“La violencia de ETA era un absurdo”

Historia 101
Por Manuel de la Chica

Iñaki Rekarte (Irún, Guipúzcoa, 1971) entró en la organización terrorista a los 19 años. Después de 21 años en prisión por asesinar a tres personas en Santander, pidió perdón. Ahora les dice a sus dos hijos que no hagan daño a nadie, nunca.

Rekarte  llega tarde al bar que regenta en un pueblo guipuzcoano. Esta mañana ha ido a recoger setas y a llevar a su hijo de diez años al partido de fútbol, aunque no se ha quedado a verlo porque tenía que volver a preparar los pintxos. Después de cuarenta minutos en la cocina, aparecen en el local su mujer, Mónica García de Paredes, gaditana, y su hija pequeña. Rekarte sale y se agacha para abrazar a la niña y auparla. “El día que nació fue el más feliz de mi vida”, cuenta.

Ese día, hace cuatro años, tenía que dormir en la cárcel. Pero antes pudo asistir al parto, coger a la recién nacida, volver al bar y descorchar todas las botellas de champán. En el nacimiento del pequeño futbolista no pudo estar, igual que tampoco pudo quedarse la noche de bodas con su mujer después de que un concejal del PP les casara en una cárcel abulense. Era su condena por haber pertenecido a ETA y cometer un atentado en Santander en el que mató a tres personas.

“Yo no deseé entrar en la organización, no fue idea mía, pero sí mi responsabilidad”, explica. Rekarte sí había visto, sin embargo, cómo la Policía detuvo a su padre cuando tenía catorce años. Estuvo cinco meses en prisión. Rekarte no se enteró hasta mucho después de que le habían acusado de colaborar en la huida de dos etarras de una prisión donostiarra después de un concierto de Imanol. Y aunque no entendía, comenzó a fijarse en los carteles y pintadas que veía de camino al colegio. Fueron unos años en los que cayó en las drogas y salió gracias a su amigo Juanra. Los dos querían vivir aventuras. Les fascinaban las armas y habían hablado muchas veces sobre la posibilidad de entrar en la organización terrorista, aunque ninguno vivía empapado de la ideología abertzale.

Años más tarde, fue Juanra el que le propuso dar el paso: “Habíamos hablado de eso, pero cuando llegó el momento de la verdad yo no quería meterme en ningún lío. Vivía muy bien”. Antes de seguir hablando, Rekarte se para. Mira a su hija pequeña que juega con el móvil y suspira. Le cuesta seguir. Le ha dado muchas vueltas a ese momento de su biografía. Sabe que lo que respondió ha marcado el resto de su vida y marcará la de sus hijos. Y sabe que el error fue suyo: no haber sido lo suficientemente maduro para decir que no. “Recuerdo que pensé: ‘Le ayudo a hacer algo y luego ya me salgo’. Pero sin pensarlo mucho más, porque el ‘le ayudo a hacer algo’ no era cualquier cosa. Luego no hubo vuelta atrás. Ya has hecho una cosa tan grave que… No sé si te da igual que te maten, pero ya no lo piensas”.

 

Iñaki Rekarte en el bar que regenta en un pueblo guipuzcoano. FOTO: Silvia Penco

Eso es parte de lo que él llama el “no-futuro”. Su vida ya no dependía de él, sino de las órdenes que venían de arriba. De ETA les llegaban bombas lapa y les animaban a atentar. La primera víctima de su comando fue un “camello”, Francisco Gil Mendoza. Le disparó Juanra. Solo había un arma, la echaron a suertes y Rekarte perdió. Lo mataron el 7 de agosto de 1991. Unos días después, a Juanra y a Rekarte les llegó un mensaje de la organización terrorista: “Ya no más traficantes; a partir de ahora, policías y guardias civiles”.

El atentado

La otra fecha marcada a fuego es el 19 de febrero del año siguiente. Miércoles. Él era el jefe del comando Santander. Ese día, a las ocho y trece minutos de la tarde, cuando una furgoneta de la Policía Nacional pasó junto al coche bomba que habían preparado, Rekarte apretó el botón del mando. Asesinó a tres civiles: el matrimonio formado por Eutimio Gómez Gómez, de 43 años, y Julia Ríos Rioz, de 41, y Antonio Rincondo Somoza, un joven de 28 años que planeaba su boda para cuatro meses después.

Cuando, de camino al piso franco, Rekarte se enteró del número y el nombre de las víctimas, pensó que el atentado había sido un fracaso. Le parecían pocos. No había cumplido su objetivo. Ahora no podría hablar de ‘daños colaterales’, aunque en ese momento le dieran igual sus nombres, su vida, todo. Para él era una guerra, y “luchaba por un amor mal entendido, por una Euskal Herria libre que no sabía qué era más allá de un nombre”.

Ahora, volviendo a ese momento que recuerda perfectamente, Rekarte se pone del lado de las víctimas –“para ellas, escuchar esto debe de ser terrible”– y se avergüenza de no haber dicho que no. Sabe que podía haberlo evitado, que la responsabilidad es suya. No quiere engañarse. “Si no lo asumes, no puedes pedir perdón”.

