El hombre que evitó la masacre

HISTORIA 43
Por María Jiménez

El empresario británico Christopher Norman impidió, junto a tres ciudadanos estadounidenses, que un terrorista armado atentara en un tren que viajaba a París. Él se resta importancia e insiste en que no es un héroe.

El 22 de agosto de 2015 era sábado. Christopher Norman, un empresario británico de 62 años afincado en el departamento francés de Aix-en-Provence, cerca de Marsella, regresaba a casa tras un viaje de negocios. Se subió a un tren en Ámsterdam con dirección París, donde pretendía coger un vuelo que lo llevara al sur del país. Hacia las cinco de la tarde Norman permanecía sentado, trabajando ordenador en mano, cuando un sonido inconfundible lo removió de su asiento. Aquello sólo podía ser un disparo.

Lo mismo pensaron otros tres viajeros del tren. Alek Skarlatos y Spencer Stone, militares estadounidenses, se encontraban de vacaciones en Europa junto a un amigo, Anthony Sadler, un estudiante de 23 años. Skarlatos pertenecía a la Guardia Nacional de Oregón y acababa de regresar de una misión en Afganistán. El estallido no le hizo perder la calma. Cuando escuchó el eco de los cristales rotos, dijo: “¡A por él, Spencer!”.

Su inesperado objetivo era Ayoub El Khazzani. Tenía 26 años y había nacido en la ciudad marroquí de Tetuán. Los servicios de inteligencia franceses lo habían incluido en sus archivos con una ficha “S”, asignada a personas con potenciales vinculaciones a grupos terroristas. El Khazzanni había residido durante siete años en España, entre Madrid y Algeciras. Acumulaba en su historial delictivo antecedentes por tráfico de drogas, pero sus visitas a una mezquita considerada integrista pusieron en alerta a los expertos antiterroristas españoles. Fueron ellos los que en 2014 informaron a sus colegas franceses de que El Khazzanni había cruzado la frontera para asentarse en el país galo. Poco después los investigadores averiguaron que el joven había viajado a Siria, desde donde regresó a Francia. Lo siguiente que supieron de él fue que se subió al tren Ámsterdam-París el 22 de agosto cargado con un fusil kalashnikov y munición suficiente para masacrar a los 500 pasajeros.

Christopher Norman tiene grabado en su memoria con todo detalle lo que ocurrió aquella tarde. “Lo recuerdo muy bien”, aseguraba sentado en un salón del Palacio de Miramar, en San Sebastián, donde el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) le entregó el pasado noviembre su Premio Internacional por plantarle cara al terror. “Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo”, se empeñaba en repetir Norman, pese a que es perfectamente consciente de que aquella tarde de verano, mientras la mayoría de los pasajeros corrían despavoridos para salvar su vida, él caminó en dirección contraria y contribuyó a salvar la de todos.

Christopher Norman recibió en San Sebastián el Premio Internacional de COVITE por su actuación para impedir un atentado en el tren Ámsterdam-París. COVITE

Un atentado frustrado
“Tras escuchar el disparo, vi a un hombre de pie, andando por el pasillo del vagón. Era el terrorista. Iba sin camisa, tenía barba y los ojos muertos, no había nada detrás de su mirada. Me levanté y pensé: ¿qué hago?”, rememora Norman. Su lógica apenas necesitó unas milésimas de segundo para valorar la situación. “No podía escapar. Mi única oportunidad de sobrevivir era atacar al terrorista. Me dije que no iba a ser la persona que permaneciera sentada”. Cuando ya había tomado una decisión, comprobó que no estaría solo en la hazaña. Los soldados americanos Alek Skarlatos y Spencer Stone se abalanzaron sobre El Khazzanni y comenzaron a golpearlo para quitarle el arma y reducirlo. Stone lo agarró por el cuello y Skarlatos saltó sobre él para alejarlo del fusil. Norman se unió a los militares y asió al terrorista por el brazo. La fuerza de los tres hombres no impidió que El Khazzanni forcejeara durante treinta o cuarenta segundos. Para Norman, su resistencia sólo tiene una explicación: estaba lleno de odio.

“¿Alguien tiene una cuerda o una corbata?”, recuerda Norman que gritó Skarlatos. Primero consiguieron una corbata, pero el terrorista logró romperla. “No funciona, será de mala calidad”, bromeó el británico. Luego, un pasajero les dio su corbata de seda rosa. Norman le ató las piernas a las manos. Al fin respiraron tranquilos: el terrorista estaba inconsciente. Sin embargo, aún les quedaba otro enredo que resolver.

