Las dos últimas cartas de un fusilado

HISTORIA 32
Por Javier Marrodán

Francisco Castro Berisa fue ejecutado en Pamplona en 1937, en plena Guerra Civil. Antes de ser conducido al paredón se dirigió por escrito a su mujer y a sus cinco hijos. “Sed buenos y honrados, yo no os olvidare ni en la eternidad”, les decía.

La madrugada del 1 de febrero de 1937, “dos horas y cinco minutos” antes de ser fusilado en Pamplona por un pelotón de soldados del ejército de Franco, Francisco Castro Berisa reunió las pocas fuerzas que le quedaban y escribió dos cartas de despedida: una dirigida a su mujer y otra a sus hijos, demasiado pequeños aún. “No puedo más —les decía en aquel improvisado testamento—, no os haréis jamás idea de lo que vuestro padre sufre al escribir estas líneas, pero es lo mejor que puedo hacer en mis últimos instantes”.

A Francisco Castro lo habían detenido porque era socialista, delito más que suficiente para ser condenado a muerte en aquellos meses azarosos de la Guerra Civil. Trabajaba de herrero en la localidad navarra de Azagra, donde además había sido alcalde. Estaba casado con Serafina Compañet y era padre de cinco hijos: Pilar, Conchi, Francisco, Piedad y Joaquín.

Francisco Castro y su mujer, Serafina Compañet, en una imagen tomada meses antes del fusilamiento. Francisco tenía 37 años cuando fue ejecutado. Era herrero.

Francisco Castro y su mujer, Serafina Compañet, en una imagen tomada meses antes del fusilamiento. Francisco tenía 37 años cuando fue ejecutado. Era herrero.

“Adiós, hijos míos —les escribió aquella madrugada—, tened presente que vuestro padre no muere ni por robar, ni por matar, esto es lo último, lo quieren matar por un ideal, y por el cual muero gustoso. No le traicionéis jamás, pero a pesar de eso no guardéis rencor ni venganza a nadie, mi signo estaba trazado así. Quered mucho a vuestra madre y sed buenos con ella, ya que no le queda otro cariño que el vuestro. Yo no os olvidaré hasta que caiga sin vida en el suelo de la Vuelta del Castillo”.

En octubre de 2003, cuando ya habían pasado más sesenta años desde la ejecución, los cuatro hijos de Francisco Castro que aún vivían se reunieron para ordenar los recuerdos que guardaban de su padre. Todos hablaban de él con cariño y orgullo. “Era de izquierdas, socialista, y luchaba por la igualdad y la democracia”, señalaba Conchi. “Leía mucho, en casa había montones de libros. Se preocupaba por todos, especialmente por los pobres. Había hecho grandes mejoras en el pueblo. El 1 de mayo de 1936 habló en la plaza a toda la gente que se había reunido con motivo del Día del Trabajo”.

Su hermano Francisco le relevaba en las explicaciones: “Mi padre trabajaba en la fragua. Tenía dos empleados. Ellos fueron los dos primeros trabajadores de toda Navarra que tuvieron una jornada de ocho horas”.

Con semejantes credenciales, su futuro se antojaba inquietante tras el rumbo que tomaron los acontecimientos después del 18 de julio de 1936.

“Tened mucha resignación en la vida, hijos míos —continuaba la carta—, como la tiene vuestro padre para escribiros en las últimas horas de su vida. No os avergoncéis ni ocultéis la muerte de vuestro padre a nadie. Un fuerte abrazo hijos míos, no puedo más, no os haréis jamás idea de lo que vuestro padre sufre al escribir estas líneas pero es lo mejor que puedo hacer en mis últimos instantes. Adiós, hijos míos, sed buenos y honrados, yo no os olvidare ni en la eternidad”.

