Una mujer valiente

Historia 86
Por Javier Marrodán

Martina Ulayar Liciaga falleció el pasado miércoles en Pamplona a consecuencia de un desafortunado atropello. Tenía 80 años y vivía en Etxarri-Aranatz, la localidad donde asesinaron a su hermano Jesús el 27 de enero de 1979. Poco después del crimen, ella y su hermana Petra se enfrentaron abiertamente a la multitud que pretendía proteger a los asesinos.

El 24 de septiembre de 1980 debería ser un día señalado en la historia de Navarra. La víspera, la Guardia Civil había detenido en Arbizu a cinco jóvenes de la Barranca que acababan de ametrallar la casa cuartel de Lekunberri. Pronto se supo que formaban parte del comando Sakana de ETA Militar y que el 27 de enero de 1979, casi dos años antes, habían asesinado a Jesús Ulayar Liciaga, exalcalde de Etxarri-Aranatz.

Martina Ulayar junto la puerta de la casa de su hermano Jesús. Allí fue asesinado el 27 de enero de 1979. GONZALO ARALUCE

Jesús Ulayar era un hombre bueno. Procedía de una familia humilde y se ganaba la vida con una funeraria local y un pequeño comercio de estufas y electrodomésticos. Se había casado en 1955 con Rosa Mundiñano Ezcutari en la parroquia del pueblo y tenía cuatro hijos: Jesús, José Ignacio, María Nieves y Salvador. Su preocupación por los vecinos y por el pueblo le animó a trabajar en el ayuntamiento, primero como concejal y después como alcalde. Paradójicamente, fue su generosa dedicación al ayuntamiento la que sirvió a ETA y al mundo abertzale para llenarle de etiquetas (“fascista”, “antivasco”…) y para acercarle poco a poco al centro de la diana. Apenas lo comentaba en casa, pero su mujer y sus hijos fueron intuyendo que detrás de sus silencios a veces prolongados o de sus respuestas evasivas o de algunos episodios dolorosos ―el supuesto amigo que lo dejaba solo en el bar para no significarse con su compañía, la manifestación que coreaba su nombre al pasar junto al domicilio familiar…― latía la inquietud perfectamente verosímil de que lo asesinaran. “A mí algún día me pegarán cinco tiros”, le oyó decir alguno de sus hijos en una ocasión. Salvador trató de imaginar mucho tiempo después cómo fueron aquellos meses de la vida de su padre que le iban acercando al cadalso: “No puedo olvidar el viacrucis de mi padre ―tiene escrito―. Sus silencios, sus horas sentado en la tienda, sus soledades, su inquietud, el día a día sembrado de congoja que no consigo o no quiero imaginar. Me pregunto qué pensaba cuando miraba a mi madre, a nosotros, a sus cuatro hijos, qué alarma le embargaba cuando me observaba jugar despreocupado, dónde estaba su mente mientras comíamos, cuál era la sensación en su estómago cuando salía de casa y caminaba en dirección a la tienda, cuando conducía su furgoneta o cuando daba vueltas a la cucharilla de su infusión”. El 27 de enero de 1979 Salvador estaba con su padre en la puerta de casa cuando un encapuchado se detuvo a pocos metros, abrió las piernas, sacó una pistola y disparó cinco veces. Han pasado cerca de cuarenta años, pero Salvador Ulayar conserva con nitidez la imagen de la pistola: “Era negra, mate, sin brillo, la recuerdo como si la estuviese viendo ahora”.

Con esos antecedentes, la detención de los asesinos de Jesús Ulayar en septiembre de 1980 debería haber tranquilizado a los vecinos de Etxarri-Aranatz, pero produjo el efecto contrario: buena parte del pueblo se echó a la calle para protestar por el arresto de los cuatro jóvenes y el ayuntamiento se llenó espontáneamente con una multitud enardecida que condenaba la actuación de la Guardia Civil y exigía la libertad de los detenidos.

