A ciegas

HISTORIA 59
Por Claudia Sorbet

Todo se oscurece, y de fondo se escuchan voces infantiles que entonan una canción:

“Gallinita, gallinita, ¿qué se te ha perdido en el pajar?
Una aguja y un dedal.
Da tres vueltas y la encontrarás”

Mientras, tú giras y comienzas a apreciar bastante más el sentido de la vista. Tu mayor preocupación es evitar romper el jarrón con las margaritas que has recogido para la abuela. Y vas dando pasos cautelosos y palpando cada mueble, hasta que cazas al primo que se ha confiado y has arrinconado ante el balcón. Abres los ojos, parpadeas, y suspiras aliviado. Ya puedes moverte por la casa sin problemas, jarrón intacto.

En el juego infantil, los más patosos tardan en encontrar a la siguiente gallinita y, completamente perdidos, intentan guardar silencio y afinar el oído para escuchar  un ruido revelador antes de que parársela deje de tener gracia. Esa sensación de impaciencia es la que siente la navarra Marina Cestau a sus 22 años, cuando decide renunciar al sentido de la vista durante unas horas y recorrer la capital pamplonesa.

Los motivos son dos, conocer su ciudad a través del sentido del oído, y ponerse en la piel de Luis Casado, un hombre de 41 años que padece retinosis pigmentaria, una enfermedad genética y degenerativa de la retina. La retinosis comenzó a dar problemas a Luis con 17 años, pero fue en 2010 cuando perdió la visión por completo. Ahora, Luis ya camina seguro por las callejuelas de Pamplona que le resultan familiares, pero Marina Cestau, en el experimento, no cuenta con esa experiencia. La teoría es sencilla, caminar desde la plaza de Toros hasta el paseo del Arga. Un día el recorrido lo realiza Marina con los ojos tapados y con mi ayuda, mientras fotografío el proceso, y en la siguiente ocasión es Marina la que acompaña a Luis en el trayecto.

Los pasos de Marina
Con una venda, Marina se cubre los ojos y busca mi brazo rápidamente. Escucha obras y tráfico, pero los oye por todas partes y le es imposible saber de dónde vienen. Baja cuidadosamente los escalones y se dirige a la carretera. Cuando deja el paso de cebra atrás y se adentra en la calle Estafeta, se encuentra desubicada. Para que la experiencia realmente resulte útil y Marina se centre en su oído, tiene que hacerlo sola, así que me limito a caminar a su alrededor y redirigirla para evitar que se haga daño.
Intenta caminar en línea recta, pero con los ojos cerrados pronto comienza a torcerse. Una bicicleta pasa a su lado, pero ella no la oye. “Se han apagado todos los ruidos, hay muy poca gente por la calle, ¿no?”, pregunta. Poco a poco, escucha un tintineo, una radio, y un carro de la compra, aunque ella lo considera una silleta.

Marina Cestau bebe con dificultad hasta que la taza está medio vacía. Claudia Sorbet

Marina Cestau bebe con dificultad hasta que la taza está medio vacía. CLAUDIA SORBET

“Estamos cerca de Beatriz, ¿verdad? Me llega el olor”, señala al aproximarse a la tienda de pastas. Con miedo, tiene la sensación de tener una pared constantemente cerca, pero continúa caminando mientras descubre el sonido del vuelo de las palomas, la música que proviene de los establecimientos, las campanas, las puertas, los pasos apresurados y el arrastrar de los pies. Entonces palpa un contenedor de vidrio. Lo rodea y toquetea hasta que descubre que se trata de una papelera, y empieza a deducir dónde puede encontrarse. “Las campanas vienen de allá, hay obras que sé que estaban en una esquina, y un contenedor. Yo creo que estamos al final de la Estafeta”, adivina.

