Bienvenido al mundo

Historia 103
Por Carmen Lacarra

Cada minuto nacen 180 bebés. Aunque no suelen ser protagonistas de ninguna portada de prensa, todos marcan la actualidad y el resto de la existencia de sus padres. Guillermo es uno de ellos. Una periodista asistió a su nacimiento el 21 de octubre en Pamplona. Esta es la crónica de su llegada al mundo.

17.25

Rumbo hospital, área de partos

Un sábado de octubre. Recibo el siguiente mensaje por Whatsapp: “Tengo una paciente de parto. Es difícil saber a qué hora va a ser, aunque tiene pinta de ir rápido”.

Esa mañana me había levantado con la incertidumbre, máxima, de si habría alumbramiento o no. También había debatido conmigo misma si me ponía o no una falda, en vez de pantalón. “Los pantalones son mucho más cómodos, y en caso de que haya parto…”, pensaba. “Mmm, bueno, es mucha coincidencia que hoy lo haya”. Pues bien, lo hubo. Se me ilumina la cara y sigo recibiendo mensajes: “En cuanto volvamos a explorar te digo una estimación”. Quien me escribe es Javier García, el ginecólogo de la suerte.

Mi cuerpo se tensa de emoción y miro a los lados sonriendo. Estoy inquieta y doy pasos en falso hacia la izquierda y la derecha. Me paro y pienso. Respiro hondo y el nudo que se me había formado en la tripa sube hasta la garganta. Cierro los ojos y los aprieto, mentalizándome de que voy a ver a una mujer dar a luz. Me siento en un sofá de la residencia universitaria y veo de nuevo fotos de partos. También algún que otro vídeo ilustrativo, para ir lo más mentalizada posible. En uno de ellos suena de fondo Across the Universe de los Beatles. Me emociono. Mientras analizo las fotos, concentrada, llega el estribillo de la canción, que dice, en inglés: “Nada va a cambiar mi mundo, nada va a cambiar mi mundo”. Paro el vídeo. Con media sonrisa y mirando al techo, intuyo: el bebé al que voy a ver nacer sí que va a cambiar mi mundo, lo sé.

18.30

Encuentro con la familia

Ya estoy dando un paseo por los alrededores del hospital, por si acaso. Entro y voy a la cafetería. Pido un cruasán. Pienso, “¿y si va y lo vomito allí dentro? ¿Pido una manzanilla?”. Da igual. Me lo como, pago y voy hacia los ascensores. Llamo a mi madre y a una amiga para decirle que llegaré tarde a cenar, si llego.

En la planta de hospitalización veo a enfermeras salir tranquilas de unos cuartos y entrar a otros. Huele muy bien, me recuerda a colonia de lavanda, y en las paredes hay dibujos hechos por niños pequeños. Avanzo por un pasillo largo y llego a un mostrador. “Cuando llegue a la planta, ¿pregunto por ti?”, le había interrogado antes a Javier. “O me avisas, que estoy por aquí, y salgo a buscarte”, había respondido. Busco el área de partos cuando advierto al ginecólogo de la suerte, que se acerca.

“Por ahora está de cinco centímetros aproximadamente”, me cuenta mientras andamos. Se refiere a la dilatación del cuello del útero que, para que el bebé pueda salir, debe ser de nueve o diez centímetros, dependiendo del tamaño del pequeño. La fase suele ir a ritmo de un centímetro por hora. Fabiola, la madre, ha llegado al hospital ya en fase activa de parto, es decir, que las contracciones que tiene son más fuertes, de mayor duración y más seguidas.

–¿Te quedas ya hasta el final? –me pregunta.

–Sí, hasta la hora que haga falta –digo motivada.

–¿Como si es las dos o tres de la madrugada?

Yes.

–Me dijiste que la sangre no te impresiona mucho, ¿verdad?

–No, pero espero no daros ningún susto. Me agobia pensar que de repente me tengáis que atender a mí.

–No te preocupes, habría otras personas para cuidarte.

Cruzamos una puerta y entramos en un zona amplia, luminosa, ordenada. Javier me enseña la distribución de las estancias que hay dentro de esa área de partos: el cuarto de la enfermera, el del médico, una pequeño despacho con dos ordenadores y una neverita, el quirófano, la sala de espera, los vestuarios, un servicio y un espacio reducido donde se lavan antes de entrar al paritorio. Justo cuando se cierra la puerta aparece Silvia, la matrona. Javier me la presenta y ella, encantadora, me da la bienvenida a la vez que me acompaña hasta los vestuarios, donde guardan los pijamas. Me da la talla que piensa que me va a ir bien y acierta. Salgo y vamos al despachito, donde Javier nos espera. Entre los dos me explican que el parto puede durar horas y que, si hay complicaciones, se retrasa. Por ejemplo, si el bebé cambia de posición, si se le enrolla el cordón umbilical por el cuello, o si la dilatación va a un ritmo excesivamente lento. Sin embargo, en este todo marcha en orden y Fabiola está en unos seis centímetros.

