Benedictino a los 38

HISTORIA 74
Por Aurken Sierra

Óscar Jaunsaras (Pamplona, 1955) es el prior y mayordomo del Monasterio de Leyre. Sin embargo, aunque hoy sea el segundo al mando no siempre lo tuvo claro. De hecho, no fue hasta el año 1993, con 38 años, que este pamplonés, tras haber recorrido medio mundo, sintió la llamada que le llevó a entregar su vida a la oración.

Óscar Jaunsaras describe los años anteriores a su entrada al monasterio como “años en los que sabía que buscaba algo pero que nunca conseguía encontrar”. Se puede decir que fue una persona inquieta. Comenzó estudios de medicina, empresariales, psicología e informática, buscando siempre algo que le llenara. Creyó encontrarlo cuando probó con el diseño de interiores y tras estudiar los cinco años de la escuela de artes aplicadas montó su propia sociedad con otros dos amigos. Óscar admite que nunca fue una persona que trabajara por necesidad económica ya que siempre tuvo rentas suficientes para subsistir sin necesidad de trabajar. Dice que “aceptaba proyectos por gusto; para intentar llenar un vacío que sentía desde hacía años y que no conseguía llenar con nada”.

Admite haber sido un vividor, no un sinvergüenza, pero sí alguien a quien le gustaba vivir la vida y exprimirla. Siendo un viajero empedernido, la llamada para entrar en el Monasterio de Leyre le sobrevino un día en la playa en Río de Janeiro, en 1993. Él lo describe como algo puramente intelectual, una llamada. Algo que lo llevó a regresar de Brasil hasta la zona media de Navarra y llamar a la puerta del monasterio preguntando por el Maestro de Novicios.

Sin embargo, no era la primera vez que llamaba a esa puerta. Dos años atrás, en 1991, Óscar llegó a la Hospedería interna de Leyre, una pequeña parte del Monasterio reservada para aquellos que quieren pasar unos días con los monjes de retiro espiritual. Pocos meses antes había sufrido una rotura de tobillo que le hizo repensar su vida: se dio cuenta de que pese a que él parara, el mundo seguía su curso.

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El Monasterio de Leyre tiene sus orígenes en su cripta románica del siglo XI. MONASTERIO DE LEYRE

No obstante, y aunque llegó al monasterio convencido de que un pequeño retiro era lo que necesitaba para poner sus ideas en orden, salió por la puerta de vuelta a su casa a los tres días temblando de frío y horrorizado de ver como los monjes aguantaban unas temperaturas que a él le parecían inhumanas. Cuando hoy, tras 21 años en el monasterio, recuerda ese incidente no puede evitar sonreír al acordarse de que dos años después, en 1993, volvería para quedarse, en un principio, para siempre.

Su segunda llegada fue algo distinta a la de 1991. Llegó mucho menos convencido de que vivir en el monasterio fuera lo suyo, solo sabía que había algo en su interior que le impulsaba a llamar a su puerta. “Yo tenía claro que podía ser para siempre o para tres días, como me había pasado la última vez”. Tocó en la puerta, se entrevistó con el Maestro de Novicios y comenzó a vivir en el monasterio en julio. Hoy sabe que eso fue algo bastante inusual. Por lo general los novicios no son aceptados hasta el mes de octubre y los meses de verano se reservan para hacer un seguimiento a las solicitudes.

Al poco de entrar, recuerda que lo que más le llamó la atención fueron lo que los monjes llaman “vacaciones”. Cada vez que emplea este término Óscar siempre se apresura a aclararlo: “Son días de descanso familiar, diez días que cada uno puede pasar con su familia en casa”. En el caso de Óscar, esa familia son sus amigos, ya que no tiene una especial relación con el único familiar vivo que le queda, su hermano. Son días que siempre pasa en Echauri y en los que se rompe el horario al que está acostumbrado en el Monasterio. “Son días de locura, hay días en los que he salido de casa a las 10 de la mañana a por el pan y por encontrarme con gente no he vuelto hasta las 5 o las 6 de la mañana”. Son días, en resumen, que siempre aprovecha al máximo para estar con sus amigos. Los que lo conocen lo consideran alguien jovial, risueño y aseguran que entrar en el Monasterio no hizo que cambiara su relación. “Yo era un chico de cuadrilla – dice Óscar – tenía mis amigos de toda la vida, y entrar en el Monasterio no impidió que mantuviéramos la relación. Ahora nos vemos 10 días al año, algo que hace que tengamos que aprovechar más ese tiempo, pero seguimos siendo muy buenos amigos”.

