12.000 millas de mar, tres meses de aventura

HISTORIA 33
Por Adela Duclos

Carlos Duclos, práctico en el puerto de Algeciras, tuvo la oportunidad de despedirse de sus años como capitán de la marina mercante, antes de opositar para Práctico, con un viaje que le llevo a cruzar medio mundo, desde Tasmania, en la lejana Australia, hasta Algeciras, su ciudad de origen.

Dos meses viviendo al otro lado del mundo, un viaje de 12.000 millas con un barco construido para rutas cortas que no estaba preparado para grandes travesías y la incógnita de echarse al mar con una tripulación que nunca había llegado tan lejos en sus viajes marítimos. Esto fue lo que la empresa le ofreció al capitán Carlos Duclos, quien ante la posibilidad de realizar esta aventura no dudó en absoluto. Pensó que sería una oportunidad única en su vida, tanto profesional como personalmente.

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En el tiempo que estuvieron en Hobart preparando el viaje, la tripulación se adaptó a las novedades; también el capitán: Carlos Duclos. CEDIDA

La primera fase del viaje supuso adaptarse a una cultura tan distinta y tan lejana a la española como es la australiana. Su casa durante dos meses sería Hobart, en Tasmania. Del cálido agosto del sur de Andalucía al frío invierno australiano: para el capitán Duclos esto fue lo más duro, junto a la idea de estar tan lejos de su familia. “Pensaba constantemente que si algo pasaba no iba a poder llegar a tiempo a casa”, asegura.

Pero, ¿cómo se prepara un viaje así? Para él “la mitad de un viaje de 12.000 millas es un componente de suerte, porque te pueden pasar muchas cosas, y la otra mitad es la preparación, la logística y pensar todo mucho”. Duclos pensaba que el guion se lo iban a dar escrito, no fue para nada así. En el tiempo que estuvo viviendo en Tasmania pudo estudiar la meteorología de medio mundo, que era lo que más le preocupaba, teniendo en cuenta que el barco no estaba preparado para un viaje de tal magnitud, y a partir de ahí pudo definir qué ruta iban a escoger. Carlos Duclos y su tripulación decidieron elegir una ruta diseñada por el capitán, lo que a su parecer fue el gran éxito del viaje. Esta consistía en ir por el este de Australia, buscando la protección del continente, haciendo parada en la ciudad australiana de Darwin, después en Sri Lanka y, desde ahí, cruzar hasta el Canal de Suez por la costa hasta llegar al Mediterráneo.

El 26 de septiembre de 2006 fue el día elegido para partir. Realizaron un ritual, como si fueran toreros antes de salir al ruedo. Siguiendo las tradiciones de la mar, llenaron el puente del barco de ajos, para evitar los malos espíritus, y el capitán dijo en voz alta: “Pido a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, que proteja a este gran buque y a su tripulación para que pueda llegar siempre a buen puerto”. Entonces, la bocina del Millenium III sonó, y Hobart, la ciudad que había sido su casa comenzó a alejarse. No miré atrás, sencillamente miré hacía delante y pensé que nos quedaban 12.000 millas, pero todo con optimismo y con la esperanza de poder volver algún día a esa maravillosa ciudad que tan bien nos había acogido”, recuerda el capitán.

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Antes de salir de Australia, la tripulación se hizo la foto oficial del viaje. CEDIDA

Tras dejar atrás Hobart y hacer un parada en Darwin, al norte de Australia, tocaba cambiar de continente. El siguiente lugar donde tuvieron que atracar para cargar combustible fue Colombo, capital de Sri Lanka, al sur de Asia.

Este lugar acababa de salir recientemente de una guerra de liberación contra los llamados ejército de los Tigres Tamil, y el ambiente de hostilidad aún se notaba por las calles, e incluso a la entrada del puerto donde lo primero que la tripulación vio fueron nidos de ametralladoras apuntando al navío. “La entrada a Colombo fue impresionante, al atracar se nos acercaron a coger las amarras del barco muchos paisanos del lugar vestidos con las ropas típicas. Esos faldones, el torso desnudo y un color de piel muy oscuro mezclado con rasgos indios. “Los marineros de mi tripulación estaban alucinados, me decían: ‘Don Carlos, ¿dónde nos ha metido?’, ese choque de culturas tan distintas y la impresión que estas gentes nos causaron me recordó mucho al viaje de Cristóbal Colón, cuando llegan a América por primera vez y se da el encuentro con una nueva raza”.

