Rescatar la esperanza en el Egeo

HISTORIA 45
Por María Fernanda Novoa

La inmensa mayoría de los ciudadanos europeos contemplan con impotencia e indignación el drama de los refugidos. Óscar Camps pensó que quejarse no iba a servir de nada y se fue al Egeo con su equipo de socorristas.

Óscar Camps nunca se imaginó que en su labor de socorrista iba a salvar tantas vidas. Como muchos otros europeos, sintió impotencia al ver las imágenes de refugiados en Lesbos y de niños ahogados en las costas del Viejo Continente, pero enseguida decidió transformar su desazón en una iniciativa concreta: en septiembre de 2015 se trasladó con los 15.000 euros que tenía ahorrados a Lesbos y a las dos horas de pisar la isla ya se encontraba en el mar y ya había rescatado a varias personas. Él trabajaba entonces en una empresa de socorrismo con sede en Badalona (Barcelona). Ahora, junto a otros voluntarios, ha fundado la ONG Proactiva Open Arms.

“He visto más muertos en Lesbos en una tarde que en toda mi carrera profesional”, describe el socorrista de 54 años Óscar Camps el panorama que se encontró al llegar a las costas del Egeo. Estos días se encuentra en Barcelona: regresó el 28 de diciembre para celebrar el fin de año con su familia después de haber pasado la Navidad en la isla de Lesbos (Grecia), junto a su equipo de voluntarios. De todos modos, asegura que no está para muchas fiestas: la dura realidad con la que ha convivido durante los últimos meses le ha marcado de por vida. En casi cuatro meses, él y los demás voluntarios han sacado a 400 personas de dentro del agua, han rescatado a unas 6.000 que navegaban a la deriva y han registrado el desembarco de 130.000.

Varios socorristas de Proactiva Open Arms realizan su labor diaria de ayuda a refugiados. FOTO CEDIDA

La carga física y psicológica que arrastran consigo los refugiados es muy dura, por lo que intentan no hablar mucho con ellos. “Los dramas humanos son muy grandes, también a nosotros nos afecta psicológicamente ver tanto sufrimiento”, confiesa. Por esta razón, los setenta voluntarios que van se reparten en grupos de doce personas. Cada grupo presta ayuda durante quince días y regresa a España durante al menos un mes para recuperar el ritmo noral de vida y poder volver a la labor con energías renovadas. Camps, sin embargo, habrá regresado a Lesbos el próximo 9 de enero.

Su trayectoria como profesional de salvamento le empujó a no quedarse de brazos cruzados viendo cómo morían muchos niños que trataban llegar a las costas europeas. Uno de ellos fue Aylan. La imagen de su cadáver tendido en la arena dio la vuelta al mundo. Óscar Camps había trabajado como coordinador de emergencias en Cruz Roja y hace 17 años fundó su propia empresa de salvamento. Con esa experiencia, su ayuda podía ser importante, incluso decisiva. Envió cartas a distintas organizaciones que trabajaban con los refugiados, pero no recibió respuesta. Fue entonces cuando decidió ir personalmente para ver la situación.

Él y otro compañero aterrizaron en el norte, alquilaron un pequeño coche y cruzaron la isla. Los setenta kilómetros de recorrido fueron muy duros. Vieron cómo familias enteras cubrían a pie y sin agua esos setenta kilómetros para llegar a un campo de refugiados: “Verles caminar en esas circunstancias era tremendamente duro, no habíamos llegado al mar y ya estábamos escandalizados con la situación en la isla”. A las dos horas de llegar a la costa vieron cómo se hundía una embarcación y cómo los pasajeros caían al agua y gritaban porque no sabían nadar. Los dos socorristas reaccionaron de inmediato: “Nos tiramos al agua vestidos tal y como estábamos, con el móvil y las llaves del coche en el bolsillo, para ayudar”. En aquella primera ocasión sacaron del agua a tres personas en situación crítica, y las tres pudieron salvarse. Camps supo que su labor no iba a ser una tarea sencilla y que la magnitud de la llegada de refugiados era mayor de lo que intuía, por lo que iba a necesitar ayuda de varios compañeros de profesión. Se lo propuso y fueron llegaron en los días posteriores.

