Segunda, una abuela de primera

Historia 92
Por Miguel Ángel Jimeno

Conocí a Segunda hace unos días. Acompañado por varios periodistas, aproveché el Domingo de Ramos para salir de Salta (Argentina) y visitar algo más la provincia, que para eso todos la conocen como “la linda”. Emprendimos rumbo al norte, hacia la Puna, casi en paralelo a las vías del por desgracia parado Tren de las Nubes. En apenas una hora de trayecto, pasamos de los mil metros de la capital a… los cuatro mil. Numerosos microclimas, constantes cambios de paisaje. Hay que ir.

Nuestra primera parada fue en Santa Rosa de Tastil. Allí caminamos casi un par de horas por el espectacular poblado preincaico. Ruinas y cardos de diez metros de altura. Silencio. Toda la paz del mundo contemplando montañas de cinco mil metros que casi se podían tocar con las manos.

Decidimos seguir adelante sesenta kilómetros más para llegar a San Antonio de los Cobres. Buscábamos un lugar para almorzar en un pueblo sin industria, sin agricultura, sin ganado. Un pueblo que vive las minas, ubicadas a sesenta kilómetros de ahí. Nos costó encontrar un lugarcito donde comer algo. Unas pizzas, unas empanadas.

Salí un momento a la calle. No sé por qué, pero los moteros siempre despiertan mi curiosidad. Llegaban ocho. Les miraba. Entraron al pequeño restaurante. De repente, Segunda estaba a mi lado. Enjuta. Sonriente. Vendía artesanía.

A diferencia de lo que ocurre en otros pueblos de la Puna, en San Antonio no paran autobuses de turistas. Poco o nada hay que ver. Nos pusimos a charlar. Viuda desde hace tantos años que no se acordaba cuándo falleció su marido. Sabía su edad: 84 años. No vivía en el pueblo, sino en una chabola en el cerro cercano. Todos los días bajaba temprano al pueblo. Más de una hora de caminata. En la chabola en la que vivía había dejado solas a sus dos cabras. Y nada más, porque… nada más tenía.

Segunda tiene 84 años y no recuerda cuántos lleva viuda. Tiene a su cuidado dos nietos de trece y once años. MIGUEL ÁNGEL JIMENO

Seguimos hablando. Quería ayudarle. Le ofrecí un trozo de pizza, que guardó en una sucia bolsa de plástico.

-¿No tiene hambre, Segunda?”

-Sí, pero la guardo para mis nietos.

Segunda vivía con dos cabras y con dos nietos. El mayor, de trece años. La menor, de once. Abandonados por sus padres, que se separaron, iniciaron nuevas relaciones, abandonaron el pueblo y… dejaron allá a los pequeños hace tres años. Segunda los acogió.

-¿Puedo ayudarle más, Segunda?”

-¿Me regalaría una gaseosa para los niños?

Le di tres trozos de pizza y tres empanadas. Y le compré un jugo de pera, otro de manzana y otro de fresa. Mientras se lo daba, me di cuenta de que no sabía leer ni escribir. Le expliqué el contenido de cada botella. Sacó un lapicero y dibujó un pequeño símbolo en cada botella. Los moteros salieron de la tasca. Subieron a sus motos. Se fueron. Segunda y yo seguimos charlando un rato más. Tenía que regresar a su hogar para preparar la cena a sus nietos. Hoy solo tendría que calentar en una pequeña hoguera unos trozos de pizza. Las tres empanadas las iba a guardar un par de días. Serían el regalo de cumpleaños de su nieta.

 

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