Pronto se desorienta y se introduce en una tienda, hecho que descubre porque percibe cierto eco. Al salir, escucha una maleta y un ruido que le molesta: “¿Eso qué es?, ¿un secador?, ¿una peluquería? Obras no son, ¿o sí?”. Pausadamente Marina va conociendo los sonidos que la rodean, una bicicleta pasa a su lado, y esta vez sí la oye.

Guiada por los tacones de una mujer, se acerca a una cafetería. El dependiente la saluda mientras aparta del mostrador una campana de cristal que cubre unas galletas, y ahora corre peligro. Con movimientos lentos y un poco de ayuda, toma café. Mientras suena American Pie de Don McLean, rebusca en su cartera e intenta encontrar un euro y diez céntimos a partir del tamaño de las monedas y la textura de su superficie. Cuando la canción termina, Marina percibe cómo un cliente juega  con la cucharilla en la taza, el silbido de la cafetera, al dependiente limpiando y apilando platos, el horno avisando de que la comida está lista, y a un hombre pasando las páginas del periódico. Intenta mantener una conversación, pero no consigue concentrarse con las voces que la rodean. Poco a poco, prestando atención al resto, descubre cuántas personas hay en la cafetería.

Después el paseo continua por el Mercado de Santo Domingo, donde escucha las puertas automáticas, carros, bastones, el roce de las bolsas de plástico, el ajetreo, la cortadora y el objetivo de la cámara. Ahora se deja guiar por el olfato, distingue perfectamente dónde hay una pescadería y una carnicería, y cuando no huele a nada, fruta. También distingue cuando la superficie sobre la que pisa cambia y, sobre todo, oye las bromas de los consumidores y tenderos que la alertan sobre muros, escaleras y obstáculos inexistentes. “Ver, no ves, pero oír oyes, ¿no, chiquita?”, le pregunta un tendero.

Marina se aleja del barullo y baja por la cuesta de Santo Domingo y la Bajada del Portal Nuevo palpando un muro de piedra, lo que le permite avanzar a buen ritmo y con cierta seguridad. Al cruzar un puente que atraviesa el río Arga se guía por la barandilla, pero esta se curva para dejar espacio a las farolas, con las que Marina choca constantemente. Ahora el recorrido transcurre ante la tranquilidad de la ribera del río Arga por el tramo de la Rochapea. Deja atrás a los niños que salen del colegio, los coches y camiones; y el graznido de los patos se convierte en el sonido principal. Junto a ellos, el fluir del agua, los pasos sobre la tierra, ladridos, corredores y piragüistas.

En este punto final del proceso, aunque se trata de un espacio abierto, Marina camina en dirección recta, porque cuando se tuerce la hierba mullida le hace volver al camino. Ahora comprende un poco mejor cómo funciona el oído. Hay sonidos que se encuentran a su alrededor, pero hasta que algo no llama su atención sobre ellos, no llega a percibirlos: “Seleccionas lo que quieres oír, si te dicen que hay un hombre con una piragua lo oyes, pero si no, no te fijas”, explica. Lo mismo sucede cuando conoce un sonido. Los que le resultan familiares los escucha con mayor facilidad y, los elementos que le preocupan, como el tráfico junto a una acera estrecha, le suenan más próximos a la distancia a la que realmente se encuentran.

En el paseo junto al río Arga Marina Cestau se guía por el borde de hierba. Claudia Sorbet

En el paseo junto al río Arga Marina Cestau se guía por el borde de hierba. CLAUDIA SORBET

El bastón de Luis
El recorrido con Luis Casado, a pesar de ser el mismo, resulta muy distinto. Sabe dónde está y qué dirección debe tomar por las chapas del recorrido del encierro, un sonido que para la mayoría de los ciudadanos pasa desapercibido.