Compartió sus años 3 de noviciado con otras 10 personas. A lo largo de los dos primeros años no convivió con la comunidad sino que residió en una zona del monasterio reservada para el noviciado. “Los novicios llevan un ritmo totalmente distinto al resto. Solo coinciden con los demás en las comidas y en los rezos”, algo, esto último, que realizan hasta ocho veces al día. Como todos los novicios, Óscar en ese tiempo respondía ante el Maestro de Novicios. Él era el encargado de decirle qué hacer y cómo debía hacerlo. Fueron años en los que dedicó su vida, además de a limpiar, a pensar, a encontrarse con Dios y consigo mismo.

Pasados los tres años de noviciado realizó sus votos. Primero los “eventuales”, de otros tres años, y después los perpetuos: la obediencia al Abad, la conversión de costumbres y la estabilidad. Tras este juramento pudo tener su primer cargo: atención a los transeúntes, o lo que es lo mismo, atender a aquellos que llegan de improvisto al monasterio.

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La biblioteca de Leyre es una de las muchas dependencias con las que cuenta un monasterio. MONASTERIO DE LEYRE

Desde entonces han pasado ya 21 años y de ser el encargado de transeúntes ha pasado a ser Prior y Mayordomo del monasterio. Como Prior, es el encargado de mantener la observancia, es decir, el responsable de que los monjes respeten las normas. Entre ellas la regla que con más frecuencia se incumple es la de los paseos. Los monjes de Leyre son de clausura y, por lo tanto, tienen prohibida la salida al exterior a no ser que esté justificada por un motivo mayor: “Por supuesto que podemos salir pero siempre tiene que estar justificado, no salir por el mero hecho de salir”. Pero sus funciones como Prior no se limitan solo a perseguir a los incumplidores. Como mano derecha del Abad, representa al máximo dirigente del monasterio cuando este se encuentra de viaje. Sus funciones como mayordomo son las de un economato: debe controlar las cuentas y asegurarse de que todo encaje. Debido a este cargo, Óscar está en permanente relación con el servicio de guías del Monasterio de Leyre, un servicio que lleva en activo desde el año 1991 y que pretende mostrar a los visitantes algunas de las joyas del monasterio. Él es el encargado de ir al Banco, de cuadrar horarios con los guías, de dar avisos a los monjes… Una vida muy activa que contrasta con la imagen de calma y serenidad que normalmente transmiten los monjes.

Si se compara el momento en el que entró Óscar al Monasterio con el momento actual, ha habido cambios importantes en la comunidad de monjes de Leyre. Siguen vistiendo de negro, como lo hacen desde la fundación del monasterio, pero su número es cada vez más reducido. Cuando Óscar realizó su noviciado eran 11. Desde entonces y hasta hoy han entrado dos personas más en el Monasterio. Eso no quiere decir que en los 30 años que él lleva no haya llegado gente convencida de que la vida monástica era lo suyo. Más de una decena de personas han tocado en la puerta dispuestos a entrar. “Y realmente lo estaban. Era gente que tenía gran vocación y que estaba dispuesta a vivir aquí. Lo que les pesa a la mayoría, no obstante, es lo que tienen que dejar a la entrada del monasterio, pesa lo que tienes que dejar atrás”.

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La comunidad benedictina visitó el Palacio de Navarra en 2010 con motivo de agradecimiento por su hospitalidad. GOBIERNO DE NAVARRA

Actualmente no hay nadie que esté haciendo el noviciado en el Monasterio. Óscar está convencido de que la llamada sigue ahí y que habrá muchos que, como él en Río, la recibirán un día y tendrán claro el objetivo de su vida. “El problema es que, pese a que la llamada de Dios siga estando ahí, el ruido de la vida diaria no permite oírla tan bien como antes”. Sin embargo Óscar lo deja claro: “Si alguien consigue escucharla, le estaremos esperando para recibirlo”. Tal y como llevan haciendo los monjes de Leyre desde hace más de mil años.

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