Salvados por la capoeira

HISTORIA 83
Por Iván Benítez

La capoeira la bailaban los indígenas brasileños escondidos entre matas, en grupos formados o “quilombos”. Era una mezcla de danza y de combate que en ocasiones les sirvió para salvar la vida. Varios siglos después, a Ricardo Febry le ha ayudado a encauzar la suya.

Papaya verde con harina y huevo. Esta es la imagen que le sobreviene a Ricardo Febry al viajar mentalmente a la favela de su niñez. Un plato de papaya verde rebozado con harina y huevo conformaba el único alimento de Febry y de sus nueve hermanos al cabo del día.  “Por la mañana desayunábamos café y harina, y por la noche nos acostábamos temprano para engañar el hambre”. Febry nació en uno de los barrios más pobres y poblados de Salvador de Bahía, en Vale do Matatu. Un suburbio donde imperaba la ley de la violencia (muerte, droga, prostitución…) y se caminaba a ritmo de capoeira, un baile prohibido, asociado al mundo del crimen, que pasó de la clandestinidad a considerarse deporte nacional.

Marcelo Ferreira, en plena exhibición de capoeira en la Plaza del Castillo de Pamplona. IVAN BENITEZ

Calles en cuesta, asfaltadas por la sangre y el miedo. Bulevares adoquinados. Estacas de madera. Aquí los colonizadores portugueses encadenaron a los esclavos africanos. Aquí también cayeron asesinados, “ajusticiados”, algunos de los mejores amigos de Febry. Encañonados a quemarropa. “Sigo sin comprender cómo me salvé”, suspira. “El secreto para sobrevivir con dignidad, cuando procedes de una familia humilde, es aceptar lo que posees y valorarlo”. Asegura que la capoeira le ayudó a sobrevivir en la favela. Algo parecido a lo que le sucedió al cantante brasileño Carlihnos Brown. A los veinte años, Carlinhos empezó a ganar dinero componiendo para gente como Sergio Mendes o Caetano. Un día, al regresar de una de sus giras al barrio de Candeal, donde nació y creció, le contaron que en una redada policial habían muerto cinco amigos con los que había crecido. Carlinhos pensó que si no hubiera sido por la música, él podría haber muerto esa noche. Entonces comenzó a comprar instrumentos para el barrio y a crear grupos de música con los niños.

La vida de Febry cambió al cumplir los 19. Al morir su padre buscó refugio en un monasterio hindú, en el mismo estado de Bahía. Aquí se quedó a vivir cuatro años. Durante este tiempo practicó el celibato y se alimentó de comida vegetariana. Era un monje más. “Quería comprender el sentido de la violencia. Buscar hacia dónde vamos”. Y el 3 de diciembre de 2004, su vida dio un nuevo giro. Febry bailaba capoeira en el centro histórico de Pelourinho, uno de los barrios más turísticos, cuando apareció quien hoy es su mujer. Sonríe. Un año después, se casaron. “Mi mujer es de Navarra. Nos conocimos un 3 diciembre, nos casamos al año siguiente, un 3 diciembre, y mi hija, Olalla Khrisná (en honor al Dios hindú de quien emanan el resto de dioses), nació un 3 diciembre”, ríe. “Es el karma”.

Febry resume su historia desde una de las laderas del monte Ezcaba, junto a Pamplona, mientras enarbola los colores de su país. “El disco azul representa el cielo de Río de Janeiro. El lema Ordem e Progresso (“Orden y Progreso”) está inspirado en el lema del positivismo. Significa el amor por principio, el orden por base y el progreso. Los colores verdes y amarillo simbolizan la esperanza y el aspecto industrial del Brasil, la naturaleza orgánica e inorgánica”. En su rostro se desprende una sonrisa esperanzadora.

Ricardo Febry enarbola la bandera de su país en la ladera del monte Ezcaba. Al fondo, Pamplona. IVAN BENITEZ

De niño de la calle a campeón de boxeo
En casa de Marcelo Ferreira, maestro y pionero de la capoeira en Navarra, no alcanzaba “ni para un plato de papaya verde con harina y huevo”, expresa. “Pasamos mucho hambre”. Hijo de perforador de pozos de petrolero, el sexto de doce hermanos, cuenta que se convirtió en un niño de la calle que dedicaba la mayor parte del tiempo en conseguir comida y en practicar capoeira. “Salía a la calle en busca de algo que llevarme a la boca y de paso aprovechaba para bailar”. A sus padres no les gustaba que practicara capoeira. Se relacionaba con la delincuencia. “La vida de un niño en la calle es muy dura. Violencia, droga, amigos muertos…”. Ferreira asegura que no cruzó ninguna línea roja. Lo consiguió gracias a su maestro Dinho, que le rescató de la calle y le enseñó los secretos de esta danza africana. “Yo tenía diez años. De repente apareció él. Yo estaba con el resto de los niños, en el mercado Modelo. Recuerdo que estaba en el suelo. No sé qué hacía. Siempre iba descalzo”. Entonces, uno de los niños, un limpiabotas, se acercó a Dinho con la intención de sacarle brillo a los zapatos.  “¿Quieres limpiarlos  aquí arriba?”, retó al pequeño con una carcajada, a medida que estiraba la pierna hacia lo más alto, como si tensara una flecha en el arco de su cuerpo.  Aquello impactó a Marcelo. “Desde ese instante le seguí. Quería una oportunidad. Entrar en su espectáculo”. Hasta que lo consiguió. “Y eso que era muy malo bailando. Mis propios compañeros me humillaban por lo malo que era. Pero fui persistente. Las humillaciones me empujaron a crecer”. Con 16 años, cinco años después de este “mágico” encuentro, Ferreira estaba preparado para enseñar el camino a otros niños. Se separó de su maestro y emprendió su propio camino. Viajó a Japón, Portugal, España… A sus 41 años, casado y padre de dos hijas, de 12 y 9 años, confiesa que hoy le preocupa el galopante proceso de “aislamiento” de los más jóvenes.  “Se quieren proteger de algo y no se les presta atención. Y se aíslan. Por eso procuro que mis hijas jueguen y valoren lo que tienen. Yo nunca he jugado. Aprendí a escribir y leer con 16 años”. Hoy Marcelo Ferreira se ha convertido en uno de los mejores púgiles de boxeo del mundo (categoría semipesado). El 12 de diciembre regresó a Navarra desde su Brasil natal donde disputó y ganó el título internacional WBF.

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