El legado de María Rafols

Historia 100
Por Beatriz Jordán

El tren empezó a temblar. Algo no iba bien. Un frenazo intenso seguido de un estruendo. Ya era tarde. El convoy se quebró por la mitad. Los dos vagones de cola volcaron y un tercero quedó cruzado sobre la vía. El impacto fue brutal. Todo se convirtió en un amasijo de hierros. Viajeros ensangrentados y cuerpos magullados. El equipo de rescate hizo todo lo que estaba en su mano pero 18 personas no sobrevivieron al fatal accidente. María Rafols Ramírez fue una de las víctimas. Era 31 de marzo de 1997 y el tren Barcelona-Irún no llegó a su destino. Quedó estancado en las proximidades de Huarte Araquil y se convirtió en el mayor accidente ferroviario ocurrido en la historia de Navarra. Sin embargo, aquella tragedia también tuvo algunas consecuencias positivas. Veinte años después, en el poblado ruandés de Mukungu, algunos niños mantienen vivo el legado de María Rafols.

Aquel 31 de marzo a María José Bueno, navarra de Fustiñana, le arrebataron una parte de su vida. Tenía entonces 45 años y no pudo despedirse de su íntima amiga María Rafols. “Lo pasé realmente mal. Fue una sacudida”, cuenta. Pasó un año y en una reunión de parroquia, donde María José impartía catequesis, conoció a sor Teresa Rodrigo. El hueco insustituible que dejó su amiga María Rafols lo llenó de algún modo esta religiosa. Sor Teresa trabajaba de misionera desde hacía años en Ruanda, eso fue lo que despertó su curiosidad. Las dos charlaron durante horas.

La misionera le explicó que Ruanda es un país complicado, con una historia realmente turbulenta. En Ruanda se distinguen dos estamentos dentro de la misma etnia: la mayoría hutu y la minoría tutsi, aun cuando no existe ningún rasgo racial ni lingüístico que los diferencie. En 1994 se produjo un genocidio, considerado como uno de los más atroces de la Historia contemporánea. Un total de 800.000 tutsis fueron agredidos, torturados y aniquilados de manera sistemática por parte del gobierno hegemónico hutu. Su objetivo era claro: exterminarlos. Un conflicto atroz que desembocó en la eliminación del 75% de los tutsis, muerte de miles de civiles y el desplazamiento de millones de refugiados. El país quedó desolado y varias enfermedades y epidemias acabaron de castigar al país. Sor Teresa se encontraba allí, en medio de la angustia que respiraban los ruandeses. Y su relato de aquellos años captó la atención de María José. Nada le dejó indiferente.

Sor Teresa sacó de su cartera unas fotografías de niños ruandeses y le propuso a María José que apadrinara a uno de ellos. “Tiene que ser niña, que esté sin bautizar y que se llame Rafols”, le respondió María José. Lo de “sin bautizar” lo decía para no cambiarle a nadie su nombre. “Lo que yo no quería era dejar en olvido a mi amiga”, añade emocionada. Sor Teresa le explicó que no había niñas, ya no nacían desde hacía años. Muchos hombres estaban en la cárcel debido a la guerra entre los hutus y tutsis. María José seguía en sus trece y al día siguiente le llevó el dinero para el apadrinamiento. Acordaron que la primera niña que apareciese se llamaría Rafols y sería su ahijada.

Desde el momento en el que entregó ese dinero, María José recuperó la ilusión. Un gusanillo le recorría el estómago cada mañana al abrir el buzón. La esperanza de que llegase una carta con noticias era un estímulo. Tras un año de espera la carta llegó. La abrió con ansia e impaciencia. Lo que se encontró dentro eran algo más que letras, algo más que una fotografía. “Era pequeñita, pequeñita. Parecía que no llegaba a los cinco días aunque en realidad tenía siete meses”, recuerda. Esa niña pequeñita era María Rafols Mukamukiza. “Mukamukiza significa ‘la que da la fuerza’. Cuando me dijeron el significado se me pusieron los pelos de punta, sabía que eso me iba a dar vida”.

