A MAREA BRANCA DA SOLIDARIEDADE

HISTORIA 72
Por Brais Cedeira

A Morriña, pois, é a Saudade en estado de conciencia; é o desexo, posible ou imposible, de recobrar o que se perdeu; é a devoción a algo que está na lonxanía do tempo ou do espazo
E. R. Castelao

Aquella Navidad, una masa lóbrega y pegajosa se cernía sobre los arenales de Galicia en forma de galletas negras. El petrolero expulsó el fuel de su interior, arrastrado por la marea hacia las costas. A su llegada lo arrasó todo: se adhería a las rocas, a los percebes y a las navajas. Las gaviotas quedaban transformadas en espectros negros al tocar la superficie del mar. El peso del chapapote en sus alas les impedía remontar el vuelo. Muchas de ellas perecían en el intento. A la orilla, junto al de muchas otras especies, llegaba su cuerpo inerte.

Aquella Navidad, Galicia luchó contra lo imposible para recuperarse a sí misma, un combate a contrarreloj para preservar la riqueza del litoral. La alerta saltó por doquier y todos los gallegos se unieron en la lucha contra un enemigo común, cuyo objetivo era arrebatar de toda belleza a las costas.

Con el paso de los días, la guerra al chapapote sumía a todos en la desesperanza. Los primeros días estaban solos. Pero  pronto comenzaron a llegar voluntarios, personas anónimas de todos los rincones de la tierra que se pusieron manos a la obra y se lanzaron a las playas para colaborar con los gallegos. Combatían las oleadas del crudo, que asaltaba las rocas una y otra vez, con lo primero que encontraban.

Santa María de Oia. Navidad de 2002
Uno de los primeros en lanzarse a combatir el chapapote en las playas fue Xabier Garrido, percebeiro y cantero, natural de Santa María de Oia (Pontevedra). La mañana que  llegó la primera mancha, Xabier no lo dudó: cogió una paleta y unas cuantas bolsas, se metió en su coche y se fue a la playa. La guerra contra el desastre ecológico fue la lucha de un colectivo común, de allegados de todas partes que arrimaron el hombro junto al de los gallegos. “Todo aquello me quedó muy grabado: el primer día éramos cuatro gatos, y el segundo día había ya trescientas personas ayudando en las playas de Oia. Fue algo alucinante”, recuerda. El municipio pontevedrés cuenta con una población de 3.000 habitantes. En aquellos días se duplicó. La llamada a la solidaridad alcanzó a todos los rincones de España: “Venían de todas partes –relata Xabier–. Recuerdo un chico que venía de Huelva a echar una mano. Llegó a Vigo en tren, y de allí le mandaron a Cangas. De Cangas le enviaron a Baiona. Y de Baiona aquí, a Oia. ¿Y qué le decías a ese tío? ¡Vente a mi casa a comer que te lo mereces! Fue como la vida misma: ayudándonos unos a otros, íbamos todos para arriba”.

monumento xabier faro de vigo

Xabier Garrido inaugura el monumento a los voluntarios del Prestige. FARO DE VIGO

Galicia tenía que recuperar sus playas, ocultas por las manchas de fuel. Miles y miles de voluntarios llegaron a una comunidad que se ahogaba en la Navidad del año 2002. El tesón de estos lograba que las playas quedasen limpias al final de cada día. Pero a la mañana siguiente, la desgracia volvía a consumarse. Los arenales volvían a estar llenas de petróleo. Era vivir lo mismo un día tras otro, un día tras otro, un día tras otro. “Llegabas derrotado psicológicamente. La sensación de impotencia era enorme. Si no llega a ser por toda esa gente, que acudió al principio a echarnos una mano, no se habría limpiado nunca del todo”, relata Xabier, emocionado.

Los voluntarios pasaban horas y horas en las playas. Cubo tras cubo, contenedor tras contenedor. Xabier recuerda cómo el contacto directo con el chapapote hacía todo más difícil. “No podíamos ni beber agua de lo manchados que estábamos”.

