Sergio, un menor en un piso tutelado

HISTORIA 75
Por Mireia Arribas

La excepción se llama Sergio. Tiene 18 años y vive en un piso tutelado de la Fundación Xilema desde hace diez. Llegó en mayo de 2004. “No me acuerdo, era pequeño. Me recibieron bien, nada más”, responde Sergio. Parco en palabras; concreto y seco.

El motivo de su llegada a Villava, municipio en el que se encuentra el piso, le incómoda, por eso baja la vista y mira el vaso de Coca-Cola que sujeta. Mientras, lo mira como si fuera a sentirse más seguro. Parece que así encuentra la respuesta a algo que, sin duda, le queda grande y le ha marcado. A su padre nunca lo llegó a conocer y tampoco tiene hermanos. Sólo tíos, pero ninguna relación con ellos. “Estuve en un piso del COA antes y vieron que era lo mejor porque mi madre no se podía hacer cargo de mí”.

Idoia Urzainqui, directora de Xilema, explica que antes de que vayan a los pisos tutelados hay otro recurso que es el COA, el Centro de Observación y Acogida, que es para retiradas urgentes. “Cuando se detecta una situación grave y tiene que salir inmediatamente, el niño se lleva al COA, donde se hace un estudio integral de él. Algunos puede ser que retornen al domicilio con el apoyo de un educador o, si la recuperación de la familia va a requerir más tiempo y necesitan estar separados, se decide si van a un piso o a una familia de acogida”.

La vía de entrada de los niños a la Fundación es siempre por medio de la Sección de Protección y Promoción del Menor del Departamento de Políticas Sociales. “Aquí nadie puede venir y pedir que entre directamente su hijo ni tampoco nosotros no vamos directamente a buscar a nadie. Son los Servicios Sociales quienes comunican al equipo de valoración de Bienestar Social una situación donde se considera si es una situación de abuso o maltrato y que no se puede residir en el domicilio. De esa manera se procede a la retirada del niño del domicilio y se busca la mejor opción de salida para él”.

Actualmente la Fundación cuenta con cinco pisos para chicos y chicas que están en situación de desprotección; son ocho niños por piso de entre 6 y 18 años. En cada piso hay un equipo de seis educadores que trabajan por turnos de ocho horas. También cuentan con un piso especializado, que tiene cinco plazas y es para niños con problemas más graves de salud mental, de conducta o de difícil manejo. En este piso hay más educadores por niño y una atención más especializada.

Recién llegado al piso tutelado, Sergio, recibía visitas de su madre supervisadas por alguien de la Fundación Xilema. “Y luego cuando vieron que iba bien, con algún educador o sino, solos. Ahora cuando me apetece me manda un whatsapp y nos vemos”. Fue a partir de los 17 años cuando pudo quedar con su madre sin la intermediación de los educadores.

Aunque Sergio por ser mayor de edad podría haber vuelto a casa de su madre, él prefiere no vivir con ella: “Cuando cumplí 18 años me dieron la oportunidad de irme pero preferí quedarme aquí hasta tener algo atado como un grado medio o trabajo, y lo prefiero así”. Se encoge de hombros. No quiere ni le gusta hablar de su madre, parece que no sabe qué decir, como si no tuviese nada que decir sobre ella.

Gonzalo, un educador de la Fundación, cuenta que “si el chaval no tiene alternativa se intenta que salga con un trabajo para tener un sustento económico. Al final cada chaval es un mundo y cada mundo; una situación familiar diferente”.

Sergio estudia el grado medio de Actividades Físicas y Deportivas en Lumbier. “Iba en bus todos los días desde Merindades, son 40 minutos”.  Y ahora que ha terminado la parte teórica del grado, está haciendo las prácticas en el colegio El Molino: “Entro a las 9, nos vamos a la piscina a hacer natación, ducha, almuerzo y a las doce gimnasia con otro grupo. Como con ellos y me despido, hasta el día siguiente”. Este año termina el grado medio: “Después quizá haga un grado superior en educación especial o integración social”.

Estudiando el grado medio Sergio se ha dado cuenta hacia dónde quiere enfocar su salida profesional. Pero una de las preocupaciones que tenía Xilema cuando los chicos y chicas terminaban sus estudios y entraban en el mundo laboral, era que salían de los pisos y no les costaba mucho encontrar un trabajo, pero sí vieron que los perdían con facilidad, y que tenía mucho que ver con la falta de adquisición de habilidades y compromisos que se requieren para trabajar.

“Hace cuatro años creamos un servicio de catering. Se llama ‘Mamá nos da de comer’: un servicio trampolín donde pueden experimentar una profesión. A trabajar se aprende trabajando; tener y cumplir con un horario y si llegan un día tarde se les echa la bronca. Así aprenden lo que supone estar un  día de baja o tener permisos o qué es tener una relación jefe-trabajador o entre los compañeros de trabajo”. De este modo, salen más fortalecidos, con otra experiencia, con un currículum. La idea es poder lanzarles al mundo laboral con mayores herramientas.

