La luz que iluminó el Moncayo

Historia 58
Por Rubén Elizari

La veintena de guardas rurales y vecinos que permanecían aún despiertos en aquel refugio ya no sabían qué más hacer. Sólo podían esperar a que amaneciera y, en su desesperación, rezar para que ocurriera un milagro que evitara el final desenlace.

Faltaban tan sólo unas pocas horas para que empezara San Silvestre, el último día del año. En el Santuario de la Virgen del Moncayo, a las faldas de esa mole de piedra y nieve de 2.314 metros, desde cuya cima se dominan las provincias de Soria y Zaragoza, sólo había oscuridad, el silencio roto por las lágrimas de dos padres desesperados y temperaturas que no sobrepasaban los cero grados. En algún punto recóndito de esa montaña se encontraba Javier (nombre ficticio), un joven de catorce años que hacía solo unas horas soñaba con llegar a emular al gran alpinista César Pérez de Tudela, una de las figuras de mayor renombre de la época. Pero poco después la situación sería completamente distinta.

A la una de la madrugada nadie sabía si se había caído ladera abajo y se encontraba malherido o si simplemente se había despistado y aún, perdido en la nieve, buscaba un lugar donde pasar la noche y sobrevivir.  Los cuatro amigos con los que había acudido esa mañana lo habían extraviado en algún punto del descenso. En un momento dado, al mirar hacia atrás, ya no estaba. ¿Dónde? Esa era la incógnita que martilleaba dentro de sus mentes en un continuo bucle.

En ocasiones, la diferencia entre la vida y la muerte se encuentra en un simple detalle, en un gesto  o incluso en una mirada. Gracias a la determinación y al empeño de cinco agentes de la Guardia Civil, Javier celebró el inició de 1987 con su familia. Esta es la historia de aquella noche iluminada por frontales y linternas.

Un momento del rescate llevado a cabo por Paco Valero y sus compañeros en el Moncayo en 1987. CEDIDA

Todo comenzó cuando sonó el teléfono en casa de Paco Valero (Morella, Castellón, 27 de junio de 1956) en Jaca. Eran las siete de la tarde. Hacía horas que la jornada laboral de este agente, que entonces tenía 31 años y ya estaba acostumbrado a jugarse el tipo por ayudar a los demás en riscos, barrancos o montañas inaccesibles y avanzar un metro más cuando todo el mundo lo da por imposible, había terminado. Pero eso a él le daba igual. En su oficio la muerte no entiende de horarios.

Una voz al otro lado del teléfono le comunicó que habían recibido un aviso desde el Moncayo. Ese día, a falta de unas horas para que comenzara el nuevo año, buena parte de sus compañeros se encontraban en Baqueira Beret velando por la seguridad de la familia real. Los hombres disponibles se podían contar con los dedos de una mano. Quizá no fueran suficientes, pero su coraje lo compensaba con creces. Valero, que llevaba en el oficio de salvar vidas más de una década, los reunió. En apenas una hora, ya estaban todos montados en un Land Rover color verde metalizado con el escudo de la Guardia Civil en sus puertas. “En aquella época no existía el Goretex, ni los forros polares y mucho menos la ropa térmica o los neoprenos. Lo único que teníamos eran unos pantalones bávaros de pana”, recuerda ahora, casi tres décadas después de aquella llamada de auxilio.

Después de un viaje de tres horas, llegaron hasta los pies del Moncayo, donde les recibió un capitán. “Nos dijeron que esperáramos al amanecer para ir a buscarlo. Aquello nos chocó. Habíamos ido para trabajar, no para quedarnos esperando dentro de un coche o en el interior del refugio”, explica Valero, que quería tantear si existía alguna posibilidad de encontrarlo.

¿Ha subido mucha gente hoy a cima? preguntó Valero.

—No, sólo un par de grupos —respondió el capitán que estaba al frente del dispositivo sin saber muy bien adónde conduciría esa conversación.

—¿Hay nieve a esa altura? —siguió interrogando Valero.

—Sí

—Entonces tiene que haber huella. En algún momento se desviarán. Vamos a intentarlo.

En unos términos similares a estos transcurrió aquella conversación que quizá podría cambiar el rumbo de una vida y de toda una familia. Ante la incredulidad de la veintena de personas los cinco agentes empezaron el ascenso. La procesión de frontales de aquellos hombres que iluminaba la nieve del Moncayo pronto se perdió en la oscuridad. “En aquella época no se trabajaba de noche. Aún recuerdo un rescate en el nacedero de Arteta. El hijo de un oficial había quedado atrapado. Nos dijeron que estuviéramos preparados para ir a la mañana siguiente. Dije que no. Quizá vivían. Si tengo un frontal o una linterna, un único punto de luz, puedo avanzar, llegar hasta ellos y ayudarles. Si creemos que pueden estar vivos, arriesgamos”, recuerda. 

Aquellos hombres conocían bien esa montaña. No era la primera vez que la visitaban. De hecho, un estudio publicado por la revista especializada Desnivel contabilizó desde el año 1981 hasta enero de 2012 un total de 67 accidentes de montaña en el Moncayo en los que hubo 17 muertos. “En condiciones normales, el Moncayo es una montaña sencilla. Son las inclemencias meteorológicas las que la convierten en peligrosa”, explica el agente de la Guardia Civil. La noche se alió con los agentes de la Guardia Civil. No hubo ventisca y antes de que amaneciera habían hecho cima. Desde ahí, comenzaron a bajar intentando peinar cada palmo.  “Seguimos la ruta normal. Esa es la que nos dijeron que había seguido”.

Paco Valero ha dedicado cuarenta años de su vida a los rescates en montaña. La foto es de una misión internacional que llevó a cabo con otros guardias civiles en Nepal. CEDIDA

Aún no había amanecido cuando a unos 300 metros de la cima, Luis, uno de los agentes que integraba aquel dispositivo, creyó ver un bulto. Sin saber muy bien si sólo era una roca o Javier, avanzó para comprobarlo. “Era él. Ahí estaba. Llevaba una chaqueta marrón”, recuerda. “No era fácil verlo. Tuve mucha suerte”. Tendido en el suelo, y aún con un hilo de vida, el joven se aferraba a él para burlar el abismo de la muerte. Una mala pisada en un lugar inadecuado, o simplemente perder el equilibrio, habían hecho que resbalara y cayera rodando por la ladera unos 200 metros. “No hablaba. Sólo gemía. Luis lo metió en su saco y poco a poco fuimos dándole calor. Empezó a reaccionar. ‘Tranquilo, estamos aquí. Ya está todo solucionado’”, le decíamos. De inmediato, comunicaron por radio que habían encontrado al joven en mal estado, pero con vida. “Enseguida subieron para ayudarnos a llevar la camilla hasta el refugio. Un helicóptero lo trasladó hasta una clínica de Zaragoza. Los médicos nos dijeron que, si llegamos a tardar una hora más en encontrarlo, posiblemente no hubiera aguantado”, señala Valero, quien ha dedicado los últimos 40 años de su vida a los rescates de alta montaña. Por eso, cuando se le pregunta por qué recuerda esta noche y no otra, su respuesta es clara: “Aún recuerdo que cuando bajamos hacia el coche había una pista de tierra estrecha. La noticia de que el chico estaba vivo se había extendido ya entre el equipo de rescate y la gente que empezaba a llegar para subir al Moncayo. De repente, nos hicieron un pasillo para dejarnos pasar y empezaron a aplaudirnos. Nunca antes me había pasado algo parecido. Nos sentimos héroes por un instante”.

 

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