En ese momento me pregunto de nuevo: “¿Estará contenta?”. Poco me queda para saberlo. Llego a la sala y me encuentro una situación de pe-lí-cu-la.

Fabiola está tumbada en la cama, con el pelo suelto y poco desordenado. Luce muy buen color de cara, con los pómulos coloreados de un rosa suave. Sonríe, enseña sus dientes blancos y perfectamente alineados. Apoya la cabeza en el respaldo de la camilla ligeramente inclinada. Su expresión es de tranquilidad, de espera paciente. Le acompañan su pareja, su madre, una amiga, la matrona, el anestesista y el ginecólogo. Hasta que me veo capaz de entrar en la conversación pasan diez minutos , aunque se me hacen como media hora: un ratito divertido, intenso, novedoso. Contemplo la escena con interés, apunto en mi libreta lo que veo y oigo. Hablan de aceitunas, del tiempo. Se ríen y mucho. Que si en el norte a veces somos muy “sosicos”, que si en el sur son más salados. “Además, allí todo es claridad, aquí está más oscurillo. Oye, traedme unas palomitas o algo”, parlotea Fabiola. Lo que observo es contrario a lo que esperaba ver. Me encanta.

19.30

Sorpresa ante la escena

“Madre mía –me cuenta–, si llegas a estar aquí a las cinco de la tarde, cuando he llegado, no estarías tan sorprendida. La verdad es que al principio es horroroso, las primeras contracciones son las peores. La epidural es el mejor invento del mundo. Apunta eso, apúntalo”, insiste Fabiola.

Hablan de un nuevo modelo de plancha que debe ser comodísimo, cuando Silvia, la matrona, se acerca más a Fabiola porque su rostro se va cubriendo de dolor. Con las sábanas levantadas, pero sujetándolas de tal manera que le tapa de la cintura para abajo, toca la vagina de la paciente para comprobar que todo sigue bien. Fabiola cierra los ojos y acerca su dedo índice a los labios. Lo pone de medio lado y aprieta los dientes contra la uña.

“El bebé ha esperado a que el padre se cogiese los días libres”, bromea Marta, la madre de Fabiola. Se sonríen. Andrés, el padre, sale un momento de la sala para llamar a Valeria, la hija mayor, de cuatro años, que se ha quedado en casa de los abuelos. Fabiola no puede contener su gratitud hacia Javier: “Gracias, gracias y más gracias. Estoy tan a gusto, me estáis cuidando fenomenal. Esto no tiene nada que ver con el parto de Valeria. La matrona se portó regular… Aquí, madre mía, me siento cuidadísima”. Javier sonríe: “Siempre intentamos ser lo más cercanos posible a vosotras. Aquí estamos todos para ti, Fabi”.

Le pica un poco la espalda. No le gusta la sangre y se agobia si ve el color rojo. “Me da miedo notarlo todo, Silvia –dice Fabiola, sincerándose con la delicada matrona–. Ahora es un dolor aguantable, es el saber que está, aunque me duele más que antes”. A la izquierda de la camilla hay un aparato que mide el latido del corazón del bebé, y otro las contracciones: cada cuánto las va teniendo y a qué niveles. Las dos miran hacia allí y Silvia le explica: “Este ritmo al que van las contracciones es el normal, el habitual cuando ya te han puesto la epidural”. A Fabiola le asusta un poco el dolor, se mueve, como buscando otra postura, aprieta los ojos y arruga la nariz tanto que se le abre la boca. Tiene los dientes apretados. Silvia le coge la mano y, acariciándosela, trata de tranquilizarla. “Si te duele mucho, subimos la medicación. De todas formas, no te preocupes por el dolor. La epidural lo reduce, pero no lo quita del todo”. Le señala un botón: si lo pulsa, se traspasaría directamente de la vía a su cuerpo una dosis más de medicamento. “¿Quieres que le demos?”, le pregunta Silvia con cariño. “No, voy a intentar aguantar un poco más”, responde Fabiola con voz entrecortada y tratando de sonreír. La matrona sale un momento a hablar con las auxiliares de enfermería. Fabiola, a los pocos minutos, se agobia un poco. Junto con su amiga Teresa, que está allí acompañándola y es enfermera, deciden apretar el interruptor que le inicia el trasvase del medicamento. Silvia vuelve y Fabiola gime, mientras le dice, haciendo un esfuerzo: “Le he dado al botón”. Piensa en el efecto que hará y se calma.

