El vacío que lleva al cielo

HISTORIA 80
Por Patricia Rouzaut

Juan Pablo Lenzano lleva desde diciembre cuidando el convento de San Francisco, en Olite. Vecino de la localidad, siempre ha vivido junto a este edificio. A una pronta edad conoció a los monjes de la orden franciscana del lugar y, desde el primer momento, sintió un cariño especial hacia estos religiosos. Ahora es él quien se encarga de custodiar el convento abandonado hasta que se designe su futura función.

El 12 de diciembre 2015 salieron de Olite los tres últimos franciscanos del convento de San Francisco. A pesar de esto, los pasillos del edificio no han quedado vacíos. Los recuerdos los mantiene vivos un vecino del pueblo: Juan Pablo Lenzano. Los frailes no querían dejar el recinto vacío, ni que se deteriorara, por lo que hicieron una selección entre doce candidatos del pueblo para que se ocuparan del mantenimiento. Juan Pablo fue el elegido: “Dicen que dieron en el clavo”, afirma entre risas. Se habían conocido años antes; Juan Pablo iba los domingos a la misa que celebraban a las nueve de la mañana y entabló amistad con los guardianes del convento. Por otro lado, él forma parte de los Doce Apóstoles, una hermandad religiosa: “Los franciscanos tenían el encargo de acompañarnos a la peregrinación a Ujué todos los años”, cuenta. Incluso, sigue manteniendo el contacto por carta con uno de ellos: Agustín Pérez de Arenza.

Después de trabajar durante treinta y cuatro años en una fábrica, el negocio quebró y Juan Pablo se quedó en el paro. Esta nueva ocupación le da algo de dinero y lo mantiene en la Seguridad Social. Sin embargo, admite que no lo hace únicamente por ese motivo: “No solo me aporta la actividad de trabajar, yo allá estoy verdaderamente en el cielo”. Para llevar a cabo su misión, va diariamente al convento de San Francisco, situado junto al Castillo de Olite. Su labor se centra sobre todo en la seguridad del convento, que tiene todas las ventanas tapiadas para evitar que nadie entre. Además, protege los objetos que hay dentro: “Lo más importante para los franciscanos es que las imágenes y la Virgen estén bien cuidadas”. Dentro del edificio hay multitud de obras de arte que los franciscanos dejaron. Juan Pablo intenta que animales como ratas o palomas no se adentren y estropeen el mobiliario.

Iglesia

Iglesia del convento de San Francisco de Olite. PATRICIA ROUZAUT

Además, el trabajo del olitense también se centra en la enorme huerta que envuelve al edificio, pues esta “ha de estar decente”. Para su cuidado, corta las altas hierbas que crecen a placer en los centenares de hectáreas y cultiva las tierras, que dan frutos, como ciruelas, y verduras, como lechugas. El mantenimiento forma parte de su trabajo: los desperfectos, las goteras, la limpieza… “Tiene que dar la sensación de que alguien vive aquí”, explica. El convento debe estar preparado para que puede ser habitado, en el caso de que una orden religiosa así lo desee o para que la use la diócesis. Según Juan Pablo, esto no es muy probable, aunque es la voluntad de los franciscanos. De hecho, regularmente se acerca un franciscano al convento para ver cómo van las cosas.

Biblioteca

Juan Pablo enseñando la biblioteca del convento de Olite donde guardan ejemplares desde el momento de su fundación, en la Edad Media. PATRICIA ROUZAUT

Los franciscanos no son los únicos que reconocen la labor de Juan Pablo. Los “frailicos”, como eran conocidos en el pueblo, se encargaban de muchas de las labores municipales, como ayudar en la parroquia y en el convento de las Clarisas, confesar a los feligreses y cuidar a los enfermos. Todavía muchos de los habitantes siguen en contacto con los religiosos y se preocupan por el convento: “Mis vecinos también piensan que acertaron al elegirme”. Antes, Juan Pablo ya era una persona conocida en Olite: fue catequista durante dieciséis años y dedicó su juventud al baloncesto. Sin embargo, el reconocimiento más importante para Juan Pablo es el de sus hijos: “A Rubén y a Judith les parece un trabajo entretenido y se alegraron por mí”, relata.

Centenares de habitaciones recorren el convento de 23.000 metros cuadrados, llenas de recuerdos, de historias por las que Juan Pablo vela todos los días. En el edificio, él se encuentra “a gusto y sosegado”, a pesar del vacío y el silencio que recorren los innumerables pasillos. Incluso le han llegado a llamar el «último franciscano del convento», ya que él admite que en ese silencio se encuentra “en el cielo”.

Castillo

Vista del Castillo de Olite y de la huerta de los franciscanos desde la entrada del convento. PATRICIA ROUZAUT

Ocho siglos después
Según la leyenda, el convento lo fundó San Francisco de Asís cuando, haciendo el Camino de Santiago, pasó por la localidad a principios del siglo XIII. El santo fundó una primera comunidad que ha durado ocho siglos, hasta diciembre de 2015. Sin embargo, este no ha sido el único bache por el que han pasado los religiosos: tras la desamortización de Mendizábal (1836-1837) tan sólo quedaron cuatro frailes en el convento. De hecho, la orden estaba pensando en cerrarlo cuando las vocaciones se multiplicaron, llegando a vivir 120 frailes en el convento de San Francisco de Olite a mediados del siglo XX.

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