Gonzalo comenta que tienen que esprintar un poco de cara a los 16 años, ya que estos chicos maduran a un ritmo más avanzado que la gente de su edad: “Hay que meter una quinta marcha para lo que les va a tocar luego. Tienen que afrontar la vida real antes que el resto de chavales; salir a la vida autónoma y adulta, conocer qué es un trabajo, saber qué es la organización de la vivienda, la gestión de un salario… Ellos no cuentan con un respaldo social ni familiar, como otros chavales que tienen en casa a sus aitas, estos no”.

Vive con Sergio desde hace cuatro años y su experiencia le dice que se llevan más o menos bien, pero que hay una barrera. “Hay mucho cariño, pero soy su educador. Podemos bajar al bar y ver el partido del Osasuna y tener muy buenos ratos, pero no somos colegas”. Lo compara con una relación paterno filial: “Puede haber muy buena relación pero el padre es el padre y el educador es el educador. Es una convivencia diaria y nuestra función es la que podrían tener los adultos en cualquier otra casa: tema escolar, de salud, emocional, el vínculo desde el cariño…”. Después de un silencio largo y pensativo, confirma que lo más difícil en su trabajo es crear el vínculo con el menor, pues es una línea frágil que en cualquier momento se puede resquebrajar.

Intentan funcionar como una familia, según él, rara, porque hay seis educadores y ocho chicos/as, con todo lo que conlleva, rivalidades entre ellos, celos y momentos preciosos también. “Imagínate una familia de 8 hijos… y lo que surge: los mayores entre ellos tienen más afinidad que con los pequeños. También salen gestos bonitos de los mayores hacia los pequeños”, añade.

“A gusto” se siente Sergio con sus compañeros de piso: tienen entre 11 y 17 años. Si tiene algo importante que contar cuando llega al piso, se lo guarda para él y con menos frecuencia se apoya en algún compañero que vive con él: “Soy cerrado para estas cosas… No me exigen en ese aspecto”. Y suspira cuando se le pregunta qué tal se lleva con sus educadores. “Bien, pero todos tienen sus días y cuando estoy vago… normal, me echan la bronca. Ellos se encargan de que todo vaya bien y están con nosotros, nos cuidan y registran cómo hemos estado en el día a día”. Tiene claro que no son como sus hermanos mayores: “No, no. Por ejemplo, estamos en el salón y si no están con nosotros están en su cuarto escribiendo cómo nos hemos portado durante el día”. Concluye: “No nos exigen tanto”.

Aprender que una casa no funciona sola es uno de los objetivos que los educadores se proponen transmitir a los niños y niñas. “A partir de los 13-14 años tienen su plan de autonomía encaminado a repartir las tareas de la casa para que ellos se vayan haciendo partícipes de ella”. Conforme van creciendo, van aumentado las obligaciones en el piso como. Por ejemplo, hacerse la cena o ayudar a los educadores a hacer la cena para todos. Y también van aumentando los privilegios, como los horarios de salida y la paga.

Urzainqui explica que los chicos siguen con su vida ordinaria: “Salen con sus amigos, van a estudiar, tienen actividades extraescolares y contacto con la familia”. Las visitas dependen de cada caso y la situación familiar: “Algunos van fines de semana, periodos vacacionales, días entre semana por la tarde… todos tienen familia y se relacionan con sus miembros, pero depende un poco de la situación”.

Los sábados suelen hacer planes todos juntos, ya que entre semana es más complicado por los horarios distintos que tiene cada uno. “Fútbol, cine, bolera, bajar a la plaza con un balón…”. Un sábado, por ejemplo, fueron al Sadar a ver el Osasuna, que jugaba contra el Ponferrada. Sergio se relaja un poco hablando de fútbol; es su deporte favorito y es de la Real Sociedad. “El Osasuna no me cae bien”, comenta, mientras sonríe de forma tímida.

Sergio juega de medio centro en la Agrupación Escolar Deportiva BETI-ONAK de Villava. “Hemos ganado todos los partidos”. Lo comenta sin alardear y se ríe sin tapujos, cuando dice que deberían opinar otros para juzgar si él es bueno en el campo o no. Esta temporada ha marcado dos goles y no sabe cuántas asistencias ha hecho. “No me suelo fijar”. En su tiempo libre lo que más le guste es ir a la bajera que comparte con otros amigos. “Voy todos los días a jugar a la Play o a tumbarme en los sofás”.

Tiene claro que quiere dedicarse a algo relacionado con el deporte. “Entreno a fútbol a chavales de 6 años en la Institución Oberena”. Es su primera vez como entrenador y esto de la enseñanza parece que se le da bien. “Me gustaría dedicarme a algo relacionado con el deporte: profesor de piragua o gimnasia”.

Sobre su paso por Xilema, no muy convencido y sin pensar mucho la respuesta , no cambiaría nada. “Recomendaría a un chaval vivir en pisos tutelados antes de que se vaya de casa a lo loco y mal”. Gonzalo, por su parte, dice que es un trabajo que compensa. “La mayoría de los días me voy contento a casa”.

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