Historia de una foto

HISTORIA 37
Por Javier Marrodán

Algunas imágenes son un aldabonazo en las conciencias. Hoy se cumplen treinta años de la que tomó el fotógrafo José Luis Larrión en la Vuelta del Castillo de Pamplona. Es una de las escenas más tremendas de la historia reciente de Navarra.

 “Muchas fotografías permanecen inertes bajo mi mirada. Pero incluso entre aquellas que poseen alguna clase de existencia ante mis ojos, la mayoría tan solo provocan un interés general (…) . Me complacen o no, pero no me marcan (…). No hay ningún punctum. El punctum de una fotografia es ese azar que despunta en ella. Surge de la escena como una flecha que viene a clavarse. El punctum puede llenar toda la foto (….) aunque muy a menudo sólo es un detalle (…), es algo íntimo y a menudo innombrable”. (Roland Barthes).

Juan Atarés fue asesinado por ETA en la Vuelta del Castillo de Pamplona el 23 de diciembre de 1985. En la imagen, su viuda, María Luisa Ayuso, reza junto al cadáver unos minutos después del crimen. JOSÉ LUIS LARRIÓN

Cuando Juan Atarés se despidió de su mujer aquel mediodía de diciembre y salió enfundado en su abrigo a la Vuelta del Castillo, en Pamplona, una pequeña parte de la historia de España se puso en marcha con él. Tenía 67 años, llevaba seis en la reserva y pretendía acercarse caminando a la Comandancia de la Guardia Civil, en la avenida de Galicia, para felicitar las Pascuas a sus excompañeros. Su aspecto era el de un pacífico jubilado: ni los niños que ya habían estrenado las vacaciones ni los vecinos que apuraban las compras navideñas ni los conductores que le vieron cruzar la calle pudieron sospechar que aquel veterano general que solía pasear con frecuencia por la zona estaba avanzado hacia el cadalso. Tampoco él lo sabía, aunque llevase ya varios años conviviendo con las amenazas de ETA. “Si me matan, no quiero arrastrar a nadie conmigo”, solía repetir a sus familiares y amigos más cercanos.

Juan Atarés era un militar de los pies a la cabeza: vivió la Guerra Civil en primera persona, sirvió en varias guarniciones españolas, se enfrentó abiertamente al ministro Gutiérrez Mellado cuando aún se estaba negociando la Constitución y vio cómo varios de sus amigos y compañeros caían asesinados durante los llamados años de plomo. El 23 de marzo de 1981 asistió en Pamplona al funeral de José Luis Prieto, muerto a tiros cuando se dirigía con su mujer a misa a la parroquia de Nuestra Señora del Huerto. Al acabar la celebración religiosa, Atarés dio el pésame a la viuda y a los siete hijos de su amigo. Su nombre ya estaba entonces en la lista negra elaborada por los terroristas. El mismo comando que había liquidado a José Luis Prieto era el que vigilaba su paseo por la Vuelta del Castillo el 23 de diciembre de 1985.

El general Atarés había conocido personalmente a varios miembros de ETA. En la primavera de 1976 le tocó estar al frente del dispositivo que se organizó en Espinal (Navarra) para capturar a los 29 presos que se habían escapado de la prisión de Segovia y que pretendían alcanzar a pie la frontera con Francia. Los fugitivos se desorientaron en los hayedos envueltos por la niebla y algunos acabaron regresando al punto de partida hambrientos y ateridos. El responsable de la Guardia Civil se preocupó de que les dieran unos bocadillos antes de devolverlos a la cárcel. Hubo dos tiroteos en aquella operación: uno costó la vida al catalán Oriol Solé Sugranyes, militante del Movimiento Ibérico de Liberación, y otro dejó herido a Manuel Isasa Iturrioz, que pertenecía a ETA V Asamblea. Algunos de los agentes que se patearon los bosques del valle de Erro siguiendo las órdenes de su general resultarían heridos dos años después en un atentado perpetrado por ETA en la cuesta de la Estación, debajo del Portal Nuevo de la Taconera.