No pasaba un día sin mirar esa fotografía y sentía que, de alguna manera, había recuperado a su vieja amiga Rafols. Tenía que ir a conocerla, algo en su interior la empujaba a viajar hasta allí y conocer cómo vivía su “hija”. Sin embargo, las noticias del país no eran prósperas y debía esperar a que la situación se normalizase. Durante más de cinco años se intercambiaron cartas y fotos mediante sor Teresa, que hacía de intermediaria y traductora a la vez. Además, Rafols recibía siempre por su cumpleaños y por Navidad un paquete de ropa y juguetes que María José mandaba dos meses antes.

El apadrinamiento consiste en una cuota de 300 euros al año (25 euros al mes). “Con el dinero del apadrinamiento vivía toda la familia. Rafols tendría por aquel entonces unos cuatro hermanos. Las monjas les compraron un trozo de terreno para cultivar y una cabra para tener leche. De eso vivían. Allí no hay dinero, se sirven del trueque”. Los lunes son días de mercado, la gente sale a las calles y se intercambia patatas por pollo, por ejemplo.

Fue en 2004 cuando María José se dispuso a preparar las maletas y viajar a Ruanda. “No sabía lo que me iba a encontrar allí. Yo solo quería conocer a mi chiquilla”, explica. Acelerados preparativos, vacunas y nervios. Dos maletas a rebosar y una mochila, ese era su equipaje. Mucha comida envasada al vacío y mucha ropa. Durante su estancia, además de pasar tiempo con Rafols, María José iba a ayudar en la misión que las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl tienen en el poblado de Mukungu.

Al aterrizar en Kigali, capital de Ruanda, las hermanas ya le estaban esperando para darle la bienvenida. Pasó la noche con ellas y al día siguiente, acompañada de sor Teresa, partió hacia Mukungu, donde se encuentran la misión y la casa de Rafols. Hicieron el viaje de 130 kilómetros en todoterreno. María José no era consciente de que el trayecto iba a durar trece horas y, el deseo de conocer por fin a Rafols hizo que se convirtiese en un recorrido agotador.

Instantánea del día en que María José y Rafols se conocieron. Fotografía de María José Bueno.

El encuentro fue emocionante. María José lo recuerda con nitidez: “Antes de llegar a Mukungu vimos a unos niños y una familia correr y Sor Teresa me dijo: ‘¡Mira, esa es Rafols!’. No me lo podía creer. Toda la familia había ido caminando desde su casa para encontrarse conmigo en la carretera, a la entrada del poblado. Me bajé del coche y lo primero que hice fue darle un abrazo a Rafols”. Después de tanto tiempo esperando ese momento, Rafols y María José se vieron las caras, se tocaron. Intercambiaron palabras. No se entendían pero Rafols le agarraba fuerte la mano. “El cogerte la mano es una muestra de que está súperfeliz pero que no te entiende”, explica María José.

La misión

La misión de Mukungu está dividida en varias secciones. María José se encargó de estar en el centro nutricional cuidando a los niños. “La mayor enfermedad que tienen esos chiquillos es el hambre”, añade. La misión de las religiosas es servir a los pobres. Allí la mayoría de la población infantil no come. Llevan los niños al centro cuando ya no les queda otra opción y están al borde de la muerte. En el centro les proporcionan vacunas, cuidado médico, comida y ropa. Bajo el techo de esa humilde misión, los niños pasan el tiempo suficiente hasta que se recuperan.

María José llevaba dos días en la misión cuando se encontró con un niño llamado Johany. Las termitas habían invadido sus pies. “La monja me propuso buscarle un padrino cuando regresara a España porque no tenía padres. Habían muerto de sida. No me lo pensé ni un segundo. Le dije que yo misma lo apadrinaría en ese momento”. El segundo día en la misión, María José ya tenía un segundo niño apadrinado: Johany.

Sobre las ocho de la mañana se les toma la temperatura a los niños que están ingresados y se ponen al día sus cartillas. Después desayunan. “Les damos un vaso de leche y dos galletas. Yo siempre voy detrás y les pongo una más, pero la monja descubre que tienen tres y les quita la tercera. Había un niño súperlisto que se la guardaba en el bolsillo. Se llamaba Evaristi. Cuando salía al recreo me quedaba mirándole y veía cómo sacaba su galleta del bolsillo y la compartía con su hermana mayor. Ahora ya he aprendido cómo se dice en kiñaruanda ‘guarda esta galleta en el bolsillo’, eso algo importantísimo”, se ríe a carcajadas.