Pero a las dos semanas se agotaron los ahorros de Óscar Camps. Los voluntarios comunicaron a las organizaciones que trabajaban en Lesbos que debían regresar a España. Les pidieron que se quedasen, ya que el equipo de Camps era el único uniformado y con capacidad para actuar dentro del agua. Por eso les sugirieron que constituyeran una ONG y que pusieran en marcha una campaña de crowdfunding a través de una página web. Así nació Proactiva Open Arms, que se sostiene gracias a la colaboración de muchos ciudadanos y que les ha permitido mantener la labor humanitaria en la isla. “Con la ayuda de la población civil hemos podido traer más voluntarios, embarcaciones y coches. Además hemos adquirido nuevas embarcaciones para hacer más efectivo el trabajo diario”, señala Óscar Camps.

La dureza de un naufragio
El 28 de octubre de 2015 fue un momento de gran impotencia para Camps: naufragó una embarcación que llevaba 300 personas a bordo. Él y otro compañero trabajaron desde el agua, intentando salvar el mayor número de vidas, mientras otros dos voluntarios hacían reanimaciones en la costa. Camps describe las cuatro horas que pasó en el agua como el drama más grande que ha visto: “La sensación es indescriptible. Navegábamos entre cadáveres”.

La gente gritaba y lo más duro para él, además de la impotencia de no poderlos salvar a todos, era ver morir a muchos de ellos delante de sus ojos. “Son imágenes que te quedan para toda la vida”. A pesar de esto, la labor de Óscar Camps logró devolver la esperanza a muchas familias que corrían riesgos enormes en las frágiles embarcaciones que trataban de cruzar el mar Egeo. “Ahora se desplazan a más islas. Cada vez llegan más embarcaciones por la noche y hay que hacer varios turnos”. En cada rescate la sensación que experimenta Óscar Camps es angustiosa: “Estamos acostumbrados a ver ahogados en las playas después de tantos años en este oficio, pero ver un muerto no afecta tanto como ver un drama personal. No puedes olvidar la situación de gente que ha perdido a sus hijos y a familias deshechas. Es muy duro”.

Un voluntario de Proactiva Open Arms espera la llegada de los refugiados en la Costa de Lesbos. FOTO CEDIDA

Su equipo se centra en sacar a los refugiados con vida; una vez en tierra, los dejan en manos de otras organizaciones que les proporcionan ropa seca y les ayudan a agrupar a las familias. Apenas pueden detenerse, pues la llegada de embarcaciones es continua: están alerta en todo momento. Los propios refugiados les conocen a través de las redes sociales, les llegan mensajes de emergencia cuando tienen problemas desde cualquier lugar en el Egeo.

Los refugiados como negocio de las mafias
Óscar Camps explica que en verano el flujo de llegadas era constante: entre 50 y 70 embarcaciones cada día a la costa norte. En otoño bajó la frecuencia y en invierno, después de los preacuerdos entre la Unión Europea y el Gobierno turco, el tránsito es nocturno y se ha esparcido por el norte y por el sur. “Ahora llegan refugiados por todas partes de manera incontrolada”, lo resume.

En la actualidad, unas treinta embarcaciones llegan diariamente a Lesbos. “Si hay mala mar, llegan menos, pero no dejan de llegar. Las mafias hacen descuentos importantes”. Óscar Camps reconoce que las mafias turcas se están lucrando de la necesidad de estas personas que salen de sus casas con la esperanza de alcanzar la orilla. Recuerda cómo un día vieron con los prismáticos, desde una zona alta a alguien, una persona que había naufragado. “Fuimos a buscarle y vimos que se estaba ahogando, pero también nos percatamos de que tenía una bolsa con joyas y de que posiblemente estuviera armado. Nuestra labor consiste en salvar vidas, y eso hicimos. Pero al llegar a la orilla, los guardacostas le esperaban para detenerle”.

