Memorias en un autobús

HISTORIA 35
Por Mateo Echeverría

Hay muchos seres humanos excepcionales que, aunque no siempre destacan, están todos los días dispuestos a entregarse por los demás. El día que estas personas no estén se echarán en falta, aún sin saberlo. Ella no pidió que se escribiese su historia, pero no hacerlo sería robarle al mundo una gran inspiración. Su nombre puede ser tanto Juana como María, da igual, no la conocerás porque ella trabaja para los demás sin que la noten, mientras muchos trabajan para sí mismos siempre atentos a miradas ajenas.

Se casó a los 18 años y lo estuvo hasta sus 51, cuando a su marido –tristemente– se lo llevó un cáncer pulmonar. Desde el asiento del autobús explica que casarse a esa edad y haber estado solo con un hombre toda su vida era algo común en ese entonces. Ante un vacío existencial y un dolor que no lograba colmar, trató de buscar una solución. Toda su vida había sido ama de casa, por lo que la opción de trabajar quedó inmediatamente anulada. Tres meses en un agujero; ni la mejor de las imaginaciones ni las más fuertes voluntades hubiesen podido ayudar.

Pero un día, “después de haber cuidado a mi marido enfermo, pensé en toda esa gente que estaba en las mismas circunstancias, sin tener a nadie que los cuide”.

Entonces, visitó al médico que había cuidó a su marido todo el tiempo de la enfermedad y le rogó que le hiciera saber si había alguna manera en la que ella podía echar una mano y mantenerse ocupada. El doctor, dubitativo, le preguntó si estaba segura de lo que pedía. Ella, fuerte –como cualquier otra mujer navarra–, movió la cabeza de arriba abajo, con los ojos cansados pero sin mostrar duda alguna.

Tras rellenar el formulario de voluntaria, empezó una aventura que, sorprendentemente, no ha terminado a día de hoy, once años después. Ella cuida de los enfermos que, al igual que ella, entregan su vida a los demás porque son conscientes de que entregarla a uno mismo es aburrido.

Reconoce que los primeros meses fueron duros. Muchas heridas, muchos casos fuertes e impactantes, gente que temblaba y gritaba; tanto jóvenes como personas mayores. Muchos sin poder moverse, se cagan en sus camas, se orinan y a veces vomitan dentro del cuarto: “Es sin duda el trabajo más duro, pero el más gratificante”, afirma. También añade que ni siquiera los familiares que los visitan regularmente están dispuestos a verlos en esas condiciones. A veces, tampoco los doctores. Es ella quien se encarga del trabajo ‘sucio’, pero está claro que alguien lo tiene que hacer.

Solo así, ayudando a otros, salió de ese gran hueco en el que estaba sumergida. Y solo hasta ahora es verdaderamente feliz. Admite que ni con sus hijas se siente así de feliz. Ellas –disgustadas por la ocupación de la madre– le repiten todo el tiempo que esas ‘monjitas’ de Zaragoza le han comido la cabeza. Y la mujer repite: “Pero qué le voy a hacer, si solo así soy feliz”.

Termina la oración con una sonrisa sincera, dejando ver sus dientes amarillos por tanto tabaco. La curiosidad, que va más allá de todo interés periodístico, le pregunta por la cantidad de cigarrillos que consume. Responde con una frase consoladora: “Algo malo tenía que tener, majo”.

Tras relatar las durezas que ha vivido, la señora del autobús se suaviza y, movida por un grado de confianza mayor, confiesa que fumar no es su único fallo, porque el tabaco sabe mejor cuando lo acompañan unos gin-tonics. “En realidad, los seis residentes sabemos pasarlo bien”. Cuenta que solo una vez a la semana llegan las monjas a ver cómo están y a dejarles comida. Y solo ese día meten la botella en la estufa para esconderla y no meterse en problemas.

El sol da la oportunidad de observar el paisaje; solo se escucha el motor del autobús avanzando y ella aligera un poco el tono y cambia de tema. Entonces, muestra una preocupación por su nieta y, más en general, por los jóvenes de hoy. Ella cuida a algunos de ellos, todos por casos de drogadicción o abuso de alcohol. Con un gesto apesadumbrado, comenta que los jóvenes no aprecian la vida ni el amor. Cuenta, horrorizada, la gran cantidad de gente que se divorcia. “Cómo han cambiado las cosas”, repite mientras mira al horizonte y piensa en su nieta. Cuando le da consuelos sobre la ropa que lleva o sobre el novio que tiene, su nieta le dice: “No abuelita, los que se divorcian son tontos: es porque primero no han pasado por la cama, pero no te preocupes, yo me aseguraré”. La señora, molesta, explica que ella en su tiempo fue moderna: “Vaya que lo fui, pero eso ya no es ser una mujer moderna, es totalmente otra cosa”.

El autobús se detiene cinco minutos y ella no duda en bajar a fumar un cigarrillo. Apaga y vuelve a subir. Se reanuda la marcha. “Cuando viajo me encanta visitar los cementerios”, comenta y explica que la gente que visita muesos no la entiende. Los cementerios le parecen bonitos y le imponen respeto. Entre sus cementerios favoritos están el de Córdoba, Madrid y San Sebastián. Piensa en alto que está loca, pero se justifica: “Hay muchísima gente que lo hace, los he visto”. Sin embargo, es consciente que los demás también pueden estar locos y confiesa que ha ido al médico. “Cuando le cuento, el médico me pregunta si suelo hablar sola: le respondo que sí. Después si me respondo a mí misma cuando hablo”. Se lo piensa y afirma, preocupada. El médico le dice: “Entonces, estás perfectamente normal”. Y, esta vez, la anécdota despierta las risas de otros viajeros del autobús.

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