El revivir de un gregario

HISTORIA 50
Por Luis Guinea

El pasado 26 de mayo la vida de un ciclista inigualable dio un vuelco inesperado bajando un puerto. Desde entonces pelea por volver a caminar y a ser el que era. Esta es su historia
El ciclismo es un deporte bello y cruel a partes iguales. Para que uno gane, viva, muchos tienen que dejarse la vida –sus opciones- en el camino. Morir en cada carrera. Cada una de ellas es una vida en miniatura, con cientos de pequeñas circunstancias que siempre tienen su repercusión al final. Durante casi 20 años, Pablo Lastras ha ‘muerto’ centenares de veces en el asfalto porque otros vivan. Es lo que en el pelotón se conoce como un gregario, alguien cuyo único objetivo en la carretera es darse hasta el límite para que su líder gane. Así un día tras otro; una carrera, la siguiente, otra… todas. Pero la vida, también la de los ciclistas, puede cambiar en un segundo. Pasar del todo a la nada en un gesto, sin que puedas hacer nada. Es lo que le pasó a Lastras el pasado 26 de marzo. A primera hora de la tarde de ese día bajaba el puerto del Coubet, en la cuarta etapa de Volta a Catalunya.

“No era un momento decisivo, ni complicado. Estaba todo seco. Iba a cola, en un segundo pelotón, con unos 40 corredores. Hubo un chavalito que dio pedales antes de tiempo al salir de una curva, y se le fue la bici. Los tres que íbamos detrás también nos caímos”, relata Lastras, de 39 años. “No tuve tiempo de frenar, ni de reaccionar. Su bici me hizo de trampolín, y caí a plomo sobre el lado derecho. Me he caído muchas más veces más rápido, pero deslizándome. Esta vez caí sobre un punto de mi cuerpo”.

Un segundo, y todo cambia.

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El ciclista trabaja por recuperarse. JESÚS CASO

Lo siguiente que le viene a la memoria al ciclista del Movistar es que vino alguien y le preguntó: ¿cómo te llamas? Él, aturdido, recuerda que contestó: “Soy Pablo Lastras, y esto es la cuarta etapa de la Volta a Catalunya”. Perfecto. Fue entonces cuando por instinto trató de levantarse del asfalto para intentar subirse a la bici y continuar. Como tantas veces. El cuerpo iba hacia arriba, pero su pierna derecha formaba un estrambótico ángulo de 90 grados. Entonces sufrió un dolor brutal, insoportable, inolvidable, que duró unos tres minutos.  Protegido por los  coches de equipo que pasaban a su lado, Lastras fue evaluado por un médico que, casualidades de la vida, era traumatólogo, cirujano que además había sido ciclista. Le estabilizaron antes de trasladarle.

“Es uno de los peores momentos que he pasado en todos estos meses, porque ahí me di cuenta de que esto era algo gordo de verdad. Pero hasta que no me llevaron a Barcelona no vi lo grave que era esto”, rememora.

Pablo Lastras fue trasladado de urgencia al hospital de Girona, y de ahí evacuado Barcelona. En la Clínica Quirón empezó a descubrir la verdadera gravedad de lo sucedido. El ciclista del Movistar chocó con la bici de otro compañero, esta le catapultó, salió volando y al precipitarse al suelo, cayó sobre su cadera derecha. El golpe fue tan seco y violento, que el cotilo –el hueso de la pelvis que acoge a la cabeza del fémur- estaba literalmente pulverizado, además de la pala ilíaca. El destrozo era tan severo, que necesitaba de una reconstrucción con tornillos, chapas de titanio, además de injertos de hueso. Su pelvis se había volatilizado. Solo hay dos médicos en España que son capaces de hacer una cirugía de tal envergadura. Uno está en Santander, el otro en Sevilla. El doctor Pedro Cano Luis acudió a Barcelona para reconstruir la maltrecha cadera de Lastras.

– ¿Podré volver a subir a una bici y ser ciclista?- Es lo primero que Pablo le preguntó al doctor Cano. Este puso cara de póquer.

“Yo me he roto dos veces el fémur, las clavículas, vértebras… en todos los casos te dicen: van a ser tantas semanas, quieto y luego unos meses de rehabilitación y puedes volver a la bici”, explica Lastras. “Pero ahora nadie me garantizaba nada. Ese ha sido el otro momento duro de todo esto, porque piensas que esto se ha acabado”.

