Ayudar y sufrir desde una silla

Historia 105
Por Manuel de la Chica

Antes de acostarse, Gonzalo Goiri (Bilbao, 1984) enciende la radio para, al despertarse, saber que sigue vivo. Dice que su final está cerca, que cada año que vive es como seis de una persona normal porque nació con un cortocircuito en la cabeza, con un 86% de parálisis cerebral.

Después de superar muchas dificultades, Gonzalo Goiri lleva ahora una vida normal. FOTO: Cedida

En el momento de nacer el cerebro de Gonzalo se quedó un tiempo sin oxígeno. “A mis padres no les pudieron decir en ningún momento que saldría adelante”, cuenta, “solo les pidieron que pensaran un nombre para mí porque se temía por mi vida”. Les dieron diez minutos. Ellos creían que tendrían una segunda hija. No les dio tiempo a pensar un nombre, porque el sacerdote del hospital subió a darle la extremaunción y le bautizó como Gonzalo. Pero el recién nacido sobrevivió a esas primeras horas. Hoy tiene 33 años.

La parálisis cerebral es como un campo radiactivo que siempre seguirá ahí. Todo está dañado dentro del enfermo. Hay zonas que más y otras que menos, una lesión en la capacidad motora que crea otras lesiones paralelas que limitan el desarrollo del niño. Su parte médico era tan complicado que los médicos dijeron a sus padres que se rindieran porque su hijo no iba a ser capaz de hacer nada: “Si conseguimos que algún día les mire a los ojos, les habrá tocado la medalla de oro. El futuro que tiene esta criatura, si sobrevive, es estar enganchado a una cama, a un respirador, por el resto de su vida”.


Sus padres, aunque prepararon la caja funeraria por si acaso, pusieron todos los medios para que esas predicciones no se cumplieran y le internaron en un centro médico interdisciplinar cerrado en Madrid. Gracias al buen nivel adquisitivo de su familia pudo optar a tratamientos bastante caros y exclusivos. Gonzalo solo iba a su casa en navidades, en semana santa y en verano, si el equipo médico lo consideraba oportuno. Para él ese tipo de educación era lo normal, hasta que un verano una amiga de sus padres le preguntó. ¿Y tú a qué juegas en el recreo? ¿Qué es un recreo? ¿En tu colegio la gente no lleva bata blanca y va con zuecos?

En esos centros se da una atención clínica superespecializada. Cada paciente tiene un equipo médico que sigue sus progresos médicos y que semana a semana se reúne con los padres del niño. Hay una auxiliar que se encarga de asear y dar de comer al niño. Todo para que en algún momento esos ejercicios de rehabilitación tengan un efecto en el niño. “Por eso digo que mi vida es inventada. Está construida a medida”, explica. Es como una vela a la que se va dando forma. Y hay que empezar cuanto antes, porque a los catorce años lo que no se haya logrado, ya no se conseguirá.

Acoso en el colegio

En 1991, el gobierno de Felipe González aprobó la Ley de Integración Escolar, con la que algunos alumnos con deficiencias comenzaron a recibir clases en colegios públicos. Gonzalo, como era de los mejores de su centro, formó parte de la primera hornada. Los profesores no sabían cómo actuar. Los compañeros de clase pasaban de él. Cuando sonaba la sirena que anunciaba los descansos, se quedaba solo en su silla especial, en su mesa especial, con los pies atados por sus problemas de espalda, con unos correctores para no caerse a los lados.

Gonzalo define esos años como “muy duros”. No se le ocurren otras palabras para hablar del acoso escolar que sufrió. “Todos los lunes tenía que llevar a los cabecillas de mi clase una cantidad de dinero para que me dejasen en paz. Si eso no era así, jugaban al avión. Me sacaban hasta los tobillos por la ventana. Solo esperaba no resbalarme, porque, si no, no lo cuentas. Otra cosa que les encantaba era ‘centrifugar’: meter mi cabeza en el váter y tirar de la cadena”.

Cuando Gonzalo estaba acabando la EGB su madre enfermó. Su familia fue a Estados Unidos para intentar curarla, pero allí les dijeron que no había nada que hacer. Ella tenía cuarenta años y él, a sus catorce, vio cómo se iba apagando, se despidió de ella por teléfono y se enteró de su muerte por la televisión mientras estaba en un bar.

Días después, salió a la piscina del jardín de su casa y le preguntó a Dios dónde estaba: “Si tan bueno eres y tan misericordioso, ¿por qué te la has llevado y me has dejado a mí con un 86% de parálisis cerebral a los 14 años? ¿Dónde estás?”.

Abandonó la Iglesia y comenzó el instituto, pero se dijo que ya no iba a dejar que nadie se riera de él. No entraba en las clases. Se dedicó a hacer relaciones sociales, a fumar porros y a jugar al mús. “No me arrepiento de esos años porque empecé a tener amigos”, confiesa. “Era lo que necesitaba en ese momento”.

