Our lady: cuando los sueños se cumplen

Historia 95
Por Blanca Rodríguez G-Guillamón

La primera raíz fue una niña. En Rongai, Kenia, la pequeña levantó sus ojos y le preguntó a María Chege por qué no construía una escuela. María miró su finca vacía. ¿Una escuela? ¿Cómo iba a construir una escuela si no tenía el dinero? No, era imposible, qué disparate. Pero la niña no se rindió.

—¿Crees en Dios?

—Sí, claro que creo.

—Entonces ya sé qué te pasa: te falta fe.

María nunca lo había pensado. No entendía qué relación tenían la fe, el dinero y una escuela. Le pareció tan absurdo que decidió contárselo a un amigo. Él, agnóstico, le miró muy serio y aprobó las palabras de la niña.

Algunos días después, una familia se acercó a la finca. Buscaron a María y le pidieron que construyese un colegio para los niños, pues tenían que andar mucho para acudir al más próximo. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Les confesó que no disponía de los medios, pero ellos insistieron.

—Nosotros podemos arreglar la tierra y el lugar donde estudiarán. Tú puedes poner el dinero.

Pero, ¿qué dinero? No tenía suficiente.

—Lo que pasa es que no tienes fe —resolvieron antes de irse.

Otra vez. Tres veces la misma conclusión y una palabra que parecía capaz de todo: fe.

Our lady
De la fe nació Our Lady, una escuela sencilla en el Oeste de Kenia. Comenzó con unos pocos alumnos, pero su buen nivel académico, que reconoció el Ministerio de Educación del país, permitió que creciese a buen ritmo. Cada año, María Chege se esforzaba para que se pudiese abrir una clase más o incorporar un nuevo profesor a la plantilla.

Cuando María viaja a su escuela, los niños le cuentan qué quieren ser de mayores. CEDIDA

“Estoy cumpliendo el sueño de mi madre y creo que es ella quien me protege”, confiesa María, quien explica que llamó al colegio “Nuestra Señora” para reconocer a las mujeres de África. “Trabajan muchísimas horas para poder llevar cinco euros a casa y tienen que educar a sus hijos y al hijo de su amiga, o de su hermana… La que realmente hace que se mueva el país es la mujer rural. Y a esa mujer es a la que dedico el colegio”.

Our lady es una escuela privada por el que las familias abonan diez euros cada tres meses. Un pequeño esfuerzo, porque es un proyecto común. “Les quiero decir: ‘Es que no sois pobres. Soy yo la que ha decidido haceros un colegio, pero pobres no sois’. Este colegio es para educarles y yo les digo a los alumnos que, cuando sean mayores, podrán meter dinero para educar a más niños”.

El día de mañana
María mira con orgullo a sus niños, sus alumnos, cada vez que los visita. Por lo menos, viaja una vez al año a Kenia. El resto del tiempo lo pasa en Pamplona, trabajando como profesora de inglés en el colegio Nuestra Señora del Huerto. “Me encanta mi profesión e insisto mucho en que mis alumnos tengan una visión del futuro”, explica María. Por ello, en sus aulas se escucha repetidamente una pregunta: ¿Qué vas a ser el día de mañana?

Fue quizá esta reflexión la que salvó Our lady cuando el Ministerio de Educación de Kenia le ordenó cerrarlo. Hacía poco que habían superado las setenta inscripciones y una inspección estimó que no reunía la seguridad necesaria, pues su infraestructura, de chapa y madera, era precaria. María recibió el golpe con dureza. Aquella vez regresó a España derrumbada, segura de que se había terminado el sueño. Sin embargo, sus alumnos no estaban dispuestos a que se acabara.

Alumnos de Our lady en las antiguas instalaciones. CEDIDA

Clara Purroy, que había oído muchas veces aquella pregunta de “¿Qué vas a ser el día de mañana?”, escuchó la historia conmocionada. Estaba en 2º de ESO, pero le prometió a María que Our lady saldría adelante: “Voy a estudiar Arquitectura y te diseñaré el colegio”.