Los niños ruandeses escuchan atentos el juego que María José les enseña. Fotografía de María José Bueno.

 

Además de ayudar en el centro nutricional, María José se propuso hacer sonreír a esos niños enfermos, jugar con ellos y enseñarles cosas nuevas. “Es increíble ver cómo son felices con cuatro globos y cuatro caramelos, y no se entristecen pese a tener graves enfermedades. Siempre llevo una cámara y les fotografío. Les encanta mirarse en la pantalla, es la primera vez que se ven la carita porque no tienen espejos. Tengo que quitarles la cámara porque no la sueltan”, cuenta.

 

Nunca faltan globos mientras María José está allí, es algo con lo que todos disfrutan. Fotografía de María José Bueno.


Por las tardes salía a pasear por las colinas del poblado. Le encanta ese paisaje. Aprendió el camino hasta la casa de Rafols y la visitaba a menudo. Muchos días iba a su encuentro cuando ella salía de la escuela. María José convivía con su familia, observaba en primera persona sus vidas y sus necesidades, necesidades que jamás pudo llegar a imaginar. Su aportación económica les permitía vivir a todos ellos, y se lo agradecían constantemente.

 

La familia de Rafols a la entrada de su humilde casa. Fotografía de María José Bueno.

Durante las tres semanas que pasó allí en 2004 estuvo cuidando de un niñomuy pequeñito que se llamaba Daniel. “Lo tenía todo el día en brazos, estaba muy malico”. Cuando llegó el día de regresar a España, la madre de Daniel quería meterlo en su maleta. Insistía en dárselo, lo dejaba en sus brazos. “No entendía por qué quería deshacerse de él”, cuenta María José. “Luego una monja me explicó que lo único que quería era darle un futuro mejor. Obviamente, no podía llevármelo y lo tuve que dejar. Fue una despedida bastante dura”.

Sin embargo a María José no le bastó una visita de tres semanas. Desde aquel año, ha hecho otros seis viajes. “Una vez que fui allí vi realmente lo que es ‘necesitar’. Ya no podía pensar solo en Rafols y Johany, sino en otros muchísimos niños que precisaban ayuda”. Cuando regresó del primer viaje quiso poner en marcha una recogida de ropa y mandarla en paquetes postales a la misión. Generalmente los niños iban desnudos pero, si la madre cumplía poniéndole las vacunas y llevando la cartilla al día, las monjas les proporcionaban ropa a esos niños. Eso fue lo que le motivó. No quería que llegase la hora de dar ropa a un niño y no hubiera nada para entregarle. Durante muchos años María José ha estado mandando paquetes y paquetes de ropa gracias a la gente que la ha ido donando.

 

El segundo viaje fue en 2006. María Rafols había crecido y su familia había aumentado, ya eran más hermanos. “En ese segundo viaje me propuse encontrar a Evaristi, ese niño tan listo que guardaba sus galletas en el bolsillo. Le había cogido mucho cariño y quería saber de él. Fuimos a Musango, el poblado vecino, donde él vivía, pero fue imposible lo

calizarlo. Regresé a España sin noticias”. Entre el segundo y el tercer viaje le llegó una carta con fotos de Evaristi: habían dado con él. “Me emocioné muchísimo al ver su carita, al comprobar que había crecido y, sobre todo, que estaba sano. Yo había hablado mucho a mi familia de este niño y mi sobrina decidió apadrinarlo”.

Gracias a las donaciones de la gente estos niños ruandeses no tiene que ir descalzos por la calle. Fotografía de María José Bueno.

María José Bueno ha compartido su experiencia con otras personas y la familia ha ido creciendo: gracias a una mujer solidaria y entregada, las misiones de Ruanda cuentan con una nueva ayuda.

Y, sobre todo, gracias a María Rafols Ramírez, fallecida en 1997 en un accidente de tren en Huarte Araquil, Johany, Evaristi y la propia Rafols Mukamukiza tienen hoy un futuro, tienen una vida.

 

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