Un remedio contra la violencia

HISTORIA 56
Por Roncesvalles Labiano

Javier Alcalde cambiaba los consejos y la bata de farmacéutico por el silencio y una pancarta cada vez que se producía una muerte violenta relacionada con la situación política de Navarra y el País Vasco. Ese gesto le convirtió en uno de los pioneros en la lucha por la paz, uno de los pocos que se atrevieron a plantar cara a la violencia terrorista cuando esta era el pan de cada día.

Eran las ocho de la tarde en Pamplona, y el sol había dejado de calentar la plaza del Ayuntamiento de Pamplona hacía algunas horas. La temperatura no había superado los 21 grados en ningún momento del día, un tiempo algo desapacible para ser agosto, pero a ellos no les importó. Eran entre diez y veinte personas y se congregaron en silencio ante el consistorio con un objetivo claro: condenar el atentado que el día anterior, 18 de agosto de 1986, había acabado con la vida del coronel de Artillería José Picatoste González. Uno de los asistentes a esa concentración era Javier Alcalde, empleado de la farmacia que se encontraba a unos metros del lugar en el que estaban reunidos con el objetivo de lanzar un mensaje sencillo a aquellos que decían actuar en nombre del pueblo, de Euskal Herria, de Navarra: “En mi nombre, no”.

Aquellos eran todavía años de plomo: los atentados de ETA eran frecuentes y los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) estaban en activo. En 1985, un atentado de la organización terrorista había acabado con la vida de Alfredo Aguirre Belascoáin, un pamplonés de catorce años. Su muerte removió estómagos y conciencias en la sociedad navarra. Javier Alcalde recuerda bien aquel momento que tuvo algo de punto de inflexión: “Fue entonces cuando empecé a decir: ‘Coño, que igual algo tenemos que hacer’”.

Y Alcalde no tardó mucho en ponerse en acción. No solo fue uno de los participantes en aquella protesta silenciosa, sino que fue uno de los fundadores del grupo que la había convocado, la Asociación por la Paz de Euskal Herria, que contaba con miembros en Gipuzkoa, Álava y Navarra. El primer contacto de Javier Alcalde con los grupos que ya comenzaban a moverse en el País Vasco ocurrió cuando participaba en un programa de radio de Cáritas Diocesana, Los que no importan, en el que trataban temas de marginación social. Las palabras de Cristina Cuesta, hija de un directivo de Telefónica asesinado por los Comandos Autónomos Anticapitalistas, publicadas en un periódico hicieron pensar a Alcalde que las víctimas del terrorismo eran una parte marginada de la sociedad, de modo que dedicaron un programa al asunto y enviaron una carta a Cuesta. La joven contestó convocando al farmacéutico a una reunión en la que Javier Alcalde se encontró con unas diez o quince personas: “Yo tenía 26 años y muy poca idea de casi todo, y allí me encontré con una víctima de ETA, una víctima de la Policía… Fue como descubrir de repente que existían las víctimas del terrorismo, que ETA era real, aunque lo de ‘Gora ETA’ habíamos cantado alguna vez. Pero en aquella reunión descubrí de pronto que las víctimas eran gente de carne y hueso”.

Los reunidos, convencidos de la necesidad de hacer algo, decidieron que su forma de protestar sería salir a la calle tras cada muerte violenta, concentrarse en silencio durante treinta minutos (quince a partir de 1989). Así, los miembros de la recién constituida Asociación por la Paz de Euskal Herria, que en 1989 se uniría con Gesto por la Paz (Bizkaia) bajo el nombre de Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria, acordaron encontrarse en la plaza Consistorial a las 20.00 del día siguiente a la primera muerte, que fue la deL coronel Picatoste. Tenían muchas esperanzas puestas en que sus concentraciones fueran un revulsivo para que el pueblo saliera y rechazara abierta y masivamente la violencia. Alcalde recuerda aquellos primeros deseos y frustraciones: “Al principio, yo pensaba que nuestra iniciativa iba a durar poco porque los ciudadanos íbamos a salir e íbamos a ser miles y miles en todas las calles. Ingenuo. Ingenuo y joven. Luego hubo un tiempo en el que yo pensé: ‘Esto no tiene final’”.

