Reflejos de luz

HISTORIA 79
Por Nerea San Esteban

“Imagina que vives en el barrio de Iturrama. Imagina que cae una bomba y destruye un edificio completo. Imagina que después de esto empiezan a caer entre 6 y 7 bombas al día sobre tu barrio. Tienes que salir de ahí con tus hijos. ¿Qué cogerías para largarte? Una manta, una muda, una tetera y un teléfono móvil”. Con ese ejercicio de empatía hizo reflexionar Jorge Fernández, director del documental District Zero, a quienes asistieron a escuchar testimonios de solidaridad con los refugiados en Civican.

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El campo de Zaatari, donde está rodado el documental. CEDIDA

El protagonista de District Zero es el sirio Maamun Al-Wadi, uno de los 59,5 millones de refugiados y desplazados que hay en el mundo, propietario de una tienda de telefonía móvil en el campo de Zaatari, en Jordania. En un momento del documental, Maamun afirma que “estar en un campo de refugiados es como estar dormido, y estar dormido es lo mismo que estar muerto”. Por eso, Jorge Fernández y el resto del equipo se propusieron mostrar al mundo, con la ayuda de Oxfam Intermón y la Comisión Europea de Ayuda Humanitaria y Protección Civil, cómo se vive dentro de un campo de refugiados. “Podríamos hablar de cifras –80.000 personas viven en Zaatari–, pero quienes viven ahí tienen nombre y apellidos; por eso tenemos un protagonista”, cuenta Fernández.

Cuando el drama se convierte en negocio
Entre 90 y 100 euros es el precio que un refugiado tiene que pagar por un chaleco salvavidas que muchas veces no está homologado; es decir, en el caso de caer al agua no ayudaría a que la persona que lo lleva flotara. Los periodistas pamploneses Unai Beroiz y Luis Carmona, hicieron el recorrido que cada día realizan cientos de refugiados sirios: desde Esmirna (Turquía) hasta Lesbos (Grecia).

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Un hombre seca su CV y su portátil al llegar a Lesbos. UNAI BEROIZ

Tiendas de ropa, zapaterías y comercios en general se han adaptado en la puerta del Egeo a “este nuevo negocio”, explica Beroiz, por lo que venden chalecos salvavidas, fundas para proteger los móviles y otros artículos necesarios para realizar el viaje.

“Los refugiados toman en Esmirna contacto con la mafia y pactan el viaje que van a hacer”, señala Beroiz. Una vez que está organizado, los refugiados se dirigen a los puertos de embarque, Ayvalik y Assoss, desde donde salen los botes a Lesbos. “El trato que se da aquí a los refugiados es inhumano”, insiste el periodista. “Los traficantes organizan su lote, así es como llaman a cada uno de los botes que salen”, ahí llega la primera decepción. A pesar de la promesa de que iban a viajar unas 15 personas, son hasta 50 las que se tienen que subir a la embarcación. Los hombres se sientan en los bordes y los niños y las mujeres en el centro. “Una vez embarcados, el traficante asigna el puesto de capitán en el bote, salta al mar y vuelve nadando a la costa”, cuenta. Entre una hora y hora y media es lo que cuesta llegar desde Assoss hasta Lesbos. “Nosotros, como europeos, viajamos prácticamente solos en un ferry por 15 euros. Un ferry que realiza este recorrido a diario”, se resigna Beroiz.

El papel de los voluntarios, fundamental
¿Qué puede hacer un profesor durante una semana en Lesbos? José María Aymerich, profesor del colegio Sagrado Corazón de Pamplona, decidió acudir a la isla griega de Lesbos con la intención de echar una mano como voluntario. Lo hizo con dos compañeros y estuvo en la isla entre el 2 y el 10 de enero.

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Una voluntaria acoge a dos mujeres a su llegada. UNAI BEROIZ

“Parte de nuestro viaje era observar y no molestar a los profesionales que trabajan allí. Queríamos empaparnos de esa realidad y contar lo que estábamos viendo”, explica Aymerich. Lo que Aymerich trajo a Pamplona fue la sensación de que “es el movimiento internacional de voluntarios el que da una acogida cálida a los refugiados”. E Insiste: “Los voluntarios que están en Lesbos salvan vidas, literalmente”.

Ayudar a las personas a bajarse de las barcas, ofrecerles mantas y ropa seca o sopa son algunas de las labores que los voluntarios como este profesor realizan. “Lo que hacíamos era sentarnos con los refugiados alrededor del fuego y hablábamos en inglés. Los más jóvenes traducían a los mayores”, indica. “Nos contaban historias de guerra, de huida, de persecución”.

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Los voluntarios de Proactiva Open Arms ayudan a los refugiados a salir del bote. UNAI BEROIZ

No todos los refugiados que llegan a Lesbos son sirios. “Conocimos la historia de un joven paquistaní de 20 años que huyó de su país por estudiar en la universidad. Los talibanes le amenazaron con cortarle las manos si seguía estudiando”. Días después de estar con ellos, el joven consiguió llegar a Atenas, la capital griega, donde vive en la calle con miles de refugiados que, como él, no han conseguido seguir su ruta por Europa.

“Estar con alguien que les acoja y les escuche es esencial”, insiste Aymerich. Ese es el papel de los voluntarios.

Solidaridad con “la jungla”, el campo de refugiados de Calais
Gracias a la iniciativa Iruñea ciudad de acogida, el inicio del invierno en el campo de refugiados de Calais (Francia) fue menos duro. Mantas, sacos de dormir, ropa y alimentos recogidos en la capital navarra fueron entregados el pasado enero a quienes “sufren la indiferencia de Europa”.

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Una de las vallas que limitan el campo de refugiados de Calais. UNAI BEROIZ

“Entre 5.000 y 6.000 refugiados viven en Calais en condiciones pésimas y con graves problemas de higiene”, explica Luis Carmona. Las tiendas de campaña se levantan sobre los charcos de barro que inundan el campamento. Una semana después de la entrega de lo recogido, este campo sufrió el desalojo de una de sus zonas. “El ejecutivo francés ha invertido 18 millones de euros en acondicionar un nuevo campo de refugiados con barracones prefabricados que, lejos de mejorar las condiciones de estas personas, supone más control”, indica el periodista. “Una mayor inversión en seguridad no implica la solución real del problema”, subraya.

Siria, Afganistán, Eritrea, Etiopía, Sudán, Somalia o Irak son algunas de las procedencias de quienes viven en el campo de Calais, la principal vía de acceso a Reino Unido. “Esto está ocurriendo aquí y lo único que podemos pensar es que a pesar de los valores que defendemos como europeos, no hay voluntad de solución”, denuncia Carmona.

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Mariam, de 10 años, exhausta, tras desembarcar en Lesbos. UNAI BEROIZ

Desde que el niño sirio Aylan Kurdi apareciera ahogado en una playa de Turquía, han pasado cinco meses en los que, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), han fallecido más de 340 menores como él. “Es nuestro deber como periodistas, fotógrafos, documentalistas y voluntarios que lo que está pasando no caiga en el olvido”, concluye Beroiz.

2 pensamientos en “Reflejos de luz

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