Downzas de integración

HISTORIA 40
Por Roncesvalles Labiano

Hace veinte años compartían pupitre y ahora comparten escenario. La amistad entre Alberto Domingo y Maider Romero fue la chispa que encendió Downzas 21, un grupo en el que diez chicos con Síndrome de Down y cuatro monitores del conjunto de danzas Ardantzeta de Noáin bailan, juegan y ríen desde hace tres años.

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El baile se convierte en instrumento de integración en Downzas 21. JOSU DE PABLO

“¿Estaremos preparados para esto? ¿Seremos capaces de hacerlo bien?”. La incertidumbre y el nerviosismo acompañaban a Alberto Domingo Armendáriz de camino al centro sociocultural Civican de Pamplona aquel día de diciembre de 2012. Allí se encontraría con unos quince jóvenes ansiosos por dar sus primeros pasos en el mundo de las danzas, en el que Domingo, que entonces tenía 24 años, llevaba inmerso desde los 7. Los casi veinte años de experiencia como dantzari y monitor en el grupo Ardantzeta de Noáin no evitaban que este joven noaindarra estuviera especialmente nervioso aquel día. Tenía ante sí un reto ilusionante: transmitir su pasión por el baile a chicos y chicas con Síndrome de Down y enseñarles algunas danzas de iniciación. Para ello contaba con la ayuda de otras cinco jóvenes monitoras del mismo grupo: Maitane García, Nekane Olleta, Irati Hernández, Paula Labiano y Naír Vilariño.

A pesar de que ya han pasado tres años, Domingo, que hoy trabaja como profesor de música de batería y lenguaje musical, recuerda bien las sensaciones que le invadieron aquella tarde: “Estaba nervioso, pero todas las inseguridades se disiparon en el primer segundo, incluso antes de empezar a bailar. Llegas y te das cuenta de que es lo más fácil del mundo, te dan todas las facilidades y así todos los prejuicios e inseguridades desaparecen. Ellos son tan naturales, tan espontáneos, tan cariñosos. Fue genial”. “Con su forma de ser lo hacen todo fácil”, confirma su compañera Maitane García, de 24 años. De cara a aquella primera clase, para la que contaron con la ayuda de la Asociación Síndrome de Down de Navarra, los seis monitores prepararon multitud de bailes y juegos fáciles de aprender y divertidos. “Pensamos varios planes alternativos por si algo no funcionaba y los chavales se aburrían o se cansaban”, recuerda Domingo. Pero nada más lejos de la realidad, el taller fue un éxito y la hora de clase pasó como un suspiro para todos los participantes.

Aquel fue el nacimiento de un proyecto que se venía gestando desde al menos cinco años atrás en la cabeza de Alberto Domingo. La idea surgió de su amistad con Maider Romero Montávez, una joven noaindarra con Síndrome de Down con la que había compartido aula en el colegio del pueblo desde los 4 años. “Éramos uña y carne, yo veía a Maider bailando y cantando todo el tiempo, y yo, que estaba en Ardantzeta, un día propuse a mis compañeros: ¿Por qué no hacemos algo con estos chicos?”. Las ganas de Domingo se contagiaron al resto de dantzaris y, cinco años después, por fin se pusieron manos a la obra para convertir la idea en realidad. Acudieron a la Asociación Síndrome de Down de Navarra y les plantearon la idea de incluir las danzas regionales en la oferta de actividades para chicos con este trastorno genético. El encuentro resultó en la organización de ese primer taller al que siguió un segundo ese mismo invierno.

Downzas 21
A raíz del éxito de las dos sesiones, los monitores y la Asociación Down Navarra promovieron la creación de un nuevo grupo de danzas formado por varios de los jóvenes que habían participado en los talleres. El nuevo conjunto, que tomó el nombre de Downzas 21, se convirtió en uno más de los que integran el grupo de danzas de Noáin. Xabi Echeverz, Laura Santos, Elena Goñi, Iñaki Gil, Íñigo Villanueva, David Zurbano, Edurne Goicoechea, Maider Lázcoz, Íñigo Michitorena, Lucía Ayerra y Maider Romero son hoy parte de la familia Ardantzeta.

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Los miembros de Downzas 21 son parte de la familia de Ardantzeta desde hace tres años. JOSU DE PABLO

“Han formado un grupo muy majico”, señala Maitane García. Los diez han hecho una buena amistad a pesar de ser tan distintos entre sí, entre otras cosas a causa de la diferencia de edad: la bailarina más joven, Lucía, de 12 años, comparte escenario con compañeros de 40 como Maider Lázcoz. “Algunas veces surgen roces, como en todos los grupos, y hay que tener paciencia, pero lo solucionan rápido, se sienten un equipo y una familia. Es bonito ver cómo lo mayores cuidan a los más pequeños”, comenta Alberto, que añade de que para los monitores es una “gozada” trabajar con ellos: “Cualquier baile o juego que preparamos lo reciben con muchísimo entusiasmo, con diez sonrisas contagiosas”. Y no solo muestran ese entusiasmo en los ensayos, que tienen lugar cada viernes a las 19h. en la Casa de la Juventud de Pamplona, y en las actuaciones, sino que “se lo llevan a casa” y no es raro que busquen danzas en Internet y después pidan a los monitores que se las enseñen.

