Diez vidas en una

HISTORIA 88
Por Rubén Elizari

Eduardo Induráin falleció en 2001 en Pamplona (Navarra) a consecuencia de un atropello. Tenía 21 años. Sus padres accedieron a donar sus órganos y diez personas empezaron una nueva vida gracias a esa decisión.

El 11 de marzo de 2001 era sábado. Osasuna, entonces en Primera división, jugaba contra el Valencia en Mestalla, se celebraba la Javierada de las mujeres, y Eduardo Induráin de la Iglesia, pamplonés de 21 años, era feliz porque acababa de estrenar unas zapatillas que se había comprado con las 20.000 pesetas que le había dejado Xabier, su hermano mayor. Aquel día este estudiante de Ingeniería Técnica Industrial en la UPNA, y con una zurda prodigiosa para el fútbol, había quedado por la noche para ver el partido con su cuadrilla del colegio San Cernin, la misma con la que se había disfrazado en Nochevieja de almadiero o de enfermo con una falsa bolsa de suero donde llevaba un pez, su animal favorito.

A las 3.18 horas de la madrugada del sábado al domingo, según consta en el parte de los agentes de la Policía Municipal de Pamplona, un joven, también de 21 años, y que conducía su ciclomotor por la calle Nueva en estado de embriaguez, arrolló a Eduardo Induráin en el paso de cebra que une la plaza San Francisco con la plaza del Consejo. Una ambulancia de DYA lo trasladó al Hospital de Navarra en estado muy grave. Y apenas unos minutos después, el sonido del teléfono despertaba a sus padres, José Javier Induráin Orzanco, empleado de banca, y Conchi de la Iglesia Godoy. “No te hagas ninguna ilusión. Es muy posible que tu hijo no salga de esta, me dijo uno de los médicos. Se me vino el mundo abajo”, recuerda José Javier.

A los padres de Eduardo nunca se les había pasado por la cabeza la idea de tener que enterrar a uno de sus hijos. Y mucho menos habían pensado qué harían con sus órganos si su hijo fallecía. Pero dos días después del atropello, un médico les comunicó lo que ningún padre quisiera oír jamás: Eduardo se encontraba muerto cerebralmente y una máquina lo mantenía con vida. Justo en ese momento les pidieron que donasen sus órganos para dar una oportunidad de vida a las personas que se encontraban en lista de espera. “No quería donar sus órganos. Mi hijo aún estaba vivo. ¡Su cara era sonrosada, estaba caliente e incluso le oía respirar! Mi padre había fallecido justo un mes antes de un infarto al corazón. No entendía cómo querían que donase nada si su corazón aún latía”, relata la madre de Eduardo.

En esa situación de desesperanza, de tristeza inconmensurable, y donde la capacidad de razonamiento se encuentra mermada, como describe José Javier Induráin, les resultó sumamente complicado tomar una decisión. “Los médicos me explicaron que su cerebro, el órgano que da órdenes al resto del cuerpo, estaba muerto, y que era como una luz. Si apagaban la máquina, dejaría de respirar y la luz se apagaría. Entonces, di el sí”.

El doctor Juan José Unzué, coordinador de trasplantes de Navarra, señala que los órganos de Eduardo cambiaron al menos una decena de vidas. Desde la perspectiva del tiempo, su padre, José Javier Induráin, asegura que no había otro camino. Sin embargo, el matrimonio afirma no sentirse especial por haber tomado la decisión de donar los órganos de su hijo.

José Javier Induráin y Conchi de la Iglesia junto al nicho donde descansan los restos de su hijo Eduardo. IVÁN BENÍTEZ

No pasa un solo día sin que José Javier y Conchi piensen en Eduardo. El pañuelo rojo de Sanfermines que anudan en la repisa de su lápida todos los 6 de julio, el belén en miniatura que colocan por Navidad o la invitación para su boda que Cristina depositó de modo simbólico recientemente -era la novia de Eduardo en el momento del accidente-, hacen que este joven pamplonés permanezca vivo en el recuerdo de sus allegados. Su madre, Conchi, sabe que físicamente su hijo sigue vivo en diferentes personas. “Me hubiera gustado saber quién lleva los órganos de mi hijo. Sé que nos hubiéramos hecho amigos”. Después de haber superado el duelo, el matrimonio dice que se ayudan a sí mismos ayudando a otros matrimonios que han pasado por situaciones parecidas. Su padre dice que, si tuviera que enfrentarse a una situación similar, actuaría igual: “¿Qué me consuela más? ¿Enterrarlo o que proporcione vida a otras personas? Estamos encantados de haberlo hecho”.

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