El 23 de diciembre de 1985 Juan Atarés no tuvo tiempo de recordar ninguno de esos episodios porque sólo había dado unos setenta pasos cuando se le acercaron por detrás un hombre y una mujer que le habían estado observando desde que salió del portal. Ella se llamaba Mercedes Galdós Arsuaga, tenía treinta años, era guipuzcoana, de Ezkioga, y ya había matado a 18 personas. Él era Juan María Lizarralde Urreta. Procedía de Andoáin y se había incorporado al comando Nafarroa unos meses antes. Sin mediar palabra, sacaron sus pistolas y dispararon a bocajarro al general. Por la espalda. Juan Atarés se desplomó sobre la hojarasca y uno de los terroristas lo remató en el suelo. Después se dirigieron con rapidez al Renault 5 blanco en el que les esperaba su compinche Juan José Legorburu y se alejaron sin contratiempos de la zona. En su escondite francés, Santiago Arróspide Sarasola, uno de los responsables del comando, recibiría la noticia con satisfacción. Él fue uno de los etarras que se habían beneficiado de la amabilidad del general Atarés durante la fuga de Segovia. Lo encarcelaron entonces, quedó libre gracias a la amnistía de 1977, adquirió responsabilidades crecientes en el seno de la banda y acabó organizando todo lo necesario para el crimen de la Vuelta del Castillo.

María Luisa Ayuso trajinaba en la cocina cuando se escucharon las primeras sirenas. La Nochebuena iba a llenar la casa de hijos y nietos, y su hija María Luisa le estaba echando una mano con los preparativos. Hasta que el timbre del portero automático interrumpió la tarea que tenían entre manos. “Baja, que le ha ocurrido algo a tu marido”, le dijo una vecina. Las dos mujeres bajaron corriendo a la calle y sólo tuvieron que completar los setenta pasos que el general había dado unos minutos antes para llegar junto a su cadáver.

María Luisa Ayuso aún no había cumplido 18 años cuando se casó con Juan Atarés. Vivió con él en 38 casas distintas y fue feliz en todas ellas, según le confesó en una ocasión a su nieto Luis. Los ocho hijos del matrimonio le obligaron “a hacer más números que las tablas de multiplicar”, pero superó los traslados, las adversidades y las amenazas con entereza y optimismo. Su reacción también fue ejemplar cuando se encontró frente al cuerpo sin vida de su marido. “Quiero perdonar a todos”, le oyeron musitar mientras se arrodillaba para darle el último abrazo.

Arroparon en ese momento a María Luisa Ayuso unas pocas personas que pasaban por la Vuelta del Castillo y que se detuvieron sobrecogidas. Llegó también un fotógrafo de prensa que inmortalizó la escena sin saber muy bien ni quién era el muerto ni quiénes los que estaban reunidos en torno al cadáver. La imagen que obtuvo muestra a la viuda del general todavía arrodillada, con las manos en los bolsillos de su abrigo y una compostura que sigue resultando conmovedora a la vuelta de los años. “Recibí la noticia con una serenidad que tengo que pensar que me la prestó Dios –le contaría años después a su nieto Luis–. Si no, me parece inconcebible”.

Algunos acontecimientos decisivos de la Historia han quedado congelados para siempre en una imagen. Es famosa la que tomó Nick Ut en Vietnam: varios aviones sudvietnamitas habían bombardeado con napalm la aldea de Trang Bang y unos niños corrían desnudos hacia la posición que ocupaban los soldados americanos, gritando y agitando los brazos. John Steinbeck afirmó que Robert Capa –uno más en las playas sembradas de cadáveres de Normandía– tenía el don de “mostrar el horror de todo un pueblo en la cara de un niño”. Y Françoise Demulder, ganadora del World Press Photo en 1976 con sus imágenes de Beirut, fue capaz de encerrar en un solo negativo “el vademécum de una humanidad doliente y pervertida”, según escribió de ella el periodista Eduardo Chamorro. En la fotografía tomada en Pamplona el 23 de diciembre de 1985 también están retratados la crudeza, el dolor y las omisiones de toda una época. Y además, con nombres y apellidos.

