Una constante superación

Historia 99
Por Laura López 

Fumaba tabaco a los nueve años. Bebía a los trece. Probó su primer porro y se metió la primera raya a los catorce. A partir de ahí, todo fue a más: no dejó la droga hasta los veintiocho. La suya es una increíble historia de superación. Fernando, el protagonista, espera sentado al fondo de un bar situado en una localidad navarra. Con su caña sin alcohol y su cigarro electrónico saluda con cierta sonrisa nerviosa. Su nombre es ficticio: prefiere mantener ocultos algunos pasajes de su biografía.

Fernando nació en 1968 y pasó gran parte de su vida evadiéndose de las circunstancias que le rodeaban. “Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, y mi madre se juntó con otra persona cuando tenía nueve. Y esa persona era, no sé cómo decirte… Bien muerto está”. Llegaba a casa y enseguida Fernando se escondía debajo de la cama para huir de los gritos y de las discusiones. Describe a su padrastro como un “macarra”, “el amigo” de su madre, un alcohólico que se gastaba todo el dinero de la familia en el juego y en prostitutas: “Mi madre le atendía a él, nosotros estábamos de rebote”. En ese escenario, el alcohol, el tabaco y la droga se convirtieron en su válvula de escape.

Con catorce años, consiguió su primera raya de cocaína a través de un amigo, que conocía a alguien mayor: “No es que mi amigo fuera homosexual, ahora está casado. En esa época era distinto. El chico mayor le conseguía cosas, le daba ‘regalos’, historias de esas. Y entre los regalos, estaba la droga. Nos invitó a los catorce años y ahí empezamos”.

Comenzó a consumir rayas solo los fines de semana. Los porros, en cambio, eran todos los días. Se juntaban dos o tres amigos, tomaban siete u ocho vinos o compraban una botella y se ponían a fumar. “Iba a la escuela con la cabeza en otro lado”. La primera vez que fumó un porro no le sentó tan bien como pensaba: con tan solo una calada, cayó desplomado. Le dio una bajada de tensión. Pero en aquel entonces era un niño, y lo volvió a hacer. La segunda vez ya no se desmayó, la sensación fue de flotar, de diversión y risa floja, fue todo un “subidón”.

Le encantaba la marihuana y ha estado fumando porros hasta que dejó el mundo de la droga por completo. “Me acuerdo de una vez que dejé el tabaco y pensé que con fumar un par de porros al día me valdría. Acabé fumando veinte porros diarios. Estaba todo el día fumándome un porro, no podía sustituir una cosa con otra”.

Con las rayas, salía de casa un viernes y no volvía hasta la madrugada del lunes con cinco o seis kilos menos, porque se pasaba tres días solo bebiendo y drogándose. Entre semana, recuperaba el peso perdido: era un círculo vicioso. Viajaba a Arnedo: hasta cinco viajes en un fin de semana, solo para poder comprar más droga.

El problema se agravó cuando este comportamiento fue a más. La droga paraba el efecto del alcohol; por tanto, comenzó a drogarse para aguantar toda la bebida que ingería. Esto se convirtió en rutina. Conforme pasó el tiempo, ya no le valía con consumir cocaína solo el fin de semana: “Llega el finde y te pones hasta arriba. Vuelves el domingo a las tres de la mañana ciego de alcohol y de drogas. Y llega el lunes, y te encuentras con que no puedes trabajar, con que lo estás pasando muy mal. Es el bajón. No puedes ni moverte. Vas a trabajar, llega la hora de almorzar y lo que haces es meterte una raya en vez de comer. Conforme pasa la semana te vas recuperando, hasta que llega el fin de semana siguiente”.

No acostumbraba a salir de fiesta por su pueblo, solía ir a otra localidad navarra, que era donde más se movía la droga, o a Pamplona. En el pueblo al que solía ir, había un bar que siempre estaba en el punto de mira. Hasta mataron al camarero por un ajuste de cuentas: “Al camarero le cortaron la cabeza, le arrancaron la piel de todos los tatuajes que tenía, y le quitaron las manos, para que no lo reconociesen. Esto fue un ajuste de cuentas de los de arriba. Al final, la policía consiguió reconocerlo porque encontraron los tatuajes en una alcantarilla. Pero la cabeza nunca apareció, era amigo nuestro”.

