El alcalde belga capaz de frenar el yihadismo

Historia 97
Por María Jiménez

Cuando Bart Somers llegó a la alcaldía de Mechelen hace quince años, la ciudad belga era la tercera con mayor criminalidad del país y un caramelo para organizaciones islamistas radicales que buscaban a jóvenes para enviarlos a la yihad. Hoy, Somers presume de su eficacia contra la radicalización en un país azotado por el yihadismo: ni un solo joven de Mechelen, con un 15% de población musulmana, se ha unido a la yihad.

 En 2010 saltó a los medios de comunicación belgas una organización denominada Sharia4Belgium. Su líder, Fouad Belkacem, alias Abu Imran, ya había hecho declaraciones polémicas, como pedir de la pena de muerte para los homosexuales o confesar que rezaba por Osama Bin Landen. Sin embargo, los focos no se volvieron definitivamente hacia sus integrantes hasta que varios de ellos interrumpieron una conferencia del ensayista holandés Benno Barnard, crítico con el Islam, en la Universidad de Amberes. Para entonces, Sharia4Beligum, una organización salafista radical que perseguía la instauración de la sharia en Bélgica, ya había comenzado a reclutar a jóvenes en Amberes para enviarlos a luchar a Siria. Su siguiente objetivo era una ciudad cercana donde, en principio, no sería difícil repetir la operación de captación: Mechelen.

Mechelen (denominación neerlandesa de Malinas) es un municipio de 84.000 habitantes situado a 25 kilómetros de Bruselas. Los pasaportes de sus vecinos están sellados en 124 países y la mitad de los jóvenes nacidos en la ciudad son de origen extranjero. Al abanico de identidades de sus pobladores se sumaban otras circunstancias, como que durante años Mechelen fue la tercera ciudad con mayor criminalidad de Bélgica, con barrios que se habían convertido en coto privado de delincuentes y narcotraficantes.

La combinación de elementos pareció suficiente a los cabecillas de Sharia4Belgium, una organización que campaba a sus anchas en un país donde la radicalización y el yihadismo no eran todavía una amenaza acuciante. Tenía, incluso, una web oficial abierta a cualquiera que tuviese interés por sus proclamas. Tras explorar Amberes, sus miembros dieron el salto a Mechelen. Tenían, aparentemente, un elemento más a su favor: el 15% de la población musulmana. No tomaron demasiadas precauciones ni se molestaron en ocultar sus intenciones: acudieron a la casa de la juventud y, simplemente, explicaron lo que querían. Lo que no esperaban era la respuesta: fueron expulsados del edificio y de la ciudad.

Bart Somers es alcalde de Mechelen (Bélgica) desde hace quince años. La localidad tiene un 15% de población musulmana, pero ni un solo joven se ha unido a la yihad. FOTO CEDIDA

 

Objetivo: la integración
Para entonces ya ocupaba la alcaldía el liberal demócrata Bart Somers, un vecino de la ciudad nacido en 1964, cuando los autóctonos convivían con la primera generación de inmigrantes sin que el terrorismo figurara en sus imaginarios. El alcalde marcó entre sus prioridades atajar la criminalidad y sacar a Mechelen de las estadísticas más bochornosas. Lo que no sabía Somers era que, haciéndolo, dificultaría también el terreno a los islamistas radicales que surgirían sólo algunos años después.

“En primer lugar, comencé a invertir en fuerzas policiales, incluso les permití patrullar con caballos. Salieron a las calles a limpiar las zonas de criminales y con una política de tolerancia cero, exterminamos las zonas grises de criminalidad”, explica Somers vía correo electrónico días antes de su visita a Madrid para participar en un foro sobre terrorismo y radicalización organizado por la delegación en España del Parlamento Europeo. “En segundo lugar, invertí en áreas públicas. La gente quiere vivir en calles agradables, tener parques verdes, ambientes donde los niños puedan correr libremente y jugar. Invirtiendo en un ambiente social la gente no siente que su vecindario se ha quedado atrás, o que ellos no son respetados”, detalla el alcalde, que está convencido de que las políticas de integración son “el primer paso para prevenir la frustración de la gente, su aislamiento e incluso su radicalización”.

La obsesión del alcalde fue llevar el Estado a las zonas donde, hasta entonces, era inexistente. “En los barrios donde no existe de Estado de Derecho, donde los traficantes de drogas y delincuentes se apoderan de las calles, en barrios donde la economía sumergida puede florecer… Se estimulan un clima donde la gente es alienada de la sociedad y del Estado. Así la Policía y el Gobierno se ven como el enemigo”. Las tornas cambiaron en poco tiempo: los agentes de policía se convirtieron en presencia habitual en zonas que hasta entonces apenas habían transitado, y los barrios más deprimidos experimentaron un lavado de cara del que Somers no tiene reparos en presumir: “He creado un clima en el que la clase media quiere ir a áreas pobres”. Las estadísticas empezaron a cambiar de forma radical: Mechelen dejó de ocupar el pódium de las ciudades con mayor criminalidad para convertirse en una de las más seguras de la región.