Gesto por la Paz crece
A pesar de que la afluencia inicial no satisfizo sus expectativas, poco a poco fue creciendo el número de grupos en Navarra, donde llegó a haber 28 colectivos que se reunían en lugares como Zizur Mayor, la Chantrea, Berriozar, el Ensanche de Pamplona, Iturrama, Barañáin, Tudela, Estella, Peralta, Tafalla, o Etxarri-Aranatz. En este último municipio tuvieron lugar las concentraciones más duras para los miembros de Gesto por la Paz, hasta tal punto que el grupo se disolvió tras unas pocas reuniones. Cuenta la periodista Ana Rosa Gómez Moral en Un gesto que hizo sonar el silencio que allí, mucho antes de que comenzara el gesto, ya no quedaba ni un alma en las calles del pueblo: “Los más valientes y con vistas a la plaza escudriñaban escondidos entre los visillos. […] A su hora, el diminuto grupo de Gesto enfilaba hasta la plaza como si fuera al patíbulo. Enseguida aparecía una turba de gente”. El diminuto grupo lo conformaban unas quince personas que se encontraban enfrente con una masa de unos doscientos miembros de las Gestoras pro Amnistía que les insultaban, les llegaron a agredir y les seguían después a sus casas.

Doble concentración de Gesto por la Paz y Gestoras Pro Amnistía durante el secuestro de José María Aldaya en 1995. DIARIO DE NAVARRA

Cuando conocieron lo que pasaba, miembros de Gesto por la Paz, como Javier Alcalde, quisieron apoyar a sus compañeros y viajaron hasta allí: “No he pasado más miedo en mi vida. Estábamos allá con nuestra pancarta, rodeados de cuarenta, cincuenta, sesenta personas insultándonos a la cara, tan cerca que podías verles hasta la roña de los dientes. Yo me decía: aquí, en Etxarri, ya no hay Guardia Civil. Puede pasar lo que sea, que no se entera nadie”.

Pero en la capital navarra hubo también un tiempo en el que la situación no era mucho mejor, sobre todo a mediados de los noventa, cuando se produjo un cambio en la estrategia de ETA y de la izquierda abertzale motivado por hechos como la firma del Pacto de Ajuria Enea en 1988, en el que las fuerzas políticas se unían contra el terrorismo, la debilidad interna tras la caída de la cúpula de la banda armada en Bidart (Francia) en 1992 y la pérdida de la hegemonía en las calles del País Vasco y Navarra.

El lazo azul
Esta pérdida comenzó a verse cuando ETA secuestró al industrial vasco Julio Iglesias Zamora, en 1993, y Gesto por la Paz decidió salir a la calle todos los lunes para pedir su libertad así como crear un símbolo visible por la paz y la libertad. Así surgió el lazo azul, que llegó a las solapas de los navarros, los periódicos, las banderas de los edificios institucionales y hasta algunas de las cimas más altas del País Vasco y la Comunidad Foral. La recepción inicial fue muy positiva: los ciudadanos los cogían y se acabaron casi todos, pero después eran pocos los que se veían por la calle. Javier Alcalde repartió lazos azules por todos los comercios del Casco Viejo: «Yo no sé si luego vi dos o tres puestos, y durante un día o dos; luego, al tercer día, a quitarlo enseguida. Se puso uno enorme, de quince o veinte metros, en la Taconera, pero sólo duró esa tarde». Incluso llegaron a producirse agresiones en la calle a personas porque llevaban el pedazo de tela azul. Con todo, la sociedad comenzaba a mostrar signos generales y más o menos espontáneos de rechazo a la violencia.

La situación cogió por sorpresa a la izquierda abertzale, que veía cómo se le escapaba de las manos el monopolio de la calle. Además, los medios comenzaban a dar más difusión a las acciones por la paz y la Policía mostraba una eficacia creciente, con operaciones como la de Bidart. ETA perdió al mismo tiempo la calle y la cabeza. Esto llevó a la banda y a sus simpatizantes a crear una nueva estrategia más violenta y extrema: la “socialización del sufrimiento”. En relación con Gesto con la Paz, esta se concretó a partir del 5 de mayo de 1995, cuando ETA secuestró a José María Aldaya. Los grupos de Gesto repitieron la estrategia que habían utilizado para pedir la libertad de Iglesias Zamora. Pero esta vez, cuando acudían a manifestarse, se encontraban enfrente con decenas de miembros de las Gestoras Pro Amnistía que pedían la libertad de los presos y que les insultaban y agredían. El episodio descrito de Etxarri-Aranatz forma parte de estas dobles concentraciones, pero la tensión llegó a todos los puntos de la geografía foral, también a Pamplona, como recuerda Alcalde: “El primer día tiraron monedas hasta de cien pesetas y el segundo tiraron tornillos y tuercas. Ese día tuvimos suerte porque llovía y los paraguas tapaban un poco”.

