En busca de una nueva Ítaca

HISTORIA 89
Por Carlos Rocha

Dice Google Maps que entre Sevilla y Latakia hay 5.129 kilómetros en coche. Y advierte el aparato de que igual la ruta pasa por la frontera entre países. Claro que las pasa. Concretamente por nueve. El problema es que ahora están cerradas. Porque es bastante fácil saber que Sevilla es una ciudad de tamaño mediano al sur de España, pero no todo el mundo sabe que Latakia es una ciudad costera de Siria, con todo lo que ello conlleva. De allí salió Abu al Hasan cuando las fronteras eran un poco más fáciles de cruzar.

Nuestro protagonista no se llama así, pero elige ese nombre para contar su historia y salvaguardar su identidad. Es como llamarse en Manuel García en España. “Debe haber un millón de personas que se llaman así en mi país”, afirma con una sonrisa en la cara. En realidad quien lo dice es Ibrahim, uno de los amigos que Abu Al Hasan ha hecho en los más de tres años que lleva residiendo en Andalucía y que se encarga de traducir a su compatriota.

Pero volvamos a Latakia. Antes de la guerra civil, que ahora cumple cinco años, era un enclave casi turístico del Mediterráneo oriental. De hecho, está casi a la misma latitud que Sotogrande. Allí, Al Hasan era el propietario de un negocio de importación. “Cuando la mercancía entraba en Siria por el puerto de Latakia, yo hacía las gestiones legales para que se pudiera comerciar con ella”, cuenta el sirio. Antes regentaba una tienda de móviles y ordenadores. La vida le sonreía, pero empezaron las movilizaciones y la posterior represión. Al Hasan intentó ayudar en lo posible: “Donaba la ropa que ya no utilizaba y compartía la comida que podía”. Por esa razón estuvo 45 días en la cárcel.

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Abu al Hasan (nombre ficticio) posa en la oficina que la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) tiene en Sevilla. JUAN CARLOS VÁZQUEZ

Después de pagar una considerable cantidad de dinero, pudo salir de la prisión para descubrir que algunos de sus amigos habían sido asesinados por estar en contra del régimen. Por eso aprovechó el primer momento de calma para salir hacia Alejandría con su esposa y sus dos hijos, que por aquel entonces tenían uno y tres años. Al Hasan no recuerda las fechas exactas de su viaje. La incógnita es saber si se debe a que es especialmente olvidadizo o a un mecanismo de defensa que ha desarrollado para superar la dureza de la experiencia.

Con los ahorros de su mujer —su cuenta fue bloqueada— vivieron un tiempo en la ciudad egipcia, aunque Abu al Hasan pensaba que su estancia en Alejandría iba a ser algo provisional. “Creíamos que las cosas iban a mejorar en Siria y podríamos volver, pero mi país está ahora destrozado”, señala, al tiempo que recuerda a un cuñado suyo, que le comentó hace algo más de tres años que en España tendría mejores perspectivas.

La Península Ibérica no es uno de los destinos preferidos por quienes se ven obligados a abandonar este país de Oriente Próximo, puesto que prefieren zonas con una mayor presencia de compatriotas, como pueden ser Alemania o Dinamarca. “Hay muchos que tienen allí a su familia, por lo que se quedan aquí muy poco tiempo”, detalla Lourdes Navarro responsable de los servicios jurídicos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) en Andalucía Occidental, sección que se encarga de las provincias de Cádiz, Córdoba, Huelva y Sevilla.

“El proceso para conseguir el estatus de refugiado es muy complicado”, apunta Navarro, que alude a la Convención de Ginebra de 1951. Según el documento, se puede solicitar asilo por razones humanitarias o por motivo personal y directo —persecución por raza, nacionalidad, ideas políticas o religiosas y orientación sexual, entre otras condiciones—; pero también existe la protección subsidiaria. Para poder pedir esta protección, el solicitante debe alegar que en su país de origen hay una situación de conflicto armado o violencia generalizada por la cual podría sufrir un daño grave o la muerte.

De esta forma consiguió quedarse en España Abu al Hasan, donde entró por el aeropuerto de Málaga para finalmente establecerse en Sevilla, después de pedir asilo en Córdoba. Pero lo hizo solo, ya que los familiares que tiene en Andalucía únicamente pudieron pagar su vuelo y su visado. Pensaron que la separación iba a ser breve, pero se complicó todo por el golpe de estado en Egipto. “Yo no podía volver y mi mujer y mis hijos no podían salir”, recuerda el sirio. 

La reagrupación se produjo en marzo de 2015, después de un año de espera que Al Hasan ocupó haciendo varios cursos para intentar aprender español —un idioma que aún no domina— y buscando trabajo con la ayuda de algunos miembros de la comunidad de sirios, árabes y egipcios. “Además del beneficio económico, quería ocuparme”, cuenta el antiguo comerciante, que tuvo que recibir tratamiento psicológico para paliar los problemas derivados de tener que abandonar la vida en su país de origen.

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Al Hasan señala su país en el mapamundi colgado en la sede sevillana de CEAR. JUAN CARLOS VÁZQUEZ

Abu al Hasan se estableció en Sevilla con su esposa, su hijo de tres años y su hija de cinco, que esperaba dibujando mientras su padre recordaba su travesía. “Ahora me quiero centrar en hablar y escribir correctamente en español”, asegura el sirio con ilusión. Tiene palabras de agradecimiento para la sociedad que lo ha acogido. “Hay gente buena y gente mala, como en todos sitios, pero hay gestos que nunca olvidaré. Como cuando Nuria [trabajadora social de CEAR] me dio juguetes para poder regalárselos a mis hijos. Son cosas que no se pueden pagar con dinero”, sentencia Al Hasan, que asegura haber logrado un final feliz a una odisea que comenzó en el otro extremo del Mediterráneo. Y no sólo un final feliz, sino también el comienzo de una vida nueva.

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