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La travesía fue un éxito, pero no siempre pudieron navegar según lo previsto. CEDIDA

Pero la mala suerte llegó al viaje, y justo al salir de Colombo comprobaron que el combustible con el que habían recargado el barco era de baja calidad, algo que un barco normal podría haber aguantado, pero el Millenium III era muy moderno y el combustible debía ser muy puro, si no los motores se pararían. Aquí fue donde el capitán Duclos comenzó a sentir preocupación por uno de los grandes peligros a los que se enfrentaban: los piratas. “Al comienzo del viaje me preocupaba este tema, pero siempre pensé que mi arma era la velocidad, nuestro barco podía llegar a alcanzar los 40 nudos, que en el mar es una barbaridad”, pero el incidente del combustible hizo que tuviesen que pasar por la zona de piratas a una velocidad muy reducida. Duclos se encargó de impartir un par de charlas a la tripulación para que estuviesen muy alerta. “Pasábamos muy cerca de Indonesia, y sabíamos que en esa zona se habían producido numerosos ataques poco tiempo antes. Recuerdo que una vez vimos un eco acercarse en el radar, y fui con uno de los marineros a comprobar qué era, pensando que podían ser piratas. Cuando me di cuenta, el marinero había desaparecido y estaba al otro lado del barco, se ve que el miedo le pudo, al final resultó ser un barco de pesca, pero la tensión del momento no te la quita nada”.

La carga de mal combustible provocó que tuvieran que improvisar una nueva parada para solucionar el problema, y por tanto que el viaje se alargase algunos días más.  El lugar en el que pararon fue Adén, el puerto más importante de Yemen. En este lugar había un aeropuerto internacional muy cerca, donde podían suministrarles los filtros que necesitaban, ya que los antiguos se habían ensuciado por el combustible de Colombo. Pero cuando llegaron al lugar justo era fin de semana y las aduanas estaban cerradas, además los días después era fiesta nacional, por lo que tuvieron que quedarse siete días en Adén esperando los filtros. La sensación que se llevó Carlos Duclos de esta ciudad fue que no era un sitio agradable donde estar. “Era un lugar gris, oscuro y de extrema pobreza donde acababa de llegar un barco que parecía una nave futurista”.

En este lugar el capitán vivió un episodio un tanto desagradable: “No podía parar de pensar en que me iban a secuestrar, y una noche llamaron a la puerta de mi habitación a las 3 de la mañana, pensé: ‘Vienen a por mí’, porque el barco era muy nuevo y al que interesa secuestrar para sacar dinero es al capitán. Yo me quedé en silencio y volvieron a llamar, y hasta hoy no he resuelto el enigma, recuerdo que pasé muy mala noche”.

Cuando salieron de Adén y pasaron el Canal de Suez, tan mítico para los marineros, entraron en su “querido Mediterráneo”, como lo llama Carlos Duclos. Pero su añorado mar no les recibió con las manos abiertas, les dio la bienvenida con un gran temporal. “Cuando creíamos que estábamos a salvo en casa, tuvimos que echar el ancla y esperar a que pasase la borrasca. Recuerdo la travesía desde el Canal de Suez hasta la siguiente parada, que era Creta, como la peor del viaje”.

España cada vez estaba más cerca, pero los días parecía que pasaban más lentos, el capitán y su tripulación tenían los ánimos más encrespados porque era tal el deseo de llegar a casa y se veían tan cerca que cualquier percance que retrasase el día de llegada caía como un jarro de agua fría entre los navegantes. Duclos recuerda una conversación que tuvo con uno de los marineros: él le dijo que se tenían que quedar dos días más y que le entraban ganas de llorar de pensarlo, en sentido figurado, y entonces, el marinero, con lágrimas en los ojos le contestó: “Don Carlos, usted no puede llorar porque si usted llora, lloramos todos”. El capitán se dio cuenta entonces de que no solo tenía la responsabilidad, sino que le consideraban como un padre, no podía ni quejarse.

Quizá una de las partes que Carlos Duclos recuerda con más emoción fue el primer avistamiento de tierra española: “Vimos aparecer poco a poco a lo lejos el peñón de Gibraltar. La emoción y la alegría nos podían, había mucha gente esperando nuestra llegada, y tras atracar el barco en el puerto de Algeciras, ese que tantos navíos me había visto atracar, me sentí muy satisfecho”.

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Muchos esperaban su llegada en el puerto de Algeciras. CEDIDA

De su primer día en tierra, tras tantos sobre mar, recuerda poco. Lo único que se le viene ahora a la cabeza es “el maravilloso abrazo con mi hija, que venía de una excursión, el reencuentro con mi mujer y, por supuesto, con mis perros, aunque realmente con todo el papeleo y eventos posteriores al viaje, no pude descansar hasta un mes después de llegar a España”.

De la experiencia del viaje, Carlos Duclos se llevó “el conocimiento global del mundo y la satisfacción como marino de haber hecho un viaje como aquel y haber tenido cierta libertad como capitán, el poder desarrollar todo lo aprendido en mis años de carrera”. Pero sin duda, el mayor orgullo lo siente cuando tras haber pasado los años se encuentra con algún miembro de la tripulación que le acompañó en tal trepidante aventura, su familia en la mar. “Siempre surge la misma conversación, yo les digo ‘¿Qué, nos vamos a Australia?’, y ellos siempre me contestan ‘Don Carlos, ¿con usted?, yo navego donde sea’”.

Un pensamiento en “12.000 millas de mar, tres meses de aventura

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