Al día siguiente tenía preparado otro atentado, pero el mando se bloqueó. “No se estropea nunca, pero ahí se paró. Y menos mal que fue así”. Algo más de un año después, el 18 de marzo de 1993, la Guardia Civil le detuvo en Bilbao. Tenía veinte años y fue condenado a más de doscientos de prisión. Comenzaba una vida de cárcel en cárcel, de muchos ratos de silencio y reflexiones en la celda, de buscar porqués. Y de un primer momento en el que conoció el odio tras rodearse de presos de ETA y recibir palizas de los policías. “Allí me volví radical”, sentencia.

 

Portada del Diario Montañés (Santander) el día después del atentado.

En la cárcel

Para un miembro de ETA, entrar en la cárcel no implica alejarse de las normas que rigen una organización con aspiraciones de ejército. La disciplina militar continúa entre rejas y una norma básica es no relacionarse con reclusos ajenos a ETA. Menos aún con funcionarios, representantes en prisión del enemigo. Sin embargó, Rekarte comenzó a charlar con Fernanda, una trabajadora social de la prisión. Para sus compañeros de la banda terrorista, estaba haciendo méritos para que lo trasladaran al País Vasco. No era eso. Él solo quería poder hablar de música, de libros, de algo que no fueran “las cartitas que mandaban los tontos esos de ETA, a cada cual más zumbado que el otro”. Ella le ayudó a darse cuenta de que “la lucha” era absurda, y él le dio la razón. Pero tenía miedo y no se apartó. “Me daba pánico”, recuerda tragando saliva a cada frase. “Tendría entre 22 o 23 años y llevaba uno en Puerto I (Cádiz). Tenía una condena de órdago y pasé muchísima angustia pensando que quería dejar esto, que quería dejarlo… Yo quería dejarlo”.

Poco a poco iba sumando razones para dar el paso. Una de ellas fue el asesinato de Miguel Ángel Blanco el 13 de julio de 1997. Rekarte estaba paseando por el patio cuando un recluso de San Sebastián, Josean Aguirre –miembro del comando Oker, condenado por el asesinato de un policía nacional y más tarde dirigente de Sortu–, salió a la ventana y le enseñó su puño cerrado con el pulgar hacia abajo. Rekarte sabía que lo iban a matar, que era “una pataleta” después de la liberación de Ortega Lara unos días antes, pero no acababa de creérselo. Después de cada atentado, sentía que los policías de la cárcel le acribillaban con sus miradas. Parecía que tuviera que dar razón de cada uno de los asesinatos de la banda terrorista. Con el de Blanco, sucedió lo mismo.

“Yo ya sabía que esto [la violencia de ETA] era un absurdo”, explica. “Ya no me planteaba ni lucha armada ni nada”. Y entonces llegaron las negociaciones con el PNV y el pacto de Estella en septiembre de 1998. Los partidos nacionalistas vascos habían firmado un acuerdo para caminar juntos hacia la independencia. ETA se sumó a esta iniciativa declarando un alto el fuego que rompería un año después. “Yo pensaba que esto se acababa, pero cuando asesinaron a un guardia civil y vi a dos presos de ETA que se abrazaban celebrándolo…”. Rekarte no acaba la frase. No puede. Aunque han pasado casi diez años no puede entender cómo el odio seguía cegándoles. Para él, ese odio es ignorancia.

No se hizo cargo hasta que se reunió con víctimas en los encuentros de la vía Nanclares. Con Maixabel Lasa –viuda de Juan Mari Jauregui, gobernador civil de Guipúzcoa asesinado en 2000– se sigue reuniendo para comer de vez en cuando. Por mucho que se conozcan, Rekarte siempre se siente pequeño delante de ella: “Tú has estado en el bando que ha causado ese sufrimiento y eso no se olvida”. Tampoco que esa víctima, que podía haber respondido de otra manera, prefirió borrar el odio y seguir adelante.

Rekarte ha hablado con muchas víctimas, pero no con las que él causó. Dice que son ellas las que no quieren, pero sostiene que ya no puede hacer más para reparar el daño. Él asegura haber colaborado con la justicia y desmitificado el tótem de ETA. No cree que sea necesario dar nombres porque “ETA ya no existe y uno que ha estado hace más de dos décadas no puede saber lo que ha pasado a posteriori”.

En la carta con la que se desvinculó totalmente de la organización terrorista, Rekarte confiesa que uno de sus grandes errores en la vida fue justificar y callar ante quien persiste en la violencia. Que la violencia nunca puede ser un camino para lograr fines políticos o no políticos. Que no hay razón alguna que justifique el daño que se ha hecho.

Él dice que seguirá pidiendo perdón, pero que lo difícil es perdonarse a uno mismo porque tendrá que cargar con la culpa durante toda su vida. Seguir caminando, pero asumiendo que, en su currículum, aunque quiera borrarlo, siempre habrá tres muertos.