Ese ambiente inflamable sorprendió a Martina Ulayar cuando volvía hacia casa con su hermana Petra. Martina era hermana de Jesús y el 27 de enero de 1979 casi se había tropezado con su cadáver cuando se dirigía a misa. “A casa con él”, les dijo entonces a las poquísimas personas que se habían acercado, y metieron el cuerpo en el domicilio familiar, aunque ya nada se pudo hacer por salvarle la vida. Veinte meses después, la noticia de que habían detenido e identificado a los autores del crimen le llenó de inquietud. Había anochecido cuando su sobrina Mari Nieves las alcanzó para contarles lo que estaba ocurriendo: “Tía, dicen que el Ayuntamiento se va a reunir a ver qué pueden hacer para defender a los cuatro jóvenes del pueblo que han detenido”.

Martina Ulayar siguió viviendo en Etxarri-Aranatz después del asesinato de su hermano. Siempre defendió su memoria. GONZALO ARALUCE

Muchos años después, en la intimidad de la cocina de su casa, relató con detalle lo ocurrido a partir de aquel momento del 24 de septiembre de 1980.

“Salimos mi hija mayor, que era bastante pequeña, mi hermana y yo, y le dije a mi hermana: “Petra, ármate de valor porque ahora es cuando vamos a enfrentarnos en el Ayuntamiento”. Teníamos que aclarar unas cuantas cosas, porque yo tenía ganas de desahogarme. Llegamos al Ayuntamiento y estaba lleno, había gente hasta en las escaleras. Habían venido de otros pueblos de la Sakana. Casi todos eran simpatizantes de Herri Batasuna”.

Aún se puede intuir el ambiente espeso que encontraron las tres mujeres de la familia Ulayar en la casa consistorial: las miradas hostiles, los comentarios a media voz, los codazos, el humo, la tensión…

—¿Cómo reaccionaron al verlas entrar? ­—le preguntaron los autores de Relatos de plomo.

—Nosotras nunca habíamos ido al Ayuntamiento. Cuando llegamos, se hizo el silencio. Un portavoz estaba leyendo un escrito. Se me quedó grabada una frase: “Estamos en un clima terrorista asesino”. Luego preguntó que qué postura iban a tomar para defender a los cuatro detenidos. Cuando acabó de leer, se hizo otra vez el silencio, y yo dije: “Oye, según tú, estáis bajo ese clima terrorista asesino. Los demás, ¿qué diríamos?”. Me empezaron a silbar, a gritar “¡Fuera, fuera!”… Yo tuve mucha serenidad. Uno me dijo: “Si has venido a esta sala, di todo lo que sabes. Si no, no hubieras venido”. Era un descarado. En voz alta, dije: “¿Sabéis quién es el asesino de mi hermano? Vicente Nazábal [uno de los cuatro detenidos]”. Algunos empezaron a salir y otros se enfrentaron conmigo. Me dijeron que hablara en vasco. “¿Vasco? —les pregunté a uno—. Ya te costará hablarlo tanto como yo, que lo hago desde niña”. Les dije que a todos a la vez no les podía contestar, que, por favor, me hablaran uno por uno, que les iba a responder a todos. En vasco, claro. Les dije también que no metía a todos en el mismo saco, que yo sabía quiénes habían ido al cuartel a pedir cuentas a los guardias y quiénes no. “Fuisteis a defenderlos”, les dije. Me empezaron a gritar pero, ¡ay, las que oyeron! No me callé por ninguno.

—¿Cómo se sintió después de enfrentarse a ellos?

—Yo descansé aquel día. Fue una terapia, me curó para toda la vida.

Le preguntaron también los periodistas si en alguna ocasión había pensado en irse de Etxarri Aranatz.

—Nunca. Yo nunca me iré de aquí. Cuando me lo preguntan, yo respondo que todavía no le he estorbado a nadie. Nací aquí, y aquí pienso morir. Nos han amargado la vida, he sufrido mucho, pero no tengo por qué irme. Estamos en nuestro pueblo.

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