Los cuatro hermanos Castro-Compañet, en una foto tomada en Calahorra en octubre de 2003. De izquierda a derecha, Joaquín, Pilar, Concepción y Francisco. Falta Piedad, que había fallecido seis meses antes. JOSÉ CARLOS CORDOVILLA

En 1936, cuando estalló la contienda, Pilar, la hija mayor de Francisco Castro, tenía once años, suficientes para intuir la gravedad de lo que ocurrió en su casa el día 17 de julio. El país estaba ya asomado al precipicio de la guerra y una pareja de la Guardia Civil se presentó por la tarde en el domicilio de los Castro-Compañet: “Tenemos orden de detenerle, pero no lo vamos a hacer”, explicaron los agentes a Francisco. Y añadieron un consejo breve y contundente: “Huya”. El alcalde de Azagra agradeció la visita, pero no consideró necesario darse a la fuga.

Cambió de idea al día siguiente, cuando empezaron a extenderse las primeras noticias de una rebelión militar en África que amenazaba con contagiarse a la península. Pilar evocaba la despedida paterna con sorprendente nitidez: “Nos reunió en un cuarto a los cinco hijos, a mi madre y a los abuelos, y nos fue dando un beso a cada uno. A mi madre le dijo: ‘Serafina, cuídalos bien a todos, que esto durará poco’. Y se fue”.

De pueblo en pueblo
A la familia no le fue mucho mejor en Azagra una vez que Francisco Castro desapareció del mapa: “Un conocido nos dijo que nos iban a despachar del pueblo y el 24 de julio, víspera de Santiago, nos fuimos a Calahorra, donde teníamos unos familiares”, contaba Pilar.

En la localidad riojana tuvieron una inesperada oportunidad de saludar al prófugo, que se presentó con su aspecto habitual disimulado por una gabardina y un sombrero. “Necesitaba dinero para pasar a Francia y logramos reunirlo entre varios conocidos de Calahorra”, relataban los hijos. “Cuando se lo dimos, se volvió a ir”.

Muchos días, por la noche, dos guardias civiles se llevaban a Serafina Compañet al ayuntamiento de Calahorra y le preguntaban sobre el paradero de su marido. Un día, harta ya de aquellos interrogatorios, trató de zanjar la cuestión: “Tengo cinco hijos pequeños. Si quieren, vienen al Arrabal, que es donde vivimos, y nos matan a todos, pero no les voy a decir nada”.

Los cinco hermanos Castro en una foto tomada al término de la Guerra Civil, hacia 1941. Su madre murió poco después, en 1946, a los 42 años.

No es fácil reconstruir las andanzas de Francisco durante aquellas semanas convulsas. Se sabe que logró llegar al Roncal junto a otros cuatro vecinos de Azagra y que hizo incluso una tentativa de cruzar la frontera por el monte, aunque tuvo que regresar, desorientado por la niebla. Fue precisamente al volver de aquella expedición cuando un grupo de carabineros le detuvo junto a los demás cerca de Uztárroz. Debían de ser los últimos días de agosto o los primeros de septiembre de 1936.

Fue conducido a Pamplona y después a Burgos, donde se le sometió a un consejo de guerra. El general Franco firmó personalmente las siete penas de muerte que le impusieron. Una de ellas le atribuía la fabricación de pistolas en su fragua de Azagra. Sus compañeros de fuga obtuvieron penas más leves porque él asumió toda la responsabilidad. “Dijo al tribunal que era el alcalde y el que decidía, y que los demás se habían limitado a obedecerle”, precisaban los hijos.

Los detalles anteriores los fue refiriendo el propio Francisco Castro a su mujer durante las visitas que ésta pudo hacerle en la prisión de Pamplona, donde permaneció encerrado desde su detención hasta el día de su muerte.

Los detalles de la ejecución los supieron por una fuente sorpresiva: un joven de Azagra que se encontraba haciendo el servicio militar en Pamplona y que fue obligado a formar parte del pelotón de fusilamiento. El muchacho se puso en contacto con ellos pocos días después de los hechos y, muy compungido, les describió los últimos minutos de Francisco Castro. Al reo —les contó— le taparon los ojos para que no viese a los verdugos, pero él se quitó la venda y dijo que no tenía inconveniente en conocer a los que le iban a disparar. Descubrió entonces a su paisano y dio un par de pasos hacia él. “¿Qué hace?”, le preguntó el oficial que dirigía el piquete. “He visto a uno de mi pueblo y quiero saludarle”, respondió el condenado. El militar se lo permitió y el alcalde de Azagra dio un sentido abrazo al joven recluta. “Tú no te preocupes por mí y dispara como los demás, que es lo que tienes que hacer”, le dijo.

