El activista del periodismo comprometido

HISTORIA 67
Por María Jiménez

Tras una carrera en la que encadenó varias décadas de éxito, el periodista Paul Steiger llegó a la edad de jubilación con posibilidades de vivir un placentero retiro. Sin embargo, decidió prestar su último servicio y fundó Propublica, un medio sin ánimo de lucro dedicado al periodismo de investigación.

Por aquellos meses el mundo estaba asistiendo, quizá sin saberlo, a los primeros compases de la yihad. Los atentados del 11 de septiembre habían echado abajo los pilares del orden establecido y el Gobierno de Estados Unidos, con el apoyo de sus aliados, había iniciado la “guerra contra el terrorismo”, que implicaba destruir las bases de Al Qaeda en un polvorín tan lejano y tan inmenso como Afganistán.

En medio de aquel escenario, el periodista de The Wall Street Journal Daniel Pearl aterrizó en la ciudad pakistaní de Karachi, cerca de la frontera afgana. Pearl pretendía reconstruir los pasos de Richard Reid, apodado por los medios como “el terrorista bomba” después de que intentara explosionar un avión de pasajeros que volaba entre París y Miami con un artefacto escondido en su zapato. El reportero, curtido en países de África y Asia, sospechaba que Reid podía tener conexiones con el temido servicio secreto pakistaní. Había conseguido un nombre, Sheik Gilani, un líder espiritual que podría darle alguna clave sobre el caso. Acordaron una cita el 23 de enero de 2002. Ese día desapareció.

El de Pearl fue uno de los primeros secuestros emitidos casi en directo que mantuvo en vilo a medio planeta. Sus captores enviaron fotografías del reportero con un periódico de aquellos días para demostrar su veracidad. Mientras tanto, sus compañeros del WSJ mantenían la esperanza de volver a verlo sano y salvo. La idea se esfumó de un plumazo el 21 de febrero, cuando sus verdugos hicieron público un vídeo de 3 minutos y 36 segundos en el que mostraban su cuerpo despedazado.

El pasado 26 de febrero Steiger pronunció una conferencia en Madrid ante el abarrotado auditorio de la Fundación Rafael del Pino, en Madrid.

Preguntado por cuál había sido el momento más difícil de su carrera, Paul Steiger bajó la voz, entornó la cabeza y confesó sin vacilar que “el asesinato de Daniel Pearl”. Por entonces Steiger era su jefe en el Wall Street Journal. Tras conocer la noticia declaró a la CNN que tenía “roto el corazón”. “El asesinato de periodistas por hacer su trabajo es un crimen contra la humanidad”, sentenció el pasado 26 de enero ante el abarrotado auditorio de la Fundación Rafael del Pino, en Madrid.

Un palmarés de 16 premios Pulitzer
Con 74 años, el pelo canoso y los ojos frecuentemente achinados gracias a su sonrisa, Paul Steiger podría estar disfrutando de un apacible retiro. Su currículo se lo habría permitido: se incorporó a la redacción de The Wall Street Journal con 23 años; trabajó durante 15 años como redactor de economía en Los Ángeles Times; regresó al WSJ como especialista en finanzas y permaneció allí 26 años, siendo los últimos 16 responsable de la redacción. Bajo su tutela el periódico acumuló un palmarés de 16 premios Pulitzer, la mitad de los logrados en toda su historia.

Uno de ellos fue especialmente aplaudido. Se lo concedieron por la cobertura de los atentados del 11 de septiembre, que los periodistas del WSJ pudieron ver casi en directo desde las ventanas de su redacción, ubicada a unos metros del World Trade Center. Esa mañana Steiger estaba reunido desde primera hora con Jim Pensiero, uno de sus subordinados inmediatos. Poco antes de las nueve de la mañana vieron desde su ventana cómo tres de los pisos más altos de la torre norte estaban envueltos en llamas. “¿Tenemos otro lugar donde hacer el periódico si nos evacúan?”, preguntó Steiger. Pensiero, un experto en producción de sistemas, recordó que había ayudado a sus padres a montar un centro de rehabilitación a cincuenta millas al suroeste de Manhanttan. Apenas había algún material de oficina y dudaba de que aquella idea descabellada pudiera hacerse realidad. Minutos después el segundo avión se empotró en la torre sur y Steiger puso en marcha un improvisado plan para asegurarse de que su periódico estaría en la calle al día siguiente.