El 3 de diciembre del año 2002, La Voz de Galicia continuaba con la crónica de la tragedia: “Los marineros tratan de salvar la ría con sus propias manos”. Cualquier cosa bastaba para echar un cable. La situación se recrudecía. Sin embargo, frente a la marea negra surgió otra, acaso más poderosa: una marea blanca de solidaridad. Poco a poco, con mucho esfuerzo, todo el fuel se recogió de las rías. “Las pirámides de Egipto tampoco se hicieron solas. Todos los que venían eran gente sin interés ninguno. Solo tenían ganas de ayudar”, compara Xabier.

Uxía e Narf cantaban “son galego de Galicia, galego de Arxentina, galego de Alemania, de Suiza, de Cuba, de Canadá…”. En esos días, el mundo entero fue a Galicia para ser parte de ella, para ayudar a evitar la catástrofe. Miles de personajes anónimos, embutidos en monos blancos, salían con mascarillas cubriendo sus rostros, a pecho descubierto contra el fuel.

Diez años después. El tótem que honra a los voluntarios
Las costas gallegas se recuperaron. Pero lo ocurrido perdura en la memoria de los que lo vivieron. El petróleo se quedó en la piel de las rocas, como una vieja cicatriz que no terminan de irse ni de quedarse. Xabier nunca olvidará aquellos días, sobre todo el movimiento de solidaridad que se generó, propiciado por el altruismo de los voluntarios.

Años después, Xabier paseaba por la orilla de la playa cuando vio un tronco negro a la deriva. “El olor que desprendía me recordó al chapapote”. Con gran dificultad, cargó el madero de 20 metros de largo hasta su casa. Con sus dotes de cantero iría esbozando una suerte de homenaje a la solidaridad en los tiempos del Prestige, hasta levantar el monumento que tituló Homenaxe a Marea Branca.

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El monumento a la solidaridad del Prestige, alzado en A Guarda. BEGOÑA PEREIRA

Pero la instalación estaba incompleta. En ese homenaje faltaba lo más importante: sus protagonistas. Xabier quería que los voluntarios quedasen inmortalizados en este simbólico tótem. Por eso, a los pies del tronco, sobre lenguas de roca teñidas de negro como el chapapote, están colocadas piedras blancas enviadas por voluntarios desde todo el mundo. La llamada de Xabier se hizo eco en Internet y, en tres años, recibió más de mil piedras de innumerables lugares de España y también del mundo: Egipto, Venezuela, Colombia, Nueva York… “Está inacabado, porque siempre van llegándome más piedras. Quería que fuese como una pirámide. Que fuese una especie de faro con piedras de solidaridad, que se van sumando, sumando, sumando hasta cubrir el palo entero de piedras”. El 19 de noviembre de 2012, diez años después del hundimiento del buque petrolero, quedó inaugurado a los pies del monte de Santa Trega (A Guarda) el monumento que inmortaliza la ola blanca de solidaridad que inundó Galicia.

Hay personas anónimas que en su día a día cambian con pequeños gestos su entorno y lo hacen un poco mejor. A veces, esos pequeños gestos se convierten en algo excepcional. Gracias a la ayuda de todos, va cambiando el curso de los acontecimientos. En el año 2014, Greenpeace incluyó a Xabier en la lista de las “17 personas anónimas que cambiaron el mundo”. Un honor al que el artesano resta trascendencia: “Debieron de buscar voluntarios del Prestige en Internet y aparecí yo por allí. No tiene más importancia”.

Xabier tan solo pretende resaltar la figura de todos aquellos héroes que arrimaron el hombro para cambiar la historia de Galicia. Había que recuperar la Galicia imaginaria, que es en el fondo la real. Un territorio impregnado de  una nostalgia que se encuentra en el corazón de las personas que aman la cultura gallega, y que están esparcidas por el mundo. Con silencio, pero con dignidad y coraje, los voluntarios transmitieron una lección de valentía saliendo a combatir la marea negra en alta mar. Su eco alcanzó todos los rincones del mundo.

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