Disparos al aire
A Francisco Castro le habían propuesto la posibilidad de confesarse, pero la rechazó. En cambio, tomó entre las manos un crucifijo que le ofrecieron y se quedó mirándolo unos segundos. “Voy a morir como él, por la humanidad”, comentó.

A continuación, muy tranquilo, dirigió unas palabras a los soldados que formaban el piquete. Les dijo que hicieran bien su trabajo. “Si hay un Ser Supremo, le pediré que os perdone”, se despidió. Todos quedaron muy afectados, también el oficial. “Es una pena que a un hombre así se lo vayan a comer los gusanos”, le oyeron decir sus hombres.

Cuando dio la orden de disparar, las balas rozaron el cuerpo de Francisco Castro sin alcanzarle. Lo tuvo que matar el responsable de la ejecución valiéndose de su pistola. El cadáver fue llevado al cementerio de Pamplona.

La noticia del fusilamiento llegó a Calahorra casi a la vez que las dos cartas que Francisco Castro escribió en su última madrugada. Las misivas las echó al correo el capellán de la cárcel, que había trabado amistad con él y que también puso unas líneas a la viuda: “No ha querido confesarse ni comulgar, pero no se preocupe, que ha muerto con la conciencia muy tranquila”, la consolaba.

Casi podría decirse que Serafina Compañet murió también en aquel momento. Aún vivió físicamente un tiempo más y sacó adelante a sus cinco hijos trabajando en varios sitios a la vez, hasta morir agotada en 1946, cuando Joaquín, el pequeño, justamente había cumplido diez años. “A mi madre le vimos llorar lágrimas de sangre porque de las otras ya no le quedaban”, seguían doliéndose sus hijos a la vuelta de medio siglo.

La familia estuvo viviendo un tiempo en Turruncún, un pueblecito de La Rioja hoy abandonado. No había agua ni luz. Se alumbraban con candiles de aceite y carburo, y sacaban unas pesetas de donde podían, recogiendo olivas, cascando almendrucos, lavando para otras familias. Pasaron mucha hambre. “Suelo decir que si alguien hubiese pasado más hambre que yo no podría contarlo porque estaría muerto”, lo ilustraba Francisco.

Entre tanta penuria, mantuvieron vivos el ejemplo y la memoria de su padre: “Yo siempre he dicho que estoy orgullosa de ser hija de un asesinado”, afirmaba Conchi. Pilar, en calidad de hermana mayor, conservó las dos cartas desde la muerte de su madre. Las llevaba encima, o en el bolso, para tener siempre a mano las líneas de caligrafía menuda y elegante, algunas desvaídas por el tiempo y los trasiegos. Podía recitar de memoria sus siete párrafos, sabía dónde empezaba y dónde terminaba cada línea, dónde se estremecía la redacción, dónde la tinta había quedado diluida por las lágrimas. Pero seguía mirándolas con frecuencia, quizá para darse ánimos o para recordarse su propia historia. “Han sido mi padrenuestro”, aseguraba. Las guardó con celo y discreción durante treinta años, hasta que al final de la década de 1970, “cuando Franco ya se había muerto”, las pasó a máquina e hizo algunas copias para los demás. Los textos, aseguran los cuatro hermanos, son la mejor herencia que les pudo legar su padre: “No nos dejó bienes materiales, pero nos dejó su honradez, su dignidad y su orgullo”.

“No sabes quién soy yo”
La historia del fusilamiento de Francisco Castro tuvo un epílogo insospechado quince años después, cuando los cinco hermanos ya se habían resignado a su ausencia. Pilar sufría algunos problemas severos de columna y como en Calahorra no mejoraba, la familia decidió enviarla a un sanatorio de Pedrosa, en Santander. Era 1952 y ella tenía 27 años.

La joven optó por hacer el viaje en tren y se llevó consigo un libro para amortiguar la duración del trayecto. Cuando el tren se encontraba detenido en la estación de Miranda de Ebro subieron a su vagón dos policías y empezaron a pedir la documentación a los pasajeros. Pilar Castro preparó su DNI y lo colocó en la página del libro donde había interrumpido la lectura. Todo estaba en regla, aunque el recuerdo de su padre y la atormentada historia de la familia le provocaron un escalofrío de inquietud.