“Steiger es siempre muy claro al pedir un nivel de excelencia un escalón por encima de lo que tú crees que puedes dar –explicó en Poynter, un medio especializado en periodismo, su asistente de edición, Cathy Panagoulias–. Así que el 11-S cientos de periodistas alrededor del mundo hicimos lo que sabemos que él quería al nivel de un escalón por encima de lo que creíamos posible”.

Después del impacto del segundo avión, Steiger y Pensiero se pusieron en marcha. El jefe pidió a sus empleados que se desplazaran a la que aquel día sería su oficina y ordenó a Pensiero que avisara vía email a los responsables de sección y a la dirección del periódico en Washington. Cuando acababa de enviar el mensaje, llegó la orden de evacuar el edificio.

En la inesperada redacción al suroeste de Manhanttan se gestó la edición de un periódico que años después se estudiaría en facultades de Periodismo: sus creadores se comunicaron por email en medio del caos de las telecomunicaciones; Steiger impuso su criterio de titular, por primera vez en la historia del diario, a seis columnas; y una de sus historias de portada fue la crónica en primera persona de uno de los suyos, el redactor de internacional John Bussey, que más tarde escribiría un libro sobre su peripecia.

El éxito de aquel trabajo comandado por Steiger fue comparado con “las operaciones de guerra más exitosas”.

Con 68 años, el veterano periodista Paul Steiger se lanzó a fundar Propublica, un medio sin ánimo de lucro dedicado al periodismo de investigación. MANUEL CASTELLS

Propublica, su último servicio
Sin embargo, lo que trajo a Paul Steiger a Madrid el pasado 26 de enero, a la última edición de Conversaciones con, no fue ninguna de las hazañas que vivió en su etapa en el WSJ, sino el último servicio que el aclamado periodista ha decidido dedicar a la profesión: Propublica.

En 2008 Steiger encontró lo más parecido a la horma de su zapato. Se trataba de la Fundación Sandler, creada por un matrimonio que se había hecho multimillonario gracias a un novedoso sistema de préstamos a grandes empresas y que estaba dispuesto a financiar proyectos sin ánimo de lucro de “organizaciones estratégicas y líderes excepcionales que persigan mejorar los derechos, las oportunidades y el bienestar de los otros, especialmente de los más vulnerables y desfavorecidos”, según reza en su página web.

En este esquema encajaba a la perfección Propublica, un medio dedicado a los reportajes de investigación que rompía con algunas de las máximas que entonces, y también ahora, sustentan el mainstream de la profesión: es un medio digital –“la prensa escrita seguramente va a desaparecer”, aseguró Steiger–; sus contenidos están cocinados a fuego lento, con investigaciones que pueden alargarse hasta dos años –“no tenemos que ganar dinero para los inversores, sólo sustentarnos”–; una plantilla con sueldos más que dignos –Steiger relató que querían contratar a un reportero experto en finanzas y llegaron a un acuerdo por 200.000 dólares porque “teníamos que pagar lo que paga el mercado si queríamos tener a los mejores–; y alianzas con grandes medios como The New York Times que, lejos de ser competencia, se convierten en aliados en su particular cruzada por sacar a la luz las verdades más incómodas. Todo, con una convicción por bandera: “El periodismo de investigación es un bien público”.

Paul Steiger, con alumnos y profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, después de la sesión que impartió el 27 de enero. MANUEL CASTELLS

En su declaración de principios, Propublica asegura que persigue “estimular el cambio positivo”; que “destapa prácticas despreciables para motivar su reforma”; que trabajan lejos de ideologías, “adhiriéndose a estándares estrictos de la imparcialidad periodística”; que “indaga en las funciones críticas de las empresas y los gobiernos” para, de alguna manera, eliminar los abusos y las injusticias a golpe de reportaje, elevando a sus autores a la categoría de cuasi héroes del siglo XXI. Con este planteamiento descubrieron una trama para practicar la eutanasia a enfermos hospitalizados tras el huracán Katrina, o desenmascararon a banqueros de Wall Street que se habían hecho de oro a costa de sus clientes y compañías. Todo ello les ha valido unas vitrinas cada vez más abarrotadas de premios y, según cuenta Steiger, unas convicciones cada vez más fueres.

“Los periodistas –aseguró en Madrid– somos los contadores de las historias que llevaban el conocimiento de sus predecesores. La pasión por contar y escuchar historias forma parte de la genética del ser humano. Siempre tendremos un papel para hacerlo”.

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