Tornillo arrojado contra la concentración de Gesto por la Paz en septiembre de 1995. DIARIO DE NAVARRA

Las agresiones no se producían solo durante las concentraciones. La farmacia en la que trabajaba Alcalde apareció varias veces con el cristal del escaparate roto. Y un día que caminaba por las calles del Casco Viejo cargando con un pedido de medicinas para las monjas dominicas de la calle Jarauta, tuvo que soportar patadas e insultos a lo largo del camino. A pesar del ambiente, las concentraciones semanales se mantuvieron sin descanso durante dos años, un mes y diez días, pues hasta la liberación de José Antonio Ortega Lara y Cosme Delclaux, a principios de julio de 1997, siempre hubo una o dos personas secuestradas.

El símbolo se agota
La alegría por la libertad de los dos secuestrados duró poco, hasta el 10 de julio, cuando ETA anunció el secuestro del concejal de PP en Ermua Miguel Ángel Blanco y que acabaría con su vida en 48 horas si el Gobierno español no reagrupaba y acercaba a los presos de ETA al País Vasco.

El pueblo navarro, como ocurrió en toda España, se lanzó a la calle para pedir la libertad del edil. Los grupos de Gesto por la Paz de la comarca de Pamplona convocaron una concentración permanente para el 12 de julio a partir de las 13.00 en la plaza del Castillo. Cerca de 6.000 personas se congregaron a pesar del calor y compartieron la impotencia y la tensión de aquellas horas, hasta que poco después de las 16.30 se supo que el cuerpo agonizante de Miguel Ángel Blanco había aparecido en un paraje forestal de Lasarte.

Este asesinato a cámara lenta provocó una respuesta social masiva que llevó a que las piezas de un dominó que ya mostraba debilidad comenzaran a caer. Se produjeron cambios en la escena política, como el Pacto Antiterrorista de 2000 o el Pacto de Lizarra de 1998, y en el ámbito social surgieron nuevos grupos cívicos y de intelectuales contra ETA, como ¡Basta ya!, Libertad ya o el Foro de Ermua, que proponían una respuesta más activa y radical a la organización terrorista. En este contexto, Gesto por la Paz perdió parte de su fuerza: por un lado, por el propio agotamiento; por otro, porque hubo quienes creyeron que era necesario hacer algo más que concentrarse en silencio. El colectivo pacifista, el primero en abrir una puerta por la que muchos no se atrevían a pasar, se fue debilitando mientras la respuesta social a la banda armada se extendía.

Javier Acalde (derecha) sostiene, junto a José Ignacio Meijide (izquierda) y Germán Barandalla (centro), la pancarta de Gesto por la Paz tras el anuncio del cese definitivo de la violencia de ETA en 2011. JOSÉ ANTONIO GOÑI (DIARIO DE NAVARRA)

El 20 de octubre de 2011 ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada, pero todavía pasó más de año y medio hasta que, el 1 de junio de 2013, Gesto por la Paz se disolvió y despidió a través de un acto y un comunicado en el que sus miembros mostraban el convencimiento de haber hecho todo lo que estaba a su alcance para hacer frente a la violencia y sus efectos. En aquellos tiempos de plomo de los ochenta no fueron muchos los ciudadanos de a pie que se atrevieron a dejar la comodidad del anonimato y plantar cara a la violencia, por eso añadían en el comunicado: “Nos sentimos dichosos de haber podido formar parte de ese grupo de gente que supo levantarse de la postración ética que sufría nuestra sociedad para emprender el camino hacia el horizonte de la dignidad humana”. Y uno de los primeros en emprender ese trayecto en Navarra fue Javier Alcalde, que no dudó en salir del mostrador de su farmacia para tratar de encontrar un remedio contra la violencia.

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