Las políticas de Somers funcionaban, pero lo que entonces el alcalde no sabía era que estaban poniendo el parche para un problema que apenas se había manifestado y que no terminaría de estallar hasta algunos años después. La presencia en la ciudad de Sharia4Belgium fue el primer aviso de que algo se estaba gestando en el país: “Cuando Sharia4belgium vino a Mechelen y quisieron tener contacto con nuestra casa de la juventud de Rojm, los jóvenes empleados les echaron a la calle. Se rebelaron y les dijeron: ‘No queremos tener nada que ver con vosotros’. Esta acción en mi ciudad paró en seco el comienzo de la radicalización”, explica el alcalde.

Sin embargo, la amenaza de la radicalización violenta no ocupó sus preocupaciones hasta 2013. “A nivel local, como alcalde, me di cuenta mucho antes que desde el ámbito federal de que algo estaba pasando en nuestras calles. El problema estaba siendo subestimado. Algunos de nuestros jóvenes empezaron a abrazar ideas muy radicales y apoyaban interpretaciones violentas del islam”. Somers se unió a los alcaldes de otras dos ciudades, Vilvoorde y Antwerp, y advirtió a las autoridades de que “necesitábamos hacer algo”. Cuenta que “al principio, la gente incluso se reía con Sharia4Belgium, no lo tomaban en serio”. El tiempo le acabó dando la razón: en febrero de 2015 una sentencia declaró a la organización como terrorista y condenó a su líder a doce años de prisión por radicalizar a jóvenes.

Frenar el terror
Entretanto, Somers combinó el diálogo con la firmeza que había empleado para acabar con la delincuencia. Entabló relación con una de las mezquitas de Mechelen –“No siempre estoy de acuerdo con lo que deberían o no deberían decir, pero siempre que podamos hablar sobre ello, hay una puerta al entendimiento”– e inició la costumbre de dar la bienvenida a todos los nuevos vecinos de la ciudad, aunque advirtiendo que “todo el mundo debe obedecer las mismas reglas. Y cuando el imperio de la ley es despreciado, ignorado, tiene duras consecuencias, independientemente del contexto personal”.

También contrató a trabajadores para que mantuvieran motivados a los más jóvenes y, de paso, advirtieran si detectaban comportamientos relacionados con ideas radicales. Una de sus bazas es emplear a personas con credibilidad entre los jóvenes, como un entrenador de boxeo que, tras pasar una temporada en prisión, gestiona un club en el que enseña a los jóvenes que “las cosas pueden ser de otra manera”. “En una ocasión –relata Somers– vio a uno de sus pupilos que, lentamente, estaba renunciando. El chico se estaba dejando barba, vestía con largas ropas y comenzó a hablar de ideas radicales. Le apartó y comenzó a hablar con él: ‘¿Qué te está pasando? ¿Por qué estás diciendo estas cosas?’. Gracias a que habló intensamente con este joven, pudo reconducirle. Le convenció para que dejara a un lado esas ideas estúpidas, para que fuera al colegio y para que se afeitara la barba”.

El alcalde defiende con firmeza que no se trata de una cuestión de religión: “Creo que es crucial establecer una diferenciación entre musulmanes y radicalización violenta. El problema no es la religión, el problema reside en el extremismo. La religión de los musulmanes está siendo secuestrada por los terroristas. Están construyendo una ideología totalitaria con ella”. Admite que, aunque no siempre ocurre, la comunidad musulmana debería posicionarse públicamente cada vez que se produce un atentado terrorista, pese a que para ellos no tenga nada que ver con su religión: “Son víctimas por partida doble: víctimas del terrorismo y víctimas porque han secuestrado su religión”.

De un simple alcalde, Bart Somers se ha convertido en gurú de la prevención de la radicalización. Tras los atentados de Charlie Hebdo en enero del pasado año y meses después los de París, el problema de la radicalización violenta pasó a copar las portadas de los medios de comunicación y las agendas de los principales foros de estudios en torno al terrorismo. La prevención volvió a primera línea y gobiernos y académicos se emplearon a fondo para dar respuestas no sólo a por qué se radicalizan segundas y terceras generaciones de europeos criados lejos de los países de origen de sus padres y abuelos, sino en qué hacer para evitarlo. Los focos se volvieron hacia la desconocida localidad del centro de Bélgica, que podía presumir de que, mientras 300 jóvenes belgas han abandonado su país para unirse a la yihad, ninguno de ellos era vecino de Mechelen.

Los atentados de Bruselas del pasado mes de marzo, que se cobraron la vida de 32 personas, terminaron de poner el foco en Bélgica, acusada de convertirse en un santuario del yihadismo. Pero no todo el país carga con ese lastre. Tras las primeras noticias sobre lo ocurrido en la capital belga, Bart Somers movilizó Mechelen: envió agentes de policía a los colegios y los edificios principales y se personó en la comisaría central. Pero él no fue el único que decidió pasar a la acción. “Nuestras mezquitas pidieron a la ciudadanía que donase sangre para las víctimas. Los hoteles ofrecieron habitaciones a la gente que se había quedado atascada en Zaventem. Fue algo grande ver a nuestra dándose la mano y ayudando. Si caemos en la trampa del odio, dejaremos que el extremismo venza”.

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