En cinco horas, el doctor Cano y su equipo abrieron la parte baja del abdomen de Lastras, separaron órganos, tejido, y se toparon con una enorme red de vasos, tendones y conductos nerviosos antes de llegar al cotilo. Y allí, en un trabajo propio de orfebrería, consiguieron reconstruir el hueso pedacito a pedacito, y evitar colocar una prótesis. A partir de entonces quedaba lo más duro, una larga rehabilitación sin garantías plenas de éxito.

Solo y en Pamplona
El equipo ciclista Movistar tiene su sede en Pamplona y Mutua Navarra se encarga de su cobertura médica. Después de ser intervenido en Barcelona, los doctores Hoyos y Zúñiga vieron que las instalaciones de la mutua en Navarra podían ser buenas para la recuperación de Pablo. Hablaron con su responsable, Ángel Rekarte, y se lo propusieron al ciclista. Pablo Lastras -39 años, 18 como profesional- conoce bien esta tierra; aquí se hizo ciclista con el Banesto amateur hace 21 temporadas. Por eso, no se lo pensó dos veces. A pesar de que no se valía por sí mismo, de que no podía apoyar la pierna ni cargar fuerza ni peso alguno sobre ella durante cuatro meses, hizo la maleta él solo, cogió un tren de Madrid y se plantó solo en la estación de Pamplona. Pidió ayuda en Renfe para que le llevaran hasta unos apartamentos, que iban a ser su hogar durante el siguiente medio año.

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Tanto la evolución física como la carga psicológica han sido puntos de lucha y preocupación para Pablo Lastras y el equipo Movistar. JESÚS CASO

“Después de la operación era un inútil, no podía hacer nada por mí mismo. Primero me tenían que duchar, vestirme… luego he tratado de valerme por mí mismo, sabiendo que –por ejemplo- prepararme y desayunar me cuesta hora y media, cuando son cosas que normalmente tardas 20 minutos”, comenta Lastras. “Me veo muy limitado, pero soy duro. Y sé que tengo que tirar para adelante”.

La preocupación de los médicos, del propio Movistar, o de Agustín Beorlegui –el fisioterapeuta que le ha atendido en la Mutua- no ha sido sólo la evolución física de Lastras, sino la tremenda carga psicológica que lleva cargando desde hace meses. Él sabe mejor que nadie de sus limitaciones, y de que no hay ninguna garantía de éxito –por ahora- en toda esta larga tarea de recuperación. Pero Lastras nunca ha estado solo. Siempre hay alguien –compañeros del equipo, un amigo, conocidos- que van con él a comer, cenar o tomar un café en el Pagoa, el bar que hay en el edificio de apartamentos en el que vive. Que le llaman o le visitan, como los hermanos Induráin, o que están en los días negros, como José Miguel Echávarri, el hombre que le llevó al ciclismo, que le ha hecho reflexionar mucho.

“Hay mucha gente que se ha portado muy bien conmigo. Imanol Erviti, la familia Zandio que ha estado excepcional; Chente, los masajistas, los mecánicos del equipo de Pamplona… todos han hecho que todo esto sea mucho más fácil, han estado muy cerca”, apunta Lastras. “Por eso, por todo ese cariño que me han dado ellos, la gente de la Mutua y el equipo, yo me he planteado cada día con el reto de estar a la altura que han estado ellos, y no decepcionar a nadie. Ese ha sido mi objetivo diario, estar a la altura a base de dolor, pero estar a la altura. Esa ha sido mi motivación, yo no podía fallarles. Mi objetivo ha sido estar a la altura, estar a la altura, a base de dolor, pero estar a la altura”.

-¿Y qué es estar a la altura?

“Estar a la altura es no fallar a toda esta gente que se preocupa por mí, no decepcionarles. Mejorar día a día, no jurar, ni lamentarme… nunca voy a decir si la caída fue culpa mía o de otro, ni me voy a lamentar. Eso es estar a la altura”, comenta Lastras.

Como corredor Pablo Lastras ha sido un stajanovista a la hora de entrenar y cuidarse, y también lo está siendo a la hora de recuperarse. Desde hace diez meses ha seguido una disciplina militar de lunes a viernes. Se levanta a las 8, se prepara y desayuna él solo, a las 9 espera a que le recojan para ir a la Mutua, donde permanece hasta las tres. Cinco horas y media de trabajo intensivo, primero lo más difícil, después lo más llevadero. Allí también ha ido evolucionando. Primero era algo pasivo, le manipulaban. Más tarde ha pasado a nadar en la piscina, hacer ejercicios, empezar a andar en la máquina antigravitatoria, ganar musculatura y movilidad con las gomas, pasar por el fisio o lo que toque es lo mismo que hacer cuatro horas de fondo con series, es su trabajo. Come en el Pagoa, y dedica la tarde a descansar. Los fines de semana recibía visitas de casa, familiares y amigos del pueblo, de San Martín de Valdeiglesias (Madrid).