“En ocasiones aparecen traficantes que con embarcaciones rápidas dejan a la gente y se van corriendo —añade—. Es todo un negocio para las mafias turcas”.

A las costas de Europa llegan todo tipo de migrantes procedentes en su mayoría de Siria, Irak, Afganistán o Somalia. “La percepción que se tiene de los refugiados como personas sin recursos no es la real, la mayor parte de ellos son familias que huyen de la guerra, pero que son como nosotros”.

Algunos de ellos, según indica Camps, una vez que consiguen el estatus de refugiados, se quedan en hoteles mientras esperan el ferry que les saque de Lesbos. “No todos los refugiados son desamparados, muchos vienen con recursos económicos y con formación”. En una ocasión atendió a tres jóvenes sirios que eran médicos recién graduados, habían rechazado unirse al Estado islámico por lo que su vida y la de sus familias corrían peligro, y no tuvieron otra alternativa que huir.

Para Camps es duro ver que las cifras oficiales que se manejan sobre el número de refugiados no son cifras reales. “Muere más gente de la que se piensa”, asegura.

Óscar Camps tras rescatar a una familia de refugiados. SANTI PALACIOS

Donativos que salvan vidas
“Es impresionante saber que con nuestras manos hemos recibido a un número de personas equivalente a todo el público que cabe en el Santiago Bernabéu en tres meses”, señala este profesional del socorrismo, que reconoce que su vida siempre ha estado vinculada al mar. Recuerda cómo su abuelo le llevaba todos los días a la playa. Siempre le ha gustado su profesión, y desde que fundó su empresa de socorrismo hace 17 años ha podido ejercer tareas de prevención y rescate de turistas. Pero el cambio que ha experimentado en los últimos meses es brutal: “En España podemos tener entre diez y quince ahogados al año, en Lesbos setenta muertos en tres horas”.

Gracias al apoyo de la sociedad han podido permanecer en la isla y adquirir lanchas que permitan salvar un mayor número de vidas. Reciben pequeños donativos procedentes de países como Estados Unidos, Arabia Saudí, Canadá o Marruecos a través de su su web. “Hemos conseguido que Médicos Sin Fronteras vinieran con embarcaciones, que Greenpeace ayudara y que acudiera la Cruz Roja de Atenas. Cuando llegamos no había nadie, ahora hay más socorristas y hay más seguridad por lo que estamos muy orgullosos”.

Un grupo de refugiados dentro de una embarcación rescatada por voluntarios. FOTO CEDIDA

Las muestras de cariño y solidaridad con él y su equipo en la isla son lo más gratificante para Óscar Camps: “Yo jamás pensé que esto pudiera ocurrir, sentirme tan orgulloso de esta profesión. Nuestra tarea es poco reconocida España en el mundo, pero con esfuerzo y sacrificio hemos visto que merece la pena”. Desde que iniciaron la misión de rescate, les han llegado currículos de compañeros de profesión que quieren colaborar con ellos. En el desarrollo de esta labor de ayuda, conciliar la vida familiar no es fácil. Para Camps es todo un apoyo que la mayor de sus cuatro hijos, de 24 años, le acompañe. Ha acudido un par de veces a Lesbos junto a él.

Camps, a pesar de todo, se considera un ciudadano corriente. Un ciudadano que se indignó con el drama de los refugiados, como todos, pero que decidió actuar en lugar de quejarse. “El ver que con tan pocos recursos se ha hecho tanto es impresionante. Si la gente supiera lo que la población es capaz de hacer no nos quejaríamos tanto y haríamos más”. Camps considera que para ello es necesario involucrarse en aquello que se quiere cambiar y fomentar la solidaridad.

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