20.00

Una hora rápida

Justo en esta pausa de más tranquilidad, Fabi aprovecha y le pide a Andrés, su pareja, que le pase su móvil. Entonces habla con su hermana Ana, que le llama por Face Time. La conversación dura veinte minutos, más o menos. Fabiola les pone al día de cómo se encuentra y le pregunta por sus hijos. “¿Qué tal Markel, que estaba malo? ¿Y mi sobrinita preferida?”. Nos presenta a todos, que vamos saludando a Ana a través de la pantalla del teléfono. “Qué valor tienes de estar ahí”, exclama. Luego, afirma con rotundidad: “¡La matrona tiene un papelón!”. Silvia ríe. “¡Es que no me puedo creer que estés tan bien! –sigue Ana, hablando apasionadamente–, cada contracción para mí era como un desgarro”. Fabi le comenta, satisfecha: “¿Has visto qué maja es Silvia? Y el doctor, ¡qué suerte tengo! ¡Gracias, gracias!”, les dice mirando hacia el lado de la habitación donde están. Andrés, el padre, se despide de su cuñada y sale un momento a llamar a Valeria, la hermana de la criatura que va a nacer, y que está en casa de la abuela paterna a regañadientes, porque prefiere estar en el hospital. “A ver si consigo consolarle”, comenta Andrés a la vez que sale de la habitación. A los minutos cuelgan, porque el acontecimiento estrella empieza a precipitarse. “Tú empuja fuerte, eh”, se despide su hermana. “Sí, ¡súper fuerte!”, le responde Fabiola visiblemente más cansada y con media sonrisa.

Vuelve Andrés y les cuenta que la pequeña Valeria ha ido a comprar un chupete para su hermanito. “Ohhhhh”, decimos todos a coro. Reímos. Son las 20.15 y ya está de casi ocho centímetros. Hablan entre ellos. Javier sale un momento a la oficina y Silvia saca de un armario una pelota de plástico enorme, con la que me enseña lo que a veces otras mujeres tienen que hacer para relajarse. Se sienta encima de la pelota con las piernas abiertas y me explica: “Tienen que moverse así: izquierda y derecha, delante y detrás”. La verdad es que lo más natural para que el bebé salga es que la madre esté de cuclillas, “pero imagínate que incomodidad para nosotros. Además, ella se podría caer, por lo que se necesitaría en cada parto mucho más personal para sujetarle”. Para la comodidad del trabajo de los médicos, lo mejor es que esté tumbada. Mientras ella guarda la pelota y prepara unas agujas por si hubiera que inyectar alguna medicina, hablo con Andrés, que ahora está calmado. “El peor momento es, sin duda, cuando estás en casa y empieza a gritar, y te parece que de repente puede nacer el bebé. Luego llegas aquí y todo es más tranquilo”.

Llega Mikel Pérez, un médico amigo de la pareja. Javier le saluda y salimos de la sala. A los cinco minutos Mikel se va y entramos de nuevo. Ya está casi: debate pacífico y rápido entre Silvia y Javier sobre qué hacer. Salgo de la sala y cierran la puerta. Le van a llevar al otro lado. La auxiliar de enfermería, que está en el despachito conmigo, llama a Juan, el anestesista, por una línea interna de teléfono: “Que venga ya, por favor”.

Empieza la acción. Javier sale y me da unas fundas de plástico para mis zapatos. Me explica cómo me debo poner la mascarilla. Las manos me tiemblan. “Ahora, concentración, esto es muy importante. Tenemos que lavarnos perfectamente según el protocolo”. Entra una pediatra y me la presenta. Delante de ella sigo los pasos que Javier me da. Muy concretos. “¿Tienes heridas? Ahora hay que ponerse algo que puede picarte mucho. Primero, coge este jabón y extiéndetelo así, hasta casi llegar al codo”. Con la parte superior de la extremidad abre un grifo de manilla muy larga y me dice que haga lo mismo con el de al lado. Estoy nerviosa y casi no lo consigo. Sigo sus pasos en el enjuague. Entramos con las manos mojadas en quirófano. Ya están todos allí. Fabiola inspira y espira muy lentamente, haciendo esfuerzos por no moverse mucho. “Ay, ay, ay, me duele, me duele, doctor, me duele mucho”, llora y Andrés, enérgico, le agarra la mano.

Siguiendo las directrices de Javier seco mi mano derecha con una toalla que luego tiro a la basura, y con otra la mano izquierda. Mónica, la auxiliar de enfermería, nos ayuda a Javier y a mí a ponernos una especie de delantal pesado. A mí me echa una mano con los guantes. Yo no sé bien dónde ponerme… ¿Qué hago? Las manos morenas y fuertes de Andrés agarran las blancas y delicadas de Fabiola. En ese momento me fijo en que lleva puestos unos pendientes y una pulsera a juego en una de las manos. Ella está colocada con las piernas abiertas y ya no hay sábanas que le cubran. La matrona y el anestesista se mueven de un lado a otro, ágiles pero serenos, cerciorándose de que todo está en orden. Todos estamos vestidos de verde esperanza, excepto Fabiola, que lo está de azul cielo, como sus ojos. Javier se va a sentar en un taburete en frente de la inminente madre cuando coloca rápidamente y al lado otro igual al suyo. “Siéntate”. Emocionada, lo hago.