En la calle Estafeta, Luis se desenvuelve con soltura a pesar de las mesas, sillas y menús colocados fuera de los establecimientos. “Por normativa tienen que estar a un metro como mucho de la pared. Además, si vas muy pegado a ella tienes el problema de los voladizos, hay cosas que sobresalen y puedes tener una lesión leve o grave”, señala. También explica que, por la propia estructura de la ciudad, hay zonas muy complicadas por las que no se arriesga a ir solo.

A diferencia de Marina, Luis cuenta con su bastón, un apoyo que no solo le ofrece seguridad, sino que, con la práctica, ha conseguido dominar de forma que le otorga casi toda la información que necesita. “Todo lo que sobresale debería tener su reflejo en el suelo”, afirma. El movimiento del bastón, realizando una especie de semicírculo, siempre se coloca donde después va a ir el pie, de modo que va siempre al pie cruzado.

Los elementos que sobresalen de los establecimientos dificultan el paso. Claudia Sorbet

Los elementos que sobresalen de los establecimientos dificultan el paso. CLAUDIA SORBET

Aunque es el momento de carga y descarga, Luis avanza mucho más rápido que Marina, y su experiencia destaca los mismos problemas con los que se ha encontrado ella: “Aunque sigues un borde, hay árboles, coches, papeleras y farolas. La mayoría de estos elementos no están marcados en el suelo. No son peligrosos pero sí incómodos. Sobre todo cuando intentas encontrar la papelera, que como el bastón no la detecta, no la encuentras ¡ni pa dios! Los sonidos tampoco son orientadores salvo una bici o un perro”, describe.

En cuanto a la carretera, es necesario prestar atención para conocer la dirección del tráfico y si es de un carril o varios. Después, pulsa el botón de un mando que le avisa de cuándo puede cruzar, y espera a que todos los coches se detengan. El mando también es útil para las villavesas, aunque, como explica, en muchas ocasiones falla, por lo que debe estar atento. “Cuando llega una a la parada, si le das al botón y funciona, te dice el número. Tú te montas, te aseguras con el conductor de que es la tuya, por si acaso, y te va diciendo las paradas. Lo ideal es conocer el recorrido y saber dónde estás por los giros que hace el autobús, pero en una línea que tenga mucho recorrido recto, por ejemplo en Pío XII, que tiene muchas paradas, es complicado”, destaca Luis. Sin embargo, el mayor problema para Luis es el camión escoba: “Yo me pego a la pared porque mientras oiga ese ruido no escucho los demás”, aclara.

Al llegar a la plaza del Ayuntamiento, Luis explica que, al tratarse de un espacio abierto sin referencias, atravesarlo en diagonal le resultaría imposible. Lo que él haría sería tocar una pared y seguirla hasta donde acabe la plaza.

En este sentido, Luis prefiere utilizar el bastón y tocar lo menos posible. “La referencia lateral (la pared) es complicada. Ir tocando la ciudad es bastante asqueroso, te encuentras cosas como chicles. Cuando voy llegando al destino a veces toco, pero con el reverso de la mano”, cuenta mientras baja la cuesta de Santo Domingo.

Luis Casado recorre el paseo del río Arga junto a Marina Cestau. Claudia Sorbet

Luis Casado recorre el paseo del río Arga junto a Marina Cestau. CLAUDIA SORBET

Tras pasear junto al río Arga, Luis termina el camino en la mitad de tiempo que Marina. “Yo he tenido tiempo de prepararme, de pensar otra manera de hacer las cosas. Aunque por otra parte piensas:’ Joe, ya no puedo jugar al fútbol, ya no puedo reconocer a mí madre por la calle…’ hay cosas que por mucha preparación te van a resultar duras sí o sí”, explica Luis. Sin embargo, mantiene su humor y se siente seguro. De hecho, ha reunido la fuerza suficiente para ayudar al resto. Desde su web, marketinginclusivo.com, intenta mejorar la accesibilidad de los distintos productos y abrir los ojos a una sociedad que, al no prestar atención a pequeños detalles, dificulta y complica la vida de personas con discapacidad visual.

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