Pero el tiempo se agotaba. María corría a contrarreloj. De modo que un año después se presentó en el Ministerio con determinación.

—Vamos a construir el colegio —anunció.

—¿Vais a conseguir el dinero?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tengo fe.

“Se rió, claro —recuerda María—, porque cómo puedes decir que tienes fe y no dinero”.

Cuando hay amor
María sonríe cuando habla de sus pequeños de Rongai: “Son muy cariñosos, muy estudiosos, se ayudan entre ellos. Todo el mundo que ha ido a ese colegio asegura que parece que les envuelve algo. Y sí, es cierto, yo les digo que les envuelve el amor que hay, porque el amor es lo primero”.

El amor como la cadena perfecta: más que el dinero, más que la fama, más que la belleza; insiste María. “Si cuidáramos el amor, el mundo sería más bonito, estoy convencidísima”. En Our lady el primer escalón es el amor, el segundo la perseverancia y el tercero, la determinación.

En la escuela las clases terminan a las cuatro de la tarde, pero los niños permanecen en las aulas una hora más, aprovechando la luz del sol. Y por las mañanas, a pesar de que las clases comienzan a las ocho, ocupan sus bancos a las siete para estudiar. Lo hacen porque han escuchado que el éxito está en uno mismo y porque les han preguntado qué quieren ser el día de mañana.

“Soy yo quien les ha considerado los niños más ricos del mundo —cuenta María—. Les digo muchas veces que si quieren ser piloto, médico… todo depende de ellos y de sus libros. No de cuánto dinero tengas”.

“Si cuidáramos el amor, el mundo sería más bonito”. CEDIDA

Voy a ser presidente
María viaja una vez al año a África para ver a sus niños y por eso, ese día es especial. Por eso, los pequeños cantan alegres. Luego se reúnen y ella les pregunta: ¿Qué vais a ser el día de mañana?”. Ellos ya saben las respuestas. Algunos la llevan pensando desde el encuentro del año anterior, otros apenas la decidieron unas pocas semanas antes. Pero todos quieren que María las sepa.

Ese día vuelan los sueños: piloto, enfermera, médico y policía son algunas de las profesiones más populares. En la última visita, sin embargo, hubo un sueño nuevo.

—Yo voy a ser presidente —dijo un niño de diez años.

—¿Cómo has dicho?

—Yo quiero ser presidente cuando sea mayor.

María, incrédula, se levantó y le dio un abrazo.

—¿Por qué quieres ser presidente el día de mañana?

—Porque todos los niños podrán ir al colegio.

“Lloré lo que no puedes imaginar —recuerda—. Les he insistido mucho en que piensen en el mañana, que el mañana existe”.

Las raíces del árbol
Cuando el Ministerio de Educación le dijo que tenía que cerrar el colegio, María encontró una luz en la promesa de Clara Purroy, pero también en la confianza de sus alumnos de España y Kenia: “Los niños eran quienes más creían en mí. Más incluso que yo misma —reconoce—. Necesito creer que mañana voy a tener un mundo mejor, porque es lo que quiero para mis alumnos. Y lo voy a conseguir. Tengo fe”.

Siete años después de que Clara se comprometiese a diseñarle las nuevas instalaciones de Our lady, llamó a María. Tenía una buena noticia. Estaba en el último curso de Arquitectura, en la Universidad de Navarra, y había escogido como proyecto fin de carrera su escuela de Rongai.

Un grupo de voluntarios construye un aula piloto en la Universidad de Navarra. MANUEL CASTELLS

Pero no era la única sorpresa. Dos colegios de Noruega también la telefonearon para colaborar con Our lady. Así, le ofrecieron encargarse de su mantenimiento los primeros años a cambio de que formasen parte de un proyecto de fin de curso que estaban preparando. María aceptó con ilusión.

“Un árbol tiene muchas raíces. Con el hecho de que mis raíces sean capaces de crecer y hacer otro árbol que utilice lo que yo le he enseñado… no necesito nada más —asegura María—. Estoy muy contenta. Tengo que empezar a decirle a la gente que sueñe, porque los sueños se cumplen”.

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