El camarero en cuestión era un joven de “treinta y pico años”. Se intentó mover en niveles muy altos, pedía kilos de drogas para repartirlos. Pero dejó de pagar a quien no debía, y cuando alguien no paga a esa gente… “acaba mal”. Fernando, en cambio, era un camello de bajo nivel, tan solo vendía a sus amigos, a su círculo, a gente que sabía que vendía. Aunque solo fue camello durante cinco o seis meses, ganó muchísimo dinero, ni sabía dónde meterse los billetes. Pero algo cambió en su época de camello: un niño de catorce años se acercó a pedirle droga. Él le dijo: “Te meto una hostia, chaval… lárgate de aquí y no vuelvas”. Con una respuesta así de simple y ruda, Fernando demostró que seguía teniendo escrúpulos. “Se me quedó mal cuerpo. Ahí me dolió tanto, me dejó tan tocado que me viniera un crío… Hay gente que no tiene escrúpulos, lo que pasa es que, en ese aspecto, no sé si era más débil o tenía más cerebro, pero no podía hacerlo, no me salía. Con la gente normal sí, con gente que llevaba toda la vida conmigo haciendo lo mismo que yo, sí, porque total… pero con un crío… Se me cae el alma a los pies”.

Este fue uno de los dos momentos decisivos para bajar un poco el listón: a los dos días, cogió toda la droga que tenía, unos cuarenta o cincuenta gramos de speed, y se la dio a su socio. Ya no quería ser camello, no quería tener nada que ver con eso. “Me vi como empecé, cuando yo tenía catorce años, lo desgraciado que era en ese momento”.

La adicción fue más fuerte cuando comenzó la ‘Ruta del bakalao’ y, con ella, el consumo de éxtasis. Disminuyó el speed, pero tomaba más éxtasis. Con la ruta ya desaparecía una o dos semanas de casa. Para él, fue otra etapa más de la que también se cansó. “Al final te aburres. Lo que pasa es que siempre tienes que depender de algo. Es lo que tienen las adicciones, te quitas una y sin darte cuenta coges otra. ¿Subidones?, siempre te hacen falta subidones más fuertes”.

Esta especie de hastío le llevó a la siguiente droga: los tripis, también conocidos como LSD. Estos eran “chiquitines”, pero ingiriendo uno solo, ya era una bomba para la cabeza.

A pesar de que fuera una explosión para el cuerpo, Fernando no dudaba en tomarlo: “No me daba miedo, no tenía nada que perder. Cuando eres drogadicto, no tienes amor propio. Me acuerdo de alguna sobredosis que me ha dado. Un día, me quedé solo en casa y me metí un tripi. Pero me cayó mal, me estaba poniendo los nervios locos. Y me dije: ‘Me meto un speed y me lo controlo’”. Pero no fue así, después de meterse el gramo de speed, se desplomó. Tras un día tirado en el suelo de su casa, se despertó en un charco de sangre. Simplemente, se arrastró hasta la cama y durmió unas cinco horas. Cuando volvió a despertar, limpió todo y salió de casa: lo primero que hizo fue meterse una raya. “¿Qué miedo me entró? Ninguno. No tienes nada que perder, tu vida no te importa. Lo único que te interesa es el pasarlo bien y desconectar. Y lo malo es que cuando estás enganchado, ya no lo pasas bien”.

Fernando tampoco pensó en otro tipo de consecuencias, como las enfermedades. Por el sentimiento de soledad que le invadía, no se paraba a considerarlo. Le han quedado secuelas de esta vida: tras más de veinte años jugando con las drogas y el alcohol, tiene problemas con el sistema nervioso y debe tomar medicación a diario. “Siempre he sido muy nervioso, desde chiquitín, lo que pasa es que llegó un punto en el que el sistema nervioso me hizo ‘pom’, y comenzaron a darme ataques de ansiedad después de casado”.