El sacerdote que dibuja con su mano derecha la señal de la cruz sobre el cadáver es Tirso Elizalde. Vivía en la avenida Sancho el Fuerte, a muy pocos metros, y prácticamente se topó con el cuerpo de Juan Atarés tendido sobre la Vuelta del Castillo. Desdobló una pequeña estola que llevaba encima, se la colocó en torno al cuello e impartió la absolución. Había sido capellán castrense y luego párroco en varios pueblos de los alrededores de Pamplona. Su presencia confortó enormemente a la viuda. “Siempre he pensado que es uno de los regalos que Dios me hizo”, explicaría años después.

Detrás de María Luisa Ayuso, también de rodillas, con el pelo rizado, se ve a Carlota Usero. Su mano derecha aparece movida, quizá porque se está santiguando a la vez que el sacerdote recita la fórmula de la absolución. Junto a ella, con sombrero y las manos en los bolsillos, se encuentra su marido, Andrés Caso. Las gruesas gafas de pasta no pueden ocultar la pesadumbre de su mirada, en la que se unen la pena, el dolor, la impotencia y, seguramente, los recuerdos: Carlota Usero y Andrés Caso conocían al general Atarés y su esposa porque eran vecinos y porque uno de sus hijos, Jesús Caso Usero, había sido compañero de colegio de Ángel Atarés Ayuso. La amistad que se fraguó entre ambos escolares durante muchas tardes compartidas en la Comandancia de la Guardia Civil acabó implicando a sus padres y los unió en la escena de la Vuelta del Castillo. Cuando se produjo el crimen, Jesús Caso se encontraba haciendo el servicio militar en Cartagena. “¿Te has enterado del atentado de Pamplona?”, le sobresaltó uno de sus compañeros. Jesús estaba empleado como asistente del coronel del regimiento y entre sus cometidos figuraba el de llevarle la prensa al despacho. Antes de entregarle El País echó un vistazo rápido a la primera página y allí descubrió a sus padres velando el cadáver aún caliente de Juan Atarés sobre la hojarasca de la Vuelta del Castillo.

Detrás del matrimonio Caso-Usero, de pie, con una mano sobre el pecho, se ve a una joven que probablemente pasaba por el lugar del crimen. Se llama María José Alcocer y es periodista. Su mirada parece perdida en el infinito, pero seguramente se está mirando a sí misma: su padre, Jesús Alcocer Jiménez, había sido asesinado por ETA en Pamplona un año y medio antes, el 13 de abril de 1984. Era comerciante, exmilitar, había tenido algunas responsabilidades en Fuerza Nueva y fue víctima de una cacería humana que se prolongó durante años. Un comando de ETA lo intentó matar por primera vez el 1 de febrero de 1980: los terroristas asaltaron a un conductor en Villava, lo metieron en el maletero de su vehículo y se fueron con el coche hasta el Segundo Ensanche pamplonés. Cuando esperaban con las armas en la mano la aparición de su víctima, vieron pasar dos jeeps de la Policía Nacional, se asustaron y abandonaron el plan. Después de aquello colocaron una bomba en uno de los tres pequeños supermercados que había puesto en marcha en la capital navarra. Y finalmente lo abatieron a tiros en el muelle de Mercairuña, adonde acudía diariamente para comprar género. Su cadáver, apenas cubierto por una manta de cuadros, permaneció durante horas tendido en la plataforma de carga y descarga mientras los empleados trasegaban a pocos metros con cajas de plátanos o barquillas de hortalizas. Pocos días después, su hija María José se hizo cargo del negocio familiar. Durante meses, uno de las personas que había trabajado con su padre se estuvo asomando al establecimiento para consolarla y echarle una mano. Ella agradecía el gesto y la compañía, y llegó a llorar sobre el hombro de aquel joven. Hasta que la policía lo detuvo un tiempo después y descubrió que había sido él quien proporcionó la información necesaria para el atentado. La mirada de María José Alcocer cuando el 23 de diciembre de 1985 se encontró en la Vuelta del Castillo con el cuerpo sin vida del general Atarés se dirige en realidad al infinito de su propia biografía.

