Aprender a vivir con lo que eres

HISTORIA 54
Por Anna Vila

No tiene un nombre común, tampoco usual ni corriente. Él no cree que sea bonito pero no le disgusta. Dice que tiene personalidad y eso le agrada. De hecho, significa siempre poderoso gobernante, o al menos eso dice Internet: “Y si lo dice Google, yo no soy quien para ponerlo en duda”, se ríe.

Se llama Arich, es de Pamplona y, a pesar de sus 26 años, no llega al metro y medio. Eso sí, tiene una sonrisa permanente que alegra a cualquier despistado cabizbajo. Una de sus mayores aficiones son los videojuegos: “Me pasaría horas y horas jugando con ellos, ya sea en el ordenador o en la Play”. Es un crack del FIFA. Ha participado en varias competiciones y casi siempre queda de los primeros. El fútbol es su deporte preferido, se conoce a todos los jugadores de los equipos de primera división. Lamenta no poder dirigirlos a través de su consola: “Así, mi equipo seguro que no perdería nunca, aunque tengo que reconocer que sin mi ayuda está haciendo una gran temporada”, dice con orgullo refiriéndose al Barça. Aunque, como buen pamplonés que es, siente dentro los colores del Osasuna pero admite que el club no pasa por su mejor racha.

Como a todo joven de su edad le gusta salir con sus amigos a cenar, ir al cine, a la bolera, salir de fiesta e ir al karaoke ⎯aunque reconoce que en él, el don de la voz brilla por su ausencia⎯. Pero Arich no puede hacer todo esto de la misma manera que lo hacen el resto de chavales, él tiene ciertas limitaciones: Arich lleva toda la vida pegado a una silla de ruedas. De muy pequeño le diagnosticaron la enfermedad de la osteogénesis imperfecta, también conocida como la de los huesos de cristal. Los huesos son débiles: estos se rompen con facilidad e incluso, a veces, sin causa aparente. Se la diagnosticaron a los tres meses de haber nacido.

Arich reconoce que como ante toda discapacidad, es difícil hacerse a ella y dejar de cuestionarse por qué a mí. “Es una pregunta sin respuesta. Te ha tocado y punto, de nada sirven las lamentaciones. Total, nada va cambiar”. Él considera una ventaja que se la diagnosticasen tan pronto, porque “tiene que ser muy duro haber podido andar en algún momento y luego ver que no podrás volver a hacerlo jamás. Duro para mí y para mi familia, sobre todo para mis padres”. Sus padres son su mayor apoyo, gracias a ellos ha aprendido a afrontar su situación y a volver a levantarse cuando el mundo se le venía abajo. Ellos han sido quienes le han enseñado y ayudado a enfrentarse a las adversidades con las que se ha ido cruzando. “No te creas que por ser como soy me lo han dado todo masticado. Cuando yo les decía que no podía hacer algo ellos me respondían con un simple ‘si eso es lo que crees, tú mismo’, y ahí me dejaban”. Arich sabe que gracias a ellos ha aprendido a plantar cara a las limitaciones, a no dejarse vencer por ellas y a entender que “no se puede decir ‘no puedo’ sin antes haberlo intentado, no una, sino varias veces”.

Siguiendo el consejo de sus padres de no poner freno a sus aspiraciones, empezó a estudiar, a distancia, diseño y programación de videojuegos. Eso le permitía cumplir con su gran ilusión de poder formarse en lo que realmente le gustaba y, además, “toda excusa era buena para echarme una partidilla”, dice con picardía. Aunque le gustaba mucho lo que hacía, a los pocos meses de haber empezado el curso tuvo que dejarlo porque no seguía el ritmo que se exigía. Pero Arich no se desmoralizó, al contrario, él afirma estar “muy satisfecho” de haberlo intentado: “Me quedo con todo lo aprendido, esto no me lo quita nadie”. Y es más, ahora se atreve con los idiomas. Su madre le animó a estudiar una nueva lengua y, actualmente, está cursando inglés a través de la UNED.

Arich vive con sus padres, aunque no siempre ha sido así. Desde los trece hasta los dieciocho a los que estuvo viviendo en el Centro de Día de Zizur. Después se fue a vivir a una residencia durante tres años, pero a los veintiuno decidió volver a casa: “En mi casa soy el rey, se está mucho mejor que en cualquier otro sitio”, explica con cara de satisfacción. Aunque su día a día, como lo define él, es parecido a una rutina, es bastante entretenido: “Es un no parar”. Se suele levantar pronto por las mañanas y a las nueve se pone estudiar inglés. A media mañana, un fisio se acerca a su casa para ayudarle con los ejercicios de rehabilitación. Según Arich, estos son bastante duros, pero no le queda otro remedio que “sufrir un poco y quejarse lo justo”. Las tardes son más divertidas porque aprovecha para quedar con sus amigos, bien para dar una vuelta e ir a tomar algo, o bien para echar una partida a la Play.

Al hablar de los fines de semana, él tiene muy claro para que sirven: “Los sábados y los domingos son para dormir un poco más de la cuenta, descansar y aprovechar para hacer planes de todo tipo”. Se le escapa una sonrisilla por debajo de la nariz mientras recuerda cuando se fueron con unos amigos y familias al pantano de Alloz (Navarra). “Yo filipé, nunca pensé que me podría llegar a subir a una barca y con la ayuda de buena gente, lo conseguí. Estuvo muy guay”, dice con enternecimiento. Recuerda ese día con especial emoción porque él siempre se había mostrado reacio a pedir ayuda a los demás. “Muchas veces da la sensación de que das pena a la gente, por eso no me gusta pedir ayuda”.

A pesar de las adversidades, Arich es muy optimista con su situación y no tiene ningún problema en aceptar su enfermedad y en saber que es diferente al resto de la gente. Aún así, dice que siempre hay días buenos y otros de peores, “pero como todo el mundo”. Hace dos veranos que se fue de vacaciones a Londres y lo que más le sorprendió fue que la discapacidad ahí la ven muy diferente a aquí: “Ahí está todo mucho más integrado, no te miran de manera rara”. A raíz de esto explica que en Pamplona cada vez que sale a la calle, la gente no tarda ni dos segundo en girarse para mirarle: “No importa que sea una persona mayor como que sea un niño pequeño, todos se giran al verme”. Él sabe que no lo hacen con mala intención, pero eso no quita que se sienta incómodo. Arich recuerda una vez que iba por la calle paseando con un amigo y se cruzaron con un niño de unos cinco años y su padre. Al pasarles por el lado, el niño con toda su inocencia le preguntó a su padre que si él (Arich) estaba muerto. Explica que no podía parar de reír cuando lo escuchó. “Los comentarios de los niños son los más graciosos, pero lo mejor fue la cara de circunstancias que se le quedó al pobre padre”, se ríe.

Arich, a pesar de todas sus limitaciones, se considera una persona muy feliz y muy querida por todos los que le rodean. Cree firmemente que hay que tomarse la vida con optimismo porque “aquí estamos de paso, hay que disfrutar y aprovechar todas las oportunidades al máximo”.

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