Un hotel de mil estrellas

Historia 98
Por Santi Soriano

Juancho Argencio, estudiante en la Universidad de Navarra de Economics & Leadership and Governance, montó con unos compañeros un proyecto solidario para una asignatura de su carrera. Ahora, después de dos años, siguen manteniendo esta iniciativa.

Unas sábanas de cartón húmedo. Una mochila que hace de almohada. Un cajero como dormitorio. Una taza desportillada como utensilio más valioso. Las piedras frías de la escalera de una iglesia, el despacho de trabajo. Gente que camina con prisa y mira con indiferencia. Un frío al que no le importan los abrigos antiguos, descoloridos y desgastados. Como techo, una bóveda oscura repleta de estrellas.

Así es como viven muchos mendigos. Gente que no tiene casa, ni familia, ni amigos que puedan darle cobijo. Pero en esta vida siempre hay personas a la que le gusta darle la vuelta a las cosas y que deciden ser el servicio de habitaciones de ese ‘hotel’ de mil estrellas que nadie atiende. Como por ejemplo, Juancho Argencio, que con un grupo de compañeros de clase montó Stages Project. Para una asignatura de su carrera; Economics & Leadership and Governance; tenían que realizar un proyecto solidario. Ahora, dos años después, y con mucho camino recorrido, la iniciativa sigue en marcha. Sin asignaturas de por medio. Sin profesores. Sin notas. Solo ellos y las personas que necesitan ayuda. Realizan varias actividades de voluntariado. La principal se llama Café para dos y consiste en repartir comida a mendigos los viernes por la noche y los sábados por la mañana.

“Haciendo este voluntariado dejas de pensar en tus cosas por un segundo para ponerte en la situación de la persona que está en la calle”, Juancho Argencio. Fotografía de Javier Fraga.

“Yo no había hecho este voluntariado nunca –comenta Juancho–. Cuando dijimos ‘Vamos a hacer Café para dos’ yo me dije ‘vamos a hacerlo… por primera vez’”. Y recuerda cómo fue el primer día del voluntariado: “Cuando vimos al primer mendigo nos lanzamos todos a por él. Le fuimos bombardeando con preguntas… ‘¿quiere café?’, ‘¿quiere tal o cual cosa?’, etc. Empiezas a ofrecer de todo y después le preguntas: ‘Oye, y tú ¿qué tal?’ Depende mucho de la persona, pero esta primera vez tuvimos suerte, y empezó a contarnos toda su vida. Lo primero que me dijo fue: ‘Muchísimas gracias por acercarte. No es normal que la gente venga a hablar con nosotros. Y quiero que te quede muy claro una cosa: aquí todos somos humanos. Estemos donde estemos’. Aquello me impactó mucho”.

Poco a poco fueron creciendo, y por medio del boca a oreja se fue conociendo la actividad que estos voluntarios realizaban. “Una de las cosas que más ilusión me hace –señala Juancho– es ver a los voluntarios que vienen por primera vez. Cuando acaba la jornada te hablan de aquello que les ha gustado, del detalle más nimio que les ha hecho felices y del que tú nunca te habías percatado. Me emociona cuando viene un voluntario que te dice ‘me ha encantado esto’, y ves que le brillan los ojos cuando lo cuentan”.

Pero si algo le hace ilusión es ver que uno puede hacer feliz a aquellos a los que pretenden ayudar. Y narra un episodio que guarda con especial aprecio. “Un día nos encontramos con un señor de Nigeria. Se llama John. Es una persona muy alegre. De hecho, cuando lo vimos estaba cantando. Nos dijo que había llegado hace pocas semanas a Pamplona y comentó que el pasado fin de semana había sido el cumpleaños de su hijo. Uno de los voluntarios, sin darse cuenta, le preguntó: ‘¿Y qué le regalaste?’. John se derrumbó y empezó a llorar. Dijo que no había podido comprarle nada porque llevaba muy poco tiempo aquí”. Ante esa situación, uno no puede hacer otra cosa que coger aire y lanzarse a la piscina, sin mirar si quiera si está vacía o con agua. “Nosotros le consolamos y le dijimos: ‘Tranquilo, te vamos a traer un regalo. ¿Qué le gusta a tu hijo?’. El nos miró y nos dijo: ‘Yo creo que le encantaría un Ipad’. Nos quedamos callados y él se empezó a reír. ‘Es broma, es broma. Le gustan mucho los coches y el fútbol’, aclaró”. Quedaron en verse a la misma hora la semana siguiente. Consiguieron que una persona les financiara el regalo y le compraron un camión de construcción. “Cuando llegamos pasados los siete días, le llevamos el regalo envuelto. Estaba solo él, porque su hijo estaba dando un paseo con su esposa. Él no pudo aguantarse, y desenvolvió el regalo de la emoción. Cuando vino su mujer con su hijo nos abrazamos todos. Fue muy emocionante”.

La calle es hervidero de historias. Un libro donde cada página es un misterio. En cada acera, en cada esquina, hay una persona con algo que contar. Una vida oculta detrás de un cartón rotulado con letras negras que reclaman ayuda. Así es como, sin verlo venir, Juancho se encontró con Vicente, un hombre que pide dinero en la curva de Estafeta y al que muchas personas saludan cuando se cruzan con él. “¿Quieres saber por qué soy tan famoso?”. El voluntario asintió sin dudarlo y el mendigo sacó dos recortes de periódico, donde se podía ver una fotografía suya en primer plano acompañada del siguiente título: “La carrera del guardián de la Estafeta”. Y le contó su historia. “A mí –dijo Vicente– no me gusta que la gente haga las cosas mal. Y cuando veo algo malo, intento evitarlo”. Un día unos señores entraron a robar en la joyería que él tenía al lado. Cuando salieron, fue corriendo tras ellos, se tiró sobre uno y llamó a gritos a un policía que estaba por la zona. Este los detuvo y Vicente fue a devolver las joyas. “Podría habérmelas quedado, pero ya te he dicho que a mí no me gusta que la gente haga las cosas mal”.

Juancho Argencio y Vicente, el héroe de Estafeta

Juancho Argencio y Vicente, el guardián de Estafeta. Fotografía de Javier Fraga

Para Juancho, el darse a los demás no puede experimentarse “en carne ajena”. Todo el mundo habla maravillas del voluntariado, pero te cuenten lo que te cuenten, no te van a convencer. “Yo te puedo decir que ahora 40 personas comen todos los viernes y los sábados, personas que antes no tenían qué comer. Pero eso no te dice nada. Pero si lo pruebas una vez, se va a encender una chispa dentro de ti. Te metes dentro de la persona de la calle. Y es una chispa que no la puedes conseguir de otra manera. De esta forma, vives realidades que no son tuyas. Dejas de pensar en tus cosas por un segundo para ponerte en la situación de la persona que está en la calle”.

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