Malabaristas a los pies de los caballos

HISTORIA 38
Por Brais Cedeira

Jan Gabruka y Guillermo Santracreu son malabaristas. Actúan en la Plaza de España de Vigo, pasan el día bajo el sol y obtienen unas pocas monedas por muchas horas de trabajo. “Diez euros al día es más o menos lo que sacamos”, explican.

Entre las muchas especies de la fauna viguesa que tratan de sobrevivir en la calle hay una especialmente singular. Muchos jóvenes se apostan cada jornada en alguno de los ocho cruces que convergen en la plaza de España y hacen malabares para los conductores cuando el semáforo se pone en rojo. Es el caso del checo Jan Gabruka. Como otros, Jan se busca las castañas en su «puesto de trabajo» de la enorme glorieta, haciendo malabarismos a los pies de los caballos durante ocho horas al día, con pequeñas pelotas, esperando recibir algo, lo que sea pero que le alcance para comer, por parte de los conductores. Le suele acompañar Guillermo Santacreu, quien maneja los palos chinos.

jan y guille

Jan Gabruka y Guillermo Santacreu, el pasado verano, en plena actuación. Disponen de treinta segundos para llamar la atención de los conductores. ÓSCAR VÁZQUEZ

Con el semáforo en rojo, llega su turno. Jan y Guille saltan a la calzada con agilidad y una sonrisa. Son treinta segundos en los que se juegan el pan de cada día. Treinta, y otros treinta, y otros treinta… Así, durante horas. Los coches se detienen y pasan, se detienen y pasan. Están en una monótona rutina, cíclica, que empieza cada vez que el disco del semáforo se pone en rojo y concluye cuando cambia a verde. Casi todos los conductores prosiguen su camino, indiferentes a la pericia de Jan y de su amigo Guillermo Santacreu. Solo en unos pocos casos la ventanilla termina por abrirse y su trabajo es remunerado. Y luego se cierra. Y vuelven a la acera. Y saltan de nuevo a la calzada. Y vuelven a reclamar un donativo. Es el eterno retorno de lo mismo. Su vida es un bucle desde hace dos años: atrapados por el paro, entre las líneas de un paso de cebra.

El día a día
Se trata de una mañana cualquiera del verano vigués. Caen treinta grados sobre la céntrica plaza de España a las doce de la mañana. El sol castiga el asfalto y los pies . No perdona. Jan, con bermudas y chanclas ya agujereadas por el uso excesivo, lanza al aire sus pelotas. Guille juega con los palos. Tres filas de coches los observan. A falta de diez segundos para que el semáforo se ponga en verde, dan por finalizado el número, hacen una ostentosa reverencia y recorren las filas de vehículos ofreciendo sus sombreros a las ventanillas. El disco cambia de color y los motores aceleran. Los malabaristas vuelven a la acera, que es su esquina del ring, dispuestos a coger aire y recuperar fuerzas para el siguiente asalto. Jan y Guillermo son golpeados hora tras hora por el calor, la indiferencia de algunos conductores y la desconfianza de otros.

— ¿Esta vez hubo suerte?

—No mucha, pero cada día es diferente —analiza, serio, Guillermo Santacreu.

— ¿Es lo normal?

—Diez euros al día es más o menos lo que sacamos. Lo justo para comer, tabaco, comprarme a veces una camiseta nueva, comida para nuestros perros… Y ya.

Jan es de la República Checa, pero ya lleva tiempo trabajando con Guille Santacreu, valenciano, en su particular oficina viguesa. Esa suerte de habitáculo sin paredes se advierte solo amueblado por sus mochilas, apoyadas en una farola, alguna que otra bolsa de comida y dos o tres mudas de ropa, que apoyan en un banco de piedra cerca del cruce en el que operan.

Se conocieron dos veranos atrás, en Alicante. «Había perdido mi trabajo. Eran tiempos difíciles», recuerda Guillermo. Por aquel entonces, ya se ganaban la vida como ahora. «Un día Jan me vio con los palos chinos y me dijo que valía». Se hicieron amigos y tras diferentes peripecias juntos pusieron rumbo a Vigo. Les atraía la idea de cambiar de aires. Cruzar España, dejarlo todo atrás. Sin nada que perder. «En Valencia era más difícil vivir de esto, hay más policías», asegura Guille. Cada mañana, en torno a los caballos cincelados en bronce años atrás por el escultor Juan Oliveira, los cruces de la plaza de España se convierten en rincones temáticos: en una esquina, un tipo opera con sus palos chinos, en otra un malabarista lanza al aire varas con fuego en los extremos, más allá un joven juguetea con los bolos… Todos ellos se ganan la vida como pueden, echando mano de los juegos malabares como quien usa su último as en la manga. Unos paradójicos malabares, a los pies de los caballos.

Hace ya semanas que varios policías imputaron a uno de ellos y lo obligaron a abandonar la calzada. La polémica es habitual con los agentes locales. Tanto Jan y Guillermo como los otros malabaristas lamentan la actitud por parte de las autoridades hacia ellos. «Siempre sucede cuando pasan por aquí. No hacemos nada malo, en realidad. Pero, no sé por qué, me da la impresión de que no les gustan los malabaristas», ironiza Guillermo.

 Por qué viven como viven
A diferencia de lo que muchos creen, argumentan, no viven así por gusto. No existe en ellos esa especie de espíritu indómito y bohemio, la querencia por vivir con poco y libremente. No. Subsisten de esa manera por pura necesidad. No parece haber alternativa. Al menos para ellos. En ocasiones, algunos conductores les increpan por la ocupación que desempeñan día tras día. «Al final de la jornada, tenemos que comer, nosotros y nuestros perros. Si me voy de aquí, ¿cómo consigo dinero para comer?», se pregunta Jan. Pese a que les encanta Vigo como ciudad —«tiene el mar y la montaña a mano, las dos cosas que más me gustan; bueno, y las chicas, que son muy guapas», confiesa Guillermo entre risas—, no resulta agradable vivir en la calle. Sus únicos compañeros: sus dos perros, que les observan tumbados en la acera. Solo ellos, espectadores privilegiados, permanecen atentos, aunque no demasiado, a los movimientos de sus dueños.

Además, conseguir trabajo no es cosa fácil. «Yo soy buzo profesional, con título, pero te exigen el formato impreso para contratarte. Y cuando se enteran de que vives como nosotros, olvídate», explica Guille. Sin embargo, tratan de llevar con alegría su jornada laboral. No cunde en ellos el desánimo. Al terminar la jornada, es decir, caída la tarde, se acercan a Samil, la gran playa viguesa, donde se refrescan en el agua mientras cae el sol con las Islas Cíes al fondo de la ría. La vida, a veces, regala momentos de este tipo. Viven y duermen en la calle, a la vez casa y oficina. Jan y Guille se encuentran a sí mismos en la playa o en las aceras. En las empinadas cuestas de la ciudad de Vigo.

Así transcurre el día a día de los malabaristas de la rotonda de los caballos: un elemento más dentro de la selva urbana. En medio de una maraña de coches, semáforos y pasos de peatones. El disco del semáforo se vuelve a poner en rojo. Allá van de nuevo.

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