A partir de entonces las miradas entre los presentes cobran más fuerza que nunca. Todos llevamos la mascarilla que nos tapa la nariz y la boca: nuestros ojos son los únicos que pueden expresar lo que sentimos.

La pareja de Fabiola, la matrona y el anestesista están al lado de ella, que llora y nos mira a Javier y a mí. De repente empezamos a ver la cabecita del bebé. “¡Muy bien, Fabiola! –le felicita Javier–, lo estás haciendo fenomenal. Sigue así, sigue así, empuja”. Yo trato de concentrar toda mi sonrisa en los ojos y transmitírsela a Fabiola. La miro, asiento, miro la cabecita que se esfuerza en salir al mundo, se me empaña la vista. Susurro: “Muy bien, sigue, sigue, ya te tenemos”. Quisiera decirlo en alto pero no puedo. Fabiola no deja de mirarme y noto que el corazón se me sale por la pupila, noto en el iris su latido. Nos contemplamos sin parar. Asiento mirándola muy fijamente. Ella está muy concentrada, respira fortísimo con la boca y gime, pero no es nada escandalosa. Se ve el esfuerzo gigante que está haciendo “¿Lo veis? –pregunta mientras le fluyen las lágrimas–. ¿Lo veis? Mi rey, mi niño… Ay, ay, me duele”. La alegría y el dolor son uno.

Mi cerebro ya lloraba de la emoción, desde hacía rato, pero solo ha salido una lágrima. Javier me invita: “Mira, toca aquí. ¿Ves?Esta parte más durita es el cráneo del bebé”. Me coge la mano y siento a la criaturita. Ahora, Andrés y Esperanza miran a Javier con una amable impaciencia. Quieren a su niño, lloran y hacen un esfuerzo inmensurable por poner todo de su parte para que nazca bien. Nunca he sentido tanta intensidad dentro de mí.

Veo sangre, no tanta, y, para mí, toda la energía del universo se concentra en una sala.

21.10

Bienvenido al mundo

“¡Ya está, ya está!”, exclama de Javier con alegría. “¡Guillermo está aquí!” Efectivamente. Con la boca abierta contemplo lo más grandioso que hasta ahora he visto. Javier tiene al bebé en sus manos y, al medio segundo de estar fuera, me dice: “Cógelo”. Y yo… feliz, anonadada, inexperta, aturdida, enamorada, por una milésima de segundo dudo si oponerme a la contundente afirmación, tan aplacada me quedo del miedo a que se me caiga. Pero lo cojo, no sé con qué valor, no sé con qué manos, no sé nada. Miro a Guillermo y ya sí que no puedo contener ni media lágrima. Una y otra, borrachas de alegría, liberan tensión. Guillermo y yo. No quiero hacer demasiada fuerza con las manos y trato de controlarla, pero las mantengo firmes, pues él depende de mí en ese momento. Rojo, muy rojo, y pequeñito. Tiene una orejita monísima, y los brazos pegados al pecho. Javier lo coge de nuevo y Silvia corta el cordón umbilical.

De batallas de miradas antes del nacimiento, a bailes de miradas después. Hablamos en el mismo lenguaje. “Llora, hija, llora, eso es”. Seguimos expresando todo con los ojos, y vemos una realidad borrosa por las lágrimas, pero definida en la sensación de misión cumplida.

Ilusión encarnada son Fabiola y Andrés. Él, inclinado, choca el perfil de su rostro con el de ella, rodea con un brazo el cuello y hombro derecho de ella, y con el otro se apoya en la camilla. Miran a Guillermo, sangre de su sangre. Mientras se ríen entrecortadamente y secan sus lágrimas, Fabiola dice a su hijo, que ya descansa en su pecho: “Mi rey, ay, mi rey, mi Guillermito, estás aquí, ¡ya estás aquí con nosotros!”. Y le da mil besos.

Enhorabuena, Fabiola. Enhorabuena, Andrés. Síntoma de vuelta a la realidad es el selfie que se hacen. Y que Guillermo orina por primera vez, y encima de su madre. ¿Que no es un sueño? Lo parece. Todos decimos, unos a otros: gracias, gracias, gracias.

Besé al bebé. Gracias, Guillermo.

Los nombres de los personajes han sido cambiados, para preservar su anonimato.

Fotos cedidas por Manuel Castells.

 

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