Una escalada de ida y vuelta

HISTORIA 30
Por Luis Guinea

La caída que Maialen Ojer sufrió en Echauri en 2010 fue mortal de necesidad. Se rompió muchos de los huesos de su cuerpo, pero sobrevivió. Necesitó varios meses para recuperarse, y volvió a escalar.

A veces a Maialen Ojer Tsakiridu le toman el pelo por sus manos; “manos de princesita”, como dicen sus amigos. No son muy grandes, de palma cuadrada y dedos medianos. Pero al tacto, su piel está dura, trabajada y curtida por la piedra y el magnesio. Con ellas, esta profesora de FP de Pamplona de 44 años —menuda, vital, de sonrisa permanente— lleva casi dos décadas escalando paredes imposibles por todo el mundo. La suya es una historia de superación fascinante.

En casa de Maialen Ojer no había tradición de escalada, tampoco de alpinismo. Pero a ella le pasó lo que a tantos otros. A su cuadrilla de amigos le gustaba ir a andar por el monte, con el tiempo se acercaron a los Pirineos por rutas cada vez más exigentes… y así, con la tontería, se enfrentó por primera vez a una pared vertical cuando tenía 24 años, una edad tardía para iniciarse en la escalada.

“La culpa de todo esto la tienen los hombres. Empecé a escalar con Juanjo Aramendía, que luego fue mi pareja durante años”, cuenta. “Fue un ‘venga vente’. Primero empecé con cosas sencillas en Etxauri, luego fui al Pirineo… y me enganchó desde el primer momento”.

Quienes la han probado cuentan que la escalada atrapa por su verticalidad, porque en cuanto uno afronta una pared es como si el mundo y el tiempo se detuvieran a su alrededor. Todo adquiere una nueva dimensión. La piedra, tú y la cuerda. No hay más. Quien escala tiene sus cinco sentidos puestos en la piedra, y se olvida de lo demás, esté donde esté. Y aunque no lo parezca, en esa pared vertical hay un entramado estratégico enorme. Se juega una partida de ajedrez en la que hay que saber calcular bien movimientos y fuerzas. “La escalada tiene el desafío a la gravedad, el sentir que superas las dificultades, y que eres capaz de subir, la sensación de desconectar del mundo, que ahí arriba es absoluta”, explica Maialen. “En una pared se mezcla todo, el sacrificio, la superación, vas visualizando los pasos que tienes que dar, qué cantos hay que coger… el error está en leer mal la vía”

Fuerza, técnica… y cabeza
La exigencia de la escalada es física—estás colgando de una pared sujeto única y exclusivamente por los brazos y las piernas—, pero también mental. El grado de concentración es máximo. “La escalada no es todo fuerza, subir a base de brazos. Hay mucho de equilibrio, de mover los pies, de tener serenidad, de saber hacer las cosas tranquilo… cuando estás nervioso gastas más energía y tienes más riesgo de caerte. Escalar es muy exigente de coco, porque la concentración es total”, explica Ojer. “No es un deporte agónico en el esfuerzo físico, pero las manos sufren mucho. Sufre la piel, y sobre todo los tendones de los dedos”.

La mayor parte de la escalada que hace Maialen Ojer es en roca —”porque es lo que tengo más cerca”—, pero también ha hecho sus pinitos en hielo, un hábitat diferente. Primero, porque no se sube con las manos, sino por medio de piolets y crampones. “El hielo es más expuesto que la piedra, el ambiente invernal es mucho más salvaje, físicamente es mucho más exigente por el frío”, comenta. “A mí me parece una forma más artificial de subir, y la satisfacción que produce es diferente; simplemente porque el hielo te exige mucho más que la piedra”.

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Maialen Ojer durante una escalada en hielo. CEDIDA

Maialen Ojer, que ha escalado en Europa, Marruecos, Pakistán, los Andes y Estados Unidos, no contempla la palabra fracaso en una pared. Si no puede con ella, para. Toma perspectiva, calcula el siguiente movimiento, e intenta seguir. “El ‘no puedo más, bájame de aquí’ es algo que no se suele dar muchas veces”, cuenta. “Si no puedes con una pared, te relajas e intentas buscar los recursos para subirla, o si ves que es imposible del todo te bajas. Yo cuando veo que las condiciones, sobre todo las meteorológicas, no son las mejores, me doy la vuelta. En la roca el agua, el viento y el granizo no son buenos compañeros. Tampoco el calor extremo”.

Superar un accidente mortal
Maialen Ojer ha visto todas las caras posibles de la escalada. La agradable: afrontar una pared vertical y saber sacarle todo el provecho hasta superarla. Pero también ha vivido en primera persona la parte más desagradable. El 14 de septiembre de 2010 fue a escalar a Etxauri, en Navarra. Era una vía que ya había superado en decenas de ocasiones. En un momento determinado, la cuerda que le sujetaba al compañero que le aseguraba se soltó. A pesar de cumplir con los protocolos previos de seguridad, no había nudo al final de la cuerda, esta corrió rápido por los anclajes, y Maialen cayó al vacío desde una altura similar a una casa de diez pisos.

“Estaba a unos 18 o 20 metros del suelo, cuando vi el cabo de la cuerda pasar a mi lado e irse para arriba. Pensé: ‘Buah, adiós’. Y grité: ‘Nooooo’. Y nada más, porque me caí para abajo en milésimas de segundo. No me dio tiempo ni de acabar el grito”, relata Maialen, a quien no le importa rememorar lo sucedido en aquella pared de Etxauri. “Me acuerdo de ver correr la cuerda, y caerme. Luego dicen que estuve consciente hasta que me evacuaron y llegué a Urgencias, pero yo no me acuerdo de nada”.