La familia Alcocer era a su vez muy amiga de la familia Caso. Un día, estando Carlota Usero embarazada de su hijo mayor, se sintió indispuesta mientras caminaba por la avenida Carlos III. Entró al comercio más cercano –Autoservicio Avenida, propiedad de Jesús Alcocer– y allí pudo sentarse y descansar. El propietario la atendió con cariño, charlaron durante un rato y descubrieron que tanto Andrés –el marido de Carlota– como Jesús habían sido alféreces provisionales en la Guerra Civil. Comentaron con interés la coincidencia y aquel mareo repentino acabó siendo el prólogo de una amistad estrecha y duradera entre las dos familias. Los Caso-Usero sabían que tanto Jesús Alcocer como Juan Atarés vivían con una diana cosida a la espalda. El 23 de diciembre de 1985, Andrés y Carlota volvían paseando a casa desde la plaza de los Fueros cuando empezaron a oír sirenas y a ver coches de policía. “Que no sea Juan, que no sea Juan”, recuerda Carlota que pensó en ese momento. Pero sus temores se confirmaron cuando llegaron al escenario del crimen. La fotografía que preside estas líneas terminó de anudar de forma dramática de los lazos que unían a las tres familias.

En la imagen también aparece, en un segundo plano, una socorrista de Cruz Roja. Se adivina su condición por la banda reflectante de sus pantalones, por los galones que adornan sus hombros y porque en aquellos ominosos años ochenta los voluntarios de la ONG siempre se presentaban con diligencia cuando ETA asesinaba a una persona. Seguramente, la manta que cubre el cuerpo de Juan Atarés la había extendido ella. Después, según se desprende de la foto, se retiró un poco y respetó con delicadeza el dolor y las oraciones de los más cercanos.

Hay más gente en la escena del 23 de diciembre de 1985: al fondo a la izquierda, al otro lado de la calle, un grupo de personas observa a distancia lo ocurrido. Se distinguen varios jóvenes, un señor mayor que se protege con una boina y hasta un niño con un gorro blanco que se intuye agarrado a la mano de alguien. Un muchacho ha cruzado distraídamente una pierna, otro ladea el cuerpo para captar mejor algún detalle y un tercero se ha subido al pequeño muro de piedra que protege la entrada de un garaje. Son veinte personas, acaso veintiuna, pero componen una metáfora de los silencios y las omisiones que perpetró tantas veces la sociedad de aquella época. Los pocos metros que les separan de las nueve personas apiñadas junto al cadáver son sobre todo una distancia moral: frente a quienes cruzaron la calle en los comprometidos años ochenta, hubo una mayoría que se limitó a observar los acontecimientos desde la acera de enfrente, quizá para no complicarse la vida, o porque tenía miedo o vergüenza o simplemente prisa. “¿Qué hubiésemos podido hacer nosotros?”, le pregunta al juez Dan Heywood (Spencer Tracy) el discreto matrimonio que lo aloja durante los juicios de Nuremberg, en la película Vencedores o vencidos. Es la llamada inevitable de la conciencia. El 23 de diciembre de 1985, en Pamplona, hubo nueve personas que respondieron a la pregunta de Nuremberg cruzando la carretera que rodea la Vuelta del Castillo. Los demás se quedaron a distancia, observando.

El componente humano de la escena se completa con un tercer grupo: el que forman las cinco personas que se alejan por la parte derecha de la fotografía. Ellas ni siquiera se detuvieron, o también pudo ser que no se dieran cuenta de lo sucedido: las dos opciones estuvieron muy bien representadas en la Pamplona de hace treinta años.

