Micaela Passos solo quiere caminar

HISTORIA 65
Por Brais Cedeira

Alfredo hizo la promesa de peregrinar a Santiago de Compostela descalzo si su hija comenzaba a gatear. Para financiar los 800 euros que cuesta el tratamiento de Micaela, abrió una panadería en el centro de Tui, al sur de la provincia de Pontevedra

Junio de 2014, Tui (Pontevedra)
Hace unos meses, y contra todo pronóstico, Micaela comenzó a gatear. Fue entonces cuando Alfredo Passos, su padre, acudió a Santiago, desde Tui, cumpliendo su promesa de hacer el Camino descalzo. Cien kilómetros de peregrinaje sin zapatos. Entró en la ciudad del Apóstol con el lomo encorvado. No de cansancio: era la felicidad. Iba con su hija a hombros: “Fue un momento que emocionalmente me dio mucha fuerza”, reconoce. El cariño y la cercanía que la gente le mostró a él, a su mujer Isabel y a Micaela durante el trayecto no lo olvidarán nunca.

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Alfredo con Micaela, a punto de llegar a Santiago. ALFREDO PASSOS

A los cinco meses de nacer, los médicos detectaron a Micaela hipotonía congénita, una insólita enfermedad que afecta al tono muscular, volviéndolo débil y restándole movilidad. Desde entonces asiste dos veces a la semana a sesiones de hidroterapia en un centro de Tui, al sur de la provincia de Pontevedra. A estas sesiones se le sumaban las de fisioterapia que la niña realizaba a través de la Seguridad Social. “A ella le costaba mucho, pero es fuerte. Es toda una luchadora”, explica su padre. El 95 % de las personas que padecen esta enfermedad ven afectado su sistema neurológico.

Milagrosamente, no es el caso de Micaela, de quien su padre destaca su gran lucidez e inteligencia. “En ese aspecto está perfectamente. En el colegio querían retrasarla un curso, pero nosotros no estábamos de acuerdo, ya que no tiene ningún problema neurológico. Solo buscamos que se sienta como una más”.
Micaela se despierta a las seis de la mañana y reclama desde las primeras horas del día la atención y la ayuda de Alfredo e Isabel. “Quiere moverse e ir a todos lados: papi esto, papi lo otro… Pero sola no puede. Mi mujer es quien ahora la lleva a las sesiones de tratamiento y echa noches sin dormir”. Para Alfredo, todo esfuerzo es poco: “Yo quiero labrarle un futuro y por eso estoy dispuesto a sacrificarlo todo, por ella”.

Cuando le detectaron la enfermedad a Micaela, sus padres estaban en el paro. Para financiar el tratamiento de su hija han echado mano de todo: Alfredo comenzó a vender productos en distintas ferias de la zona. El banco de tapones del Baixo Miño, la región sur de la provincia de Pontevedra, le donó 2.400 euros; además, cuentan con la nómina del paro de su mujer, unos cuatrocientos. Tuvieron un número de cuenta disponible para que quien pudiera aportase algo. Sin embargo, no resultó sencillo. Si bien los más allegados contribuían, no fue tan fácil extender la llamada de socorro. “La situación es complicada para todos en estos tiempos, y lo entendemos”, apunta Alfredo. Paradójicamente, conforme Micaela mejoraba, Alfredo e Isabel encontraban más dificultades. La Seguridad Social le dijo a la familia que iban a dejar de pagarle los servicios de fisioterapia porque había empezado a gatear. Había que buscar otras soluciones.

Entonces, Alfredo montó una panadería con el nombre de su hija en la calle Souto Guillarei de Tui. Él solo gestiona desde su apertura el establecimiento. Cada día a las dos de la mañana Alfredo se levanta para llevar a cabo las primeras labores. No descansa hasta las 9 de la noche, cuando por fin se mete en cama a descansar, y a esperar un nuevo día de trabajo. Los fines de semana apenas pega ojo. El esfuerzo de los primeros meses contrastaba con el poco beneficio obtenido. Pero Alfredo e Isabel siguieron adelante, fruto del gran amor hacia su hija. Poco a poco, paso a paso, caminan juntos en busca de un futuro mejor para Micaela.