“Cuando ya teníamos al terrorista en el suelo inmovilizado, nos dimos cuenta de que unos asientos más atrás había un hombre que estaba sangrando mucho”. La bala que El Khazzanni había disparado y que había puesto a todos en alerta había ido a parar al hombro de un pasajero. “La sangre salía a chorros”, relata Norman. Spencer Stone, que tenía heridas en el cuello y en las manos debido al forcejeo, dijo: “Dejadme, tengo preparación médica”. Caminó hasta el hombre y, sin dudarlo, le introdujo un dedo dentro de la herida para frenar la hemorragia. Muy pronto la sangre dejó de salir. Tuvieron que pasar 35 minutos para que el tren parase en la estación de Arras y aquel mal sueño llegase a su fin.

En Arras la policía detuvo a Ayoub El Khazzani, que llevaba un arsenal compuesto, además de por el kalashnikov, por una pistola, nueve cargadores y más de 300 balas. Los medios publicaron que el detenido, en los interrogatorios, defendió que él no era un terrorista, que su intención era robar y que había encontrado las armas “de forma fortuita en un parque de Bruselas”. Pese a que cambió su versión de los hechos en varias ocasiones, la justicia francesa le imputa cargos de intento de asesinato, conspiración criminal y posesión de armas en relación con un grupo terrorista. Su periplo vital continúa ahora entre las rejas de una prisión en Francia.

Norman junto a su esposa, Martine Leonardy, y la presidenta de COVITE, Consuelo Ordóñez. COVITE

La vida después
Christopher Norman recuerda que aquella noche no pudo dormir. “Había estado muy cerca de morir –se justifica–. Pero no tenía remordimientos, había hecho lo que tenía que hacer”. Los reconocimientos públicos no tardaron en llegar. El presidente de Francia, François Hollande, condecoró a Norman y a los tres ciudadanos estadounidenses con la Legión de Honor, el máximo reconocimiento que el Estado concede a personas que destacan por algún mérito extraordinario. La condecoración, que desde su fundación por orden de Napoleón cobraba forma de una ostentosa medalla, es ahora un discreto hilo rojo que Christopher Norman luce en la solapa de su chaqueta. Como si aquello fuese una simple anécdota en la azarosa vida del empresario.

Norman luce en la solapa un discreto hilo rojo, símbolo de la Legión de Honor con la que lo distinguió el presidente francés, François Hollande. COVITE

“Antes, cuando llamábamos a los periodistas para hablarles de nuestros negocios, nos decían que no tenían tiempo. Ahora son ellos quienes nos llaman y estamos tentados a decirles: ‘¡Ahora somos nosotros los que no tenemos tiempo!”, bromea Martine Leonardy, la esposa de Norman. El matrimonio se conoció en Bélgica, donde el británico recayó después de haber pisado buena parte del mapamundi. Norman nació en Uganda, vivió en varios países de África y, más tarde, siguió la tradición familiar de viajar a Reino Unido con la intención de encontrar a una mujer que se convirtiera en su esposa, como habían hecho antes otros miembros de su familia. El plan no salió como estaba previsto y Norman recaló en Bélgica, donde conoció a Martine.

La pareja se casó y vivió una temporada en Estados Unidos mientras Norman trabajaba en una importante consultora. Después se trasladaron a París, donde residieron más de veinte años. Ahora, su vida está muy lejos del bullicio de la capital francesa. El matrimonio reside en una casa de campo en Aix-en-Provence donde Martine cuida sus caballos de paseo y Norman saca adelante una empresa que ayuda a emprendedores africanos a buscar financiación para sus proyectos. La hazaña del tren Ámsterdam-París ha sumado algunas ocupaciones inesperadas a su pacífica agenda: ahora Norman cuenta su experiencia en entrevistas y charlas de todo tipo para lanzar un mensaje claro a la sociedad: “La policía no puede luchar sola contra el terrorismo. Como ciudadanos, tenemos que asimilar que se trata de nuestra seguridad. Tenemos que apoyar a las fuerzas de seguridad e implicarnos en plantar cara al terrorismo”.

Desde aquel 22 de agosto, una de las palabras que más le atribuyen es “héroe”. El británico no duda en restarse importancia. “Actué como habría hecho cualquier persona. Y si me volviera a ocurrir, no sé si actuaría de la misma forma. Lo único de lo que estoy seguro es de que no me arrepiento”.

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