El niño de Guinea

HISTORIA 60
Por Natalia Rouzaut

Teresa Aguinaga, una pamplonesa madre de familia da tres motivos para acoger a un niño de Guinea Ecuatorial en verano. En primer lugar, están sanitariamente controlados durante los años de crecimiento. Después, para que tenga una alimentación digna. Por último, y más importante, poder ver una sociedad más desarrollada puede permitirles llevar el progreso a su país.

“No sabes hasta qué punto les estás haciendo un bien”, cuenta Teresa Aguinaga. “No sabes si lo han aprendido y lo van a practicar en su país o, al revés, lo tienen tan difícil que acaban viniendo aquí”. También puede afectarles el cambio de alimentación y el trauma de la despedida.

Siempre quedan dudas, pero, hace cinco años, Teresa solo pensaba en ayudar a hacer un mundo más igual. Abel era un niño alto y flaco y provenía de Malabo. Su hermano era todo lo contrario: bajito y fortachón. Al parecer, tenían distintos padres. Las Hermanas de María Inmaculada, que dirigen dos orfanatos en Guinea Ecuatorial, les encontraron rebuscando en la basura.

La familia de Teresa fue la tercera con la que Abel pasaba el verano. No había conseguido congeniar con las anteriores. “No es nada fácil, cada familia es distinta y el niño se tiene que adaptar a ella”, dice Teresa. Sin embargo, se acabó creando un lazo con su familia.

Teresa y su marido, Íñigo, consideraron que era un buen momento para acoger a un niño huérfano, ya que su hijo tenía la misma edad que Abel y podrían jugar juntos. “Al principio le costaba dormir, mantener un horario, levantarse pronto, las normas de higiene, tenía enuresis y pesadillas, pero luego se fue haciendo”. Los niños llegan con muchos miedos, pero, al final de su estancia, no se quieren ir.

Abel ya había venido a España dos años y sabía cómo funcionaba, pero para Teresa era una sorpresa: “Él me llevaba mucha ventaja y, además, son niños muy listos”. Nada más llegar, Abel no quería más que unos pantalones pitillos. Teresa cree que debió ver a algún otro niño con ellos y le encantaron. “Era un niño altísimo y no le entraban los pantalones pitillos por el pie”, recuerda ella entre risas. También le gustaba mucho la comida y cocinar, lo cual, según Teresa, se le daba muy bien.

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Teresa y Abel cenando en un restaurante. CEDIDA

“Es curioso como todos los niños acaba igual, con la Play y las pelis”, cuenta Teresa. Aunque a Abel le gustaba mucho estar en la calle, y viviendo en la ciudad, había que controlarle para que no le pasara nada. La ONG que trae a los niños desde el orfanato se llama SONAGE y suele llevar a los niños a pueblos de Navarra donde puedan jugar con libertad.

Las familias tienen que pasar por unas entrevistas para ser declaradas idóneas para acoger a los niños. Desde Guinea, las monjas escogen a los niños más desfavorecidos de entre 8 y 14 años para pasar las vacaciones en España. El orfanato tiene dos sedes, en Malabo (en la isla) y en Nkué.

Tanto los niños como las familias saben que tienen una fecha de partida y una edad límite para venir a Navarra (14 años). Para Teresa, el tiempo pasó muy rápido. Cuando termina su estancia vuelven con dos maletas, una con ropa, material escolar, productos de aseo, juguetes…; y otra con comida. “En el avión hacen la vista gorda, respetan al orfanato porque acoge a muchos niños”, asegura Teresa. En él no solo hay huérfanos, sino también niños a los que su familia no puede mantener y va a visitar de vez en cuando.

Ya hace dos años que Abel vino por última vez. De vez en cuando le envían cartas y maletas con comida y ropa, pero siempre hay problemas. Teresa nos explica que los paquetes se quedan días en las aduanas, cuantos más días estén ahí más cargos cobran. Además, esta madre de familia se pregunta: ¿Es bueno crear tanta dependencia? Debe aprender que el viaje le ha servido para tener más oportunidades en el futuro: “Si no, traerlos tres años para que vuelvan allá, ¿qué sentido tiene?”.

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