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Alfredo recorrió descalzo los 100 kilómetros que separan Tui de Santiago de Compostela. ALFREDO PASSOS

Una espiral de contrariedades
La noticia de la enfermedad de Micaela cayó como una losa sobre Alfredo. Recuerda la angustia de aquellos días, con la pequeña recién nacida. “No entendía por qué aquello tenía que sucederme a mí, a mi mujer, a mi hija”, explica. Le taladraba la conciencia un futuro de dificultades y con una única certeza: era muy complicado que su hija echase a andar alguna vez. Aquello le golpeaba la conciencia como un martillo. “Esa noche salí de casa, frustrado y me fui al bar. Me emborraché. Discutí conmigo mismo. Pero tenía que conseguir como fuera que mi hija superase todo lo que la vida le iba a poner por delante. Cuando estaba ya en el coche, de la impotencia y la frustración, arranqué el volante de cuajo”. Al rato la policía le detuvo y, tras el test de alcoholemia, le retiraron el carné.

Todo eran barreras y piedras en el camino. Con la noticia de que el Sergas (Servicio Gallego de Salud) dejaría de financiarles el tratamiento, Alfredo e Isabel se vieron en un callejón sin salida. Tenían que conseguir dinero para el tratamiento de su hija como fuera. Aún sin el permiso de conducir, tenía que sacarla adelante. Y entonces montó la panadería. Tenía que arriesgarse. En el último año y medio, le detuvo la policía durante el reparto de dos pedidos. Tras las denuncias de los agentes, un juez determinó que debía entrar en la cárcel para cumplir una condena de seis meses y quince días.

Alfredo ha reivindicado desde que se dictó la sentencia la desproporción del castigo. Ayudado por familiares y amigos, recaudó más de mil firmas que solicitaban la revisión de la condena. “Cuando entré en prisión, vinieron a verme los juristas de la cárcel de A Lama, en Vigo, y se quedaron sorprendidos. No sabían por qué estaba allí. Había otras maneras de pagar mi delito”, relata. Para Alfredo y su familia, el castigo era desproporcionado. “Analizaron el caso con detalle y determinaron que no tenía motivos para estar en la cárcel. Salí de allí a las seis semanas”.

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Micaela en la panadería de su padre. ALFREDO PASSOS

Micaela ya tiene cuatro años. No es capaz de andar, pero sí de gatear, y se mueve en una bicicleta especial, adaptada a sus circunstancias. “Lo que más me dolió de esas seis semanas fue no poder estar junto a ella. Sin mí no quería ir a las terapias. No quería ir al colegio. Se quedaba durmiendo en la alfombra del salón, esperando cada noche”.

El día que Alfredo volvió a casa, la niña se quedó muda nada más verle entrar por la puerta.

–Papá, te esperé muchos días hasta muy tarde pero tú no venías.

Enero de 2015. Un futuro esperanzador
Tras sobrepasar todas esas dificultades, Alfredo, Isabel y Micaela continúan luchando contra todo, si bien con gran esperanza en el futuro. En la panadería ya son cuatro empleados, y han abierto otro establecimiento. De momento, Alfredo consigue costear los 800 euros al mes que vale el tratamiento de Micaela.

Luchas contra la marea, contra el temporal no resulta sencillo. Pero a veces, surge la calma después de la tempestad, en forma de faro en el horizonte. A eso se han aferrado siempre Alfredo y su mujer. Remando de a poquito, con mucha constancia, han logrado ir construyendo a su hija un futuro mejor. Si Micaela logra dar sus primeros pasos, su padre volverá a peregrinar descalzo, esta vez desde el santuario de Fátima: “Siempre le he tenido una gran devoción. Nuestro apellido, Passos, es portugués. Es pasos en castellano. No puede ser una casualidad. Estoy convencido que lo logrará».

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Alfredo en su panadería, Tahona Micaela, frente a seis empanadas recién horneadas. ALFREDO PASSOS

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