienes fueran creyentes. “Salíamos buscando a quién ayudar. No fuimos capaces de pararnos a ver ningún escaparate, nuestros ojos estaban en otra parte”, asegura María Elena. La primera tarde estuvieron con varias personas, les dieron los bombones y se sentaron con ellos a conversar.  Mikel de Galdácano, Julián de Rumanía, Buchelin de Bulgaria, Cosmos de Nigeria, Manu de Portugalete…María Elena aún recuerda los nombres e historias de todos y cada uno.

¿Y Jesús? “A Jesús lo buscamos desde el primer día, pero no lo encontrábamos”, cuenta. No estuvo en la esquina ni uno, ni dos, ni tres días. “Yo recé, tenía que encontrarlo”. Un día, encontraron en su sitio el cartón que llevaba siempre, señal de que había estado ahí. Eso les hizo recuperar la ilusión. Mientras, seguían ayudando a quienes encontraban por la calle. Una historia le marcó especialmente: la de Manuel (62). Iba a pasar la Nochevieja en la calle, no quería ir a un albergue. “Le dijimos que no lo hiciera porque hay borrachos y a ellos les da por pegarles, es terrible. Apareció un señor muy majo que se ve que le conocía y le ofreció abrirle el pórtico de la Iglesia de Santiago para que pasara ahí la noche sin peligro de que le dieran una paliza”, explica aliviada.

Conversando con Manuel, de Carranza, le convencieron de pasar la Nochevieja a resguardo. FOTO: Cedida.

Faltaba hacer la compra de reyes y María Elena contrajo una gripe que la retuvo dos días en casa. El 4 de enero salió con Juan, su hijo de 19 años, y Gabriel. No se encontraba muy bien y no cayó en que en lugar de ir por la Gran Vía estaban caminando por la paralela. De pronto, una luz. “Fue providencial, grité ¡Jesús! Chicos, tenemos que regresar, no hemos pasado por el sitio de Jesús”. Dimos la vuelta, entramos en la otra calle y ahí lo vimos. “Mis hijos dicen que les dio un vuelco al corazón”, María Elena se queda sin palabras al intentar describir el momento. Le tocó el hombro como la primera vez y él se giró sorprendido. “¡Que he venido por ti!”, exclamó ella. Esos días había llovido y por fin hacía bueno. Le propusieron ir a comer juntos, pero Jesús se iba a Santander a las 17.30. Llevaba dos días intentando conseguir quince euros para un billete de bus. Quería ver a su hijo. Su ex mujer lo suele llevar a Bilbao dos horas a la semana, pero se le había estropeado el coche. Eran las 13.30 y María Elena le dijo que le esperara, que tenía que terminar de hacer unos recados y volverían para comer con él y celebrar el año. “Volvimos con mi marido, lo levantamos, mis hijos tiraron sus cartones y le dimos la bufanda que le habíamos tejido con tanto cariño”, recuerda. Jesús estaba feliz, no podía creerlo. “Se vino con nosotros como uno más, la gente nos miraba y alucinaba. A mí me daba igual, yo solo miraba lo contentos que iban mis hijos, mi marido y Jesús”.

Comieron juntos, hicieron bromas. Juan contó que estaba estudiando Derecho y ADE en la universidad y Jesús le cogió la cabeza y le miró a los ojos diciéndole “grande, grande, grande”. El mendigo hecho persona repetía entre risas:  “Os voy a mostrar mi currículum, que es una pasada”. Estuvieron un rato así y finalmente lo acompañaron a la estación de metro. Les había contado en la comida que su pequeño le había pedido una bici por reyes. Él, con gran esfuerzo, había logrado conseguir veinte euros para comprarle una de segunda mano, pero le faltaban diez. Junto con los besos y los abrazos de despedida le dieron lo que le faltaba. Quedaron en seguir en contacto para ayudarle en lo que hiciera falta con el empadronamiento y conseguir trabajo.

Momento en el que por fin encontraron a Jesús. FOTO: Cedida.

Días después de la experiencia María Elena reflexiona sobre lo que ocurrió. Dice que todo fue surgiendo, ella solo se paró a observar. No dudó en decírselo a Jesús cuando este no entendía su actitud y le daba las gracias repetidamente. Ella le miró fijamente y le aseguró: “Podría haber pasado por otra esquina. Esto no es causalidad, esto es providencial, que me hayas llegado al alma, es que tú no estás solo. Somos exactamente iguales”.

Nada se comparará nunca con la felicidad que reflejaba la cara de Jesús al ver que era la ilusión de una familia entera. Tampoco con la alegría de María Elena al preguntar a sus hijos cómo se sintieron estando con Jesús: orgullosos. Orgullosos de compartir ese momento con una persona que lo necesitaba, pero que a la vez tenía tanto para dar. En medio de las calles frías e indiferentes, una mirada lo cambió todo.

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