Cuando los agentes llegaron a su compartimento, fue a sacar el carnet de donde lo había dejado, pero no estaba. Dedujo que se le habría caído por alguna rendija del asiento y se puso a buscarlo mientras los recelos de los policías y su nerviosismo crecían a la vez. No lo encontraba. Explicó lo que había ocurrido, pero los guardias no le creían. Pilar fue alterándose más y más mientras seguía revolviendo sus cosas. Ni siquiera reparó en la presencia de un jesuita con sotana que había estado rezando el Breviario por el pasillo del vagón y que se detuvo silenciosamente junto al grupo para ver cómo terminaba el episodio.

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó uno de los agentes.

“Pilar Castro”, dijo ella.

Quizá para aliviar la tensión, el jesuita terció entonces en el diálogo: “¿No serás de Azagra?”, se interesó.

“Sí”, contestó la joven.

“¿Tenías algo que ver con Francisco Castro?”, quiso saber el religioso.

“Era mi padre”, confesó ella.

El sacerdote se dirigió entonces a los policías: “No se preocupen, que yo respondo de la chica”.

Los agentes se apearon, el tren reanudó la marcha y el jesuita se sentó junto a la desconcertada joven.

“No te puedes ni imaginar quién soy yo”, se presentó.

“Pues no”, respondió Pilar.

“Yo soy uno de los que fusiló a tu padre”. Y antes de que la mujer reaccionara, añadió: “Espera que te lo cuente todo”.

El religioso le relató entonces cómo el estallido de la guerra civil le había sorprendido estudiando Medicina, cómo había sido movilizado y cómo había terminado de soldado en Pamplona, donde el 1 de febrero de 1937 le obligaron a formar parte de un pelotón de fusilamiento en la Ciudadela. Lo que le contó de aquella madrugada coincidía perfectamente con lo que ya sabía: que el reo se quitó la venda que le cubría los ojos, que dirigió unas palabras a sus verdugos y que éstos, muy conmovidos, dispararon al aire cuando el oficial gritó la orden.

El religioso había tomado la mano de Pilar Castro y la retenía entre las suyas mientras le revelaba estos detalles. Le contó después que el final de la guerra le dejó muy confuso y que de aquella crisis surgió la decisión de ingresar en la Compañía de Jesús. “Ahora voy a Bilbao para tomar allí un avión a la India, donde trabajaré como misionero”, terminó su historia.

La hija del Paco Castro le despidió con emoción. Nunca volvió a tener noticias de él ni recordaba su nombre.

La carta que Francisco Castro escribió a su esposa dos horas antes de ser fusilado. JOSÉ CARLOS CORDOVILLA

Carta a una esposa
El 10 de marzo de 2003, en el homenaje que el Parlamento de Navarra rindió a las casi 3.000 personas asesinadas impunemente en Navarra durante la Guerra Civil, la parlamentaria de Batzarre Milagros Rubio aprovechó su turno para leer desde la tribuna la otra carta, la que Francisco Castro había escrito a su esposa “dos horas y cinco minutos” antes de ser fusilado en la Vuelta del Castillo.

Toda la cámara escuchó con emoción: “Querida esposa: me despido de ti, en esta última hora quizá feliz y al mismo tiempo la más completa de toda mi vida. Ten presente que jamás te he olvidado nunca, siempre he pensado en hacerte feliz a ti y a nuestros hijos dentro de la moralidad y la honradez, los más felices de todos. Para cuando recibas esta, ya habré dejado de existir, pero mi muerte que no sea jamás objeto de odio, rencor ni venganza. Educa a nuestros hijos e inculcales en el alma, el amor y la benevolencia para con todos y tú al mismo tiempo procura tener ánimo suficiente para soportar este dolor. Le das a tu madre y al abuelo un abrazo, y a nuestros hijos muchos besos y a ti no sé qué más decirte. Recibe todo un amor y cariño de este que no te olvida ni en la Eternidad”.

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