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El deportista Pablo Lastras trabaja por su recuperación, pero no sabe si podrá volver a pedalear. JESÚS CASO

“Conocía bien la ciudad, porque llevo años viviendo, pero en estos meses me he sentido integrado de verdad. Me gusta cómo es la gente de aquí, quizá se come y se bebe en exceso, pero aquí se vive bien, se disfruta. Y yo disfruto”, dice Lastras.

El trasfondo bueno de una desgracia
Después de prácticamente medio año yendo y viniendo todas las mañanas de la Mutua, Pablo Lastras ha hecho amistad con otros pacientes, ha visto otras patologías. Unas más livianas, otras más fuertes que la suya, que le han hecho tomar un poco de perspectiva.

“Al final, cuando te pasa algo así piensas. Yo llevaba tres o cuatro años viviendo a un nivel muy fuerte, muy intenso. Yo vivía para sufrir, para cuidarme y para dormir, lo demás me daba igual, porque lo que quería era aprovechar los pocos años que me quedaran de ciclismo a tope”, relata. “Con esto me he vuelto más sensible, más humano, aprendes a escuchar más a las personas, ves que tienes amigos, pero amigos de verdad”.

Durante seis meses, Lastras ha pasado muchas tardes, muchas horas, solo en un pequeño apartamento. Un tiempo en el que ha leído mucho -sobre todo libros de automotivación- ha visto todo el ciclismo del mundo, y también ha reflexionado mucho. Se ha enfrentado en decenas de ocasiones a sí mismo, a sus miedos y temores, a su propio dolor.

“El dolor de sufrir, el físico en la bici, es mecánico, es como lavarse los dientes. El dolor de la pierna -que está ahí y no se va- es algo a lo que te haces. Para mí lo peor es la incertidumbre, el no saber cómo va a terminar todo esto, cómo vas a quedar, qué vas a poder hacer. Y a veces tengo miedo, mucho miedo, porque he visto la parte grave de las cosas, el ciclista es un poco ingenuo. Yo siempre que he caído me he levantado, es lo que me han enseñado desde pequeño, he luchado siempre. Pero ahora en un segundo mi vida ha cambiado, y no sé hasta dónde me voy a poder levantar. Tengo miedo a que las cosas no salgan, mucho miedo.”.

Como en toda enfermedad de largo recorrido, y como todo enfermo que pasa por una convalecencia prolongada, Lastras ha pasado por días negros, malos, peores y muy malos. “Ha habido un tiempo en el que no quería ver a nadie, por no pagarlo con ellos. Nunca he pensado en arrojar la toalla, ni en cruzarme de brazos, pero sí que he tenido días malos. Mi madre, que murió de cáncer, fue una luchadora, y me enseñó que en esta vida hay que pelear todos los días, y hay que intentar agradar a los demás, aunque estés jodido”, reflexiona Lastras. “Cuando estuve en el hospital, que tenían que hacerme todo, lloré mucho porque me sentí inútil de cara a los demás”.

Seis meses después Lastras ya ha superado la tercera fase de la rehabilitación, de octubre hasta Reyes. A base de mucho trabajo, de sacrificio y de un dolor que no le abandona, ha aprendido otra vez a ponerse en pie. Después a sostenerse, y poco a poco a andar. Ahora lo hace sin la ayuda de muletas. Sabe el ciclista del Movistar que quizá tenga que pasar de nuevo por el quirófano para que le coloquen una prótesis en la cadera. Y que el futuro, irremediablemente, será diferente. Sabe que no volverá a saltar nunca más, ni correr, tampoco hacer deportes de riesgo… ¿y la bici? “No se sabe. Mi ‘Tour de Francia’ es conseguir que en julio de 2016 me den el alta, que estoy capacitado para hacer una vida normal, y tener calidad de vida. No me puedo comprometer a nada más.

En un proceso de recuperación en solitario de diez meses, Lastras ha estado muy arropado por el equipo, pero también ha pasado solo muchas horas. Un tiempo en el que ha podido reflexionar sobre todo, en el que ha leído mucho, en el que también ha hecho mucha introspección.

“No me he aburrido ni un solo día, he leído mucho, y me ha acompañado la soledad. Piensas, porque no quiero lamentarme ni jurar. Y cuando me ha pasado una cosa así, creo que es por algo… esto tiene detrás un mensaje, vive más despacio, vive de otra forma”, cuenta. “Si me ha pasado esto es porque me tenía que pasar y, a través de esto, puedo hacer mucho bien y hacerme mucho bien”.

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