Transportando la esperanza

HISTORIA 91
Por Brais Cedeira

Sus piernas ya no cuelgan. Su espalda, ahora bien sujeta, descansa recta, y su peso ya no recae sobre sí mismo. Adaptado a su cuerpo, le permitirá descansar durante la larga travesía hacia Europa. El sol despunta por el horizonte y se funde con la arena del desierto. Como el calor todavía no aprieta, es la hora idónea para andar. Pero la mujer lleva ya tres horas de caminata, cargándole con comodidad a sus espaldas. Tres kilómetros antes, en el campo de refugiados, le proporcionaron ese trozo de tela que lleva anudado en el torso y con el que transporta a su pequeño. Ahora sus brazos descansan. Quedan cincuenta kilómetros para llegar hasta la playa. Allí les espera la balsa.

La situación, aunque ficticia, podría ser la de cualquiera de los casi cinco millones de refugiados que están llegando a nuestro continente. Podría ser la de esas madres y padres que se lanzan con sus hijos al mar buscando un puerto seguro. Podría ser la de quienes viajan sin mirar atrás tratando de entrar en Europa, hacia un destino que se advierte ahora más incierto que nunca.

La guerra de Siria ha cumplido esta semana cinco años. En ese largo viaje sin retorno, más de 8 millones de niños se han visto afectados por el conflicto. Casi dos millones y medio de menores viven como refugiados en Turquía, Líbano, Jordania, Irak, Egipto y otros países del norte de África. Y están prácticamente solos, sin recursos.

“Tu portabebés puede hacer mucho por las víctimas de la guerra”
Con este lema dos madres donostiarras se han lanzado a recopilar estas bandoleras que podrán facilitar el tránsito de los refugiados que están huyendo de Siria. En dos semanas, se ha propagado por España hasta sumar decenas de pequeñas dosis de solidaridad. José Luis de Andrés tiene su copistería en la localidad de Ansoáin, a pocos minutos de Pamplona. Sin dudarlo, se sumó a la iniciativa nada más conocerla. Las mochilas, la ropa, los zapatos e incluso pañales se convierten en cajas amarillas que inundan el establecimiento de José Luis, listas para ser enviadas. “La idea es que las madres puedan transportar a sus hijos con mayor comodidad. En este momento, en el que lo están pasando tan mal, es importante que ese afecto entre los padres y sus hijos en Siria sea el máximo posible”, asegura.

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Algunas de las cajas que José Luis de Andrés está recopilando. CEDIDA

Una mañana solidaria
Son las doce y media de la mañana. En la tienda no entra toda la gente que José Luis desearía. “Vamos tirando como podemos”, responde, resignado. Lleva diez años al frente de la copistería, y ahora la familia se mantiene tan solo con su sueldo. Pese a los pocos ingresos, logrará costear el transporte de todas las cajas a Madrid, donde serán enviadas la semana que viene a Siria, a unos 30 euros cada una.

—Hola, buenos días.
—¡Hola! ¿Qué me traes? Un mochilón, dos mochilones… Déjamelo ahí, en el mostrador.
—Sí, a ver si os sirve.  Si no, los rellenáis con pañales. ¿Qué, los vais a mandar ya, o qué?
—Sí, sí. La semana que viene, en cuanto podamos.

Haciendo de cronista de la iniciativa, José Luis va anotando cada uno de los obsequios que llegan a la tienda. “Abro siempre a las nueve, y estos días está acercándose mucha gente para echar una mano. Ayer, una familia me trajo ocho mochilas compradas expresamente para que las enviemos a Siria. Hoy por la mañana vino un señor con siete pares de botas de agua. Estoy viendo gente muy comprometida con lo que estamos haciendo”.

Bosnia, el precedente
No es la primera vez que José Luis experimenta en sus propias carnes el drama de los refugiados, que mantiene en vilo a Europa desde hace meses. Hace 25 años, la guerra de Bosnia llamó a la puerta de su casa.  “Uno de los primeros días de aquel verano llegó a casa un niño de Bosnia Herzegovina. Llevaba tres meses viviendo en un refugio antiaéreo bajo tierra”, explica. Aquel verano, Europa se movilizó para echar una mano en la región. Se promovió una campaña de acogida para llevarse a los niños del conflicto durante aquellos veranos. Sus padres se sumaron a este proyecto. A José Luis, aquello le marcó para siempre: “Con 16 años estás en esa época que quieres salir, andar por ahí de marcha… Pero  cuando entra cada verano en tu casa un chaval delgado, con una mochila sucia y unos calzoncillos de recambio se te cambia un poco la visión de las cosas”.

La necesidad de contacto en el ser humano es muy antigua. Para los bebés, resulta una cuestión esencial: el calor de su madre, oyendo sus latidos, sintiendo su respiración se sienten más seguros. Su aroma les proporciona la calma que necesitan, y actúa en ellos como un oasis de paz, evocando, de alguna forma, las sensaciones que experimentaron en el vientre materno. Se colgaban a sus pequeños y cruzaban desiertos, montañas, selvas. Un portabebés no tiene por qué ser un portabebés. Puede ser un trozo de tela, un pedazo de lino o de cuero que anudarse al torso para transportar a un pequeño. Pueden estar elaborados con productos muy diferentes, pero su función no cambia: su objetivo es proteger, afianzar el vínculo entre la madre y su hijo. Esto es algo que no ha caído en el olvido.

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La iniciativa de José Luis está teniendo éxito en Pamplona. CEDIDA

A José Luis, la experiencia le resulta gratificante, pero lamenta la grave situación que se vive en Oriente Medio. “Ojalá no tuviese que estar haciendo todo esto, porque querría decir que el mundo sería de otra forma distinta. Es gratificante ayudarles, pero no deja de ser una desgracia”, lamenta. En los últimos meses, la controversia se ha generalizado ante los cambios de discurso de los políticos europeos. Los tratados firmados con Turquía esta semana auguran un futuro incierto para quienes pretenden introducirse en Europa por la frontera oriental. José Luis lamenta esta situación. “Al final, son gente como nosotros, que tenían un nivel alto de educación, un país con muchos universitarios. En cinco años se ha ido al garete. Esas personas están huyendo de la muerte”.

La potencia de las imágenes y la recurrente presencia que están teniendo en los medios, el eco del grito sordo de quienes se suben a una balsa inestable, va removiendo poco a poco las entrañas de Europa. José Luis lo tiene claro: “Si hay que empezar a acogerles, estamos preparados”.

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