Como explican Alberto y Maitane, en Downzas 21 cualquier cosa es motivo de celebración. Es un mundo de felicidad en el que la mayor preocupación puede ser llegar tarde a algún sitio. “A los monitores no hacen bajar al suelo en cada ensayo, tenemos muchísimo que aprender de ellos, por eso estamos tan agradecidos”. Ese agradecimiento es correspondido por el de los padres y madres que dejan a sus hijos en manos de Ardantzeta y con los que los monitores mantienen relación a través de un grupo de Whatsapp. “Felicidades, enhorabuena y gracias” fue el mensaje que padres y monitores intercambiaron después de la última actuación que tuvo lugar hace unos días en el café-teatro Zentral de Pamplona, que tuvo una respuesta muy parecida a la que causó la primera actuación del grupo en Noáin en 2012: largos aplausos y lágrimas de emoción.

Entre todos los agradecimientos hay uno muy especial para Alberto: el de la madre de Maider Romero, la amiga y compañera de colegio con la que ha compartido horas y horas de baile y juegos y la semilla de la que germinó la idea de crear Downzas 21. “Cuando les dije a Maider y su madre que queríamos que bailara, las dos estaban encantadas y emocionadas”, recuerda Alberto. La joven no dudó un segundo en responder que sí, y desde entonces es una más en Ardantzeta, donde se integró por completo desde el principio. “A Maider le viene bien para integrarse en el pueblo, hacer cosas con gente de su edad. Le encanta bailar y que le vean hacerlo”, añade Domingo con una sonrisa en la cara. Además, como ella es la única de los miembros de Downzas 21 que vive en Noáin, tiene la suerte de poder ensayar y bailar con el grupo de danzas de adultos.

El rescate de Ardantzeta
La creación de Downzas 21 ha sido uno de los mayores logros de Alberto Domingo y sus compañeras, pero no ha sido el único. Ardantzeta nació en 1993 y en 1995 abrió sus puertas a los más pequeños. Decenas de niños comenzaron a bailar y el de Noáin se convirtió en el grupo de danzas más numeroso de toda Navarra. Hoy cuenta con 120 miembros “entre los 4 y los cien años”, apunta Domingo orgulloso, pero los buenos números no siempre se han mantenido: en 2007 tan solo bailaban 9 dantzaris.

“Entonces nos dimos cuenta de que teníamos que hacer algo para repotenciar el grupo y salvarlo, si no, desaparecería”, recuerda Alberto. Por eso, aquel verano decidieron llevar a cabo una campaña para dar a conocer las danzas y al propio grupo dentro y fuera de Noáin, organizaron cursos intensivos y gratuitos de danzas y llevaron a cabo actuaciones. “Lo que hicimos aquel verano funcionó muy bien y ese mismo año se apuntaron hasta cuarenta txikis nuevos. Entonces nos dimos cuenta de que había que aprender de los errores del pasado y que teníamos que seguir moviéndonos, innovar”.

Aquella decisión tomada por 9 jóvenes dantzaris hace ocho años ha sido la luz que ha guiado la actividad de Ardantzeta desde entonces. Han organizado varios campamentos con los bailarines más jóvenes, han grabado videoclips, han protagonizado el documental Oxígeno 21 producido por varios estudiantes de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Navarra y no han dejado de innovar en cuanto al contenido de sus actuaciones, incluso han llegado a bailar canciones de Gloria Estefan, algo poco habitual en un grupo de danzas regionales. “Siempre buscamos un efecto sorpresa, una locura que llame la atención del público y que nos divierta a todos, lo que llamamos una ardantzetada”, explica Maitane García, que añade mirando a su compañero: “Y esas pequeñas locuras casi siempre suelen venir de Alberto”.

Una de las máximas del grupo es la potenciación de la cantera de dantzaris. Normalmente, los miembros más pequeños de los conjuntos de danzas suelen tener 7 u 8 años, pero en Ardantzeta los niños pueden entrar ya a los 4 años. Esto hace que les dé tiempo a aprender más bailes y a mejorar mucho más. “Como empiezan tan pronto, llega un punto en que los chicos de 13 años saben bailar lo mismo que bailamos los adultos”, explica Domingo. Esa forma de trabajar la cantera ha llevado a que trece de las dieciséis personas que forman el grupo de adultos hayan sido canteranos.

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Alberto Domingo y Maider Romero, ahora compañeros de danzas, son uña y carne desde los cuatro años. AROA BUENO

La dinámica de las clases de danzas también es peculiar en Ardantzeta. Mientras en otros grupos hay un monitor que se encarga de enseñar los pasos de baile al resto, en Noáin todos son maestros y aprendices al mismo tiempo. “Somos autodidactas”, señala Alberto. Cuando algún dantzari encuentra una danza que le gusta, a veces viendo actuaciones de otros grupos o en Internet, la prepara y la enseña a sus compañeros. “Así damos nuestro propio toque al baile, lo hacemos nuestro y disfrutamos como un equipo”.

Con su forma de ser y hacer las cosas, Ardantzeta se ha convertido en una gran familia en la que mayores y pequeños, hombres y mujeres, vecinos de Noáin y de otras localidades y, desde hace tres años, también chicos y chicas con Síndrome de Down bailan al ritmo de la integración.

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