Convivir en la legalidad

“Si quieres cambiar, consigue una mayoría y convence, pero esa violencia no”. Esa su respuesta ante los aires independentistas que se expanden en otras partes de España, a lo que se está viviendo ahora en Cataluña. “Eso no es pacífico”, argumenta. “Es un por cojones vamos a hacer esto y pones al Estado en un callejón sin salida, queriendo hacer que ellos sean los malos”.

Rekarte ha cambiado. Antes era él el que veía en la violencia el único camino. Ahora defiende que la Policía, si es necesario, “saque las porras”. El peligro es, sostiene, que el papel victimista de los independentistas cale y se transmita de generación en generación, que dentro de unos años el relato se haya transformado y resurja el ideal de reconquistar lo que perdieron sus antepasados: que vuelva el conflicto.

Él quiere que sus hijos sean libres, que no se obsesionen con ninguna idea, que no hagan daño a nadie. A veces les habla en castellano y otras en euskera. Dos lenguas compatibles que también se mezclan en los servilleteros de su bar, marca Alhambra, y en las servilletas de papel, que llevan escrito un ‘eskerrik asko’ [gracias].

Detrás de la barra del local aparece Mónica, su mujer. Ella aprendió euskera, pero no soporta que las lenguas se impongan. Recuerda cómo un día su hija pequeña vino del colegio regañándole por hablar en castellano. Su profesora les había enseñado una canción que decía que, si no hablaban en euskera, el Olentzero les iba a traer carbón. “Pero ¡¿qué tiene que ver una cosa con la otra?!”, resuelve, riéndose, indignado, Rekarte. “Eso es xenófobo, racista y de todo. Están adoctrinándoles metiéndoles un odio contra una lengua que van a usar durante toda su vida para todo. Y encima en una escuela pública. Si hablara en japonés, le aplaudirían”.

Cree que son gente que sigue encerrada en la lógica de la división, “cuatro gatos, que al final son los que determinan”, los que hacen ruido. Son los que nunca entraran en el bar de Rekarte, los del bando que ha dejado, “los intransigentes”. “Gente que al final no sabe nada, no sabe la verdad del sufrimiento, de lo que se ha hecho, del por qué se ha hecho, la verdad de lo que ha sido ETA. Saben hacer pintadas y poco más. Pero del sufrimiento ajeno les queda mucho por aprender”.

El destierro de los suyos

A algunos, dice Rekarte, les gustaría salir de ahí. Algunos presos de ETA quitarían de su currículum los atentados que perpetraron. Pero les puede su orgullo y les da miedo. Porque salir de “la dictadura” es sinónimo de amenazas. Cuando Rekarte estaba en la cárcel y empezaba a dar los primeros pasos en el perdón, varios de sus excompañeros le dijeron que le iban a “meter un par de tiros”. No eran simples palabras. A Dolores González Catarain, alias Yoyes, la asesinaron en 1986 acusada de traición. “Cuando llegan esas amenazas, te sientes solo. Te da miedo. Pero luego piensas: ‘Y qué, qué vas a hacer. ¿Seguir ahí?’”.

Son amenazas que siguen tras salir de la cárcel. Rekarte confiesa, avergonzado, que en sus primeros permisos miraba debajo del coche antes de montarse; que, cuando abrió su primer bar en Santesteban (Navarra), cogió “al más chulito del pueblo” y le dijo que, si aparecía alguna pintada o alguien hacía algo a su familia, le buscaría y le daría en la cabeza con el palo más grande que encontrara.

También hay “muchas putadas”: bertsolaris que no quieren actuar en el bar tras saber quién fue, “setecientos euros por tener una terraza cuando al resto de bares el ayuntamiento les cobraba cien…”, gritos a los niños.

Rekarte se cansó de vivir en un pueblo en el que se hostigaba a su familia. Hace un año, el 31 de junio de 2016, decidió que había llegado el momento de cerrar “el puto bar” y mudarse. También era el cumpleaños de su hija pequeña y lo celebraron en el parque Warner de Madrid. Antes de entrar les señaló la prisión de Valdemoro: “Ahí he estado yo”.

Al hijo mayor de Rekarte ya le habían contado todo tipo de cosas sobre su padre. Un día, al llegar a casa, le dijo: “Oye, aita [papá], que yo ya sé que tú has estado en la cárcel”. El padre no sabía qué responder. Había llegado el momento de contarle a un niño de nueve años, a su hijo, quién era y qué había hecho. Tenía que dar razones de un sinsentido. No podía decirle que no lo hizo por nada, que simplemente no pensó, porque eso a niño no le cabe en la cabeza

Aún tiene que explicarles más cosas, profundizar, pero les repite una y otra vez un mensaje que quiere dejarles grabado: “Para hacer una cosa mal, no es necesario ser malo. Puedes ser una buena persona y hacer algo muy mal en tu vida”. Ellos escuchan.

 

 

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