En condiciones normales —por la altura, por el sitio— la caída que sufrió Maialen Ojer era mortal de necesidad. Sin embargo tuvo la suerte de aterrizar en el suelo en una posición parecida a como si estuviera sentada. El impacto fue brutal, le reventó el hueso sacro, y a partir de ahí el golpe subió por la columna rompiendo todo lo que encontró en su camino. Se fracturó la cadera, varias vértebras, costillas, las dos clavículas, el esternón… Como su estado era muy grave y esa zona de escalada de Etxauri es de difícil acceso, tuvieron que evacuarla en helicóptero. Por suerte no se golpeó la cabeza, lo que evitó daños neurológicos graves. Pero su recuperación ha sido lenta y costosa. Permaneció un mes ingresada en el Hospital de Navarra, y de ahí le trasladaron a la Clínica San Miguel, donde operación a operación le fueron reconstruyendo. En total, más de tres meses de hospitalización.

“Que esté como estoy es un milagro. Cuando me desperté en la UCI recuerdo que lo primero que hice fue preguntar si me había quedado en silla de ruedas. Y me dijeron que no”, relata. “Me han operado de la columna varias veces, llevo una malla en la zona abdominal y tengo varias placas metálicas unidas en las vértebras. Estoy superagradecida al trato sanitario que he tenido, y en especial a Ana y Maribel, que son las personas que llevan el seguro de montaña, y que se han portado muy bien conmigo”.

“Que esté como estoy es un milagro”, asegura Maialen Ojer. CEDIDA

Superar el accidente no ha sido sencillo para Ojer. El proceso de rehabilitación ha sido largo —más de un año— con varias operaciones, mucho trabajo físico. En este tiempo, también ha sufrido con bajones psíquicos. Pero por suerte Maialen ha podido rehacer su vida con normalidad. Trabaja como profesora de FP y sigue haciendo varios deportes, entre ellos la escalada. De hecho, al final del periodo de recuperación regresó a Etxauri.Y a la misma vía en la que meses antes estuvo a punto de perder la vida.

“Los miedos se eliminan afrontándolos de frente. El segundo día que volví a escalar fui al lugar donde me había caído. Para mí era la forma de recuperar y superar los miedos. Era una manera de liberarme. Me lo pedía el cuerpo, pero sobre todo la cabeza. Esto es lo que me gusta, y a por ello. Y ahora disfruto de la escalada y de todo más que antes. Cada día de mi vida es un regalo, y para mi la escalada es mi vida”, cuenta. “La primera vez que volví allí miré abajo desde arriba, y me impactó mucho ver desde dónde me había caído. El accidente ha tenido muchas cosas negativas, pero me he llevado al mismo tiempo muchas experiencias buenas. He aprendido mucho, he recibido mucho de la gente… al final ves que las personas somos capaces de sacar cosas buenas incluso de lo peor de lo peor”.

La piedra, los miedos y el riesgo
Maialen Ojer es de esas personas que celebran dos veces su cumpleaños. Primero, el biológico. El otro, la fecha del accidente, el 14 de septiembre. Tras el suceso de Etxauri ha sabido superar todos sus miedos.

“El miedo es inseguridad, es cuando ves cosas que escapan de tu control, que no sabes si tú las vas a superar o si son ellas las que te superan”, explica. “Para la escalada es importante tener una buena cabeza, con serenidad se vence mejor el miedo. Yo si tengo un miedo, no salgo corriendo. El miedo se supera enfrentándote a él”.

Después del accidente de 2010 Maialen espera con ansiedad que lleguen los viernes. Al salir de trabajar, coge la mochila y la furgoneta y se va con sus amigos de siempre a escalar los fines de semana. El disfrute lo engloba todo, desde preparar el equipo, al mero hecho de escalar, o el pote en el bar del pueblo después de haber conseguido una pared.

“La escalada te da una sensación de libertad y de paz increíble, me encanta sentirme así subiendo la pared. Y de esto me quedo con la gente y con todo lo que hay alrededor. Para mí eso es lo más importante”, explica. “La escalada no la haces por asumir riesgos innecesarios. Si vas a una pared, sabes que corres un riesgo, pero intentas minimizarlo con los protocolos de seguridad. Todos sabemos que cuanto más comprometida es una pared, más riesgo hay. Lo asumes. Es como quien va en moto porque le gusta, sabe que en el ir en moto hay unos riesgos, y hay que asumirlos. Te puede pasar algo. Pero ahí está en sentido común y la prudencia”.

Después de casi 20 años de escalada, Maialen reconoce que al final el escalador entabla una relación especial con las paredes y la roca.

“Al final te acabas comunicando con la piedra de alguna manera, y no porque hables con ella cuando estás ahí colgando, que a veces también lo haces. Dices un ‘te voy a ganar’ o lo que sea”, explica. “Es que simplemente por el contacto, por el tacto con la piedra hay una comunicación. Sabes cómo está, sientes si está fría, si tiene humedad. Lo mejor para escalar es el frío seco”.

Medio en broma medio en serio, a Maialen Ojer le han llamado loca decenas de veces. El desafío vertical en una pared es algo que para muchos resulta incomprensible. A ella le da lo mismo. “Mi madre es la que mejor me entiende, ella me apoya en todo lo que hago”, dice. Porque la escalada, las paredes, son su vida.

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