Acabar con la drogadicción es complicado. Cuando llevas tanto tiempo drogándote, vienen las depresiones. Te gastas todo el dinero. Y llega el lunes y te preguntas: ‘¿Qué he hecho? Si no tengo nada’, llegué a ser camello para poder costearme el vicio. Luego no sabes salir, ni estar por ahí y relacionarte sin estar colocado. Es lo que me resultó más duro cuando lo dejé. Te encuentras totalmente desubicado, no sabes con quién estar, qué decir. Te sales un poco de tu círculo social y no sabes qué hacer”.

Es cierto que el niño de catorce años que le pidió droga marcó un antes y un después en su vida como drogadicto. Pero hubo otro momento, todavía más decisivo para dejar de consumir. Fue cuando conoció, a los veintisiete años, a la que sería su mujer. Llevaba dos años en los que el ritmo de consumo había disminuido, pero su ayuda fue determinante para no volver a tener recaídas. Se dio cuenta por sí mismo de que tenía que dejar esa vida, veía que el resto se casaba y tenía hijos; él, en cambio, estaba solo. Cogió la afición de pescar, pero el “runrún” estaba en su cabeza, hasta que un fin de semana estallaba y tenía que comenzar de cero otra vez. Incluso se informó sobre Proyecto Hombre, pero apareció su mujer y todo cambió.

 

“Tuve la suerte de que ella ni fumaba ni bebía. A mí me parecía increíble que sin beber y sin nada disfrutase tanto. La única vez que se colocó algo, encima fue culpa mía. Estábamos en una sociedad y un amigo y yo nos encargamos del postre. Hicimos unas trufas de chocolate con hachís. Lo que pasa que en la sociedad esa todos fumábamos o nos metíamos, y las mujeres que había, ni fumaban ni bebían, pero sabían lo que hacían los demás. Me despisté y mi mujer se había comido ya tres trufas, no sabía nada. Le pedí perdón, llevaba poca cantidad, lo justo para que te dé un poco. No me echó la bronca ni nada, incluso se lo pasó bien”, cuenta Fernando entre risas.

A pesar de su dura infancia y adolescencia, explica que no se arrepiente de su pasado, pues era lo que necesitaba en ese momento para evadirse. “Yo siempre seré exalcohólico y exdrogadicto. Nunca podré decir: ‘No soy drogadicto’. Siempre tienes el ‘runrún’ metido. Siempre hay un momento bajo, cada vez me viene menos, pero en esos momentos me digo: ‘Dios, qué a gusto me metía una raya’”.

En esas situaciones, Fernando observa a su mujer y a su hijo. “Lo que hago es mirar lo que tengo ahora. Si tienes algo que perder, cambia mucho todo. Ya no piensas en ti mismo, piensas en más gente. Mi mujer y mi hijo son lo que tengo y lo que quiero, evidentemente. Hay muchas personas que caen en el alcohol y en las drogas porque no tienen lo que quieren, están buscando algo y no saben dónde encontrarlo”.

A veces se inquieta con la posibilidad de que su hijo de trece años se introduzca en la espiral de la que a él le costó tanto salir. Según cuenta, hasta le entran “temblores” al pensarlo. Es un temor justificado: “Como sepa lo que hacía yo… Me dice que ha probado el alcohol pero que no bebe, y me quedo pensando… yo también decía lo mismo. Nunca sabes”. Es cierto, los padres nunca saben a ciencia cierta lo que hacen o dejan de hacer sus hijos. Por ello, Fernando siempre intenta vigilar un poco, controlar lo que hace el suyo.

Su hijo solo sabe algo de la vida anterior de su padre antes de formar una familia. Fernando le ha explicado que se pasó un poco, pero no ha especificado demasiado, quiere esperar a que sea más mayor. “No le voy a contar la cruda realidad porque es un poco pronto todavía. No quiero que piense que todo vale, porque más de una vez me dice: ‘Joe, si tú lo haces, ¿por qué no lo voy a hacer yo?’ Intenta compararse con su padre, y claro, ¿cómo le voy a contar yo que fumaba a los nueve años y que para los quince años me metía rayas?”.

Sí le contará que ya no echa de menos esa vida. Y que ahora es realmente feliz.

 

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