Detalles necesarios de la realidad

HISTORIA 70
Por Mateo Echeverría

El verano pasado Marta Antoñana –una estudiante de 23 años– decidió gastar todos los euros que había ahorrado, sudando de camarera, para emprender una aventura junto a su amiga Leyre Beunza. Querían irse lejos de España, hacia un destino donde habitara lo diferente y lo desconocido: el cuerno de África. Las dos jóvenes pamplonicas tomaron rumbo a Etiopía para participar en un programa de voluntariado y así cambiar vidas. Sin embargo, las únicas vidas que sufrieron una transformación profunda fueron las de ellas mismas.

Marta Antoñana relata que ese tipo de aventuras “son las que te llevas para toda la vida” y seguramente fue el dinero mejor invertido hasta entonces. Ella sabía que si no lo hacía en ese momento y sin pensarlo, tal vez no lo hubiese hecho nunca. Las dos amigas, que se conocieron poco antes de emprender la aventura, fueron a aterrizar bajo la tutela de Ángel Olaran, que lleva ayudando en Wukro –en el noroeste de Etiopía– desde 1994. La organización del misionero guipuzcoano se dedica a todo tipo de actividades de la vida ordinaria para intentar mejorar la calidad de los habitantes de la región. Sus proyectos van desde la reagrupación familiar hasta proyectos de agricultura, pasando por proyectos educativos. La increíble labor del misionero sería injustamente descrita en dos líneas por lo que puede completarse con la información de su página web.

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Marta y Leyre decidieron ir a ayudar al cuerno de África, pero se sorprendieron de que fue a ellas a quienes ayudó ese viaje. CEDIDA

Regresando con las protagonistas: Marta describe Wukro como “una ciudad muy pequeña, donde casi no hay coches y las aceras son de polvo”; la pobreza no se esconde bajo ninguna apariencia. Sin embargo, sigue relatando la pamplonesa, “sí que llega Internet, los condones se regalan y se ofertan otras tecnologías”. Esto era una de las cosas que más le enfadaba porque su impresión era que “la ayuda efectivamente llega pero no a suplir las necesidades primarias, como son las nutricionales. En cambio, llegan otro tipo de recursos, que pueden ser buenos, pero definitivamente no prioritarios.”

Las actividades de las jóvenes comenzaban a las mañanas en el comedor, donde los voluntarios, todos juntos, daban gracias por el desayuno. Antes de comenzar las clases, iban a ayudar con las vacas o en el huerto a quitar malas hierbas. Luego, ya en las clases, intentaban enseñar inglés básico, a través del cual transmitían conocimientos de otras materias. Algo que le gustaba mucho a Marta era que “cada voluntario podía aportar de lo suyo y así todos aprendían de temas muy variados e interesantes”. Se complementaban entre ellos, haciendo del aprendizaje una experiencia interdisciplinar y rica en contenido. Después de la comida, las tardes estaban llenas de diversión con los niños. A través del deporte, les robaban horas de calles empolvadas y vacías de sentido, para llenarlas con risas y aprendizajes, ilusiones y sueños.

Al finalizar este mes lleno de relatos que darían para escribir una novela de viajes, Marta y Leyre se quedaron con la sensación en el corazón de que la ayuda no podía limitarse a haber ido, a haber estado ahí. Tenían que hacer algo, quedarse con las manos atadas no era una opción. Entonces, la creatividad vino a suplir la necesidad. Sin dinero en los bolsillos pero con harta esperanza de poner el granillo de arena, surgió la idea de comenzar a vender carteras hechas a mano por ellas mismas. Marta relata que “solamente entre sus conocidos y familiares lograron recaudar casi 100 euros”. Hace poco tiempo, tuvieron un enorme pedido de más de 500 euros: una residencia de ancianos en Elizondo, en la que trabaja la tía de Leyre Beunza, pensó dar a los abuelos las carteras como regalo de Navidad. De esta manera, se beneficiaron tanto la residencia como la población de Wukro.

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Marta y Leyre se dieron cuenta de que realmente en Wukro hay muchas riquezas, pero hay que ayudar a mejorar sus condiciones de vida. CEDIDA

El dinero obtenido por la venta de las carteras se envía a Wukro directamente. En estos momentos están pasando por una sequía importante, y ese dinero podrá ayudarles a encontrar soluciones.

La lección que ella se lleva de esta experiencia es que nos han mentido y a lo grande: “Vivimos engañados pensando que aquí está la civilización y que aquí está la humanidad. Allá es el verdadero paraíso”. Con una visión un poco rousseauniana del hombre –todo hombre es bueno por naturaleza–, Marta describe que ahí “a pesar de tener poco, te lo ofrecían todo”. No son una, ni dos las anécdotas que ella puede relatar ilustrando que la verdadera bondad y honradez humana no conocen educación, lenguas, convenciones sociales, dinero o títulos y certificados. Aquí, en este mundo supuestamente civilizado, nadie ve más allá de sus propias narices y barrigas, mientras que allá el verdadero sentimiento de comunidad o de humanidad –más allá de toda frontera, lengua y apariencia- está latente en sus corazones. Vale la pena luchar por un mundo más humano.

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