Vuelta a la vida

Historia 71
Por Rubén Elizari

Abrió los ojos hacia las siete de la mañana de un día cualquiera de octubre en una habitación del Hospital de Navarra. Lo primero que vio José María Gutiérrez Villanueva, Chema, vecino de Ansoáin de 47 años de edad, fue a sus hermanas, Isabel, Marisa y María José. Nervioso, desubicado,y sin saber muy bien qué le ocurría intentó levantarse y empezar a andar. Pero no pudo. Esas mismas piernas que habían corrido tantas veces a la velocidad de los Jandilla, los Cebada Gago o los Miura en la calle Estafeta de Pamplona o en la avenida Sangüesa de Tafalla no le respondían. Llevaban demasiado tiempo postradas en la cama de un hospital.

El anterior recuerdo que aparece en la mente de Chema, comercial en paro, era de un mes antes. Exactamente, del 4 de septiembre de 2010. Aquel día corría en el encierro de Ampuero (Cantabria) cuando un inoportuno cabestro le jugó una mala pasada. Su asta derecha le hizo perder el equilibrio y casi la vida: su nuca se llevó todo el golpe de la caída causándole un severo traumatismo craneoencefálico y un coágulo que hizo temer lo peor.

José María Gutiérrez pasó 80 días, más de dos meses y  medio, ingresado. Primero estuvo 22 días, 19 de ellos en coma, en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander. De allí, una ambulancia lo trasladó aún inconsciente al Hospital de Navarra, donde permaneció ocho días. Después de recuperar la conciencia al sexto día, pasó siete interminables semanas de rehabilitación en la Clínica Ubarmin. Con 25 kilos menos, debía volver a aprender a andar, recuperar la movilidad de sus brazos o mantener el equilibrio. Los médicos le han pronosticado que aún le esperan por delante dos años de recuperación.

José María Gutiérrez Villanueva, tendido en el suelo, inconsciente, en el encierro de Ampuero (Cantabria) del 4 de septiembre de 2010. FOTO CEDIDA

Otra oportunidad
Aquella mañana del 4 de septiembre de 2010 no fue diferente a las de los cinco años anteriores, el tiempo que llevaba participando en los encierros de Ampuero. Como hacía siempre, se levantó a las ocho de la mañana, y para las diez ya se había montando en el coche con su amigo Iñaki Marro, expresidente de la peña San Juan, para recorrer los quince kilómetros que separaban la casa donde se alojaba de Ampuero.

Como siempre, en torno a las 11.30, empezó a calentar apartándose del gentío entre dos calles. Y como siempre, unos minutos antes de que empezara el encierro, saludó al resto de amigos y compañeros de carrera con los que siempre coincidía: Sergio Colás, Jokin Zuasti, Álvaro Itoiz, Juan Pedro Lecuona, Emmanuel de Marichalar o José Joaquín Catalán, entre otros. Su ritual de preparación siguió examinando el estado del suelo y preguntando a Miguel Reta, el pastor, también de Pamplona, por cómo eran los toros de ese día, los de la ganadería salmantina Pérez de Angoso. Como siempre, correría en el tramo de El Estanco, donde tantas bellas carreras había protagonizado en tantas ocasiones. Como siempre, acabaría almorzando junto a sus amigos y comentando el encierro. Después, se prepararía para la tertulia taurina con sus amigos de la peña La encerrona de Ampuero. Pero algo salió mal aquel día.

A las 12.00 sonó La bomba (el equivalente al cohete en el encierro de San Fermín). La primera carrera, como siempre, fue una toma de contacto para testar las primeras sensaciones. Y en la segunda carrera, en la que más cerca corría de los toros, llegó la embestida, la fatal caída y la ‘nada’ durante casi un mes.

Ya recuperado, en el salón de su casa, decía que la vida le había dado una nueva oportunidad que no iba a desperdiciar. “Si me he salvado de ésta es por mi ángel de la guarda. Ya no correré más encierros. Tengo una edad y no quiero tentar a la vida. Otro golpe en esa zona podría ser letal. Mi vida ha cambiado, sí, ahora soy mucho más sensible y me doy cuenta de las grandes personas que me rodean. Es un lujo”, cuenta.

Tras el tremendo golpe, Chema quedó tendido en el suelo inconsciente, como refleja la fotografía que acompaña este texto. Los mozos más cercanos le atendieron hasta que llegó la ambulancia de la DYA, que le llevó primero al Hospital comarcal de Laredo, a unos doce kilómetros de Ampuero. Allí, debido a la complejidad de la operación, decidieron trasladarlo inmediatamente a Santander, donde disponían de más medios. “Me han dicho que me salvaron gracias a que los tres cirujanos que me intervinieron son muy buenos. Si no es por ellos, no lo cuento”.

Entre tanto, toda su familia se dirigía con el corazón en un puño a la capital cántabra. Los riesgos de la operación eran muy altos. “Todo lo que sé es por lo que me han contado. Mi hijo Adrián, aún con 17 años, pasó uno de los peores días de su vida. Se echó a llorar en cuanto me vio lleno de tubos. Parecía un cadáver”, dice.

“Mi vida ha cambiado, sí, ahora soy mucho más sensible y me doy cuenta de las grandes personas que me rodean”, cuenta José María Gutiérrez, que tardó varios meses en recuperarse de la caída. JAVIER SESMA (ARCHIVO DIARIO DE NAVARRA)

Los voz de Chema se quiebra y sus ojos contienen las lágrimas cuando ve las fotografías del suceso. Pero aún se emociona mucho más cuando recuerda todas las muestras de cariño que recibió: “Mis amigos de la peña Donibane aparecieron en Ubarmin con un ramo de flores y con un pañuelo de San Fermín con el escudo bordado. Si me llegó a morir, hubiera dejado aquí a mi familia, a mi hijo Adrián, muchos buenos amigos y , sobre todo, su cariño. Ahora, quiero vivirlo y disfrutarlo. Ya no correré ningún encierro más. Ha llegado la hora de retirarme. En Sanfermines, apareceré a las nueve y media por el bar donde almorzamos después del encierro para escuchar y disfrutar con las historias que cuenten. La vida me ha dado una segunda oportunidad y esta carrera sí quiero correrla hasta el final”.

Un corredor experimentado
La primera vez que José María Gutiérrez corrió un encierro “de verdad” tenía poco más de veinte años. Recuerda que se colocó al final de Estafeta porque ahí los toros van un poco más despacio debido a que tienen las patas delanteras más cortas que las traseras: “Sonó el cohete y corrí el que más. Fue un encierro de mucho miedo. Ni vi los toros. Habría llegado el primero a la Plaza de Toros“, cuenta entre risas. Antes de esos Sanfermines, Chema, como le conocen todos, había empezado corriendo los encierros txikis con becerros: “Corro porque el toro es un animal hermoso y porque me encanta vivir ese ambiente”. Cuando se le pregunta, si le gustaría que su hijo Adrián corriese el encierro, responde que le apoyará: “Si algún día me dice que quiere probarlo, le respetaré e intentaré aconsejarle”.

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