“Yo he sido muy golfo y muy vividor. Y comencé a hacer de todo porque en aquel entonces, si me moría, no me importaba”. Sin embargo, estudió un FP porque su padre insistía una y otra vez en que debía continuar con el negocio familiar, pero eso no hizo desaparecer una idea que atormentaba a Gonzalo desde hacía tiempo: vivía en un cuerpo enfermo. “Y si esto se acaba, pues de puta madre. Es que es para siempre, para siempre, hasta el día en que te mueras”. Siempre había luchado por lograr la vida de los demás. Era algo, dice, que tenía que intentar. Pero llegó un momento en que las diferencias con sus amigos se agrandaron. Ellos empezaron a tener coches, a tontear con chicas. Él iba a ir toda su vida por la vía de servicio. “Y masticar eso es muy complicado, porque nunca va a cambiar, nunca lo vas a tener”.

En el hospital

Estaba muy cansado. Pensó mucho. Y lo preparó. Lo miraba todos los días. Hoy no, mañana veré, hoy tampoco. Hasta que un día que su padre estaba de viaje lo intentó. “Me salvó estar en una casa en la que había mucho personal de servicio y que grité al final. Si no me hubiesen oído, yo no estaba vivo”.

Cuando despertó del coma en el hospital, el médico le preguntó por qué lo había hecho. “Usted no entiende nada”, respondió, “usted no sabe lo que es vivir para siempre en un cuerpo enfermo. Estoy muy cansado”. Es un cansancio que más de diez años después sigue ahí. “Hoy en día sigo cortando cabezas”, cuenta. “A mí la gente me mira por la calle. Vas a un restaurante y la gente te mira. Vas a una inmobiliaria y no te toman en serio. Piensan que un discapacitado no puede pagar. Si vengo a este bar, es porque puedo pagar la coca cola. Salga usted de mi silla y mire un poco más allá”. El médico dijo dos frases más antes de marcharse: “Eso lo piensas ahora. Aún te queda mucho por hacer”.

Después del intento, en su casa le ataron muy en corto. Se pasó a comer y a cenar con platos y cubiertos de plástico. Y Gonzalo ya no podía ir a la cocina. Siempre estaba acompañado. La confianza se había roto. Cualquiera pensaba que podía repetirlo.

Él era incapaz siquiera de pensarlo, aunque el primer pensamiento que tuvo al despertarse fue: “Joder, he fallado”. Había hecho polvo a su familia. Se dio cuenta del daño que había hecho. Veía a su abuela llorar por las esquinas sin parar de preguntarse qué había hecho a Gonzalo, por qué les había hecho eso si se lo habían dado todo, si se habían gastado una millonada. Simplemente por su dolor no podía.

Una mensaje en la radio

Gonzalo, por su enfermedad, duerme muy poco. Tiene que tomarse un “duermecaballos” antes de acostarse. Un día que tenía muchos dolores, escuchó en la radio a una chica consagrada. “No cambié la cadena por pereza. Empezó a hablar de las cosas de Dios, pero me daba igual lo que dijera”. Al despedirse dejó su correo electrónico por si algún oyente quería comentarle cualquier cosa. Gonzalo recuerda que tuvo un impulso muy raro, se levantó de la cama, le mandó un correo contándole su historia y le dejó su teléfono.

Ella le llamó dos días después y le propuso ir a la radio para que le entrevistaran. Al día siguiente le recogió en a su casa. Era una chica estupenda, rubia, con un Mini descapotable. A la vuelta, ella le dijo: “Perdona que te diga esto, pero es que el fin de semana que viene tengo un retiro, ¿por qué no te vienes?”. Gonzalo aún se ríe al recordar su respuesta: “Mira, una cosa es ser de una familia educada, y otra cosa es que tú te extralimites y me invites a eso que es para monjas”. Pero hicieron un trato. Harían un retiro a su medida. Ella le recogía en su casa a las doce, le invitaba a comer donde quisiera y le dejaba por la noche en casa. “Mi reflexión en ese momento fue: esta chica es guapa, parece que tiene dinero, por qué no”.

Ese fin de semana, el sacerdote que predicaba el retiro les propuso que preguntaran a Dios, a ese Dios que Gonzalo había dejado de lado a los catorce años, qué quería de ellos. Gonzalo obedeció. “Yo no voy a decir que Dios me hablara, porque eso son palabras mayores”, recuerda, “pero tuve la peor sensación en mucho tiempo. Una sensación de ahogo, una sensación que los curas llaman ‘lágrimas esponsalicias’, una angustia durante mucho tiempo acumulada. Me pasé toda la noche llorando y con sensación de ahogo, porque esa noche tuve respuesta: Cuida de los tuyos, hazlos felices”. Era una cosa a la que no podía decir que no. Al fin había algo que podía hacer.

Pensó que había perdido el tiempo, que había hecho cantidad de burradas. El sacerdote le dijo que no se preocupara, que darse cuenta era bueno. Fue un toque de fondo. “Dios me ha dejado salir de una parálisis cerebral para algo, no para que me tire por la borda. Desde entonces veo la enfermedad como un encargo”.

Al mirar hacia atrás, dice que la enfermedad que padece no ha sido un gran inconveniente para llevar una vida lo más normal posible. Ahora vive con un compañero de piso y ha logrado la gran mayoría de sus metas. Sigue trabajando en la empresa familiar y reconoce que, al entender su vida como un encargo, ya no piensa en cambiarla. Hubo un antes y un después de esa noche de angustia. “El único sueño que tengo es poder ver por un agujerito, cuando me muera, lo que mi gente piensa de mí. Y hasta que llegue ese momento quiero hacer siempre lo mejor para ellos. Vivo para los míos”.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s