La sirena de Oliveros

HISTORIA 51
Por Blanca Rodríguez G-Guillamón

Manuel Rodríguez, Manolo, tenía siete años cuando estalló la Guerra Civil española. Vivía en Almería, lo que lo posicionaba en el bando de ‘los rojos’ aunque fuera un crío. Entonces no entendía por qué el territorio marcaba una ideología, ni por qué a su madre, Angustias Martínez, trataron de matarla por ayudar a otras personas.

El poderoso sonido de una sirena revolucionó Almería. Era la señal de peligro. Con suerte, quedaban cinco minutos para reunir a la familia y correr hacia uno de los refugios antes de que comenzase el bombardeo. El aviso comenzaba en los talleres mecánicos Oliveros, donde se reparaban los vagones de los ferrocarriles, y se extendía por toda la ciudad.

La gente se escurría por una de las 67 entradas que daban acceso al refugio principal y tomaban asiento en los bancos corridos de piedra que había en los laterales. Acoplaban entre ellos los cubos y urinarios que tenían la obligación de coger para las necesidades de los más pequeños. No sabían cuánto tiempo tendrían que permanecer en los túneles.

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Manolo con siete años, pocos meses antes de que comenzase la guerra. CEDIDA

Manolo se hizo paso entre el tumulto, acompañado por sus padres, y buscó a tientas un hueco donde esperar. Antes de que se iniciase el fuego se quedaban a oscuras. Era la única manera de proteger aquellos pasadizos de la aviación enemiga. De otro modo, las luces que escapasen por las entradas y los conductos de ventilación revelarían el mapa de los más de cuatro kilómetros de salvación, con capacidad para albergar a cuarenta mil habitantes.

A nueve metros bajo el suelo estaba prohibido hablar de religión y política. Allí eran todos iguales: personas. El oxígeno era un bien escaso para malgastarlo en una discusión y el espacio, tan reducido que una pelea podría terminar en muerte.

Los refugios públicos eran el resultado del esfuerzo de todos los almerienses, recuerda Manuel Rodríguez a sus 87 años, pues al término de la jornada laboral, niños, hombres, mujeres y ancianos se sumaban a los peones de obra para acelerar las excavaciones. Unos arrastraban piedras, otros empujaban carros y algunos se acercaban con botijos y víveres.

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El refugio público más largo se encontraba bajo el Paseo de Almería. BRGG

“Los subterráneos inspiraron a mi padre para hacer algo parecido en la finca de López Quesada -explica Manolo, que entonces vivía en aquel cortijo con sus padres y la familia para la que trabajaban-. Recuerdo que algún avión dejó caer una bomba cerca de la casa e hizo un cráter de ocho o diez metros”.

Fueron precisamente los juegos de los niños en aquel desnivel de rocas grandes lo que hizo que su padre, José Rodríguez, decidiese utilizarlo como refugio. Cuando sonaba la sirena de los talleres, abandonaban las tareas y se lanzaban dentro. “Hoy pienso que solo nos proporcionaba la tranquilidad de estar todos recogidos juntos”, reflexiona Manolo, que aún tiene en los oídos la imponente alarma previa a los bombardeos.

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Fotografía de José Rodríguez y Angustias Martínez. CEDIDA

“Recuerdo sin odio, pero con estupor, las llamas que provocaron el incendio de la Iglesia de la Cañada de San Urbano y la quema de sus santos”. Sus ojos de niño se sorprendían ante tantas tragedias desatadas, pero también aprendían de quien le daba ejemplo. “Mi madre, que era una mujer muy abierta, empezó a vestir a frailes”; una hazaña que estuvo a punto de costarle la vida.

Los hermanos de La Salle y algunos superiores del Seminario acudieron al cortijo de López Quesada buscando a la mujer que los vestía de paisano para que no los mataran. Cosía pantalones para aquellos hombres, que luego “se fueron marchando de dos en dos para no llamar la atención”. Pero los rumores alcanzaron a quienes los perseguían y un día se presentó en la casa el apodado ‘Purgatorio’. Al verla salir, levantó su escopeta de caza y disparó. En el acto, un tiro en el pecho la derrumbó.

Manolo corrió a socorrerla mientras bajo su cuerpo se formaba un charco de sangre. “La recuerdo tumbada en el suelo y cómo yo le daba besos tratando de que se pusiera bien -cuenta Manolo-. El tiro, por ser de una escopeta de perdigones del dieciséis, no llegó a matarla, pero desde entonces vivió con el plomo en sus pulmones, que yo veía en Rayos X cada vez que se resfriaba o tenía un dolor en el tórax”.

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Los refugios contaban con un quirófano, que habitualmente se usó como paritorio. BRGG

Poco después conoció la historia de Fernando Gómez Lara, párroco de Velefique, a quien subieron de madrugada en un camión que tenía por destino la muerte. “Era un hombre tan humano que daba a los pobres todo lo que tenía y vivía muy humildemente”, recuerda.

Aquella noche que lo arrastraron hasta el vehículo, alguien gritó el nombre del sacerdote. Fue suficiente. Un miliciano lo interceptó y le dijo: “Bájese del camión y váyase a su casa rápido”. Manolo arquea las cejas al contarlo: “Así salvó su vida y pudo ayudar a muchas personas necesitadas de lo material y lo espiritual”.

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Algunos visitantes se fotografían con Manolo. BRGG

Han pasado ochenta años desde que aquel niño rubio se encerraba en los refugios cuando sonaba la sirena. Ha tenido que pasar ese tiempo para que regrese a ellos. Lo hace porque “los recuerdos de la niñez perduran para siempre”, pero también porque “hay que revisar en qué nos equivocamos para rectificar y no volver a caer”.

Mientras recorre de nuevo esos pasillos de piedra, explica a los compañeros de visita detalles de entonces. Por ejemplo, que la sirena de Oliveros no se escuchaba allí abajo. Había alguien que se quedaba en la entrada y avisaba cuando el sonido ponía punto y final al fuego.

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