Hay por último un personaje que no aparece en la fotografía pero que tiene una responsabilidad indiscutible en la escena: el autor. Al periodista José Luis Larrión ya le había tocado cubrir varios atentados antes de aquel 23 de diciembre de 1985. El primero fue el que costó la vida a Joaquín Imaz, comandante de la Policía Armada, asesinado el 26 de noviembre de 1977 en las inmediaciones de la plaza de toros de Pamplona. José Luis Larrión colaboraba entonces en Deia, que tenía su sede en la calle Estafeta. No recuerda cómo recibió el aviso, pero llegó pronto a la escena del crimen, cuando el cadáver del comandante aún yacía sobre un charco de sangre al pie del vehículo que había tratado inútilmente de abrir. Estaba por allí Juan Indave, director de El Pensamiento Navarro, y él convenció a los agentes que protegían la escena para que dejaran acercarse al joven reportero a cambio de que éste le pasara después una copia de las fotografías. José Luis Larrión conserva vivamente grabada la imagen de los agujeros que habían hecho las balas en el abrigo de cuadros de la víctima. Joaquín Imaz era la primera persona que ETA asesinaba en Navarra y, dos días después de su muerte, la Comisión Permanente del Ayuntamiento de Pamplona difundió un comunicado en el se podía leer lo siguiente: “Este Ayuntamiento no quiere caer en una nota rutinaria de condena y repulsa, que desde luego hace; su deseo es que esta sangre vertida en nuestra ciudad, precisamente en los momentos en que nace la democracia, sea el último acto de violencia que nos toque padecer”. Pero el deseo entrecomillado fue más bien el comienzo de una violenta espiral que en las cuatro décadas posteriores dejaría otros cuarenta cadáveres, además de cientos de heridos, secuestrados y extorsionados. José Luis Larrión vivió de forma trepidante aquellos compases iniciales de la Transición: la cadencia de los atentados era tan salvaje que los periodistas vivían en una tensión permanente, atentos a cualquier llamada. Entre los peores sucesos que le tocó fotografiar recuerda el atentado de la Bajada de Javier, el 30 de mayo de 1985, cuando la bomba colocada en un portal causó la muerte de un policía y de un chico de catorce años. Cuando él llegó, los dos cuerpos aún permanecían carbonizados sobre el pavimento en medio de una penumbra de cascotes, lamentos y cristales rotos. Las fotos tremendas que se hacían en aquella época se publicaban con naturalidad en los periódicos y los lectores las recibían con una resignación que hoy se antoja imposible.

Arnold Newman es una de las leyendas de la fotografía. Trabajó como freelance para revistas como Life, Fortune, Newsweek o Esquire, y se hizo célebre por sus retratos. En 1960 se citó en Amsterdam con el padre de Anna Frank y los dos visitaron juntos la casa donde la familia se escondió de los nazis hasta que fue delatada y enviada a un campo de concentración. Otto Frank fue el único que se salvó. Cuando él y Arnold Newman llegaron al ático en el que Anna pasó la mayor parte la guerra, empezaron a sonar las campanas de una iglesia próxima. “Estas son las campanas sobre las que escribía Anna en su diario”, dijo Otto. Y se echó a llorar, semiapoyado sobre una columna de madera adornada con anotaciones de tiza. Arnold Newman también se conmovió en aquella “atmósfera cargada de emociones” –por decirlo con palabras de Marianne Fulton–, pero disparó su cámara en el momento preciso, y dejó para la posteridad un retrato que es una ventana abierta al dolor y a la impotencia de un padre, pero también a la brutalidad y a las ausencias que impuso el III Reich. El 23 de diciembre de 1985, en Pamplona, José Luis Larrión llegó acelerado y seguramente nervioso a la Vuelta del Castillo, y también se vio envuelto por una atmósfera cargada de emociones, pero, como Newman, hizo su trabajo sin alterarlas: la foto revela que ni una sola de las nueve personas reunidas junto al cadáver ha reparado en su presencia, nadie ha perdido el hilo de sus oraciones, de sus recuerdos o de su dolor. El fotógrafo fue solo un testigo que se volvió a su periódico “sin haber tocado los hechos”, una de las cualidades que Arcadi Espada suele reclamar a los periodistas. Quizá por eso la fotografía que José Luis Larrión obtuvo aquel día tiene ese punctum del que hablaba Roland Barthes: “surge de la escena como una flecha que viene a clavarse”, contiene “un azar que despunta”, “hay en ella “algo íntimo y a menudo innombrable”. En este caso, el punctum es sobre todo moral: un aldabonazo en la conciencia la sociedad.

La imagen se publicó en El País y obtuvo unos meses después el segundo premio en el certamen Photo Press, acaso la cita principal de los fotógrafos españoles. El autor aún tiene vivos los remordimientos que le asaltaron al recoger el galardón: “Pensaba que me estaba beneficiando del dolor de una familia”. A cambio de esa inquietud, ha dejado para la Historia un icono que refleja toda una época. Y eso es probablemente lo mejor que puede decirse del trabajo de un periodista.

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